Capítulo 1: Cenizas
Emily
El sendero bendecido por la bruma invisible humedecía la flora y el aire en mi ascenso a la cima. Dejándome llevar por la pureza del ambiente, apoyé las manos en los barandales de tronco y me asomé para contemplar la magnífica catarata espumosa, precipitándose con fuerza hacia el río del parque.
Adoraba cómo el precioso ecosistema disipaba las preocupaciones, dilemas y prejuicios que me agobiaban. En serio, necesitaba contagiarme de la fortaleza del rugido del agua para enfrentar aquello que me aguardaba en la cima.
Pero la pausa reflexiva no me sirvió de mucho. El cansancio se apoderó de mí tan pronto como proseguí con el ascenso. Sé que puede sonar un tanto incoherente, pero necesitaba mucho equilibrio emocional para mantenerme cuerda ante lo que estaba a punto de provocar, ya que cumplir con mi labor conllevaría a un trauma instantáneo que se enterraría como una daga en mi pobre corazón doliente.
Ese temor hacía que caminar sobre el césped se sintiera como pisar afiladas espinas de cactus. Si a eso le añadía la insoportable tormenta de ideas negativas que azotaba mi cabeza, era sorprendente que no me hubiera detenido. Supongo que se debía a que cualquiera de mis decisiones me traería graves consecuencias en el futuro. Entonces, ya no me importaba seguir a toda velocidad, como una guerrera en sus últimos alientos.
Puede que me tomara mucho tiempo y esfuerzo, pero con mi persistencia conseguí llegar a la cumbre de la cascada para contemplar el paisaje.
Allí presencié esa ciudad que me provocó muchos sentimientos encontrados. No niego que el Luminal es hermoso, con su zona tropical repleta de hogares coloridos, construidos con madera clara y coronados por techos de teja inclinados. Sin embargo, cuando se trata del hogar de gente tan despreciable, resulta difícil admirar semejante belleza sin sentir cierto resentimiento.
Tomé un suspiro mientras hurgaba en mi mochila y sacaba de ella un dispositivo que debía activar cuando la reina diera la orden. Un simple cubo con un botón en el centro y una larga antena en la parte superior. Me daba impresión cómo algo tan pequeño puede desencadenar una reacción en cadena capaz de aniquilarlo todo.
Luego anclé mi mirada en el objetivo: la escuela donde estudié los últimos dos meses. Ese supuesto segundo hogar en el que compartí los mejores días de mi vida junto a ella...
Se supone que debo odiar ese sitio por sus crueles estudiantes, pero los recuerdos irrumpieron en mi mente y lograron apaciguarme lo suficiente como para volver a embriagarme de la nostalgia y dejar de ser una amenaza.
Una sonrisa nació en mis labios al imaginar de nuevo la amplia biblioteca donde dibujábamos juntas. Me acuerdo que los demás lectores solían inquietarse con nuestros bocetos de personajes satánicos y se alejaban convencidos de que pertenecíamos a una secta o algo así. Aunque la verdad su actitud nunca nos importó. Nosotras solo nos limitábamos a reír en silencio y seguir en lo nuestro, pasando por alto sus exagerados chismes.
Eso era lo que más me gustaba de estar a su lado. Siempre nos apoyábamos para que las opiniones ajenas no nos quebraran. Si bien surgían días en los que el peso de las críticas nos asfixiaba, no era nada que una tarde en el salón de música no pudiera solucionar. Allí adentro nos desahogábamos con caóticos solos improvisados de batería o cantábamos a todo pulmón nuestras canciones favoritas de metal para saber lo mucho que valíamos.
Era tan divertido cuando terminábamos en dirección por el supuesto uso indebido de los instrumentos. ¡Ja! Definitivamente, esos vejestorios no entendían lo que era la buena música. Se la pasaban regañándonos por tonterías, sin darse cuenta de las tragedias que sus alumnos se atrevían a cometer.
Si al menos les hubieran puesto un poco de atención, esos ineptos jamás nos habrían…
¡Bah!
Lo único que le agradezco a ese fatídico día es que me hizo entender la clase de escorias que son los lúminos.
Y es por eso que los umbríos debemos exterminarlos.
Sin dudarlo, le cerré el paso a esas bonitas memorias que pretendían cegarme ante la verdad, dejando que la rabia y el sufrimiento dominaran mi mente.
