La mujer de los caramelos.
El mundo había olvidado cómo se sentía la paz.
Las ciudades estaban cubiertas de humo y polvo. Las calles, que alguna vez habían estado llenas de personas, ahora eran recorridas por soldados, enfermos y familias que buscaban algo que llevarse a la boca.
Las guerras habían durado tantos años que nadie recordaba exactamente cómo habían comenzado.
Algunos luchaban por tierras.
Otros por comida.
Otros simplemente porque habían nacido en el lugar equivocado.
Los hospitales ya no tenían espacio. Las farmacias se habían quedado sin medicamentos. En algunos pueblos, las personas cerraban las puertas de sus casas al anochecer, no porque estuvieran a salvo dentro de ellas, sino porque afuera era peor.
Y el hambre...
El hambre era algo que todos conocían.
Había quienes llevaban días sin comer y quienes habían aprendido a fingir que no tenían hambre.
La humanidad había sobrevivido a terremotos, inundaciones, enfermedades y guerras.
Pero aquello era diferente.
Aquello parecía no tener final.
Hasta que una tarde, una mujer apareció.
Nadie supo de dónde venía.
Caminaba sola por una carretera cubierta de polvo, con un vestido sencillo y una pequeña bolsa colgada del hombro.
No llevaba armas.
No llevaba comida.
No llevaba medicinas.
Y, sin embargo, cuando llegó al primer pueblo, la gente comenzó a reunirse a su alrededor.
—¿Quién eres? —preguntó un hombre.
La mujer observó las caras frente a ella.
Personas cansadas.
Personas heridas.
Personas que ya no esperaban nada.
Entonces metió una mano en su bolsa.
Sacó un pequeño caramelo envuelto en papel.
—Tengo algo que puede ayudarlos.
Algunos se rieron.
Otros simplemente la miraron con desconfianza.
—¿Un caramelo? —preguntó una mujer—. ¿Eso es lo que tienes para nosotros?
La desconocida asintió.
—Sí.
—No necesitamos dulces.
—No es un dulce cualquiera.
La mujer desenvolvió el pequeño objeto y lo sostuvo entre sus dedos.
—Esto puede quitarles el dolor.
El pueblo quedó en silencio.
Por primera vez en mucho tiempo, alguien había dicho algo que sonaba parecido a una esperanza.
Un hombre dio un paso hacia ella.
—¿Y cuánto cuesta?
La mujer negó con la cabeza.
—Nada.
—¿Entonces por qué nos los das?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Porque creo que todos merecen descansar.
El hombre tomó el pequeño caramelo.
Lo observó.
Después miró a la mujer.
Y finalmente se lo llevó a la boca.
Todos esperaron.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces el hombre dejó caer los hombros.
Su rostro, que durante años había permanecido contraído por el dolor, se relajó.
—Ya no me duele...
La gente comenzó a murmurar.
Una mujer se acercó.
Luego otra.
Después un niño.
La desconocida abrió su bolsa.
Había cientos de aquellos pequeños caramelos.
Y por primera vez en muchos años, aquel pueblo volvió a sentir algo que creía haber perdido para siempre.
Esperanza.
La mujer observó en silencio.
Y sonrió.
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