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Bajo su protección

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Sinopsis

Después del atentado que estuvo a punto de quitarle la vida, el Servicio Secreto le asigna un nuevo guardaespaldas: Alexander Cole, ex operativo de fuerzas especiales, un hombre forjado por el combate y entrenado para no sentir nada. Su misión es simple — mantenerla con vida, sin excepciones, sin distracciones, sin acercarse. Pero nadie le advirtió lo que sentiría al dormir a un paso de su puerta cada noche. Nadie le dijo que protegerla significaría empezar a necesitarla. Isabella sabe que enamorarse de su guardaespaldas podría destruir la carrera de su padre, poner en riesgo la seguridad nacional y arruinar la única vida que Alexander conoce. Pero mientras la amenaza que casi la mató sigue libre, acechando en las sombras, la línea entre proteger y amar se vuelve imposible de sostener. En Washington D.C., donde cada movimiento se paga con secretos, Isabella y Alexander tendrán que decidir si el amor prohibido vale más que todo lo que podrían perder — incluso la vida.

Genero:
Romance
Autor/a:
Valentinacanoc
Estado:
En proceso
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Chapter 1


Capítulo 1 — Bajo Su Protección

El salón de baile de la residencia del embajador francés brilla como si alguien hubiera derramado oro líquido sobre cada superficie. Arañas de cristal, manteles blancos que rozan el suelo de mármol, meseros que se deslizan entre los invitados con bandejas de champán que nadie realmente necesita. Es la clase de fiesta donde la gente sonríe con los dientes apretados y calcula, detrás de cada cumplido, cuánto puede sacarle a la persona con la que habla.

Llevo veinte minutos aquí y ya quiero irme.

—Isabella. —La voz de mi padre llega antes que su mano en mi codo, guiándome hacia un grupo de senadores que ríen demasiado fuerte para algo que no puede ser tan gracioso—. Ven, quiero que saludes al senador Whitfield.

Sonrío. Es lo que hago. Sonrío, estrecho manos, digo “un placer conocerlo” y “sí, la universidad va muy bien, gracias” un número indeterminado de veces, mientras por dentro cuento los minutos que faltan para que sea socialmente aceptable desaparecer hacia el balcón.

Diecinueve años viviendo así y todavía no me acostumbro. No sé si algún día lo haré.

—Y esta debe ser su hija —dice el senador Whitfield, con esa mirada que los hombres de cierta edad reservan para las hijas de otros hombres poderosos: una mezcla de cortesía política y algo que no debería estar ahí. Le tiendo la mano de todos modos.

—Isabella Hart. Un gusto.

—El gusto es mío. Su padre no exagera cuando dice que usted es la joya de la Casa Blanca.

Sonrío otra vez. Es la sonrisa entrenada, la que no me llega a los ojos pero que nadie parece notar, o que a nadie le importa notar. Mi padre me aprieta el hombro con algo parecido al orgullo y sigue caminando, llevándome de conversación en conversación como si yo fuera una pieza de exhibición que hay que mostrar antes de que se acabe la noche.

Es entonces cuando lo veo.

Está de pie junto a las puertas del balcón, con un traje oscuro que le queda como si se lo hubieran cosido encima. No sonríe. No bebe champán. No conversa con nadie. Simplemente observa, con los brazos cruzados y una expresión que no cambia mientras sus ojos recorren el salón, sistemático, metódico, como si estuviera catalogando cada amenaza posible en la habitación.

Es alto —más alto que la mayoría de los hombres aquí— y tiene esa clase de complexión que no se consigue en un gimnasio elegante, sino en algún lugar mucho más duro. Cabello oscuro, corto, disciplinado. Y cuando finalmente sus ojos se detienen en mí, azules, fríos, casi grises bajo la luz de las arañas de cristal, siento algo extraño: no es la mirada de un hombre viendo a una mujer en una fiesta. Es la mirada de alguien evaluando un objetivo.

No aparto la vista. No sé por qué no lo hago.

—Isabella, ¿me estás escuchando? —La voz de mi padre me devuelve a la conversación, y cuando vuelvo a mirar hacia el balcón, el hombre ya no está mirándome. Está mirando la puerta, la ventana, la salida de emergencia. Está trabajando.

—Perdón, papá. ¿Decías?

—Decía que el senador preguntaba por tus planes después de la universidad.

Contesto lo que siempre contesto —algo vago sobre relaciones internacionales, algo que suena ambicioso sin comprometerme a nada— pero una parte de mí sigue en el balcón, con ese hombre que no sonríe.

