Capítulo 1: consumo de descarte
El espejo del baño estaba empañado, pero ella no necesitaba verse con claridad para saber quién era. Los dedos de su mano derecha, los mismos que años atrás temblaban mientras escribían un último mensaje, uno que rogaba por un poco de atención, recorrían ahora con firmeza la costura de las medias de seda. Un chasquido metálico llenó el silencio al ajustarse el liguero.
Se miró fijamente, analizando su piel de treinta y cinco años. No era la misma de los veinte, y eso le gustaba. Había algo poderoso en dejar atrás la inocencia de la juventud y hacerse más fuerte. Se enfundó en el vestido negro, una segunda piel que revelaba la ausencia de sujetador con una obviedad calculada y ocultaba apenas un hilo diminuto, de seda negro a juego con las medias y el liguero que se fundía con las curvas sin asomar jamás bajo la tela ceñida. No era una invitación al romance; era un mapa del tesoro para quien supiera leerlo. Su cuerpo ya no era un templo sagrado, era una herramienta de placer que ella manejaba a su antojo.
—¿Sertralina? —susurró, mirando el estante vacío donde antes descansaban los frascos de su tratamiento—. No, hoy el químico es otro.
Se aplicó un perfume denso, de esos que se quedan pegados en la garganta del que se acerca demasiado. Estaba harta de las novelas por aplicativo que leía por las noches, donde mujeres como ella eran descritas como ninfómanas insaciables o almas rotas buscando afecto. Qué estupidez. Ella no estaba rota, estaba reconstruida. Simplemente quería un buen polvo, uno que no le preguntara cómo le había ido en el día ni le recordara sus inseguridades.
Se sentó en el borde de la cama para ponerse unos zapatos de tacón de charol negro. El simple gesto de arquear el empeine y encajar el pie en la estructura rígida tensó los músculos de sus pantorrillas, delineando una línea afilada y altiva. Se irguió frente al espejo de cuerpo entero, comprobando el efecto. Al salir al portal de la calle para esperar el vehículo que había solicitado por la aplicación, la noche fresca la recibió con una ráfaga que mecía ligeramente el bajo del vestido. Bastó ese breve instante en la acera para que los dos hombres que pasaban por allí redujeran el paso de inmediato. Las miradas de ambos chocaron contra su silueta con una voracidad evidente, recorriendo el contorno de sus caderas y la sugerencia de sus piernas antes de tropezarse con la indiferencia absoluta de sus ojos. Marien captó el destello de deseo crudo y desconcierto en sus rostros, y una sonrisa ladeada, afilada y cargada de una malicia silenciosa, se dibujó en sus labios antes de que se abriera la puerta del coche.
El bar "El Escondite" hacía honor a su nombre. El aire estaba pesado, cargado con el olor de licor barato y una densa nube de humo de cigarrillos que impregnaba el ambiente. Al cruzar el umbral, el repique seco y rítmico de sus tacones contra el suelo cortó el murmullo ambiental como una cuchilla. Su presencia funcionó como un imán invisible; de inmediato, las conversaciones en las mesas cercanas se desinflaron y varias cabezas giraron hacia ella. Hombres y mujeres la examinaron con una mezcla de fascinación y envidia contenida mientras avanzaba con paso firme, consciente de cada parpadeo ajeno, saboreando el poder de ser el centro de gravedad de aquella sala sin haber dirigido una sola palabra a nadie. Era el lugar perfecto para ser nadie, y al mismo tiempo, la dueña absoluta de la noche.
Allí localizó a su objetivo: "Javi32". Se veía más joven que en las fotos, con esa piel lisa que todavía no conocía los golpes de la vida, pero eso no importaba mientras supiera qué hacer con las manos. Se sentó frente a él sin saludar. Él la recorrió con una mirada hambrienta que se detuvo, como ella esperaba, en el relieve de sus pezones bajo la tela negra.
—Vaya... —balbuceó él, dejando el trago de lado—. Estás mucho mejor que en el perfil. ¿Quieres tomar algo primero?
