Personalizar legibilidad
Aa

Rosa Muerta

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Bajo su impecable fachada de brillante cirujana, Corina Montes Garza esconde una oscura y retorcida verdad: cree que el amor verdadero consiste en no soltar jamás... y que la única forma de eternizar a quienes ama es a través de la muerte. Conocida en las sombras como "La Cazadora", Cori transforma su obsesión por la taxidermia y el cuerpo humano en una espiral de crímenes meticulosos, trofeos macabros y una red de manipulación mortal que atrapará incluso al frágil Tommy, el único paciente que se atrevió a mirarla sin miedo. Pero mientras la policía y su propia familia se acercan a desentrañar sus crímenes, el precio de mantener su obra maestra intacta podría costarle todo. Una novela de terror psicológico que explora los límites del trauma, la posesión y la delgada línea entre salvar una vida y destruirla para siempre. ¿Hasta dónde llegarías por un amor que desafía a la muerte?

Genero:
Horror
Autor/a:
Doabri
Estado:
hace 3 días
Capítulos:
19
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Desde muy pequeña, Cori aprendió que el amor era efímero.

Como el humo que se escapa entre los dedos: sube, se desvanece... y no vuelve. Como el humo de las fogatas que su padre encendía en el patio para quemar la basura, y que ella observaba desde la ventana, preguntándose por qué todo lo que ardía terminaba igual: en cenizas que el viento se llevaba sin pedir permiso.

Como un latido interrumpido.

Como un suspiro olvidado.

Como ella.

El 14 de febrero de 1987, bajo un cielo sin estrellas —una lápida negra sobre sus cabezas—, en un municipio polvoriento de Coahuila, una joven de diecinueve años se retorcía de dolor en el asiento trasero de un coche viejo, estacionado junto a una carretera desierta.

Sus uñas no solo se clavaban en el asiento, sino que lo desgarraban, dejando marcas como cicatrices en la tela mugrienta. Sus pies empapaban el piso de sangre espesa y un líquido amniótico que olía a metal oxidado y a algo más: a derrota.

El sudor le pegaba el cabello a la frente. La respiración, entrecortada y áspera, no salía de sus pulmones, sino de algún lugar más profundo, como si algo dentro de ella forcejeara por escapar. Y tal vez era cierto. Tal vez la niña que venía en camino ya sabía que el mundo no era un lugar al que valiera la pena llegar sin protestar.

Su novio, pálido como un cadáver recién lavado, con las manos cubiertas de sangre, le apretaba los dedos con torpeza. No sabía si intentaba calmarla o si buscaba asegurarse de que ella no lo soltaría cuando el dolor lo arrastrara al abismo. Su voz temblaba como el aleteo de una mosca atrapada en una telaraña, pero no decía nada útil. Solo repetía:

—Ya casi, ya casi, ya casi...

Como si las palabras pudieran detener la hemorragia.

Ambos habían huido de sus casas, arrastrando sueños adolescentes como cadáveres atados a los tobillos. Querían amor. Libertad. Querían creer que el mundo no era un lugar podrido. Querían demostrar que sus familias se equivocaban, que ellos sí podían construir algo eterno.

Pero esa noche no hubo romanticismo.

Hubo gritos. Hubo carne desgarrándose como papel mojado.

Hubo silencio.

Y entonces nació.

Una niña que no lloró al nacer.

El cuerpo pequeño y violáceo brillaba bajo la luz de la luna, la piel pegajosa como la de un reptil recién salido del huevo. Los ojos permanecían cerrados, pero cuando el padre intentó limpiarle la cara con su camisa sucia —con ese gesto torpe que pretendía ser tierno pero solo era desesperación—, los párpados se abrieron de golpe: dos pupilas negras, demasiado grandes, que lo miraron fijamente antes de cerrarse de nuevo.

La madre chilló, un sonido que empezó como un grito y terminó como un quejido de animal herido. No era dolor. Era miedo. El mismo miedo que sintió cuando supo que estaba embarazada, cuando supo que su familia la había despreciado, cuando supo que el amor no era como en las películas.