Diez minutos después, cuando finalmente logro escaparme del grupo con la excusa de “necesito un momento”, camino directo hacia las puertas de cristal que dan al jardín. El aire de agosto en Washington es denso, húmedo, pero después del calor sofocante del salón se siente casi como un alivio. Me apoyo en la baranda de piedra y respiro.

—No debería estar aquí sola.

La voz viene de detrás de mí, grave, sin inflexión, y me sobresalto lo suficiente como para girarme demasiado rápido. Es él. De cerca es todavía más imponente: la mandíbula marcada, una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda que probablemente tiene una historia que nunca me va a contar, y esos ojos azules que ahora me miran directamente a mí, sin la distancia calculada de antes.

—Disculpa, ¿te conozco? —pregunto, aunque el tono de mi voz sale más defensivo de lo que pretendía.

—No. Pero yo a usted sí. Y a este balcón, que tiene tres puntos de acceso sin vigilancia directa. —Da un paso hacia mí, no amenazante, pero cerrando la distancia lo suficiente como para que note que huele a algo limpio, a jabón sin perfume, nada como la colonia cargada de los hombres de la fiesta—. Debería volver adentro, señorita Hart.

—¿Y tú eres…?

—Alexander Cole. —No extiende la mano. En cambio, mira por encima de mi hombro, hacia el jardín oscuro, como si estuviera escaneando cada sombra—. Trabajo con el equipo de seguridad esta noche.

Ah. Eso explica el traje que no es exactamente un traje, la postura, la manera en la que ha estado observando el salón entero como si fuera un tablero de ajedrez y no una fiesta.

—Entonces trabajas para mi padre.

—Trabajo para el Servicio Secreto. Esta noche, eso significa protegerlo a él. Y, por extensión, a usted.

Hay algo en la manera en que lo dice —protegerlo a él, y por extensión, a usted— que me hace sentir como una nota al pie de página en la vida de mi propio padre. No es nuevo. Es, de hecho, exactamente como me he sentido toda mi vida. Pero viniendo de un extraño, en un jardín oscuro, de repente duele un poco más de lo que debería.

—Qué suerte la mía —digo, con más filo del que pretendía.

Algo cambia en su expresión. No es una sonrisa —dudo que este hombre sonría con facilidad— pero hay un destello de algo, quizás sorpresa, quizás el reconocimiento de que acabo de decir algo real en medio de una noche llena de cosas falsas.

—¿Eso fue un chiste, señorita Hart?

—Fue un hecho. Hay una diferencia.

Se queda callado un momento, estudiándome de una manera que nadie en ese salón se ha molestado en hacer en toda la noche. No como un objetivo esta vez. Como una persona.

—Debería volver adentro de todos modos —dice finalmente, y su voz baja un poco, pierde algo del filo profesional—. No por protocolo. Porque hace frío y no lleva abrigo.

Miro hacia abajo, hacia mis brazos desnudos, y me doy cuenta de que tiene razón: la piel de gallina me ha subido por los brazos sin que lo notara, demasiado distraída con él como para sentir el frío.

—¿Ahora te preocupas por mi salud además de mi seguridad?

—Es parte del trabajo. —Pero cuando lo dice, hay algo que no encaja del todo con la frialdad profesional que ha mantenido hasta ahora. Se quita la chaqueta —un gesto rápido, casi automático, como si su cuerpo se hubiera movido antes de que su cabeza decidiera hacerlo— y la sostiene hacia mí—. Tome.

—No hace falta.

—Insisto.

Dudo un segundo, pero termino aceptándola. Está tibia, todavía con el calor de su cuerpo, y huele igual que él: limpio, simple, nada que ver con el perfume caro de los hombres que he conocido toda mi vida. Me la pongo sobre los hombros y, por un instante absurdo, me siento más protegida con esta chaqueta prestada de lo que me he sentido en meses rodeada de agentes armados.

—Gracias, Alexander.

—Cole —corrige, con algo parecido a la incomodidad—. Aquí, es mejor Cole.

—¿Por qué?

—Porque Alexander es un nombre. Cole es un trabajo. Y esta noche estoy trabajando.

Hay algo triste en esa distinción, aunque no sabría explicar por qué. Como si él mismo se hubiera reducido a una función, a una tarea, de la misma manera en que yo a veces me siento reducida a una imagen: la hija perfecta, la joya de la Casa Blanca, la sonrisa entrenada.

—Bueno, Cole —digo, probando el nombre en mi boca—, gracias por la chaqueta.

—Debería devolvérmela antes de que alguien la vea puesta.

—¿Por qué? ¿Vas a meterte en problemas?

