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JOHAN PAZ Y LOS TEMPLARIOS

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Sinopsis

Hace años, la humanidad quedó atrapada en una guerra silenciosa entre deidades arcanas y la Orden de los Templarios, una facción militar de élite que utiliza la posesión consentida del poder de Bafomet para combatir a los demonios. Aunque los Templarios son el único escudo del mundo, el pueblo civil los teme y los tilda de monstruos debido a las auras rojas y ojos negros que adoptan al luchar. ​La trama principal se traslada a las afueras de Roma. El demonio de élite Dantalion, junto a sus compinches Gremory y Eligos, ha logrado engañar a la cúpula de la Santa Sede. Haciéndose pasar por "Enviados Celestiales", han convencido al Papa y al ambicioso Cardenal Miguel para realizar bendiciones masivas en la Plaza de San Pedro. Bajo la ilusión de una luz divina, drenan la fe de los peregrinos y les inoculan parásitos demoníacos para transformar a la población en un ejército de marionetas. ​Tras una sangrienta emboscada en el barrio del Trastevere que cuesta la vida de varios veteranos, John Paz y sus compañeros de escuadrón (Marco, Ana, Bastian, Lydia y Elara), junto a la élite liderada por Gideon y los veteranos "Resucitados" (Satmal, Caifa y Veky), descubren el verdadero horror del Vaticano. ​Con la gran misa final a solo tres días de ejecutarse y el Papa negándose a admitir la manipulación, el Comandante Luciano Paz toma una decisión drástica: la Orden marchará a la batalla final

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Jose Alejandro
Estado:
hace 25 días
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

La Cuna de la Oscuridad

LEANDRO: JOHN PAZ Y LOS TEMPLARIOS

Capítulo 1:

El aire en Manila era una manta pesada de humedad y calor que asfixiaba los pulmones. En el interior de un salón privado, ajeno al bullicio nocturno de la colonia, las velas parpadeaban sobre una enorme mesa de roble sepultada bajo mapas y cartas de navegación. Diego de la Vega, un hombre en la treintena de mirada afilada y semblante inquebrantable, revisaba los documentos con una precisión casi mecánica.

La pesada puerta de madera crujió. El Gobernador Colonial cruzó el umbral arrastrando los pies, sosteniendo una botella de vino a medio terminar.

—Diego —dijo el Gobernador, con una voz grave que denotaba cansancio—. Me han llegado noticias de Madrid. Tus informes sobre la diplomacia con China y las Indias Orientales han sido notados por la Corona.

Diego se levantó despacio. Mantuvo su postura firme, analizando el rostro de su superior.

—¿Y a qué se debe la honra, mi gobernador?

El hombre mayor ignoró la pregunta por un instante. Sirvió el vino oscuro en un vaso de cristal y lo vació de un solo trago, como si buscara valor en el fondo.

—Ha habido una serie de incidentes entre nuestros comerciantes y los barcos de Japón. El Shogunato se ha negado a hablar con nosotros. No podemos tolerar este silencio. La Corona te quiere en Japón. No como un soldado, sino como un negociador. Eres el único hombre con la paciencia para lograr un acuerdo sin derramamiento de sangre.

Una sonrisa amarga y fugaz cruzó el rostro de Diego. Conocía las políticas de aislamiento de aquel país.

—Una misión suicida.

—Lo sé —admitió el Gobernador, bajando la mirada—. Pero eres nuestro mejor hombre para esto. Zarparás en la mañana.

Diego no discutió. Asintió en un silencio sepulcral, aceptando el peso de su condena.

***

Días después, en mar abierto, la oscuridad dentro de la bodega del barco español era casi absoluta. El crujir de la madera bajo el embate de las olas sonaba como los quejidos de un gigante moribundo. Un joven marinero bajó los peldaños temblando, sosteniendo un farol de aceite que apenas rasgaba las sombras.

El aire allí abajo era antinatural. Un frío que calaba los huesos y un hedor insoportable a carne podrida inundaban el ambiente. Cuando el marinero bajó el farol hacia las tablas del suelo, el aliento se le atoró en la garganta. Docenas de ratas yacían muertas esparcidas por la bodega. No estaban simplemente descompuestas; estaban secas, momificadas, como si algo les hubiera succionado hasta la última gota de vida.

—Santa Madre de Dios… —susurró el muchacho, persignándose con dedos temblorosos.