El padre no miró a su hija, sino al cordón umbilical: grueso, viscoso, enroscado alrededor de su muñeca como una serpiente primitiva. Tiró de él con un gesto brusco, pero el tejido no se rompió; solo se tensó, como si resistiéndose a separarlos. Como si la niña supiera que una vez cortado ese lazo, ya no habría nada que la atara a ellos.

Y entonces, la bebé sonrió.

No fue un reflejo, no fue un espasmo. Fue una sonrisa consciente, de comisuras húmedas y encías pálidas, que duró exactamente tres segundos antes de desaparecer. Tres segundos en los que el padre sintió que algo se le helaba en el pecho. Tres segundos en los que la madre dejó de gritar, porque el aire se le había quedado atrapado en la garganta.

El padre apretó los dientes y, con un movimiento brusco, arrancó el cordón umbilical con sus propias manos. La sangre salpicó el techo del coche como lluvia ácida.

Entre lágrimas espesas y juramentos entrecortados, se prometieron amor eterno.

A ella. Entre ellos.

Mentiras.

Promesas vacías.

Las primeras de muchas que Cori aprendería a reconocer, a guardar y, eventualmente, a cobrar.

Su madre le lanzaba a su padre frases como cuchillos:

—¡Me arruinaste la vida! —gritaba, con la voz rota por el alcohol y la frustración—. ¡Podría haber sido famosa! ¡Mírame ahora, jodida y atrapada contigo!

Él no se quedaba atrás. Tenía la furia de los hombres que crecieron creyendo que el mundo les debía algo, y que al no recibirlo, se volvieron veneno:

—No eres más que una niña bonita con delirios de grandeza. Nunca tuviste talento, ni para llorar.

Ella se creía especial. Decía haber sido la más popular de su secundaria, como si eso fuera un trofeo. Renegaba de su origen humilde. Su padre, obrero de alcantarillas, era una mancha que no podía borrar. Lo llamaba “el topo” con desprecio y risa venenosa. Soñaba con un marido rico, uno digno de su reflejo en el espejo.

Pero el destino fue irónico.

Él sí venía de una familia acomodada. Los García, dueños de carnicerías por todo el norte. Pero cayó ante el veneno de sus ojos claros y fue desheredado sin piedad. Su familia no podía aceptar a alguien tan débil, tan emocional, tan... humano. Decían que era una vergüenza, que había manchado el apellido. Y él, en lugar de pelear, se encogió. Porque en el fondo sabía que tenían razón.

Y aun así, algo los mantuvo juntos.

¿El odio?

¿El miedo a estar solos?

¿El vacío que uno reconocía en el otro?

Quizás.

Lo único cierto es que eran dos almas rotas sí, pero rotas de formas distintas. Él con furia. Ella con indiferencia. Y Cori en medio, aprendiendo a navegar entre ambas.

Cori nunca se alejó de ellos. Nunca.

Era como un satélite atrapado en la gravedad de su caos. A veces, incluso, recibía los golpes que iban dirigidos al otro. Y no lloraba.

No porque fuera fuerte.

Sino porque ese contacto, brutal y violento, era lo más cercano al afecto que había conocido. El dolor tenía peso. Tenía forma. Era real. Y eso, en su mundo, valía algo.

Pero no era suficiente.

Nunca lo fue.

Cori sentía un hueco dentro, uno que no tenía nombre. No era hambre. No era la ropa vieja ni el refrigerador vacío. Era otra cosa. Algo viscoso y oscuro que se le metía bajo la piel como moho. Un eco interno, una ausencia constante.

Con los años, entendió lo que era:

La certeza helada, inmóvil, de que sus padres nunca la amaron.

Ni siquiera supieron cómo intentarlo.

Hubo una noche, sin embargo, que Cori recordaría siempre. Su madre, borracha, había entrado a su habitación tambaleándose. Cori fingió dormir, como siempre. Pero esa vez su madre no gritó. Se sentó en el borde de la cama, y con una mano temblorosa, acarició el cabello de su hija.