—Los agentes de seguridad no le prestan su ropa a las hijas del presidente, señorita Hart. Genera preguntas.

—Entonces llámame Isabella. “Señorita Hart” también genera preguntas. Como quién es esta desconocida tan formal.

Por primera vez en toda la conversación, algo se suaviza en su rostro. No es una sonrisa completa, pero es lo más cercano que he visto. Y por alguna razón, siento como si hubiera ganado algo, aunque no sabría decir qué.

—Isabella —repite, y mi nombre suena distinto en su voz, más pesado, más real que en boca de cualquiera de los senadores allá adentro.

El momento se rompe cuando la puerta del jardín se abre de golpe y uno de los agentes de mi padre —conozco su cara, lo he visto cientos de veces, pero nunca recuerdo su nombre— aparece con una expresión tensa.

—Cole. Te necesitamos adentro. Ahora.

La transformación es inmediata. El hombre que hace un segundo me miraba con algo parecido a la curiosidad desaparece, reemplazado por el profesional frío y calculador que vi por primera vez junto a las puertas del balcón. Asiente una vez, seco, y se gira hacia mí.

—Quédese aquí. Alguien vendrá a buscarla en un momento.

—¿Qué está pasando?

—Nada de qué preocuparse. —Pero su mandíbula está tensa, y sus ojos ya no están en mí: están escaneando el jardín, la puerta, cada sombra posible—. Quédese cerca de la luz.

Y se va, con esa rapidez silenciosa de alguien entrenado para moverse sin llamar la atención, dejándome sola en el balcón con su chaqueta todavía sobre mis hombros y el corazón latiendo un poco más rápido de lo que debería, por razones que no tienen nada que ver con el frío.

Adentro, cuando finalmente regreso al salón unos minutos después —escoltada por una agente nueva que no reconozco, con el rostro serio y la mano cerca de la cadera—, todo parece normal. La orquesta sigue tocando. Los senadores siguen riendo demasiado fuerte. Nadie parece notar nada extraño.

Pero encuentro a mi padre en una esquina, hablando en voz baja con el director de su equipo de seguridad, y la expresión en su rostro —esa mezcla de calma forzada y tensión real que he aprendido a reconocer después de toda una vida siendo su hija— me dice que “nada de qué preocuparse” era mentira.

—¿Papá?

—Isabella. —Se gira hacia mí, y por un segundo, antes de que la máscara vuelva a su lugar, veo algo parecido al miedo—. Todo está bien. Solo un pequeño problema de seguridad, ya resuelto.

—¿Qué tipo de problema?

—Nada de lo que debas preocuparte. —Es la segunda vez en cinco minutos que alguien me dice exactamente eso, y ambas veces suena igual de falso—. Deberíamos irnos pronto, de todos modos. Ha sido una noche larga.

Busco con la mirada entre la gente, sin saber muy bien qué —o a quién— estoy buscando, hasta que lo encuentro: Cole, de pie junto a una de las salidas laterales, hablando en voz baja por un micrófono oculto en su muñeca, con la mandíbula tensa y los ojos recorriendo cada rincón del salón con una intensidad que no tenía antes.

Nuestras miradas se cruzan por una fracción de segundo. No hay suavidad esta vez, ni la casi-sonrisa del jardín. Solo esa evaluación fría y metódica, como si estuviera calculando cuánto tiempo le tomaría llegar hasta mí si algo saliera mal.

Y por primera vez en toda la noche, no sé si el escalofrío que me recorre es por miedo, o por algo completamente distinto.

Cuando finalmente subimos al auto que nos lleva de vuelta a la Casa Blanca, mi padre está callado, revisando su teléfono con una intensidad que no es normal ni siquiera para él. Miro por la ventana las luces de Washington pasando borrosas, y me doy cuenta de que todavía tengo la chaqueta de Cole sobre los hombros.

Debería habérsela devuelto.

No lo hice.

La huelo una vez más antes de quitármela con cuidado y doblarla sobre mi regazo, diciéndome a mí misma que es solo porque hace calor en el auto, que no tiene nada que ver con querer conservar ese olor un poco más, con querer recordar la sensación de que, por cinco minutos en un jardín oscuro, alguien me miró como una persona y no como un símbolo.

No sé todavía que esa noche —la gala, el balcón, la chaqueta prestada— será la última vez en mucho tiempo que Alexander Cole y yo hablaremos como dos extraños cualquiera.

No sé que en menos de dos semanas, todo en mi vida va a cambiar.

Pero por ahora, mientras el auto avanza por las calles oscuras de la capital, solo pienso en unos ojos azules y fríos que, por un instante, dejaron de ser fríos.

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