Un gruñido húmedo, gutural y profundo, resonó detrás de unos pesados barriles de pólvora. El sonido de unas garras larguísimas arañando la madera suavemente hizo que al joven se le helara la sangre.

Antes de que pudiera gritar, una mano firme y enguantada le tapó la boca desde atrás.

Era Diego. Estaba pálido, cubierto por un sudor frío, con los nudillos blancos de tanto apretar la empuñadura de su espada.

—Ni un ruido —le susurró Diego directamente al oído, con un tono que no admitía réplica—. Camina hacia atrás.

Retrocedieron paso a paso hacia la escalera. El gruñido bajo volvió a sonar, esta vez haciendo vibrar las tablas bajo sus botas. Diego empujó al marinero hacia los peldaños, subió detrás de él y cerró la pesada escotilla de madera de un solo golpe, pasando el grueso cerrojo de hierro.

—Sella esta puerta con clavos —ordenó Diego, respirando agitado—. Si alguien pregunta, la carne de res se pudrió. Nadie baja aquí hasta que toquemos tierra en Japón.

***

El Palacio en Tokio se alzaba imponente, un coloso de madera y tejas perfectas que desafiaba el cielo de la mañana. Un grupo de diplomáticos japoneses, escoltados por una docena de guardias en armadura, esperaba en estricta formación. El palanquín se detuvo y Diego descendió, luciendo impecable en su traje occidental. Se inclinó con profundo respeto ante sus anfitriones.

—Señor Diego —habló uno de los diplomáticos—. El Shogun ha mandado a recibirle. Sea bienvenido.

Diego mantuvo la compostura, pero sintió un peso sobre él. Desde un balcón superior, oculto a medias por las celosías, un grupo de mujeres de la realeza observaba la llegada del extranjero. Detrás de ellas, destacaba Lady Katsumi. La joven no susurraba ni reía como las demás; su mirada estaba clavada en Diego, devorándolo con una curiosidad intensa y silenciosa.

Horas más tarde, Diego se encontraba arrodillado frente al hombre más poderoso de la nación.

—Mi Shogun, el mundo está cambiando. Los imperios se expanden —argumentó Diego con voz pausada—. El comercio con España puede proveerles de los recursos que necesitan para que su país florezca.

El Shogun lo observó desde su trono, con un rostro tallado en piedra.

—Discutiré esto con el consejo. Mientras tanto, te alojarás en nuestros aposentos de invitados. Pero entiende nuestras reglas, occidental: no mirar ni tocar a las mujeres de la corte. Nuestro honor y nuestro linaje son sagrados.

—Entendido. No tengo ninguna intención de faltar a su honor.

Pero la curiosidad es una fuerza más poderosa que el miedo. Esa misma noche, en la penumbra de los aposentos de invitados, la puerta corrediza de papel se abrió sin emitir un solo sonido. Katsumi entró deslizándose como un fantasma, sosteniendo una pequeña lámpara de aceite. Sus oscuros ojos brillaban con una fascinación indomable.

—¿El mundo es realmente tan grande? —susurró rápidamente, acercándose a él—. ¿Es cierto que el mar no tiene final? ¿Por qué tu cabello es dorado? ¿Por qué vistes tan extraño?

Diego parpadeó, perplejo ante la audacia de la joven.

—Por favor, detente. Aunque sé un poco de tu idioma, hablas demasiado rápido. No te entiendo.

Ella hizo una rápida reverencia.

—Mis disculpas. Hablaré más despacio.

—No deberías estar aquí —le advirtió Diego, tenso—. Si te descubren, ambos tendremos problemas.

—Descuida —Katsumi alzó la barbilla, desafiante y hermosa bajo la tenue luz—. Nadie me vio. Este será nuestro secreto.

Diego la observó por un segundo, sintiendo cómo las defensas que había construido durante años comenzaban a resquebrajarse.

—El mundo es mucho más grande de lo que puedes imaginar. El mar no tiene fin.

La sonrisa que se dibujó en el rostro de la mujer fue suficiente para sellar su destino.

***

Mientras el romance prohibido florecía en las sombras, en la sala privada del Shogun, la tensión militar aumentaba. Un guardia japonés, arrodillado, rendía su informe con la cabeza gacha.