—Tenías que ser tan rara —susurró, con la voz pegajosa de licor barato—. Si fueras normal... te querría.

Luego se fue, dejando la puerta abierta y el olor a alcohol flotando en el aire como un fantasma.

Cori abrió los ojos y se quedó mirando el techo por horas. Esa noche entendió que el amor no era algo que se diera; era algo que se merecía. Y ella, aparentemente, no lo merecía.

Su padre también tuvo su momento. Una vez, después de pegarle un golpe seco que la mandó al suelo y le partió el labio, él se sentó en la cocina y se cubrió el rostro con las manos. Cori lo observó desde el umbral, la sangre goteando en su camiseta. Su padre no lloraba; no sabía cómo. Pero su espalda temblaba y sus hombros se encogían como los de un niño asustado.

—¿Por qué? —murmuró, sin mirarla—. ¿Por qué todo me sale mal?

Cori no respondió. No sabía si la pregunta iba dirigida a ella o al universo. Se limpió la sangre con el dorso de la mano y volvió a su cuarto. Esa noche, mientras su padre roncaba en el sofá, ella sacó su colección de tesoros: una pluma de pájaro, un botón, un mechón de pelo de su madre. Los alineó sobre la almohada y susurró:

—Yo no te voy a fallar. Yo sé cómo hacer que las cosas se queden.

En la penumbra emocional de su infancia, cuando la casa caía en ese silencio tenso que precede a las tormentas, Cori escuchaba el zumbido del refrigerador roto como si fuera un mantra. Y en esa quietud, comprendió una verdad terrible:

Los seres vivos dejaban de huir... cuando estaban muertos.

Comenzó con animales. No los buscaba, ellos simplemente aparecían. Criaturas pequeñas, torpes, a menudo ya medio rotas por el abandono. Un día, en el camino polvoriento de regreso de la escuela, vio un bulto junto a una caja de cartón manchada. Era un gatito.

Tenía la boca torcida, los ojos vidriosos clavados en algún punto fijo del cielo. No se movía, pero su estómago temblaba débilmente.

—Lombrices —susurró Cori, sin miedo, sin asco. Solo con una extraña compasión que le anudaba la garganta.

Se acuclilló, lo tomó con las manos sucias de polvo y crayón.

—Eres callado... entonces a mamá ni a papá les vas a molestar —dijo con una sonrisa tenue, como si eso fuera una promesa.

No sabía qué hacer con él. Así que hizo lo que le pareció lógico.

Cori canturreaba una nana rotala misma que su madre le cantaba cuando estaba de buen humor, antes de que la amargura se la llevaramientras le abría el vientre con la tijera escolar oxidada. Pero la hoja patinaba sobre la piel reseca, y tuvo que hacer tres intentos para lograr un corte limpio. Sacó las tripas con los dedos, chorreando un líquido verdoso que le quemó la piel. El algodón que usó para rellenarlo era demasiado, y el vientre quedó abultado, como un globo mal inflado. Coserlo fue peor: las puntadas eran torpes, desiguales, algunas tan flojas que se veía el relleno asomando entre los hilos. Un ojo de botón quedó ladeado, mirando hacia arriba; el otro apuntaba al costado.

Cuando terminó, el gatito no parecía dormido. Parecía un juguete roto, mal cosido, con una sonrisa de hilo que no engañaba a nadie.

Pero a Cori le gustó.

No por crueldad, sino por una necesidad absurda de que algo, lo que fuera, se quedara con ella para siempre.

Y continuó. Cada animal era un nuevo intento: los abría con manos temblorosas, los limpiaba como si les pidiera perdón, y los cosía con hilo dental que siempre se enredaba. Algunos se desarmaban a los pocos días; otros olían a podrido antes de que terminara de coserlos. Pero ella no se rendía. Los conservaba en una caja de zapatos bajo su cama, como pequeños tesoros rotos, imperfectos, pero suyos. Cada uno tenía un nombre. Cada uno tenía una historia que Cori inventaba mientras cosía:“Este era un guerrero”,“Esta era una princesa”,“Este murió amando”.