—No he venido a beber, Javi —cortó ella. Su voz era un hilo de seda fría—. ¿Tienes el coche cerca?
Él parpadeó, sorprendido por la falta de preámbulos. En su cabeza de chico joven, seguramente imaginaba una cena, risas tontas y un cortejo lento. Qué pérdida de tiempo.
—Sí, a la vuelta. Pero pensé que podríamos charlar un poco, conocernos...
—Tengo poco tiempo y disponibilidad para absolutamente todo. Tú decides.
Marien lo miró con una coquetería afilada y deliberada. Se inclinó ligeramente sobre la mesa, le tomó la mano con suavidad y, manteniendo los ojos fijos en los suyos, deslizó su dedo índice entre los labios. Sintió cómo él se tensaba de inmediato mientras ella lo succionaba despacio, acariciándolo con la lengua en una provocación húmeda y calculada que aceleró de golpe la respiración del chico.
El joven tragó saliva, completamente vencido por el estímulo y la urgencia de la propuesta, y asintió con una mezcla de desconcierto y deseo.
—Está bien... vamos —balbuceó él, levantándose de la mesa con torpeza.
Ella se puso de pie. El tacón de diez centímetros repicó contra el suelo, marcando un compás de urgencia. El trayecto al hotel de paso fue un intercambio de silencios eléctricos. Una vez en la habitación, el olor a humedad y lavanda barata la recibió como un viejo conocido. Él intentó besarla, buscando una intimidad que ella no estaba dispuesta a ceder. Lo empujó suavemente hacia la cama, pero antes de que pudiera dar un paso atrás, él se levantó de un salto y la rodeó con los brazos por la espalda. La pegó contra su cuerpo mientras le besaba el cuello con urgencia, buscando deslizar las tiras del vestido por sus hombros. En ese mismo instante, las manos de él descendieron con descaro por su cintura hasta meterse por debajo del vestido y amasar sus senos con una familiaridad impaciente. Marien dejó escapar un suspiro controlado, aprovechó el desvío de sus manos y, con un movimiento rápido, metió el brazo en el bolso.
—Espera —dijo ella, zafándose con elegancia y sacando el envoltorio plateado para ponérselo delante de los ojos—. Tendremos que usar esto.
Él soltó una risa floja, encogiéndose de hombros con desinterés.
—Ah, ¿eso? Qué aburrida eres. A mí me gusta hacerlo sin preservativo, sin barreras, para sentirlo todo de verdad.
Marien lo miró con absoluta frialdad, sosteniendo el sobrecito de plateado entre los dedos como una sentencia.
—Pues lo siento por tus gustos. Sin él no habrá sexo. Así que o te lo pones o me voy en este mismo instante.
—Está bien, está bien. Qué carácter tienes, nena.
—No soy tu nena —soltó Marien, con un destello de molestia fría cruzando sus ojos.
Sin darle tiempo a replicar, se abalanzó sobre él, besándole el cuello con furia y lamiéndole la oreja con una urgencia eléctrica que lo hizo estremecer de inmediato. El chico, reaccionando al golpe de adrenalina, le clavó las manos en los glúteos con fuerza, apretándola contra su pelvis mientras jadeaba por el sobresalto.
Se deshicieron de la ropa con una eficiencia mecánica, dejando que el vestido cayera al suelo como un envoltorio vacío. El encuentro se desató de inmediato cuando ella tomó el control, subiéndose a horcajadas sobre él. Las caderas de Marien se acoplaron a las suyas en una fricción rotunda, y el primer jadeo ahogado se perdió entre las sábanas. Él la agarró con desesperación por la cintura, alzando el torso con avidez para atrapar un pecho entre sus labios; se lo metió en la boca con hambre, mordiéndole la carne con furia y succionando con tanta fuerza que a ella se le escapó un gemido agudo, a medio camino entre el dolor sordo y el placer puro.
En un movimiento rápido, él invirtió las posiciones, rodándola con fuerza sobre el colchón y colocándose encima de ella con todo su peso. Las embestidas se volvieron entonces más directas y salvajes, marcadas por un ritmo acelerado que ella aceptó más como una fricción necesaria que como un acto de entrega.
