El lago

Nadie en la comarca sabía con certeza desde cuándo existía el lago, ni en los pergaminos más antiguos conservados en la abadía apenas ofrecían referencias vagas sobre una gran extensión de agua situada entre las montañas, y algunos mapas, tan viejos que el papel se deshacía al tocarlo, lo representaban con una mancha negra en cuyo contorno habían sido dibujados signos que ningún escriba de las últimas generaciones logró interpretar.
Los ancianos, sin embargo, no necesitaban de pergaminos para hablar de él como una criatura extraña. Aseguraban que el lago estaba allí mucho antes de que se levantaran las primeras casas y que, cuando sus antepasados llegaron a aquellas tierras, las aguas ya descansaban entre los bosques como una criatura dormida que esperaba con ansias el momento de despertar.
Nadie podía demostrar semejante cosa, pero tampoco había quien se atreviera a negar delante del anciano aquellas leyendas corrosivas y peligrosas. Por las noches, cuando el fuego consumía lentamente los troncos en las chimeneas y el vino comenzaba a aflojar las lenguas, siempre aparecía alguna historia relacionada con aquellas aguas. Se hablaba de pescadores que regresaron con las redes llenas de objetos que jamás habían pertenecido a ningún habitante de la comarca, algunas monedas cubiertas por una capa negra que no correspondían a ningún reino conocido, así como de pequeños juguetes encontrados en el barro de la orilla y, sobre todo, de personas que habían desaparecido sin dejar otra huella que sus pasos marcados en la tierra húmeda. Pero ninguna historia inquietaba tanto como aquella que hablaba de las ondas. En determinadas noches, cuando el viento permanecía completamente inmóvil, el lago comenzaba a agitarse sin razón aparente. Las ondas nacían en el centro de las aguas y avanzaban repentinamente hacia las orillas, formando durante breves instantes siluetas que algunos describen como manos, otros como rostros y otros como cuerpos enteros caminando bajo la superficie. Los habitantes más supersticiosos aseguraban que eran las almas de quienes habían muerto sin conocer el amor verdadero. Los hombres más incrédulos hablaban de corrientes subterráneas, peces o simples efectos de la luna que no tienen relación con aquellas descripciones superficiales. Pero hasta el más escéptico evitaba mirar demasiado tiempo el agua cuando las ondas aparecían para no caer en aquella trampa peligrosa.
Entre todas aquellas historias, algunas nacidas del miedo y otras del simple deseo de llenar con palabras aquello que nadie podía explicar, existía una leyenda que los habitantes del pueblo evitaban mencionar después de la puesta del sol: la del antiguo rey que desapareció en las aguas. Su verdadero nombre se había perdido hacía tanto tiempo que ya nadie podía asegurarlo. Ni siquiera los viejos pergaminos de la abadía conservaban algo más que fragmentos confusos sobre su reinado. Con los años, aquel hombre había dejado de pertenecer a la historia y se había convertido en una sombra de ella, una figura casi poética que aparecía en las conversaciones como aparecen ciertos recuerdos de los muertos, sin que nadie sepa exactamente de dónde vienen. Decían que había gobernado aquellas tierras cuando el pueblo apenas era un conjunto de cabañas levantadas entre los árboles y que poseía una voluntad tan férrea que rara vez encontraba a alguien dispuesto a contradecirlo. Tenía un palacio de piedra en las alturas, soldados cubiertos de hierro, cofres llenos de monedas y una corona de oro adornada con piedras preciosas que hacía bajar la mirada incluso a quienes lo odiaban. Todo cuanto deseaba parecía terminar en sus manos. Los hombres obedecían sus órdenes, los pueblos pagaban sus tributos y hasta aquellos que lo despreciaban reconocían el poder de su nombre. Parecía, en definitiva, uno de esos hombres a los que la fortuna concede demasiado, como si quisiera comprobar cuánto tardarán en perderlo.
Pero la muerte jamás se ha inclinado ante una corona. La mujer que el rey amaba, y a quien los relatos describían como una joven de belleza triste y serena, enfermó cuando comenzaron los primeros fríos del otoño. Ningún médico pudo detener aquella enfermedad y, antes de que terminara la estación, ella murió. El rey hizo construir para ella una cripta bajo la capilla familiar y permaneció allí hasta que los sacerdotes tuvieron que obligarlo a salir. Después de aquel día dejó de participar en los banquetes, abandonó los asuntos del reino y comenzó a rechazar incluso la compañía de sus propios servidores. Pasaba largas horas junto a las ventanas de su fortaleza observando el lago, como si esperara que aquellas aguas pudieran devolverle lo que la tierra le había arrebatado.