Su lógica, torcida pero extrañamente coherente, era sencilla:

Si los amo lo suficiente, serán míos para siempre.

Pero sus padres no lo vieron así.

Una tarde bochornosa, mientras hurgaban entre muebles viejos y cajones con olor a humedad y derrota buscando algo lo que fuera que pudieran vender para pagar una deuda más, la encontraron.

La caja.

Primero vino el silencio. Ese silencio espeso, que se mete en los oídos como cera caliente. Después, el rugido. El crujido de la madera al romperse cuando su padre pateó la caja. Gritos. Insultos. El golpe seco de pequeños cuerpos disecados al chocar contra el suelo, como juguetes rotos que nunca volverían a sonreír.

—¿¡Qué es esta mierda!? —bramó su padre, con los ojos inyectados de sangre.

Y luego, el fuego.

Todos sus “amigos” fueron arrojados al patio como desperdicio, sus ojos de botón derritiéndose bajo las llamas, el algodón interior ardiendo con un olor dulzón que se mezclaba con el perfume barato de la madre. Cori corrió hacia ellos, desesperada, con un chillido que rasgó el aire como uñas sobre pizarra.

—¡No! ¡No los toquen! ¡Son míos!

Pero su padre la sujetó de los brazos con fuerza. Brutal. Las uñas de él se clavaron en su piel, dejando medias lunas rojas que más tarde lamería, saboreando el hierro y la sal de su propio castigo.

—¡Eres un monstruo! —le escupió, y su mano estalló contra la mejilla de ella con un chasquido seco.

La sangre de Cori, caliente y espesa, se pegó a los dedos de él como pintura barata.

La madre, siempre lista con su dedo acusador y su veneno de salón barato, añadió:

—¡Estás loca! ¡Loca de verdad!

Cori no respondió. Se llevó el dorso de la mano a la boca y lamió la herida que le abrió el anillo de su padre. Sabía a mentiras y a cobre.

El golpe ardía, pero no dolía tanto como las cenizas flotando en el aire, negras y livianas, como mariposas enfermas. No lloraba por el golpe. No por la piel ardida. Ni siquiera por la humillación.

No lloraba porque le doliera. Lloraba porque ellos no entendían. No estaba jugando. No quería lastimar a nadie. Estaba... amándolos. Los hacía eternos para que nunca se fueran. ¿Por qué eso era malo?

Lloraba porque ahora los pájaros no cantarían para ella nunca más.

Y sin embargo, mientras las cenizas se alzaban danzando hacia el cielo gris, en su mente apareció una imagen: un niño de ojos amables, con rasgos borrosos como de acuarela, que se sentaba a su lado entre las brasas y le decía:

—Yo sí quiero verlos. Enséñame.

Esa imagen la acompañaría por el resto de su vida.

Una mueca se le dibujó en la cara. No era una sonrisa, era el espasmo de algo que se rompía para siempre.

Porque por primera vez en mucho, muchísimo tiempo...

Sus padres la estaban mirando.

A ella.

Y en sus pupilas, Cori vio por fin el reflejo de lo que siempre había sido:

Una niña con las manos manchadas de eternidad.

Las cenizas de sus amigos aún flotaban en el aire cuando Cori extendió la mano y atrapó una entre sus dedos. La apretó hasta sentir el polvo caliente incrustarse bajo sus uñas.

—Ahora tendré que empezar de nuevo —susurró, mientras una sonrisa lenta le recorría el rostro.

Tenía un nuevo proyecto.

Unos días después, al salir de clases, Cori caminaba por la acera caliente. El sol le escupía en la nuca. Su mochila colgaba flojamente de un solo hombro, más pesada de lo habitual por el pequeño tesoro escondido en su interior: un mechón de cabello rubio oscuro, arrancado con cuidado mientras su madre dormía la borrachera de la noche anterior.

La puerta estaba entreabierta. Adentro, el caos olía a huida. Ropa tirada, cajas abiertas, el frasco de perfume vacío rodando por el suelo como un último adiós.

