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La profundidad del vacío

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Sinopsis

Durante generaciones, los campesinos del Campo San Elías han vivido bajo el peso de la tierra, la pobreza y el dominio de sus señores. Sus vidas transcurren entre cosechas, látigos y jornadas interminables, hasta que un día la tierra se abre. Un abismo inmenso aparece en medio de los sembradíos. Nadie sabe qué profundidad tiene ni qué existe en su interior. Los animales huyen, las cosechas comienzan a morir y una presencia inexplicable parece habitar en las profundidades. Lo que al principio provoca terror pronto se convierte en objeto de fascinación. Peregrinos, sacerdotes, nobles, aventureros y curiosos llegan desde lugares lejanos para contemplar aquella herida imposible en la tierra. Pero nadie interpreta el abismo de la misma manera. Para Don Mariano, señor de aquellas tierras, la sima es una señal divina. Convencido de que ha sido elegido por una fuerza superior, decide convertir el misterio en una oportunidad para aumentar su poder y extender sus dominios. Sin embargo, cuanto más intenta dominarlo, más profundamente cae en las redes de su propia ambición. Para Mateo, un anciano campesino, el abismo se convierte en el espejo de toda una vida de sacrificios y servidumbre. Para Fernando, un hombre marcado por la pérdida de su esposa, representa la posibilidad de encontrar aquello que el tiempo amenaza con borrar de su memoria. Y para Alfredo, un joven que nunca se resignó a aceptar la vida de esclavitud que le fue impuesta, el vacío puede esconder algo mucho más grande: una respuesta. Una respuesta a la pregunta que ningún rey, sacerdote ni señor ha conseguido explicar: ¿Para qué nos fue dada la vida, si nunca nos dejaron vivirla? Mientras el pueblo intenta descubrir qué duerme bajo aquella tierra, el verdadero horror comienza a revelarse. Porque quizá el abismo no haya aparecido para destruirlos. Quizá haya aparecido para mostrarles quiénes son realmente. Y cuando dos hombres cansados de vivir de rodillas decidan acercarse demasiado a sus profundidades, descubrirán que existen vacíos mucho más aterradores que la muerte. El vacío no siempre está debajo de nuestros pies. A veces vive dentro de nosotros.

Genero:
Horror
Autor/a:
Arturo3Tay_
Estado:
En proceso
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

El monte San Elias

Hay lugares sobre los cuales el tiempo se disuelve en una lentitud monótona, de forma que se claurica un páramo de aragonés como el polvo sobre un viejo altar olvidado. Las estaciones pasan dentro del bramido de un cielo plomizo, los inviernos son una eterna hombría que no desliza ni un rayo de sol, y las generaciones nacen para ocupar la misma costumbre que sus antepasados, formando parte de una servidumbre inmemorial. El mundo continúa avanzando lejos de ellos mientras aquellas tierras permanecen inmemoriales, como si hubiesen sido excluidas del curso natural de la historia. Así era el Huerto de San Antonio, una vasta extensión de sembradíos cercada por colinas grises y bosques silenciosos, donde el viento mantuvo una penitencia estrepitosa. Donde cada campesino debía hundir las manos en una costra estéril que devolvía espinas por trigo, para pertenecer al feudo como pertenecen las raíces al suelo, y saber que el sudor de la frente jamás apagaría la sed del estómago, sino la codicia del señor de la torre que ignora la tristeza impregnaba en las piedras con una persistencia tan antigua que hasta las raíces podían percibir su resignación

Las viviendas de los campesinos no era un lugar remoto y menos adulador para servir. Eran pequeñas construcciones de barro, madera húmeda y techumbres vencidas por incontables lloviznas y aguaceros. Cuando la lluvia descendía sobre la comarca, el agua retumbaba en alguna grieta y terminaba filtrandose en las casuchas, obligando a las familias a mover una y otra vez sus escasas pertenencias para salvarlas de la humedad. Los niños aprendían desde muy pequeños como vivir resignados entre la miseria, la falta de pan y comida, sintiendo como un tañido fundesco de la campana, sintiendo el cruel lamento de sus padres. Nadie se preguntaba cuándo terminaría aquella desdicha, tan solo debian seguir trabajando acarreando su voluntad a la de sus señores.

