La espera
La harina cubría las manos de Alicia cuando escuchó las campanas de la iglesia.
Había amanecido hacía poco, pero la panadería ya olía a pan recién hecho. El calor del horno hacía que aquel pequeño local fuera uno de los lugares más agradables del pueblo durante las mañanas frías.
Alicia tomó el paño y comenzó a limpiar el mostrador.
—Si sigues limpiando así, vas a terminar borrando la madera —dijo una voz detrás de ella.
Alicia sonrió sin levantar la mirada.
—Entonces tendrá que comprar otro mostrador, señor Marcel.
El panadero soltó una carcajada mientras dejaba una cesta de panes sobre la mesa.
—Con los precios de la harina, quizá sea más fácil comprar un caballo.
—¿Y qué haría con un caballo dentro de la panadería?
—Venderlo por pan.
Alicia rió.
Por unos segundos, todo pareció normal.
Pero afuera, en las calles del pueblo, la guerra seguía presente aunque nadie pudiera verla. Los periódicos hablaban de nuevos combates, soldados heridos y pueblos destruidos lejos de allí. La harina escaseaba cada vez más y algunos productos que antes podían comprarse con facilidad habían desaparecido de las tiendas.
Marcel tomó el periódico que había dejado sobre una silla.
—Otra vez hay noticias del frente.
Alicia dejó de limpiar.
—¿Algo importante?
—Siempre hay algo importante estos días.
El panadero comenzó a pasar las páginas.
—Dicen que los combates continúan. También hablan de más soldados heridos.
Alicia volvió a mirar el mostrador.
Intentó concentrarse en su trabajo, pero sus ojos terminaron regresando al periódico.
—¿Mencionan a los desaparecidos?
Marcel levantó la mirada.
No necesitaba preguntar a quién se refería.
—No, Alicia.
Ella asintió lentamente.
—Entiendo.
Era la misma respuesta que había recibido durante meses.
Su esposo había desaparecido en el frente. Al principio habían llegado cartas. Después, las cartas dejaron de llegar.
Nadie podía decirle dónde estaba.
Nadie podía decirle si estaba herido.
Nadie podía decirle si seguía vivo.
Por eso Alicia continuaba esperando.
No porque tuviera pruebas de que regresaría, sino porque tampoco tenía pruebas de lo contrario.
La campana de la puerta sonó y una mujer entró para comprar dos panes.
—Buenos días —saludó Alicia.
—Buenos días, querida. ¿Todavía trabajando tan temprano?
—Alguien tiene que mantener a Marcel en el negocio.
—¡Oye! —protestó él desde el fondo.
La mujer sonrió.
Era Marie, una vecina del pueblo que llevaba años comprando el pan allí.
—No le hagas caso —dijo Marie—. Ese hombre se queja más que una anciana.
Marcel fingió indignación.
—¡Estoy aquí mismo!
Las dos mujeres rieron.
Marie dejó unas monedas sobre el mostrador y recibió el pan envuelto en un trozo de papel.
Antes de marcharse, miró a Alicia durante unos segundos.
—¿Todavía sin noticias?
La sonrisa de Alicia desapareció.
—Todavía.
Marie bajó la mirada.
—Lo siento.
—No tienes que disculparte.
—Solo espero que algún día tengas buenas noticias.
Alicia asintió.
—Yo también.
Marie salió de la panadería.
El silencio regresó poco después.
Alicia llevó una mano al bolsillo de su vestido. Allí guardaba una pequeña fotografía.
La sacó con cuidado.
En ella aparecía el hombre que llevaba meses esperando. Era una fotografía sencilla, algo gastada por el tiempo, pero Alicia podía recordar perfectamente el día en que la habían tomado.
Pasó los dedos por el borde.
—Todavía no —susurró.
Marcel la observó desde el otro lado de la panadería.
—¿Todavía crees que volverá?
Alicia levantó los ojos.
Durante un instante no respondió.
—Sí.
Marcel suspiró.
—Alicia...
—No me digas que debo olvidarlo.
—No iba a decir eso.
Ella guardó la fotografía.
—Entonces no hay nada que hablar.
Marcel se quedó callado.
Alicia sabía que él no quería hacerle daño. Pero en el pueblo todos parecían tener una opinión sobre su futuro.
Para Alicia, aquellas palabras eran insoportables.
Una persona desaparecida no era una persona muerta.
Mientras existiera una posibilidad, por pequeña que fuera, ella seguiría buscándolo.
Un hombre pasó frente al escaparate llevando un periódico bajo el brazo. Alicia lo siguió con la mirada hasta que desapareció en la esquina.
Por un momento pensó en salir y preguntarle si había leído algo sobre los soldados desaparecidos.
Pero no lo hizo.
Había aprendido que las respuestas más dolorosas podían esconderse en unas pocas palabras impresas.
Marcel volvió a trabajar.
—Alicia, necesito que prepares los panes para la tarde.
—Ahora mismo.
Ella guardó el paño, acomodó la cesta y volvió a ponerse manos a la obra.
La guerra continuaba lejos de allí.
Y Alicia también continuaría esperando.
Porque mientras nadie le dijera que su esposo estaba muerto, todavía podía creer que algún día volvería a cruzar aquella puerta.