Algunas noches permanecía allí hasta el amanecer, inmóvil, con la mirada perdida entre la niebla. Una noche, mientras una tormenta desgarraba el cielo y los relámpagos iluminaban los robles de las montañas, descendió solo hacia la orilla. Nadie pudo decir después si llevaba todavía la corona sobre la cabeza o si la había arrojado antes entre los matorrales. Lo único que todos los relatos repiten es que entró en el lago lentamente, sin llamar a sus hombres y sin volver la cabeza. El agua le alcanzó primero los tobillos, después las rodillas, luego el pecho, hasta que la oscuridad terminó por cubrirlo entero. Cuando amaneció, sus servidores recorrieron desesperados la ribera buscando alguna señal. No encontraron la corona, ni la espada, ni sus ropas, ni siquiera un cadáver que pudiera ser enterrado. Solo encontraron la tierra húmeda marcada por unas últimas huellas que desaparecían en el agua. Desde aquella noche, según contaban los ancianos, las ondas comenzaron a aparecer con mucha mayor frecuencia. Algunos campesinos afirmaban que el rey todavía caminaba bajo el lago buscando a la mujer que había perdido; otros, más sombríos, decían que nunca hubo mujer alguna esperándolo allí. Según estos últimos, el rey había entrado en las aguas buscando la muerte y encontró algo mucho peor: una oscuridad que no le permitió morir del todo. Desde entonces, su alma permanecería atrapada bajo la superficie, caminando eternamente por un reino sin cielo, mientras las ondas del lago continuaban extendiéndose hacia la orilla como si alguien, desde las profundidades, siguiera intentando regresar.
El pueblo contaba con una plaza central rodeada de casas de piedra gris, una iglesia de campanario estrecho, varias tabernas, talleres de herreros y carpinteros, una pequeña casa de curación y un mercado donde los campesinos vendían harina, frutas, pieles, pescado y las pocas mercancías que llegaban desde las regiones vecinas. Las viviendas más antiguas estaban construidas con piedras oscuras y vigas de madera ennegrecidas por décadas de lluvia. Algunas tienen balcones estrechos donde las mujeres colgaban ropa, hierbas medicinales y ristras de ajos durante los meses de verano.
En las mañanas se escuchaba constantemente el golpe de los martillos sobre los yunques, el balido de las ovejas, las carretas avanzando sobre las piedras y las voces de los comerciantes anunciando sus productos. Más allá se encontraba el cementerio, rodeado por un muro cubierto de musgo y cruces inclinadas. En la entrada del pueblo había una torre de madera desde la cual se hacía sonar una campana al anochecer. Aquella campana significaba simplemente que las puertas debían cerrarse y que nadie debía dirigirse hacia el lago. Los niños aprendían aquella regla, pero muchas veces se preguntaban qué significaba aquel mandato. Las madres les ordenaron regresar a casa cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas, y si alguno preguntaba por qué, las respuestas eran siempre parecidas: porque el lago cambia cuando llega la noche, ya que los muertos despiertan y hay cosas que escuchan desde el agua. Ninguna explicación era similar
Una tarde, cuando el cielo comenzaba a oscurecerse y el humo de las chimeneas se extendía sobre los tejados, varios hombres permanecían reunidos frente a una taberna cercana a la plaza. Entre ellos se encontraba Orven, un anciano pescador cuya espalda encorvada y manos cubiertas de cicatrices daban cuenta de muchos años de abadía y resignación. Tenía la costumbre de hablar poco y beber lentamente, pero aquella tarde fue uno de los jóvenes quien volvió a sacar el tema del lago.
—Mi padre dice que las ondas no son más que peces —dijo el muchacho, provocando algunas risas—. Y que los viejos inventan historias para asustarnos.
Orven levantó los ojos de su vaso. —Tu padre es un hombre valiente—respondió— Para mencionar esto sin ni siquiera acercarse al lago en la noche
Las risas fueron desapareciendo poco a poco. —¿Qué viste? —preguntó una joven que estaba sentada cerca de la puerta.
El anciano permaneció callado durante unos segundos. Afuera, una ráfaga de viento hizo crujir las ramas de los árboles. —Vi a un hombre entrar en el lago —dijo finalmente—Después de unos minutos lo vi salir
El joven sonrió con incredulidad. —Entonces la historia no era tan terrible, ¡Mira lo asustado que estamos!
Orven negó lentamente con la cabeza. —No dije que saliera vivo, no quiero seguir, ya que no los pienso asustar más de lo que están
La taberna quedó en silencio esperando que el pobre anciano continuó hablando —Era el rey que gobernaba estas tierras hace mucho tiempo. Nadie recuerda su nombre, pero todos recuerdan lo que significo la perdida de su esposa. Amaba a una mujer que murió antes de que pudiera convertirla en reina. Dicen que después de enterrarla dejó de comer, dejó de dormir y pasó noches enteras mirando hacia el lago.
Los jóvenes escuchaban atentamente, las burlas se habían evaporado en un instante
—Una madrugada caminó hasta la orilla con su corona puesta. Entró en el agua sin escolta y siguió avanzando hasta que la niebla se lo tragó. Nunca encontramos su cuerpo.
—¿Y las ondas? —preguntó la mujer.
Orven volvió la mirada hacia la ventana. —Comenzaron después de semejante acto
El joven soltó una risa nerviosa. —¿Y de verdad cree que son almas o que significado tiene entonces?
El anciano lo miró fijamente. —No sé qué son, tan solo te cuento la historia como un agente externo. Pero si alguna noche escuchas la voz de alguien que amas llamándote desde el agua, no respondas.
—¿Por qué escucharía esto? Orven dejó el vaso sobre la mesa.
—Porque algunas puertas se abren cuando uno responde a aquello que debería permanecer callado, —Después de las palabras del anciano nadie se atrevió a recriminar sus palabras