El peso de esas emociones poco a poco fue desgastando mi cordura hasta volverla irrelevante. Mi sonrisa, que hacía unos segundos emitía alegría, se había corrompido hasta convertirse en un símbolo de demencia. Ya no me sentía como una inocente niña piadosa, sino como alguien a quien no le importaba la vida de nadie en la superficie de esta isla repleta de demonios.
Me urgía incrustar en mi mente que odiaba a los lúminos con todo mi ser y que jamás volvería a atreverme a ser amiga de uno. Sin embargo, una estúpida voz en mi interior insistía en que debía protegerlos.
Ese terco lado compasivo de mí persistía en medio de la tormenta y me prometía que existía una forma de no derramar sangre inocente, pero no le creía en absoluto. Tenía claro que debía cumplir el propósito por el cual me habían enviado.
No decepcionaría a mi gente por esos supuestos buenos tiempos que pasé aquí arriba. Ya no son importantes después del trauma que esos desgraciados dejaron en mí. ¿Qué importan esos lúminos inocentes que jamás me conocieron? Seguro son igual de basura que los demás.
Sí, eso es lo que son y debo seguir las órdenes de la reina... por mi propio bien.
En medio de mi desdicha, escuché su voz resonar en mi auricular. Como si necesitara que ella misma acallara las dudas que aún me torturaban.
—Presiona ese botón sin piedad. Los lúminos deben pagar por su maldad.
De repente, una ansiedad agobiante me consumió. Chorros de sudor se deslizaban por mi frente asemejándose a combustible que incendiaba mi rostro. Los latidos desbocados de mi corazón amenazaban con hacerlo estallar y emanaban un calor inmenso. Todo mientras me estremecía sin control en medio de la tempestad, la cual arrasaba con mi pobre esperanza de recuperar la calma.
A duras penas alcé el detonador hacia el cielo y luché para que la culpa no me derrumbara. Así fue como, soltando un grito desgarrador que ahogó la última pizca de moral que me quedaba, aproveche el subidón de adrenalina para oprimir el nefasto botón del juicio final.
Caí arrodillada, derrotada por el agotamiento, observando mi antiguo hogar por última vez antes de ver como el estruendo de la primera explosión marcaba el inicio de la catástrofe.
Me paralicé observando con horror cómo los cristales de un aula salían despedidos y el humo se arremolinaba. Acto seguido, una segunda detonación desgarró uno de los laterales del edificio, levantando una nube de fuego y escombros que se expandió como una marea interminable.
Le siguieron varios estallidos en rápida sucesión que acabaron con salones enteros y provocaron el colapso de los pisos superiores. Finalmente, el edificio entero se desplomó, levantando una tormenta de tierra mientras las llamas devoraban los restos de su estructura.
El hermoso cielo despejado de aquella mañana pronto se vio cubierto por una humareda ennegrecida. Me sentí peor por herir a mi amada naturaleza, traicionándola al aprovecharme de sus buenas energías para engendrar su propia contaminación.
De hecho, me pareció que otra bomba estalló en mi pecho para esparcir un arrepentimiento que me empezó a destrozar el alma.
¿Por qué no podía ser como ellos? ¿Por qué solo yo debo cargar con este dolor? No entendía por qué no celebraba a todo pulmón la aniquilación de quienes tendría que considerar mis enemigos.
Encandilada por mi ingenuidad al creer que las muertes habían terminado, una última explosión sacudió la tierra con tal violencia que los hogares cercanos a la institución se vinieron abajo, engullidos por la destrucción y el caos. Fueron muertes adicionales que debieron entusiasmar a la reina y sus asquerosos secuaces, quienes de seguro presenciaban su mal llamado espectáculo a través de los drones invisibles que sobrevolaban la ciudad.
Escuché sus risas maléficas retumbando en mis oídos. Los conocía demasiado bien: en ese estado, no les importaba nada más que saborear el éxito de la misión.
Agobiada, me arranqué los audífonos de los oídos y los lancé hacia el abismo. Sabiendo que nadie vería mis lágrimas ni cuestionaría mis actos, rompí en un llanto silencioso y acepté que mi existencia no era más que una plaga, condenada a convertir en cenizas todo lo que tocara en la superficie de la Isla Paralela.