Marien, sin embargo, mantuvo su mente aislada. Mientras las embestidas de él resonaban con fuerza en el colchón y sus manos se aferraban con furia a sus caderas, marcándole la piel con dedos hambrientos, ella dejó de mirarlo y se concentró en el techo, en las sombras deformes que bailaban sobre las manchas de humedad. Sentía el calor abrasador, el roce áspero del pecho sudoroso contra el suyo, y la fricción húmeda y constante que aceleraba su respiración y hacía arquear su espalda una y otra vez por pura inercia mecánica. Disfrutaba del placer físico, del vaivén intenso y de la presión firme que la mantenía anclada al colchón, pero su mente permanecía intacta, flotando lejos de allí, como si el cuerpo que sudaba y se entregaba sobre la cama fuera el de otra persona. Era solo un ejercicio de rozamiento, un desahogo crudo y sin rastro de afecto.
Las embestidas se volvieron entonces más directas y salvajes, marcadas por un ritmo acelerado que ella aceptó más como una fricción necesaria que como un acto de entrega.
Él se inclinó hacia su oído, con la respiración caliente y rota.
—Tienes una vagina tan rica... Si sigues apretándome así, me voy a venir ya —le susurró con voz ronca, pegando aún más su pelvis a la de ella.
Marien no respondió con palabras; obedeció al estímulo de su propio cuerpo y contrajo los músculos con fuerza, apretándolo desde dentro en un embate deliberado y voraz. El impacto fue inmediato: un estremecimiento profundo la recorrió entera y sintió cómo él se corría, soltando un gemido largo y gutural mientras se desplomaba a su lado buscando aire.
Ella, sin embargo, mantuvo su mente aislada. Las embestidas de él resonaban todavía como un eco y sus manos se habían apartado de sus caderas, ella dejó de mirarlo y se concentró en el techo.
Mientras él se desplomaba a su lado buscando aire, ella ya estaba en el baño lavándose, borrando cualquier rastro de él de su piel. Se vistió en tiempo récord, ignorando la mirada de confusión que él le lanzaba desde la cama. Se terminó de retocar el labial rojo frente al espejo manchado. Al verse ahí, pequeña bajo las luces amarillentas del cuarto, recordó aquel cuento de Andersen que le leían de niña. Pulgarcita. Qué estafa. Se había pasado media vida como la protagonista, buscando al supuesto príncipe de las flores, pero en el camino solo habían aparecido escarabajos ruidosos y sapos que querían arrastrarla al lodo. Incluso ese topo del cuento, el que casi la condena a vivir en la oscuridad perpetua robándole la luz, le resultaba ahora una metáfora demasiado familiar. El príncipe no existía; no era más que eso, un personaje de tinta, un sueño fantástico, en un cuento infantil para niñas que aún no habían aprendido a caminar sobre el frío suelo, duro como ella.
—Oye... ha sido increíble. Tenemos que repetir —dijo él desde las sábanas, una frase que la arrancó de golpe de sus pensamientos y la devolvió al calor denso de la habitación—. Pásame tu WhatsApp real, no el de la app. El próximo jueves estoy libre.
Ella lo miró a través del reflejo con una cortesía vacía, enterrando definitivamente a la niña del cuento bajo una capa de labial.
—Claro. No te preocupes, estamos hablando.
—Vale. Te escribo mañana, ¿sí?
—Sí, mañana.
Mintió con la naturalidad de quien da la hora. Cerró el bolso con un "clac" definitivo. Al salir a la calle, el aire fresco de la noche le pareció el mejor de los premios. Subió a un taxi y, antes de que el conductor pusiera el taxímetro, ella ya estaba dentro de su perfil.
Bloquear contacto.
¿Desea eliminar la conversación? Sí.
Miró por la ventanilla. Ya no había rastro de Javi, ni de la habitación, ni del deseo de hace una hora. Estaba limpia. Estaba sola. Estaba perfecta.








