Donde nadie mira
Granola estaba casi vacío a esa hora.
Un par de estudiantes ocupaban las mesas del fondo, rodeados de computadoras, libros y vasos de café que probablemente llevaban allí desde la tarde. Detrás del mostrador, una empleada limpiaba distraídamente la máquina de espresso mientras una canción suave sonaba por los altavoces.
Sabrina Montana estaba sentada junto a una de las ventanas.
Afuera, Ravenshire parecía otra ciudad después de caer el sol.
Desde Granola podían verse algunas de las torres de la universidad elevándose detrás de los árboles. Durante el día, los edificios antiguos de piedra eran una de las razones por las que Sabrina se había enamorado del campus cuando lo visitó por primera vez.
De noche no estaba tan segura.
Había algo diferente en ellos.
Algo que no conseguía explicar.
Sabrina bajó la mirada hacia su teléfono.
8:08 p. m.
—Genial.
Había perdido más tiempo del que pensaba.
Colocó el teléfono sobre la mesa y tomó el último sorbo de su bebida.
Al día siguiente llegaría Maya.
Solo pensar en eso consiguió mejorarle el ánimo.
Habían hablado prácticamente todos los días desde que Sabrina llegó a Ravenshire, pero no era lo mismo. Maya era la clase de amiga que podía convertir una visita rápida al supermercado en una aventura de tres horas.
Y ahora estaría allí.
Con ella.
Sabrina comenzó a recoger sus cosas cuando el teléfono vibró sobre la mesa.
Miró la pantalla.
Maya.
Sonrió inmediatamente.
—No puedes esperar ni hasta mañana.
Contestó.
—¿Hola?
—Sabrina, ¿dónde estás?
Sabrina frunció ligeramente el ceño.
Había ruido detrás de la voz de Maya.
—En Granola. ¿Por qué?
—Porque llegué.
Sabrina permaneció en silencio.
—¿Qué?
Escuchó la risa de Maya.
—Estoy en Ravenshire.
—¡Mentirosa! Dijiste que llegabas mañana.
—Quería sorprenderte.
Sabrina se levantó inmediatamente.
—¿Dónde estás?
—Cerca de los dormitorios. Acabo de dejar mis cosas.
—No te muevas.
—¿Por qué?
—Porque voy para allá.
—Sabrina…
—No. Tú quisiste sorprenderme. Ahora espérame.
Maya volvió a reír.
—Está bien.
—Diez minutos.
Sabrina colgó.
Por primera vez aquella noche salió de Granola sonriendo.
El aire estaba mucho más frío de lo que esperaba.
Sabrina se cerró la chaqueta mientras comenzaba a caminar hacia el campus.
Granola quedaba suficientemente cerca de Ravenshire para que la mayoría de los estudiantes fueran caminando, aunque a esas horas los senderos estaban prácticamente vacíos.
A lo lejos podían verse las luces de los dormitorios.
Sabrina caminó más rápido.
Todavía no podía creer que Maya estuviera allí.
Sacó el teléfono con intención de escribirle.
Antes de hacerlo, la pantalla se iluminó.
Maya.
Sabrina contestó inmediatamente.
—¿Ya te desesperaste?
No hubo respuesta.
Solo escuchó respiración.
Sabrina redujo el paso.
—¿Maya?
La respiración continuó.
Rápida.
Irregular.
—Sabrina…
La sonrisa desapareció de su rostro.
—¿Qué pasa?
—¿Dónde estás?
—Caminando hacia los dormitorios. ¿Por qué?
Maya tardó unos segundos en responder.
—Creo que alguien me está siguiendo.
Sabrina se detuvo.
Miró instintivamente a su alrededor.
—¿Qué?
—Hay alguien detrás de mí.
—¿Quién?
—No sé.
—¿Dónde estás exactamente?
—Cerca del dormitorio.
—Entra.
—Estoy intentando llegar.
Sabrina comenzó a caminar otra vez.
Esta vez mucho más rápido.
—Maya, entra al edificio. Hay seguridad abajo.
No obtuvo respuesta.
—¿Maya?
Escuchó sus pasos al otro lado de la llamada.
Después, una respiración agitada.
—Maya, háblame.
—Todavía está ahí.
Sabrina sintió que se le erizaban los brazos.
—No mires atrás. Sigue caminando.
Silencio.
—Maya.
Entonces escuchó un ruido.
Seco.
Repentino.
—¿Maya?
Nada.
—¡Maya!
La llamada terminó.
Sabrina miró la pantalla.
Volvió a llamar.
Una vez.
No contestó.
Dos.
Nada.
A la tercera llamada, Sabrina ya estaba corriendo.
Entró al edificio de dormitorios casi sin aliento.
El vestíbulo estaba tranquilo.
Dos estudiantes hablaban cerca de los ascensores y otro estaba sentado en uno de los sofás mirando su computadora.
Nadie parecía alarmado.
Nadie corría.
Nadie había escuchado nada.
Sabrina sacó el teléfono.
Otra llamada.
Nada.
Entró al ascensor y presionó el botón varias veces.
—Vamos, vamos…
Cuando las puertas se abrieron, salió rápidamente.
