A BORDO
En el exterior la tempestad se desataba con violencia. La fuerza del viento y la oscuridad del lugar le arrebataron el sueño. Sin pensar, corrió hacia él.
-¿Qué haces aquí? ¡Sal de mi habitación!
-No lo haré, tengo miedo.
-No puedes dormir junto al hombre que te ha repetido hasta el cansancio cuanto te desea.
-Por favor… sé que no me harás nada.– Murmuró burlonamente, mientras se metía en la cama.
-No confíes tanto en mí.
Y tenía razón, no debería haber confiado tanto en él.

Awnon ya se había olvidado la razón exacta por la cual decidió subir a ese barco junto a un conjunto de desconocidos, pero la notificación de su nuevo saldo bancario, se lo recordó.
Inconscientemente una mueca de disgusto se presentó en su rostro, el dinero era importante y lo necesitaba, pero ¿realmente estaba tan desesperado?
Apoyado sobre el borde del barco contempló el atardecer de ese veraniego día. El murmullo de la ciudad había quedado atrás y el sonido de las olas solo era acompañado por las conversaciones que mantenían los tripulantes, que al igual que él, habían decidido emprender ese viaje.
Claro que sus motivos eran completamente distintos, mientras que ellos gozaban de una vida aparatosamente lujosa, Awnon era el encargado de preparar los deliciosos platos a bordo.
Awnon contempló su propio reflejo en la barrera indestructible y transparente que separaba el sector de servicio del resto del barco. Sus inalterables mechones negros enmarcaban unos ojos oscuros y llenos de secretos. La punta de su respingada nariz brillaba al ser tocada por el sol vespertino y era una digna contendiente entre las múltiples narices a borde, muchas de las cuales habían recibido un trato preferencial en algún quirófano famoso. Awnon acarició inconscientemente su piel pálida y fue incapaz de no compararla con el lujoso bronceado de aquellos que caminaban cerca de él y por un momento fugaz se engañó con la idea de pertenecer a ese selecto grupo de personas. Se imaginó con una copa en la mano, desparramado sobre el futón purpura de la cubierta del yate, sonriendo mientras el sol pintaba un nuevo color sobre su piel.
-Acompáñeme, señor Awnon. – Le ordenó el señor Kestner, interrumpiendo su ensoñación.
Awnon lo siguió en silencio, concentrado en el color oscuro de sus zapatos, en el corte pulcro de su traje inglés y en su andar recto y diligente, pero el vibrar de su propio teléfono volvió a distraerlo.
-¡Les presento a Awnon Chen, el chef de los famosos!
Awnon levantó la cabeza y sonrió al grupo de personas que se reunieron en la cubierta del barco y se espantó con la poca originalidad y empeño que empleó el señor Kestner para presentarlo. Usualmente, sus clientes más destacados, se esmeraban en consentirlo. Sus platos había extasiado los paladares más rigurosos y la crítica confiable se había doblegado a su talento. Desgraciadamente, Awnon se acostumbró a ser tratado como un objeto escaso y valioso, por el cual se estaba dispuesto a pagar una buena suma de dinero. Por lo que con esa única y sencilla presentación, Awnon descubrió que su talento no formaba parte de los lujos que incluían este viaje, lo que significaba que su presencia era meramente decorativa.
Antes de que Awnon tuviera tiempo para saludar a los presentes, el grupo se dispersó y él permaneció solo en medio del lugar, sin nada que hacer, ni con quien hablar.
Tomó su teléfono y volvió a comprobar el saldo de su cuenta bancaria y eso lo distrajo momentáneamente, ya que al mirar a los lados, descubrió que el señor Kestner también había regresado a su lugar de trabajo, sin siquiera despedirse o darle nuevas instrucciones.

Al chef le llevó varios minutos encontrar su lugar de trabajo, pero para las siete de la tarde, Awnon concluyó con todo el menú solicitado.
En silencio, contempló su obra por solo una fracción de segundos, luego irguió la cabeza y se estiró tanto como su columna se lo permitió, las luces en la cocina eran malas, demasiado amarillentas y con parpadeo, lo que le provocó una jaqueca aguda e hizo que se cortara dos dedos mientras trozaba el ave.
Awnon pudo haber encontrado calma al concluir su trabajo, pero no fue así, eso solo lo alteró aun más.
-¿Qué hacemos ahora? – Le preguntó su ayudante de cocina. Una joven que se presentó como Liz Hagey y que fue contratada ese mismo día y a la que Awnon conoció cuando ambos abordaron el barco.
-Ya no hay más hacer, los mozos se encargarán de servir los platos, puedes ir a descansar. – Le ordenó Awnon.
