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Entre Garras y Susurros (Bety y Ciro)

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Sinopsis

En un barrio de casas bajas y patios con huerta, Bety Fernández, una vaca Holando de cuarenta y cinco años, vive entre delantales floreados, tortas caseras y una rutina que la mantiene a salvo de cualquier tentación. Su mundo ordenado se tambalea el día que aparece Ciro Ramírez, un gato negro de diecinueve años, punk, de pelo teñido y boca sucia, que llega a su puerta por una simple changa. Entre la diferencia de edad, las personalidades opuestas y una atracción que ninguno esperaba, nace un vínculo intenso, silencioso y peligroso. Una historia de deseo reprimido, choque de generaciones y marcas que no se borran fácil.

Estado:
Completado
Capítulos:
12
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

La mudanza y el pucho

El sol de las tres de la tarde pegaba de lleno sobre el techo de chapa del garage de Bety. Adentro el aire estaba espeso, mezclado con olor a naftalina, a madera vieja y a ese polvo que se levanta cuando uno mueve cosas que llevan años quietas. Bety, con el delantal floreado manchado de harina y el pañuelo atado en la cabeza para que no se le metiera el pelo en los ojos, empujaba un ropero de roble que pesaba como tres toros juntos. Las ubres le pesaban dentro del corpiño, el sudor le corría entre los pechos y se le pegaba la blusa a la espalda ancha. Cada tanto se paraba, se pasaba el dorso de la mano por la frente y murmuraba:

—Esto no lo mueve ni Cristo…

Había puesto el aviso en el grupito de WhatsApp del barrio esa misma mañana: “Se necesita ayuda para sacar unos muebles del garage. Se paga lo que sea razonable. Preferible alguien joven y fuerte”. No esperaba gran cosa. La mayoría de los vecinos eran grandes o estaban ocupados. Pero a las dos de la tarde le llegó un mensaje corto, sin puntos ni comas:

“yo voy. ciro. en 20”

No sabía quién era Ciro. Solo recordaba haberlo visto un par de veces pasando por la vereda con la abuela, un gato flaco de pelo negro, aros y esa cara de “me chupa un huevo todo”. Cuando escuchó el portón del fondo abrirse, Bety se acomodó el delantal, se limpió las manos en la tela y se preparó para hablarle como se le habla a un pibe: claro, firme y sin vueltas.

Ciro apareció con una remera negra rota en el hombro, pantalones de jean con agujeros en las rodillas y zapatillas que habían visto mejores días. El pelo le caía sobre la frente, teñido de rojo en las puntas, y traía un cigarrillo apagado detrás de la oreja. Olor a pucho barato y a algo más dulzón que Bety no identificó del todo. Saludó con la cabeza, sin sonreír demasiado.

—Buenas, señora. ¿Usted es Bety?

—Sí. ¿Usted es el Ciro que me escribió?

—El mismo. —Se pasó la lengua por el labio inferior y miró el ropero—. Ese bicho no se mueve solo, ¿no?

Bety lo midió de arriba abajo. Delgado, sí, pero con hombros estrechos y brazos marcados. Demasiado joven. Demasiado… desprolijo. El anillo que le brillaba en la oreja izquierda le pareció una provocación innecesaria.

—Tiene diecinueve, ¿verdad?

—Cumplidos el mes pasado. —Ciro se encogió de hombros—. ¿Pasa algo?

—Nada. Solo… esperaba alguien más… formal.

Él soltó una risa corta, casi un resoplido.

—Formal no soy. Fuerte, un poco. ¿Empezamos o quiere que me ponga corbata primero?

Bety frunció el ceño, pero no contestó. Le señaló el ropero y entre los dos empezaron a empujar. El mueble se resistía. Cada tanto Ciro se agachaba para ver por dónde trababa y Bety, sin querer, le miraba la espalda bajo la remera rota. Cuando el ropero por fin salió a la luz del patio, los dos estaban sudados. Ciro se sacó la remera de un tirón y la tiró sobre una silla vieja.

Bety se quedó quieta.

El torso del gato era delgado, casi afilado, con costillas marcadas y un par de tatuajes chiquitos en las costillas. Pero lo que le robó la mirada fue el anillo plateado que atravesaba el pezón izquierdo. Brillaba con el sol. Alrededor la piel se veía un poco más oscura, sensible. Ciro se dio cuenta. Se pasó la mano por el pecho como si nada y sonrió de costado.

—¿Le molesta, señora?

—¿Qué cosa?

—Que me haya sacado la remera. Hace un calor de la gran puta.

Bety desvió la vista hacia el ropero, pero el calor le subió a las mejillas y también un poco más abajo, a un lugar que hacía meses no le pedía nada.

—No me molesta. Solo… no estoy acostumbrada a que los pibes se desnuden en mi patio.

—No estoy desnudo. Todavía. —Ciro levantó una ceja y se agachó a empujar de nuevo—. Empuje usted de ese lado, que si no nos va a agarrar la noche.

