Capítulo 1
Debería estar en casa, probablemente acurrucada bajo capas de sábanas junto a su esposo, escuchando la televisión de fondo mientras veía videos graciosos en Instagram.
Esa fue la primera idea que cruzó su cabeza cuando el aire frío de Nueva York le despeinó el cabello rubio cuando bajó del Uber. Sus tres amigas ya la estaba esperando en la acera, rápidamente se dio cuenta de que la fiesta había comenzado un par de horas atrás para ellas. Todas ya tenían las mejillas rojas y arrastraban las palabras.
—¡Comenzaba a creer que no vendrías! —gritó Amelia, la mayor y más atrevida del grupo, acercándose con una copa casi vacía. Micaela levantó una ceja al verla.
La poca bebida que quedaba en la copa se derramó sobre ellas cuando se abrazaron.
—¡Ay, lo siento! —se disculpó la castaña, pero sus ojos brillaban de emoción.
Micaela le devolvió la sonrisa, haciendo un gesto con la cabeza.
—Para ser sincera... —comenzó, sintiendo que el nudo en su estómago se aflojaba apenas— no sabía si vendría, pero aquí estoy.
No sabía realmente qué estaba haciendo ahí.
Bueno, sí lo sabía.
Se había maquillado durante cuarenta minutos, ignoró más de tres veces la tentación de cancelar y había pedido el Uber con el estómago hecho un nudo.
Cada paso que daba era una oportunidad más para huir.
No es que tuviera mucho que hacer un viernes por la noche.
Para esa hora Jimmy ya debía estar dormido. Seguramente había insistido en esperar despierto hasta que ella regresara y su esposo había terminado negociando media hora extra, como siempre.
Sentía que estaba a punto de embarcarse en un viaje completamente innecesario. Con un niño de apenas seis años, actividades extraescolares, su trabajo y su matrimonio, salir a la medianoche era, probablemente, una de las peores decisiones que tomaría.
Pero necesitaba un respiro de todos, y qué mejor manera de lograrlo que soltando el control de todo, al menos por una sola noche.
Amelia había pasado semanas convenciéndola de eso.
Caminaron un par de esquinas hasta el club y un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando el letrero neón la iluminó.
OLIMPIA.
Amelia había hablado tanto de ese lugar que esperaba algo más discreto.
¿Qué clase de persona abría un club privado y luego le ponía un letrero capaz de verse desde dos calles de distancia?
Estaba segura de que los dueños pertenecían a esa clase de personas que jamás entraban en una habitación sin asegurarse de que todos los estuvieran mirando. Exactamente la clase de personas que le agotaban después de diez minutos de conversación.
Eso sí, la forma en que las letras blancas contrastaban con el rosa intenso a su alrededor era demasiado perfecto para un bar de mala muerte.
Más abajo había una placa plateada que añadía:
“Establecimiento privado”.
Esa era una de las razones por las que había decidido aceptar. Nadie entraba ahí sin ser aceptado antes y nadie salía pudiendo decir lo que pasaba ahí adentro sin enfrentarse a problemas legales... ojalá Amelia no estuviera mintiendo.
En la entrada había un tipo que parecía capaz de partir a alguien por la mitad con solo mirarlo.
Perfecto.
Había pasado la mitad de su vida evitando a ese tipo de hombres.
Era enorme, con un traje negro y completamente rapado, con un tatuaje de serpiente que le recorría desde el brazo hasta perderse bajo su camisa blanca. Era exactamente la clase de hombre por la que Amelia dejaría de responder mensajes durante tres semanas.
Su amiga le enseñó una tarjeta plateada con letras brillantes en el centro que no alcanzó a leer.
Micaela supuso que era algo importante, porque el guardaespaldas no preguntó nada, simplemente las contó y les dio una pulsera plateada en la mano izquierda.
De lo primero que Micaela fue consciente fue del calor que había adentro del club, tuvo que quitarse la chamarra que la protegía del frío de afuera. El aire olía cigarrillos... tal vez alguna sustancia menos legal, aunque también había un ligero toque a cereza que la cautivó desde el primer momento.
La misma cereza artificial de los jarabes para la tos que Jimmy odiaba cada invierno.
Le gustaba cómo la oscuridad ocultaba a casi todos. Por primera vez en mucho tiempo se sentía libre.