—Mi Shogun, perdone que interrumpa. Han desaparecido seis personas en la última semana en las aldeas costeras. Pescadores y comerciantes. Y hay quienes aseguran haber visto una sombra inmensa moviéndose por las noches. Creen que es un demonio que vino con el viento.

—Supersticiones de campesinos —cortó el Shogun, severo e inamovible—. Mantén a tus hombres alerta y silencia a los que propagan el pánico. No quiero debilidad en mis tierras.

Al día siguiente, el monarca dio su veredicto diplomático.

—Nuestro consejo ha tomado una decisión. Abrimos nuestras puertas al comercio con el Imperio español. Sin embargo, no podrán entrar al interior del país.

—Mi Shogun, gracias por su confianza —sonrió Diego, aliviado de haber cumplido la misión imposible.

—No se confunda. Esto no es por ustedes. Es por el futuro de Japón.

A lo lejos, desde su balcón, Katsumi lo miraba, radiante.

***

Los meses transcurrieron. Lo que comenzó como curiosidad mutó en una pasión clandestina que desafiaba a la muerte. En la seguridad de la penumbra, Diego y Katsumi yacían abrazados. La mano de él descansaba suavemente sobre el vientre de ella, ahora visiblemente abultado.

—Katsumi… —murmuró Diego, sintiendo el milagro bajo su palma.

—Lo sé —respondió ella, con lágrimas de felicidad asomando en sus ojos—. Es un milagro. Es nuestro secreto.

Se besaron con la desesperación de quienes saben que su tiempo es prestado. Y tenían razón. En la oscuridad del pasillo, a través de una rendija en la puerta corrediza, una concubina los observaba. Su rostro estaba torcido por una mezcla de celos y malicia pura.

La bomba estalló al amanecer.

Las puertas del salón de reuniones se abrieron de golpe. El Shogun entró caminando como un animal herido, con las venas del cuello palpitando de ira. Dos oficiales españoles, que habían sido convocados de urgencia, se miraron confundidos. En una esquina, la concubina delatora mantenía la cabeza gacha, ocultando una sonrisa perversa.

—¡Me han deshonrado! —rugió el Shogun, haciendo temblar las paredes—. ¡Un bastardo de sangre española ha manchado mi linaje!

—Mi Shogun, no entendemos. ¿De qué está hablando? —tartamudeó uno de los oficiales, dando un paso atrás.

El sonido metálico del acero llenó la sala. El Shogun desenvainó su katana a medias, con los ojos inyectados en sangre.

—¡Uno de los suyos ha profanado nuestra sangre! Si no me entregan a Diego de la Vega de inmediato, el comercio queda roto. ¡Y si en tres días no está frente a mí, todos ustedes serán ejecutados!

***

El hedor a humedad y orina inundaba el calabozo subterráneo. Diego estaba sentado en el suelo de tierra, con el rostro reventado a golpes y gruesos grilletes de hierro mordiéndole las muñecas y los tobillos.

La pesada puerta crujió. Lord Akira, vestido con su armadura ligera, entró y cerró de inmediato. El noble guerrero posó la mano sobre la empuñadura de su espada, respirando con dificultad.

—Mi hermana está esperando un hijo —susurró Akira, con la mandíbula tensa—. No voy a permitir que muera.

Diego levantó la vista, arrastrando las cadenas.

—Si te hubieras opuesto a mi condena frente al consejo, te habrían decapitado.

—No me atrevo a desafiar al Shogun a la luz del día. Pero en la sombra... sé que el barco que te trajo sigue en el puerto —Akira descolgó un pesado manojo de llaves de su cinturón—. Si te libero... ¿juras llevarla lejos, a un lugar donde pueda vivir?

—Tengo un amigo que es el capitán de ese barco. Si logramos llegar a la cubierta, él nos sacará de aquí.

Akira no dijo más. Introdujo la llave y el frío hierro cayó al suelo.

La huida fue desesperada. La niebla del puerto era una cortina espesa que apenas dejaba ver las linternas agitándose por el viento. Akira, Diego y Katsumi corrían por la madera húmeda del muelle. La joven se sujetaba el vientre, respirando con agonía, pero sin detener el paso.

Subieron por la pasarela de un gran galeón español. El Capitán los esperaba, con un farol apagado y el rostro sombrío. Al ver a Diego, hizo una rápida señal. Las cuerdas de amarre cayeron al agua negra y las inmensas velas se desplegaron devorando el viento nocturno.