Trabajaron en silencio un rato. El segundo mueble era una cama de dos plazas desarmada, pesada y llena de polvo. Cuando Ciro se agachó para levantar uno de los largueros, el jean se le bajó un poco y Bety vio la tira del boxer negro. Se mordió el interior del cachete. “Sos una vieja degenerada”, se dijo. “Tiene la edad de tu hija”.

A media tarde, cuando ya habían sacado casi todo, Ciro se sentó en el umbral del garage, sacó el cigarrillo de detrás de la oreja y lo prendió. El humo le salió por la nariz y por la boca. Bety arrugó la nariz.

—Eso hace mal.

—Todo lo rico hace mal. —Le ofreció la cajetilla—. ¿Fuma, señora?

—Hace veinte años que no.

—Lástima. Le quedaría bien.

Ella se cruzó de brazos sobre el pecho pesado. Las ubres le rozaban los antebrazos y sintió un cosquilleo absurdo.

—No diga pavadas. Y no me diga “señora” con esa tonada… parece que se está burlando.

—No me burlo. Me gusta cómo suena. —Ciro tiró una bocanada y la miró fijo—. Usted es de las que todavía dice “pavadas”. Me cae bien.

Bety no supo qué contestar. Se dio media vuelta y fue a la cocina a buscar dos vasos de agua. Cuando volvió, Ciro estaba de pie otra vez, mirando el patio.

—¿Y el marido? —preguntó de golpe.

—Se fue. Hace seis años.

—Ah. —Hizo una pausa—. Entonces la casa es toda suya.

—Toda mía y toda vacía. —Bety le alcanzó el vaso. Los dedos se rozaron. Ella retiró la mano demasiado rápido—. No se haga el vivo, pibe.

—No me hago. Ya lo soy.

Se miraron un segundo de más. El humo del cigarrillo se mezcló con el olor a sudor de los dos. Bety sintió que las tetas se le ponían pesadas, como cuando estaba por bajarle la leche en otra época. Se odió un poco por notarlo.

Terminaron de acomodar los muebles en la vereda para que el camión de la municipalidad los llevara al día siguiente. Ciro se puso la remera otra vez, aunque seguía manchada de polvo. Bety le alcanzó el dinero que había prometido. Él lo contó sin apuro y se lo guardó en el bolsillo de atrás.

—Si necesita otra cosa… pintar, arreglar una canilla, lo que sea… avíseme.

—No voy a necesitar.

—Igual. Tengo el número.

Se quedó un momento más, como si esperara algo. Bety no dijo nada. Solo se acomodó el delantal y miró hacia la calle.

—Cuídese, señora.

—Cuídese usted. Y deje de fumar tanto.

Ciro se rió, se dio media vuelta y se fue silbando una canción que Bety no reconoció. El olor a pucho se quedó flotando en el patio un rato largo.

Esa noche Bety lavó los platos con más fuerza de la necesaria. El teléfono sonó. Era Marta.

—¿Y? ¿Conseguiste a alguien para la mudanza?

—Sí. Un pibe del barrio.

—¿Cuál?

—El nieto de la doña Rosa. El gato ese del pelo colorado.

Hubo un silencio cargado del otro lado.

—Ay, Betina… ¿ese? Si es un degenerado. Fuma de todo, toca en una banda de ruidos y la otra vez lo vi besándose con un pibe detrás del kiosco. ¿Vos estás loca?

—Solo me ayudó a sacar muebles, Marta. No me lo garché en el garage.

—Todavía. —La risa de la hermana fue ácida—. Cuidado, que esos pibes después se te enganchan y no los sacás más.

Bety cortó el llamado con una excusa. Se quedó mirando la pantalla apagada. “No me lo garché en el garage”. La frase le quedó dando vueltas como un bicho bajo la ropa.

Se duchó. El agua caliente le corría entre los pechos, por la panza suave, por el vello espeso del coño. Se pasó el jabón más despacio de lo normal. Cuando se tocó entre las piernas notó que estaba húmeda. No de agua.

Se secó, se puso el camisón viejo y se metió en la cama matrimonial que todavía olía un poco a Roberto en los rincones más profundos del colchón. Apagó la luz. Cerró los ojos. Y ahí estaba él otra vez: el anillo plateado brillando, la lengua pasando por el labio, la voz diciéndole “señora” como si fuera una provocación.

Bety se mordió el labio. La mano bajó sola. Se abrió los labios con dos dedos y se tocó el clítoris con el pulgar, despacio al principio. Se imaginó la boca del gato ahí, el humo del cigarrillo mezclado con el olor de ella, las manos jóvenes agarrándole las tetas pesadas. Se corrió en silencio, con las piernas temblando y un gemido ahogado contra la almohada. Después se quedó mirando el techo, con los dedos todavía húmedos y un nudo raro en el pecho.

—Sos una vieja de mierda —se dijo en voz baja.

Pero no se limpió de inmediato. Se quedó así un rato, oliéndose la mano, recordando el anillo, el pucho, la risa de costado. Afuera un auto pasó con la música alta. Adentro, la casa seguía vacía… pero ya no del todo.

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