Su madre estaba de espaldas, metiendo cosas en una maleta con movimientos rápidos, torpes, como quien trata de escapar de sí misma.

—¿A dónde vas, mamá? —preguntó Cori, en voz bajita.

No hubo respuesta. Solo el sonido de un cierre atorado y un suspiro impaciente.

Cori se acercó un poco más.

—¿Mami...? ¿A dónde vamos?

La mujer no dijo nada. Seguía doblando camisas con brusquedad. Cori estiró la mano y tiró del borde de su vestido, buscando su atención.

Su madre se giró de golpe, los ojos muy abiertos, como si acabaran de despertarla de una pesadilla.

—¿¡Qué es lo que quieres?! —soltó, con voz temblorosa pero furiosa.

—¿A dónde vamos? —insistió Cori, con la voz tan suave que parecía de papel.

Su madre se quedó en silencio un momento. Luego cerró de golpe la maleta y dijo, sin mirarla a los ojos:

—Tú te quedas con tu papá. Yo... me voy lejos.

—¿Lejos a dónde? —preguntó la niña, aún sin comprender.

—No te importa —respondió su madre, tajante.

—Quiero ir contigo. Le diré a papi...

—¡¡NO!! —gritó su madre, casi como si ese pensamiento le doliera. Luego suspiró, bajó la mirada y su voz se suavizó, fingiendo ternura—. Mira... voy a hacer realidad mi sueño. Cuando consiga el éxito, la fama... vendré por ti y por tu papá. ¿Sí? Te lo prometo.

Cori observó cómo una de las perlas de su collar caía junto a su zapato. La recogió con cuidado y la guardó junto al mechón de pelo. Dos tesoros para su colección.

—Mucha suerte, mami —dijo con una sonrisa pequeña, mientras imaginaba cómo quedaría ese cabello en su nueva caja de secretos, junto a los ojos de botón que había logrado rescatar de las cenizas.

Pobre niña.

No sabía que ese adiós era definitivo.

Pero sí sabía que ahora tenía piezas suficientes para crear algo hermoso.

Cuando su padre se enteró, reaccionó con rabia.

Le pegó. Golpe seco, sin palabras previas. Era su manera de decir “te quedas conmigo, aunque no te quiera”.

Cori cayó al suelo, pero su mano no soltó el tesoro escondido en el bolsillo. La perla le clavó su filo en la palma, dibujando un pequeño círculo de sangre que luego lamería con curiosidad.

Esa noche, mientras su padre roncaba ebrio, Cori sacó su botín: el mechón de pelo, la perla, dos ojos de botón medio derretidos. Los alineó sobre su cama como un altar primitivo.

—Ahora nunca podrás irte del todo —murmuró mientras enterraba una aguja de coser en el corazón de la perla, fijando con hilo rojo los últimos restos de su madre.

Su padre, que se decía policía, apenas podía mantener el orden en su propia vida. Lo poco que ganaba lo perdía en apuestas. Y lo que perdía, lo devolvía en gritos.

Pasaron semanas. O tal vez meses. El tiempo se volvió algo turbio, como el agua estancada de un charco. Cori ya no contaba los días. Solo contaba los moretones.

Hasta que un día, sin aviso, alguien más cruzó la puerta.

Era su abuela materna.

Una mujer de pasos firmes, labios rojos perfectos y joyas que tintineaban como campanitas. Glamourosa. Elegante. De otro mundo.

Al ver la casa —el polvo, los platos sucios, el golpe escondido en el pómulo de su nieta— no dijo una palabra.

Solo tomó a Cori de la mano y se la llevó.

El padre no dijo nada. Ni un grito, ni un insulto. Ni siquiera un adiós. Se quedó en el umbral, con los brazos cruzados y la mirada perdida, como si siempre hubiera sabido que ese día llegaría.

Cori apenas volteó a verlo. Ya no sabía si era por miedo, por rabia... o por costumbre.