Los años pasan y el rincón donde se arrima el polvo siempre se da por olvidado o señalado por las costumbres que pesan en los días más caóticos. Así surge un amplio huerto de balcones deslucidos y almas descompuestas durante siglos, donde los campesinos eran sometidos a la tiranía de los nobles.Su rutina estaba marcada por el alba y el ocaso, unas fuertes corrientes del agua escasa en las acequias de fango, el reparto de las frutos salidos del campo que apenas engañaba las entrañas de los niños mellados, y aquellas pequeñas, casi patéticas esperanzas nocturnas, donde alrededor de una hoguera de sarmientos se soñaba con una lluvia mansa o con que el señor perdonase el diezmo de la próxima cosecha. No había espacio para la revolución, pues la tiranía les había robado incluso las palabras para nombrar la libertad.

El alba no despertaba a los hombres sino las notas lúgubres y cascadas de una campana parroquial las que cortaban el silencio sagrado de la noche, flotando como un gemido sobre el neblinoso valle mucho antes de que el primer rayo de sol tuviera la constanza la cumbre de las montañas. Aquel bronce secular y apacible, suspendido en una espadaña carcomida por el cierzo, no convocaba a la airosa esperanza de su propia sangre limpia, combatiendo la voz implacable del destino que ordenaba desatar de nuevo la misma cadena de fatigas. Los siervos abandonan sus lechos de paja revuelta con los miembros entumecidos y el dolor de la víspera aún vivo en los huesos. Nadie se atrevía a mencionar una única palabra. ¿Para qué? Los rostros pálidos y las espinas dobladas formaban un mudo poema de resignación que todos sabían leer en la oscuridad.

Al pie de las labradas puertas, las azadas y los arados aguardaban fijos en la penumbra como la negrura de la noche. Los astiles de madera, oscurecidos y pulidos por el sudor áspero de varias generaciones, rogaban en sus mellas la crónica revuelta y condenada a remover el mismo terrón de arcilla. En aquel rincón del mundo nada se transformaba ni desaparecía por completo, ni un horrible mentecato, ni una brillosa luz como el oro, tan solo las herramientas sobrevivían a los brazos que las empuñaban, el mismo destino del abuelo al nieto, que se hunde el hierro en la gleba, continuaba involuntariamente el surco interrumpido por la muerte de otro ser querido

La existencia entera quedaba sepultada en proteger dichas casonas gigantes. Ya cayera el inmenso sol de Julio como una lluvia de diciembre que calcinaba las sienes,o azotara el temporal de invierno deshojando los árboles, los cuerpos permanecían encorvados sobre el surco con una sumisión que imitaba el fanatismo religioso. Mas la tierra se mostraba siempre estéril y esquiva, como un correr hambriento que exigía la sangre del labrador y devolvía apenas un puñado de espigas negras. Al llegar el otoño, las carretas señoriales crujían bajo el peso del trigo dorado, se debía servir del valle rumbo a las almenas del castillo que dominaba el horizonte, que juran los desdichados cultivadores miraban perderse el fruto de su vida en un silencio sombrío, inmóviles a la orilla del camino como estatuas de granito alzadas sobre la miseria.

No anidaba en ellos el odio ni menos se disimulaba la cólera, el regocijo era indiferente y reconocían que su legado pertenecía a dicho sufrimiento, pero buscaban desistir en algun reflejo. Para odiar es preciso haber vislumbrado alguna vez la aurora de la libertad, y las almas de aquellos infelices yacían sepultadas bajo el mismo polvo que fue pisoteado fuertemente. Sufrían una resignación profunda, misteriosa, casi sagrada, transmitida de padres a hijos como una ley decretada o un dogma decretado por Dios en los días de la creación. Aceptaban que el orden del universo exigía la existencia de señores nacidos para la gloria y vasallos destinados a sostener, con su espinazo herido, la soberbia de los palacios.

Sin embargo, la Providencia arrojaba a veces un consuelo en mitad del campo. Al declinar la tarde, cuando el horizonte se teñía de un rojo purpúreo y cobrizo que semejaba la sangre de un sacrificio lejano, los hogares encendían sus hogueras humildes. Reunidos en torno a la llama viva, compartían un mendrugo de pan endurecido por los días y una escudilla de caldo magro con un respeto apacible entre los valles displicentes. No poseían más que sus harapos, pero en aquella comunión de la indigencia comprenden que este frio tomaba un propósito en el asecho de sus propios prójimos

Mateo se encontraba en aquella comunión. Era el tronco más viejo del valle, un anciano de espalda reñida por el peso de los inviernos y manos nudosas como raíces de roble. Aseguraba, con una fijeza mística en sus ojos apagados, que la tierra poseía un oído oculto que escuchaba los latidos de quienes la herían con el arado y que, por tanto, jamás debía sembrarse con hiel en el alma sino daba por procesar un veneno en los matojos clavados en el punto firme del corazon. Los jóvenes sonreían con la ligereza propia de los pocos años, pero al amanecer, cuando se encontraban a solas frente a la inmensidad del campo, guardaban un pavor reverente y odiaban repetir las mismas labores.