El pasillo estaba vacío.
Las luces blancas del techo hacían que todo pareciera todavía más silencioso.
Sabrina llegó hasta la habitación y abrió la puerta.
Oscuridad.
—¿Maya?
Encendió la luz.
Las maletas de Maya estaban allí.
Una junto a la cama.
Otra todavía cerrada cerca del escritorio.
Su chaqueta estaba tirada encima de una silla.
—Maya.
Nadie respondió.
Sabrina entró lentamente.
Entonces escuchó un pequeño ruido.
Se quedó inmóvil.
Venía del baño.
La puerta estaba entreabierta.
La luz estaba apagada.
Sabrina tragó saliva.
—¿Maya?
Nada.
Caminó hacia la puerta.
Empujó lentamente y buscó el interruptor con la mano.
La luz se encendió.
—Dios mío.
Maya estaba sentada en el suelo.
Tenía las piernas recogidas contra el pecho y estaba temblando.
Sabrina se arrodilló inmediatamente frente a ella.
—Maya, ¿qué pasó?
Su amiga levantó la mirada.
—Él me encontró.
Sabrina frunció el ceño.
—¿Quién?
Maya negó con la cabeza.
—No sé.
—¿Te hizo algo?
—No.
—Entonces, ¿qué quieres decir con que te encontró?
Maya miró hacia la puerta del baño.
—Me siguió hasta aquí.
Sabrina sintió un escalofrío.
—¿Lo viste?
—No bien.
—¿Era un estudiante?
—No sé.
—¿Un hombre? ¿Una mujer?
—Un hombre.
Sabrina tomó sus manos.
Estaban heladas.
—Vamos a llamar a seguridad.
Maya negó inmediatamente.
—No.
—Maya.
—No quiero.
—Alguien te siguió hasta el dormitorio.
—Quizás solo era alguien caminando detrás de mí.
Sabrina la miró incrédula.
—Hace diez minutos me llamaste pensando que alguien te perseguía.
Maya bajó la mirada.
—Estaba asustada.
—Precisamente.
—Por favor, Sabrina.
Había algo en su voz que hizo que Sabrina dejara de discutir.
Maya no solo estaba asustada.
Parecía confundida.
Como si hubiera algo que ni siquiera ella entendía.
Sabrina suspiró.
—Está bien. No llamamos ahora.
Maya levantó la mirada.
—Gracias.
—Pero mañana vamos a hablar de esto.
—Sí.
—En serio.
Maya asintió.
—Te lo prometo.
Sabrina la ayudó a levantarse.
Comprobó la cerradura de la habitación.
Después volvió a comprobarla.
—Esta noche nadie entra aquí.
Maya consiguió sonreír débilmente.
—¿Y si vuelve?
—Entonces tendrá que enfrentarse conmigo.
—Mides como cinco pies.
Sabrina la miró ofendida.
—Eso no tiene nada que ver.
Maya soltó una pequeña risa.
Por primera vez desde que Sabrina había llegado, sintió que podía respirar.
—Vamos —dijo—. Necesitas dormir.
Maya asintió.
Aquella noche, Sabrina tardó mucho más de lo normal en quedarse dormida.
Pero finalmente lo hizo.
Sin saber que aquella sería la última conversación que tendría con su mejor amiga.
Las sirenas la despertaron.
Sabrina abrió los ojos.
Durante unos segundos no supo dónde estaba.
Otra sirena atravesó el silencio de la habitación.
Se incorporó.
La luz de la mañana entraba por la ventana.
Miró la hora.
7:23 a. m.
—Maya.
No obtuvo respuesta.
Giró hacia la otra cama.
Vacía.
Sabrina se quedó mirando las sábanas desordenadas.
—¿Maya?
Se levantó.
El baño estaba vacío.
Su chaqueta seguía allí.
También sus maletas.
Sabrina tomó el teléfono.
Ningún mensaje.
Marcó su número.
Buzón de voz.
Entonces volvió a escuchar las sirenas.
Esta vez prestó atención.
Venían de afuera.
Se acercó a la ventana.
Su estómago se contrajo.
Había ambulancias frente a uno de los edificios.
Patrullas.
Personal de emergencia.
Y una larga cinta amarilla bloqueando parte del campus.
Sabrina salió de la habitación.
Para cuando llegó al exterior había decenas de estudiantes reunidos.
Algunos intentaban grabar con sus teléfonos.
Otros hablaban entre ellos.
Nadie parecía saber exactamente qué había ocurrido.
Sabrina buscó a Maya entre ellos.
Nada.
Volvió a llamarla.
Buzón de voz.
—Vamos, Maya…
Se acercó a la cinta amarilla.
Un policía levantó la mano.
—No puede pasar.
—Estoy buscando a mi amiga.
—Todos deben permanecer detrás de la cinta.
—Ella no estaba en nuestra habitación cuando desperté.
El policía la miró.
—¿Cómo se llama?
Sabrina abrió la boca para responder.
No llegó a hacerlo.
Dos paramédicos aparecieron detrás del edificio.
Empujaban una camilla.