Al principio, lloraba por las noches. Extrañaba la voz de su madre, el olor a cigarro barato y loción masculina de su padre. Extrañaba incluso los gritos, porque eran lo único familiar.

Pero con el tiempo, esa nostalgia se fue diluyendo. Como tinta en agua.

La casa de Julieta lo cambiaba todo.

Vivía en una casa de dos pisos, pintada de blanco, con ventanales grandes y cortinas de encaje. Estaba al lado de un río, donde el agua cantaba bajito por las noches. Todo allí parecía sacado de un libro de cuentos.

Pero los cuentos de Julieta tenían finales diferentes.

Por las mañanas, siempre había desayunos de hot cakes con caritas felices hechas de fruta. Y por las tardes, fiestas de té en el jardín, con tazas de porcelana fina y servilletas bordadas. Julieta lo preparaba todo como si esperara visitas importantes, aunque solo estuvieran ellas dos.

En su séptimo cumpleaños, el regalo de Julieta no fue una muñeca.

Era un estuche de cuero negro, pequeño pero pesado. Al abrirlo, Cori vio el brillo frío de escalpelos en miniatura, pulidos para caber en sus manos de niña.

—Tu madre también coleccionaba cosas —dijo Julieta, ajustándose un guante de seda mientras señalaba los cuchillos—. Pero rompía lo que tocaba. Tú... tú les das belleza.

Algunas tardes, después del té, Julieta la llevaba al sótano: un lugar limpio y bien iluminado donde guardaba frascos con criaturas suspendidas en líquido ámbar.

—Así se conserva la verdad —explicaba, pasando un dedo por el vidrio—. Sin mentiras, sin despedidas.

Cori empezó a sonreír más. A sentirse querida. A sentirse entendida.

Y descubrió algo nuevo.

Le gustaban las películas de princesas.

Esas donde el príncipe azul aparecía entre luces doradas, se enamoraba a primera vista de la protagonista... y juntos vivían felices para siempre.

Ella quería eso.

Un amor que la salvara.

Un príncipe que la mirara como si fuera todo.

Y si no lo encontraba, bueno... con las herramientas correctas, nada se pierde para siempre.

—¿El abuelo era como un príncipe azul de las películas? —preguntó una tarde, mientras su abuela le cepillaba el cabello con la lentitud de quien acaricia un recuerdo.

Julieta sonrió. Tenía los ojos húmedos, pero no lloraba. A esas alturas, ya había aprendido a recordar sin romperse.

—Sí... él fue mi príncipe azul —dijo con voz baja, casi en un suspiro.

Siempre hablaba de él con devoción. De cómo había limpiado alcantarillas de día y trabajado como enfermero de noche cuando su hija nació prematura. De cómo el olor a cloaca se le había quedado para siempre entre las uñas, pero aun así sonreía al llegar a casa, cargando a su niña como si fuera un milagro.

—Tu madre lo llamaba “el topo” —añadió Julieta, tirando con más fuerza del cepillo, como si eso espantara los pensamientos—. Pero él la amó hasta que su corazón se partió en dos.

Cori no preguntó más.

No lo necesitaba.

Porque esa noche, mientras contemplaba su colección de animales preservados —todos ordenados por tamaño, por tipo, por fecha de captura—, comprendió algo más importante que cualquier cuento de hadas:

El amor no eran abrazos ni canciones de cuna. El amor era un cuerpo que no se iba. Un corazón que no dejaba de latir porque no podía. Y ella sabía cómo conseguir eso.

Si algún príncipe no entendía eso... ella tenía los escalpelos para enseñarle.

Julieta también sabía.

Las manchas marrones en el delantal.

El crujido de alas secas bajo la cama.

Ese olor dulzón en el cuarto, mezcla de perfume infantil y carne en conserva.

Le inquietaba.

A veces la encontraba en silencio, sentada junto a una caja de zapatos donde yacía algo con costuras. A veces la miraba demasiado fijo, como si Cori fuera un cuadro que no terminaba de entender.

Y aunque el miedo se le colaba en la voz, nunca alzó la mano.