Fernando era un ser taciturno, de los que parecen habitar la frontera mundos diferentes y desolados. Apenas cruzaba palabra y tan solo se dedicaba a trabajar, prefería escuchar el monótono y quejumbroso murmullo del río, cuyas corrientes creían preñadas de voces dóciles, antes que atender a las burdas conversaciones de sus otros compañeros. Un invierno implacable y fúnebre le había arrebatado a su esposa, y desde aquella hora caminaba del brazo de un acecho difícil de procesar. Aseguraban las viejas del lugar que, al caer el bando de la noche, el infeliz colocaba un plato servido ante el umbral de su cabaña desierta, aguardando con los ojos fijos en las estrellas esperando el retorno de aquella alma que la muerte mantenía cautiva. Nadie osaba profanar aquel rito con una sonrisa de burla; en el Huerto de San Elías, cada cual arrastraba su propio fantasma y respetaba los arcanos del dolor ajeno.

A su lado doblaba los platos el señor Alfredo, un joven en cuya frente prematuramente pálida brillaba y los ojos saltones, quijada elevada y las cejas pobladas. Sus brazos poseían la fuerza del hierro, pero sus ojos negruzcos y extraviados miraban siempre más allá del horizonte pretencioso. Mientras la turba de labradores examinaba con angustia el grano, él alzaba el rostro hacia las cumbres borrascosas o permanecía absorto contemplando las nubes efímeras, cual si buscase alguna reliquia divina entre los cauces y los pedruscos. Los rústicos le juzgaban como demente y caótico, las almas piadosas sabían que su corazón era demasiado reluciente y firme para quedar sepultado en los estrechos límites de aquel feudo maldito.

Las nuevas generaciones crecían allí sin conocer la verdadera libertad. Antes de que sus labios supieran articular una oración escrita, sus ojos infantiles ya distinguían la espiga herida por el tizón, sus oídos presentían el trueno antes de que se solventara en el Moncayo y sabían medir la marcha del tiempo por el tinte mortuorio de las hojas del bosque. Sus juegos, exentos de risas alegres, consistían en perseguir mariposas negras entre los surcos o forjar espadas de madera con ramas secas de ciprés, originando batallas gloriosas cuyas trágicas realidades ignoraban. Aquella inocencia pálida era el único reducto espiritual que el orgullo de los señores feudales no había buscado limitar

En la penumbra de las chozas, las mujeres sostenían la imagen viva en aquella existencia moribunda. Mientras los hombres herían la gleba bajo el sol, ellas desgranaban las espigas en el almirez, cerraban en sus dedos ágiles los harapos seculares y velaban el camastro de las hordas restantes. Sus manos, agrietadas por el agua fría y las cenizas del hogar, poseían una enseñanza pura y fugaz de delicadeza inefable, a diferencia de la soberbia de las damas del castillo, que jamás se atrevían a observarlas y tenerlas en consideración. Allí donde expiraba la fuerza ruda del varón, daba comienzo el heroísmo silencioso y la paciencia infinita de aquellas madres que mantenían encendida la lámpara de la fe sin pronunciar jamás su nombre.

Cuando las sombras sepultaban definitivamente el valle, se soltaba aquel llamamiento que se cuajaba de astros, desparramando una luz tan pura y magnífica que parecía imposible que tanta hermosura brillase sobre un suelo tan castigado por la condición de roles generales. Los ancianos del lugar, herederos de remotas tradiciones, aseguraban que cada estrella era el alma de un siervo olvidado por la historia que velaba desde un océano incrédulo e irreconocible, y que mientras un solo mortal las contemplase con humildad, la humanidad no quedaría desamparada en las tinieblas. Nadie inquiría la verdad de la leyenda, pero se contaba indudablemente en los momentos de miseria y pérdida, los mitos eran el único pan que alimentaba el espíritu.

Así declinaba las horas en el Huerto de San Elías tan idénticas, mudas, pesadas como lápidas selladas en una rectificación concreta, bajo la sombría certeza de que el mañana no sería sino el eco del presente. Ninguno de aquellos infelices sospechaba que la tierra, mudo testigo de siglos de opresión y llanto, estaba a punto de romper su secular letargo. Muy pronto, aquel suelo firme que creían conocer, la costra arcillosa sobre la que descansaban sus cunas y sus tumbas, dejaría de ser un refugio para convertirse en un abismo preñado de preguntas pavorosas. A partir de aquella noche maldita, el misterio reclamará su reino, y nada de lo creado volvería a pertenecer al mundo de los vivos.



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