El murmullo de los estudiantes disminuyó.
Había alguien sobre ella.
Una sábana blanca cubría completamente el cuerpo.
Sabrina sintió algo extraño en el pecho.
No.
No tenía ninguna razón para pensar eso.
Podía ser cualquiera.
Ravenshire tenía miles de estudiantes.
Buscó nuevamente a Maya entre la multitud.
Nada.
Los paramédicos siguieron avanzando.
Una ráfaga de viento atravesó el campus.
Las ramas de los árboles se movieron.
Varias hojas secas cruzaron el suelo.
Y durante apenas un segundo, una esquina de la sábana se levantó.
Sabrina vio un rostro.
Cabello oscuro.
Piel inmóvil.
Maya.
Todo desapareció.
El ruido.
Las voces.
Las sirenas.
—Maya…
El paramédico volvió a cubrirla.
Sabrina dio un paso hacia adelante.
—Maya.
El policía la detuvo.
—Señorita.
—¡Esa es mi amiga!
Intentó pasar.
—¡Maya!
La camilla continuó hacia la ambulancia.
Sabrina dejó de luchar.
No podía respirar.
La noche anterior Maya había estado frente a ella.
Habían hablado.
Habían reído.
Mañana vamos a hablar de esto.
Te lo prometo.
Las puertas de la ambulancia se cerraron.
Tres días después, Ravenshire parecía haber decidido continuar.
Las clases seguían.
Los estudiantes seguían llenando los pasillos.
Granola seguía vendiendo café.
La gente hablaba de exámenes, fiestas y trabajos pendientes.
Como si Maya nunca hubiera existido.
Sabrina no podía hacer lo mismo.
Estaba sentada en su dormitorio mirando la cama vacía frente a ella.
Todavía había cosas de Maya allí.
Una botella de agua.
Un cargador.
Una sudadera.
Pequeñas pruebas de que había estado viva apenas unos días antes.
Sabrina cerró los ojos.
Y entonces recordó algo.
Algo de aquella mañana.
Había estado tan concentrada en la ambulancia que casi lo había olvidado.
Los arbustos.
Al otro lado del área acordonada.
Había alguien allí.
Un muchacho.
Sabrina abrió los ojos.
Recordaba su cabello negro.
Su ropa oscura.
Y su rostro.
No estaba entre los estudiantes.
No hablaba con nadie.
Estaba parcialmente oculto junto a los arbustos, observando exactamente el lugar donde habían encontrado a Maya.
Y había algo más.
Cuando Sabrina lo miró…
él ya la estaba mirando.
Al día siguiente, Sabrina caminaba por uno de los pasillos de Ravenshire cuando lo vio.
Se detuvo.
Era él.
El mismo cabello negro.
El mismo rostro.
El muchacho caminaba entre los estudiantes como si nada hubiera ocurrido.
Sabrina sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
No sabía quién era.
No sabía por qué había estado allí aquella mañana.
Pero necesitaba averiguarlo.
Comenzó a caminar detrás de él.
El desconocido dobló una esquina.
Sabrina aceleró.
—Espera…
Doblando la misma esquina, miró hacia donde había desaparecido.
Y chocó contra alguien.
El impacto la hizo perder el equilibrio.
Cayó al suelo.
Varios libros golpearon el piso a su alrededor.
—Genial —murmuró.
Una sombra se proyectó sobre ella.
Sabrina levantó la mirada.
El muchacho frente a ella no era el que estaba siguiendo.
Era otro.
Alto.
Cabello gris plateado.
Rostro serio.
Y unos ojos que hicieron que Sabrina olvidara, durante un segundo, por qué había estado corriendo.
Él se agachó.
Recogió uno de sus libros y extendió una mano hacia ella.
—¿Estás bien?
Sabrina miró su mano.
Después volvió a mirarlo.
Sabrina dudó un instante antes de aceptar su mano.
—Sí… estoy bien.
Él tiró suavemente de ella hasta ayudarla a ponerse de pie.
—Creo que me debes un café por casi matarme.
—Ok, creo que tendré que compensarte —respondió Sabrina.
Él sonrió ligeramente.
—Un café será suficiente.
Sabrina bajó la mirada hacia los libros que todavía quedaban en el suelo y se agachó para ayudarlo a recogerlos.
—¿Siempre consigues cafés chocando con desconocidas?
—Solo cuando funciona.
Sabrina soltó una pequeña risa, la primera que le salía de forma natural en varios días.
Le entregó el último libro.
—Sabrina.
Él lo tomó de sus manos.
—Dante.
Por un instante, ninguno dijo nada.
—Entonces… ¿esta tarde? —preguntó él.
—Esta tarde.
Dante asintió y continuó por el pasillo.
Sabrina lo observó alejarse unos segundos antes de recordar por qué había terminado allí.
El muchacho de cabello negro.
Miró rápidamente hacia la esquina.
Ya no estaba.
Su sonrisa desapareció.
Había perdido su oportunidad de seguirlo.
Pero ahora sabía algo que antes no sabía.
Estudiaba en Ravenshire.
Y si estaba allí, volvería a encontrarlo.