—¡Ven, no te quedes atrás! —Emily prácticamente la arrastró al centro de la pista, y antes de que se pudiera dar cuenta ya tenía una copa de vodka en la mano y los cuerpos de sus amigas pegándose a ella en un baile en el que claramente no quería participar. Aun así, movió el cuerpo como pudo y les siguió el ritmo.
No quería ser una aguafiestas.
Entre las personas en la pista y sus amigas llamando su atención cada pocos segundos no había podido ver bien el lugar, lucía como un bar común y corriente, nada nuevo, hasta que su mirada se fue a otro cartel neón más allá de los cuerpos sudorosos.
“Los Dioses te observan, obedece”
La frase le recorrió el cuerpo entero, como si alguien hubiera escrito en neón lo que llevaba toda su vida haciendo.
Delante de la pared había seis tronos altos, iluminados desde abajo como si quien se sentara allí tuviera que ser adorado por el resto del mundo.
Qué modesto.
En uno de ellos, una joven pálida y atlética le envió un beso juguetón. El halo rosado de las luces resaltaba su sonrisa y esa clase de seguridad que parecía venir incluida con la juventud.
Micaela, en cambio, había pasado la mañana discutiendo con Jimmy porque insistía en usar dos calcetines diferentes para ir a la escuela.
La chica dejó de mirarla y comenzó una conversación con el hombre imponente a su lado. Tenía una pierna cruzada sobre el reposabrazos y una sonrisa que cautivó a Micaela mucho más que la de la joven. Los hombros anchos y el torso bien definido la obligaron a terminar el vodka de un trago.
No tenía la intención de mirar otra vez, pero terminó mirándolo un par de veces más.
Su esposo iba al gimnasio tres veces por semana y no estaba ni de cerca a parecerse a él.
Otro de los tronos fue ocupado por una mujer más, sin embargo, la mirada en su rostro la desconcertó. Era la única de los tres que mantenía los labios en una línea recta. Si estaba ahí para atraer clientes, seguro que ella era quien menos llamaba la atención.
Le dio un último trago a su vaso, la mezcla amarga le recorrió la garganta. Ya no podía más con los tacones, así que caminó directo a la barra, donde una comida silla de terciopelo la esperaba.
Había al menos una decena de personas en la pista, hombres y mujeres bailando con las bailarinas con más confianza en ese baile de la que ella había tenido en toda su vida.
—Déjame adivinar —la joven bartender la sacó de sus pensamientos cuando dejó el siguiente vaso de vodka frente a ella—. ¿Casada?
Micaela prácticamente se atragantó con su bebida.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó después de limpiarse las gotas que se le habían escapado por la comisura de los labios—. ¿Es tan obvio?
La chica curvó los labios en una pequeña sonrisa y volvió a inclinarse, ambos codos sobre la barra y la mirada penetrante clavada en Micaela.
La rubia tuvo que inclinarse hacia atrás para volver a levantar esa distancia segura entre ellas.
—Más obvio de lo que crees —respondió la chica, sus ojos bajaron a los labios de Micaela por un segundo y después volvieron a subir—. Tienes tu anillo de bodas.
Claro.
El anillo.
Llevaba tanto tiempo en su mano que a veces olvidaba que estaba ahí.
La chica soltó una risita y volvió el cuerpo hacia un chico que le había pedido una mimosa.
Se tenía que ir. Era la segunda vez que alguien en ese lugar la hacía pasar pena y no iba a permitirlo una vez más. Bastantes cosas ya le apenaban en su vida diaria como para pagar para que la humillaran aún más.
Dejó una propina que consideraba decente y se levantó.
Entonces casi chocó con ella.
Una silueta alta que pasó frente a ella y le robó por completo el aliento. Era distinta al resto, mucho más elegante que los mismos clientes y con una llamativa peluca rosa y pupilentes a juego. De pronto el rosa dejó de parecerle un color ridículo.
Sus pasos eran firmes sobre la alfombra y tras ella llevaba a un hombre dos veces más grande esposado y con una correa que apenas lo contenía. Juró que ya ni siquiera sabía cómo respirar.
Se dijo que estaba siendo ridícula por seguir mirándola... aun así, no pudo apartar la mirada
La mujer avanzó por el club como si fuera dueña del lugar. Varias cabezas giraron a su paso, incluso un hombre dejó de escuchar a la mujer que tenía enfrente.