La joven lo miró con algo de extrañeza, pero no se opuso. Francamente, el chef no tenía el don de la comunicación y hubiera preferido traer a alguien de su equipo, pero debido al poco tiempo de planificación y la urgencia en la oferta laboral, tuvo que conformarse con aceptar a la desconocida.
Por décima tercera vez en el día, volvió a contemplar la pantalla de su teléfono y el saldo de su cuenta bancaria volvió a tranquilizarlo.
“Solo serán tres días, solo tres días. ¿Qué puede suceder en tres día?” Se dijo a sí mismo.
Luego de beber casi una botella entera de agua, quitarse el toque blanco y transpirado de la cabeza y acomodar su mandil manchado de sangre sobre la primera silla que encontró, Awnon tomó su teléfono, que para esa altura del día se encontraba casi sin batería y caminó en dirección al camarote de servicio que le habían asignado como su habitación, apoyándose en las paredes, como si fuera un anciano ebrio, con cadera de metal.
Y mientras lo hacía, la animada música y las risas de los presentes sobre su cabeza, le hizo querer subir a la cubierta del barco. No creía que fueran a enojarse por eso, pero estaba cansado, dolorido y casi no había dormido, por lo que desechó la idea y continuó con su camino, cuando la presencia de alguien conocido pasó a su lado.
La tarde cayó muy pronto, pero la oscuridad en el nivel inferior del yate no era tan profunda para evitar que Awnon descubriera una presencia que parecía escabullirse entre el mobiliario del barco.
-Psss. ¿Qué haces? – Susurró, intentando no alertar a otros.
Liz, su ayudante de cocina, no alcanzó a oírlo y a diferencia de él, sin reparo ascendió por las escaleras que conducían a la cubierta superior del barco y se perdió de la vista de Awnon.
Una voz en su cabeza, probablemente el cansancio, le decía que se fuera a dormir. Lo que hiciera esa chica, que conoció solo hacía un par de horas, no era de su incumbencia, pero no lo hizo. En lugar de ser sensato, siguió los pasos de Liz y se adentró en el nivel superior.
Sus pasadas conjeturas se cumplieron completamente, cuando vio como se entretenían los invitados. Bandejas con tiras de polvo blanco llenaban cada mesa del lugar. Algunos invitados fumaban y el aire estaba cargado de una fragancia pestilente y vomitiva y a Awnon le gustaría decir que eso lo sorprendió, pero lo que realmente lo hizo fue la desnudez de algunos de ellos, mientras se frotaban entre sí al ritmo de la música.
Awnon ya no era un niño, cruzó la veintena hacía muchos veranos, pero su vida sacrificada lo había alejado de los placeres carnales. Cuando alcanzó la mayoría de edad, sintió la presión de perder su virginidad, algo de lo que se arrepentiría toda su vida. Después de esa catastrófica idea que solo le generó dolor, se volvió algo más cauto. Sin embargo, la presión social regresó para recordarle que debía encontrar una pareja, pero ninguno de los vínculos que logró iniciar, sobrevivían los tres meses de noviazgo. Awnon vivía en conflicto constante, sintiéndose anormal, con alguna enfermedad o simplemente fallado, pero nunca se rindió; creía firmemente que “se curaría” en algún momento. Pero su paciencia comenzó a menguar con los años y la desesperación por “curar su mal” lo llevó a pedir ayuda.
Fue así como su psicóloga sembró la duda de la asexualidad.
Todas sus preguntas internas se apagaron cuando aceptó que la atracción sexual no existía en su mente, ni en su vida y que jamás la había sentido por ninguna persona. Awnon no era ciego, podía distinguir y valorar a personas estéticamente atractivas, pero era incapaz de ver a una persona como sexualmente atractiva. Esa simple distinción fue la responsable de que se abriera tan fácilmente a la asexualidad; y después de internalizar ese conocimiento dejó de sentirse extraño, anormal o fallado y comenzó a vivir una vida como cualquier otra persona.
Su fallecida madre había intentado convencerlo de lo contrario, comparándolo muchas veces con un monje tibetano, burlándose de él o menospreciando su orientación, pero la asexualidad, a sus ojos, tenía tantas ventajas y libertades que Awnon jamás se atrevió a cuestionársela.
Su rostro se tornó carmesí cuando sus ojos se cruzaron con los de un joven, altamente atractivo, al que otros dos invitados estaban desnudando.
Awnon desvió la mirada rápidamente, y no tardó en descubrir a Liz intercambiando saliva con una joven de cabello rubio y piernas largas. La observó con un poco más de atención y le pareció que la chica se estaba divirtiendo. No había relación o vínculo que lo uniera a Liz o le diera autoridad para llevársela del lugar y cuando estaba a punto de descender por una escalerilla para regresar a su camarote y dormir pacíficamente en su pequeña litera, el reflejo de una luz muy potente sobre al agua, lo detuvo.