Solo le tendió un paño empapado en alcohol y dijo:

—Si vas a hacer arte... hazlo impecable. Con respeto. Con cuidado.

No fue Julieta quien la enseñó. Fue el viejo Mendoza, el taxidermista del mercado y vecino de Julieta. Un hombre de voz áspera, uñas amarillentas y aliento a anís, cuyas manos transformaban la muerte en algo quieto y hermoso.

—Mira, Cori —dijo una vez, raspando el cráneo de un zorro pequeño—. Así los haces eternos.

La sangre seca saltó como polvo rojizo. Cori atrapó un fragmento entre sus dedos y sonrió al verlo brillar como purpurina.

Era magia.

La mejor clase.

Pieles estiradas como guantes de hadas.

Ojos de vidrio que nunca parpadeaban.

Corazones vacíos, rellenados con esponjas perfumadas.

Los años pasaron. Los ratones se volvieron pájaros. Los pájaros, conejos. Y cada vez, Cori era más precisa. Cada costura más invisible. Cada ojo de vidrio más brillante. Julieta ya no solo le daba paños con alcohol; le compraba frascos de formol y agujas quirúrgicas.

—Eres una artista —le decía.

Y Cori le creía.

Y cuando terminó su primer ratoncito, lo vistió con un vestido de muñeca —las patitas atadas con listón rosa— y lo llevó a la escuela.

—Se llama Florinda —anunció, colocándolo sobre su pupitre junto a los lápices de colores.

El silencio fue tan espeso que se escuchó caer un lápiz al suelo.

El crujido del papel de regalo bajo las patas rígidas del animal sonó como pisadas en un corredor vacío.

Un niño rompió a llorar. Otro vomitó su desayuno de pan con leche sobre el suelo, el olor agrio mezclándose con el perfume de cereza que emanaba del ratón.

Pero Cori solo acarició la costura perfecta en el vientre del animal, donde había escondido un algodón empapado en su colonia favorita.

—Shhh, Florinda —susurró—. No les hagas caso. Tú y yo somos especiales.

—A nadie le gustó... —murmuró esa noche con un puchero, el ratón descansando entre sus manos pequeñas, como un tesoro incomprendido.

Julieta la miró desde la puerta, abrazándose el pecho. El aroma del té de jazmín en sus manos chocaba con el tenue olor a formol que ahora persistía en el dormitorio.

Sintió algo helado en la columna, como si la hubiera parido dos veces: una niña... y un presagio.

No dijo nada.

Solo se acercó, le acarició el cabello con una mano temblorosa y pensó:

Ojalá el mundo sepa tratarte mejor que yo.

Porque para Cori...

Todo lo muerto merecía una segunda oportunidad de parecer feliz.

Como los príncipes de sus cuentos: perfectos, obedientes, y sobre todo... quietos.

Julieta la miró desde su sillón de terciopelo, con la tetera aún humeante en la mesita del té. Sus ojos se entrecerraron con compasión.

—No muchos entienden estas cosas, mi niña —dijo con suavidad, pasando un dedo por el borde afilado de la taza.

—Pero... no estoy haciendo nada malo, ¿verdad? —preguntó Cori, sus uñas marcando pequeños hoyos en el vientre relleno de Florinda.

Julieta negó con la cabeza, con una sonrisa dulce y peligrosa.

—No, hija. Malos son los que los tiran como basura, como si no valieran nada. Tú los haces bellos otra vez. Les das un amor que nunca se pudre.

Cori asintió, pero el gesto fue lento. Inseguro.

Había algo que no se llenaba.

Tenía mascotas: gatos, perros, incluso un hurón que Julieta le consiguió para su cumpleaños. Les cantaba canciones de cuna mientras les tomaba las medidas para futuros vestiditos. Dormía abrazada a ellos.

Pero nada bastaba.

Nada llenaba ese hueco bajo las costillas donde debería estar el amor.

Y un día, a los doce años, mientras dibujaba un esqueleto humano en su cuaderno de ciencias, se lo preguntó en serio:

¿Qué se sentiría hacerle eso a una persona?