Otro se acomodó el pantalón de una forma que hizo que Micaela desviara la vista de inmediato.
Perfecto.
Al menos ya tenía la confirmación de que no era la única que estaba perdiendo la dignidad esa noche.
La mujer llevaba un vestido negro de látex tan ajustado que Micaela no entendía cómo podía respirar ahí adentro, y por un momento, solo un instante del que se arrepintió enseguida, se imaginó siendo ella la que seguía a aquella mujer...
Pero ella ni siquiera la miró.
Siguió el camino de ambos hasta una sala privada más atrás, y segundos después volvió a salir, esta vez sin compañía.
El corazón se le detuvo cuando la tuvo a no más de dos metros de ella. La rubia podría jurar que podía inhalar el olor de su perfume hasta donde estaba. Tan cerca alcanzó a distinguir un pequeño lunar junto al mentón, que rompía la perfección casi intimidante de su rostro, y unas uñas rojas y puntiagudas que resaltaban contra el negro brillante del látex.
La forma en que se movía por el club, con pasos descuidados, como si el suelo mismo se limpiara para ella y las posibilidades de caer ni siquiera existieran en su mundo.
La bartender se acercó deprisa, cualquier rastro amistoso en su rostro se había desvanecido y lo había reemplazado una concentración casi avergonzada. Como si todos los delitos del mundo fueran culpa de ella.
Fuera quien fuera, esa mujer debía ser una perra.
Una perra elegante.
Terriblemente atractiva.
Pero una perra, al fin y al cabo.
—Llama a Stella. Dile que, si en cinco minutos no está en el escenario bailando, no se moleste en regresar —Micaela se había concentrado en deslizar el dedo en los bordes de su copa, aun así la voz firme de la mujer, la autoridad en ella... Dios...
Micaela la había escuchado y ya no quería dejar de hacerlo.
Debía ser agradable entrar en una habitación y convertirse en la persona más importante de inmediato. Ella llevaba seis años entrando a salas de juntas, reuniones escolares y fiestas infantiles sin que nadie la recordara después.
La joven asintió sin cuestionar y giró el cuerpo hacia el teléfono sobre la barra.
Cuando regresó los ojos a la misteriosa mujer, supuso que se iría sin mirarla, se había asegurado de tardar lo suficiente para eso, pero no tanto como para perder a semejante mujer de vista. Sin embargo, los ojos rosados permanecían fijos sobre ella.
Por supuesto que entró en pánico.
Hacía años que nadie la miraba así.
Siempre acostumbraba a tener ella el control en todos lados y esta vez, esa mujer que la atraía sin permiso se estaba llevando todo su autocontrol solo con mirarla.
Una perfecta ceja pelirroja se arqueó y le regaló una sonrisa suave, como si segundos antes no hubiera amenazado despedir a alguien.
Su esposo la quería, nunca había dudado de eso.
Pero una cosa era sentirse querida, y otra completamente distinta era sentirse deseada.
No era la primera vez que una mujer llamaba su atención. Alguna actriz. Una profesora de literatura en la universidad con la que jamás se habría animado a intentar nada, incluso una madre del colegio de Jimmy. Pero siempre habían sido pensamientos pasajeros que jamás abandonaban la comodidad de su cabeza.
Lo nuevo era querer dejar de imaginar.
Necesitaba contárselo a alguien, pero sus amigas estaban perdidas en algún lugar del bar y no tenía a nadie más cerca.
—¿Quién es ella? —su voz tembló. La mujer ya se había ido pero su presencia aún le rozaba la piel.
La joven rebuscó entre la gente y sonrió cuando sus ojos marrones se encontraron con la mujer que había impactado tanto a Micaela.
—¿Madame V? —cuestionó con ambas cejas alzadas—. Es nuestra mejor dominatriz. Valkiria para los clientes.
Valkiria.
Solo pronunciar su nombre hizo que el aire se le quedara un segundo en la garganta.
La vista de Micaela cayó de nuevo sobre la mujer, y la siguieron hasta que tomó asiento en el trono del medio. Valkiria recibió una copa desde atrás, le dio un sorbo lento, demasiado sensual para lo que estaba haciendo, y cuando terminó, lo dejó sobre la pequeña mesa de apoyo que tenía al lado. Sus ojos rosados de nuevo cayeron sobre Micaela, mordiéndose el labio inferior.