Cuando el sol asomó, una cuadrilla de guardias japoneses patrullaba el puerto gritando órdenes. Un marinero local señaló hacia el horizonte gris.

—Los vi antes de que el sol saliera. Subieron a ese barco extranjero de grandes velas. Era el diplomático y una mujer de la corte. Ya deben estar muy lejos.

***

El barco español navegaba a ciegas. Una niebla antinatural, densa y grisácea, había tragado por completo el mar. La tripulación murmuraba, aferrando sus sables y picas, sintiendo que algo en el aire estaba podrido.

Katsumi se apoyaba en la barandilla de babor, pálida, luchando contra las náuseas del embarazo y el mareo del mar.

De pronto, un sonido asqueroso rompió el silencio. Era el sonido húmedo de la carne siendo desgarrada.

Katsumi levantó la vista. La bruma se abrió lo suficiente en la proa para revelar una pesadilla encarnada. Zagan. El demonio era una montaña de músculos negros y correosos, coronado por garras que parecían guadañas de obsidiana. Estaba agachado sobre el cuerpo inerte de un marinero, masticando sus entrañas.

Un grito de terror puro escapó de los pulmones de Katsumi.

Zagan giró su cuello con un crujido espeluznante. Su boca, un abismo de dientes irregulares, estaba empapada en sangre caliente. Con un salto que desafió toda lógica física, la bestia se lanzó directamente hacia la joven embarazada.

¡CLANG!

El acero chocó contra las garras demoníacas. El Capitán se había interpuesto en el último segundo, bloqueando el ataque letal con su espada gruesa. La fuerza del impacto hizo retroceder a la bestia. Diego llegó corriendo, agarró a Katsumi por la cintura y tiró de ella hacia atrás, resguardándola.

—¡Ataquen, maldita sea! ¡Maten a esa bestia! —rugió el Capitán.

Una docena de marineros, movidos por el pánico y el instinto, cargaron contra el demonio.

Un artillero le apuntó con su pistola de chispa a quemarropa y jaló el gatillo. La bala de plomo golpeó el pecho oscuro de Zagan y rebotó inútilmente, como si hubiera impactado contra un yunque. La respuesta del demonio fue inmediata: un zarpazo lateral que le arrancó la mitad del rostro al tirador. El cuerpo se desplomó como un saco de carne.

Otro marinero, en un acto de valor suicida, intentó hundirle un hacha por la espalda. Zagan ni siquiera se molestó en mirar. Giró sobre su propio eje y sus garras largas atravesaron el pecho del hombre de lado a lado, reventando sus costillas por dentro. La sangre caliente salió disparada como un géiser, salpicando el blanco de las velas.

En segundos, la cubierta se convirtió en un matadero. Zagan se movía a una velocidad incomprensible, desmembrando a la tripulación. Extremidades amputadas, torsos abiertos y vísceras pintaron la madera húmeda. Los alaridos de dolor se fundían con los rugidos del demonio.

El Capitán bloqueó un golpe que amenazaba con partirle el cráneo y comprendió que morirían todos si seguían en campo abierto.

—¡No podemos con él aquí! ¡A la cabina! ¡Rápido!

Diego, Katsumi, el Capitán y un joven grumete aterrorizado corrieron, resbalando sobre los charcos de sangre de sus compañeros, y se atrincheraron a empujones en el camarote principal.

El Capitán atrancó la pesada puerta de roble con el escritorio de mapas. Diego, con la respiración entrecortada y la adrenalina quemándole las venas, rastreó la habitación en busca de algo, lo que fuera. Sus ojos encontraron un pesado arpeo de abordaje atado a una soga gruesa. Lo empuñó como si su vida dependiera de ello.

—Lo atraemos —dijo el Capitán, sacando un grueso trabuco y cargándolo a toda velocidad—. Cuando rompa la puerta, lo aturdimos y le vuelo la cabeza.

—Lo tengo —respondió Diego, aferrando el gancho.

El silencio fue apenas un suspiro antes del infierno.

La puerta maciza estalló en una lluvia de astillas mortales. Zagan entró como un torbellino de oscuridad. Fue demasiado rápido. Antes de que el Capitán pudiera alzar el arma, las garras del demonio atravesaron el torso del joven grumete, partiéndolo en dos con un sonido crujiente y visceral. La sangre llovió sobre los mapas, manchando el rostro pálido de Katsumi.