Los huesos que trazaba con su lápiz eran limpios, honestos. No como la gente, que mentía hasta con la piel puesta.

Miró a sus compañeros con detenimiento.

Algunos eran lindos. O simpáticos. Pero la mayoría le parecían desagradables.

Ruidosos. Groseros. Falsos.

Como muñecos rotos que necesitaban ser reparados.

Pero sabía que esos pensamientos no estaban bien.

O al menos, no eran pensamientos que uno dijera en voz alta.

Esa noche, mientras el fuego crepitaba con suavidad y su abuela tejía envuelta en silencio, Cori se sentó a sus pies, como cuando era más niña. Se acurrucó sin decir palabra, dejando que el calor de las brasas le acariciara los tobillos.

—Abuela... ¿sabes qué quiero ser cuando sea grande? —preguntó de pronto, con un tono casual que no engañaba a nadie. Su corazón latía como un tambor pequeño y feroz.

Julieta alzó la mirada, sus lentes colgando al borde de la nariz.

—Dime, mi vida.

—Quiero ser doctora... de esas que abren a las personas para sacarles lo malo de adentro —dijo Cori, dibujando una media sonrisa torcida, como si el chiste se lo contara a sí misma.

—¿Cirujana? —repitió Julieta, ladeando la cabeza con una ceja alzada.

—Sí. Eso.

Julieta asintió despacio, con esa ternura suya que parecía envolver cualquier confesión.

—Me parece perfecto. Esfuérzate, Cori. Vas a lograrlo.

—Sí —dijo la niña, más para sellar algo que para afirmarlo.

Se levantó con lentitud, se estiró los dedos uno por uno, como afilando herramientas invisibles, y se acercó al cuaderno que había dejado abierto sobre la mesa. En la página, un cuerpo humano dibujado a lápiz parecía observarla desde sus órganos abiertos.

Cori lo miró de vuelta.

No con miedo.

Con certeza.

Y mientras bajaba la tapa del cuaderno, vio su propio reflejo en la hoja satinada.

Un ojo.

El suyo.

Mirándola.

Tan frío.

Tan... definitivo.

El cuaderno se cerró con un golpe seco, pero los ojos del esqueleto dibujado seguían abiertos. Como los suyos. Como los de todos los que pronto guardaría en cajas bajo su cama.

Cori apagó la luz y se acostó. En la oscuridad, susurró:

—Pronto, príncipe. Pronto te encontraré.

Y durmió con una sonrisa que no era de niña.

Era la sonrisa de alguien que ya sabía cómo terminaría su cuento.

¡Cuéntale a Doabri lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

2

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

1

Bien escrito

Trama absorbente

2

Trama absorbente

Buenos personajes

1

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Atrapado en mi venganza

Maria: Muy interesante desde un principio

Leer ahora
La favorita de la profesora

Jud: Historia corta con buen desarrollo y ritmo

Leer ahora
Dame Una Oportunidad ~ kookmin

Ana: Me gustó,al principio llore,mil gracias por la historia

Leer ahora
Lo Que Nos Separó

jarriagada2501: Me gusta esta historia, es muy triste lo que le hicieron a mi Jikook de separarlos . Pero el amor siempre vence. Y con 2 hermosos . Ojalá su amor en la vida real sea para siempre. Y love Jikook

Leer ahora
Mi hermosa pesadilla

Diana Rodríguez Hernández: Me gusta mucho la historia

Leer ahora
Señorita Drammer | gl

Claumvp: Una historia que me atrapó desde el primer capítulo, no pude parar de leerlo y ya quiero leer la segunda parte.Amor y venganza, mentiras y verdades inesperadas.

Leer ahora
Casado con el Omega 🌑 Kookmin Adap.

Laura: Senti que algunos capitulos eran muy largos y eso fue lo que me encantó no quería que acabará además los personajes demuestran un símbolo de compromiso amor pasión y respeto. Estoy ansiosa por leer el segundo libro

Leer ahora