—¡Diviértete, mujer! —la voz de Amelia la sacó de golpe de sus pensamientos, obligándola a apartar la mirada de Valkiria.
Venía de la mano con el hombre que estaba sentado en el trono, él venía guiándola de las caderas y con una sonrisa en el rostro.
—¡Orión! Quería aprovechar para pedirte algo —exclamó Amelia, rodeándole el cuello con el brazo libre—. Mi amiga necesita una sesión contigo, tal vez después de la mía. ¿Crees que se podría?
El énfasis en “necesita” hizo girar los ojos de Micaela.
Orión se cruzó de brazos, su mirada penetrante parecía medir a Micaela con detalle.
—Está bien. Solo debe pasar por la Antesala al Cielo para firmar algunos papeles primero. Y si es novata, le recomendaría a Leo.
Micaela ni siquiera había terminado de comprender de qué iba el club y ya la estaban lanzando a una jaula llena de leones.
Necesitaba tomarse un descanso.
Respiró profundo, luchando por encontrar el coraje que necesitaba cuando el impulso escapó por su garganta:
—Quiero que sea con ella —dijo señalando hacia Valkiria, más fuerte de lo que esperaba, con el pulso golpeando fuertemente sus costillas.
Amelia chilló, llevándose las manos al rostro y girando sobre sí misma.
—¡¿Con ella?! —sus ojos brillaban, su risa desbordando la sala—. ¡Amiga, ¿en serio?!
El calor le subió las mejillas. Podría ser que esa mujer fuera una perra, pero no había nada que la hiciera cambiar de opinión, después de escuchar su voz y cómo una sola frase alteró la habitación completa, definitivamente solo quería con ella.
—Mi esposo es un gran hombre —se le escapó—. Y lamentablemente también es muy aburrido.
No supo si fue ella quien habló o el vodka ya haciendo su trabajo.
Amelia se dobló de la risa, sujetando a Micaela por los brazos hasta casi agitarla, sus tacones resonaron en el suelo al compás de la alegría desbordante.
—¡Eso! ¡Sabía que algún día lo harías! —gritó, dando vueltas como una cometa fiestera, alguien debería enseñarle a su amiga a tener un poco de vergüenza, porque varias personas ya las estaban observando—. Me acabas de hacer ganar diez dólares.
Un beso húmedo llegó a la mejilla de Micaela, haciéndole fruncir el ceño.
Los ojos de Orión fueron directamente hacia Valkiria, y por su expresión, Micaela deseó que se pudiera tener la cita.
—Ella solo trabaja con clientes experimentados... dudo que sea posible —su voz fue firme cuando se encogió de hombros.
Las palabras de Orión le arrancaron la sonrisa del rostro.
—¿Cuánto cobra? —preguntó la rubia, con las manos crispadas tratando de recuperar una postura segura.
—Cuatrocientos dólares por sesión —le hizo saber.
No había manera de que pagara cuatrocientos dólares por un par de horas haciendo... ni siquiera sabía lo que iban a hacer.
No. Ni loca.
—Dile que le ofrezco ochocientos.
Las palabras llegaron a sus oídos primero, después entendió el peso de lo que acababa de hacer. No sabía qué parte de ella la había impulsado a proponer ese trato donde salía perdiendo de más.
Su esposo se iba a poner furioso cuando se enterara de que había gastado más de mil dólares en una noche.
El calor del cuerpo de Amelia comenzaba a abrumarla, pero no hizo nada por moverse. Estaba demasiado ocupada intentando convencerse de que cada centavo valdría la pena.
—¡Sí, sí, sí! ¡Eso es de lo que estoy hablando! —el grito de Amelia casi le rompió el tímpano. Chocó su copa con la de la rubia, casi derramando el líquido sobre sus hombros—. ¡Vamos, amiga, arrástrala de ese trono!
Orión se mantuvo serio un momento, mirando hacia donde estaba Valkiria como si ya pudiera imaginar su respuesta.
Asintió lentamente:
—Lo intentaré. Pero primero... Antesala al Cielo.
Amelia tiró de su brazo, casi arrastrándola por el pasillo que claramente conocía mientras reía entre la música.
La presencia de Valkiria seguía flotando en su mente, y la idea de encontrarse con ella cara a cara despertaba un deseo que nunca antes había conocido.