El cuerpo del muchacho cayó al suelo, partido por la mitad.

Diego reaccionó por puro instinto de supervivencia. Lanzó el arpeo con toda la fuerza de su cuerpo. El enorme gancho de hierro cruzó el aire y se clavó profundamente en el muslo oscuro de Zagan, desgarrando músculo y tendón. Diego se tiró hacia atrás, usando su propio peso para tirar de la cuerda. El jalón brutal le robó el equilibrio al demonio, que cayó pesadamente sobre sus rodillas.

—¡Ahora! —gritó Diego.

El Capitán no dudó. Avanzó un paso, colocó el cañón del trabuco directamente contra la sien de la criatura y disparó.

El estruendo ensordeció a todos en la cabina. La bala de plomo destrozó el cráneo de Zagan en una explosión de sangre negra y esquirlas de hueso.

La bestia emitió un chillido agudo, retorciéndose sobre las tablas astilladas. Frente a sus ojos, el cuerpo monstruoso comenzó a encogerse. La piel negra como el carbón se retrajo, los huesos crujieron y se reacomodaron hasta que, de pronto, en el suelo solo quedó el cadáver ensangrentado de un ser humano común. El recipiente original.

El Capitán bajó el arma, tragando aire. Diego soltó la soga, sintiendo que los músculos le ardían. Creían haber ganado.

Pero la muerte en el Averno tiene sus propias reglas.

De la boca abierta y destrozada del cadáver, una sombra espesa, negra y viscosa comenzó a alzarse como humo con voluntad propia. La esencia demoníaca serpenteó en el aire y, como un rayo, se lanzó directamente contra el pecho de Diego.

El impacto fue silencioso pero devastador. Diego cayó de rodillas al instante. Su cuerpo comenzó a convulsionar violentamente contra la madera. Líneas de un negro profundo treparon por su cuello, envenenando sus venas. Su rostro se contorsionó en una mueca de agonía absoluta. Cuando finalmente levantó la mirada, sus pupilas e iris habían desaparecido; en su lugar, solo había pozos de oscuridad infinita.

—¡Tu vida me pertenece! —La voz que salió de sus labios era la de Diego, pero profunda, distorsionada y cargada de un eco sepulcral.

El Capitán retrocedió, tropezando con una silla, paralizado por el horror. El ente que ahora habitaba el cuerpo de Diego se levantó despacio. Su cabeza giró mecánicamente hasta fijar sus cuencas vacías en Katsumi. Levantó las manos; sus uñas se habían vuelto largas y ennegrecidas, dagas listas para vaciarle el vientre.

Pero entonces, el cuerpo se detuvo.

Los brazos temblaron en el aire. Las venas del rostro de Diego palpitaron en un esfuerzo sobrehumano, titánico. Por una fracción de segundo, el alma del diplomático forzó su voluntad sobre la del monstruo, peleando por el control de su propia carne.

—¡Corre, Katsumi! —gritó Diego. Esta vez era su voz real, agónica, rasgada por el esfuerzo de mantener a la bestia a raya—. ¡Huye!

Katsumi dudó, con el rostro bañado en lágrimas y el corazón roto, pero el instinto maternal fue más fuerte. Dio media vuelta y salió corriendo despavorida por el marco de la puerta destrozada hacia la cubierta brumosa.

El Capitán recuperó el control. Vio la oportunidad, pateó un pequeño barril de pólvora negra que rodó hasta detenerse justo a los pies de Diego. Con mano firme, sacó una pistola de chispa secundaria de su cinto.

El demonio, habiendo recuperado el control del cuerpo, giró el rostro de Diego hacia el Capitán, esbozando una sonrisa macabra y antinatural con el rostro de quien alguna vez fue su amigo.

El Capitán amartilló el arma.

—Que Dios te perdone.

Disparó directamente al barril.

La explosión fue dantesca. El fuego devoró el interior de la cabina en una fracción de segundo. La onda expansiva hizo volar los gruesos ventanales de popa y arrancó parte de las tablas superiores. El cuerpo de Diego, envuelto en un infierno de llamas, salió disparado por los aires, trazando un arco de fuego antes de hundirse en las aguas heladas y oscuras del océano.

El barco español, mutilado, manchado de sangre y con la popa ardiendo en llamas, continuó navegando a ciegas y a la deriva hacia el espesor de la niebla interminable.

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