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BLACKSTONE RIDGE: Corazon de hielo #1

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Sinopsis

¿Qué harías si, en menos de un mes, todo lo que creías saber sobre tu vida dejara de tener sentido? Un accidente. Una madre que no puede darte respuestas. Una decisión que te obliga a abandonar Nueva York y pasar unos meses en un pequeño pueblo de Montana. El lugar donde nació tu madre. O, al menos, eso creías saber. Porque cuando estás convencida de que conoces toda tu historia, descubrir que alguien te ha ocultado una parte puede ser mucho peor que no conocerla en absoluto. Y Gia Tillman está a punto de descubrir que algunos secretos no desaparecen porque nadie hable de ellos. Solo esperan. Esperan el momento adecuado para salir a la luz. Mientras intenta sobrevivir a un pueblo donde todo el mundo parece conocerse, a una vida que no pidió y a un hombre que definitivamente no estaba en sus planes, Gia tendrá que enfrentarse a preguntas que nunca pensó hacer. ¿Será capaz de descubrir toda la verdad? ¿Podrá soportar los secretos que su madre le ocultó durante toda su vida? Y, quizá, la pregunta más difícil de todas: ¿Qué pasará cuando descubra que encariñarse con alguien no es tan terrible como siempre creyó? Porque algunas historias comienzan con una mentira. Otras, con un accidente. Y algunas empiezan justo cuando creías que tu vida ya estaba escrita.

Genero:
Romance
Autor/a:
Roma
Estado:
hace 5 días
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

CAPITULO 1

GIA


Hace dos semanas tenía la agenda llena de eventos, entrevistas, sesiones de fotos y campañas publicitarias.

Hace dos semanas, mi madre me llamaba apenas comenzaba el día para recordarme todo lo que tenía que hacer, incluso cuando sabía perfectamente que no necesitaba que nadie me lo recordara.

—¿Ya estás despierta?

–Sí, mamá.

—A las diez tienes la reunión con el equipo de la campaña. A las doce, la sesión de fotos. A las tres…

—Ya me sé mi cronograma de memoria, mamá.

—Entonces no te quejes cuando a las tres y cinco estés corriendo por Nueva York porque te olvidaste de algo.

—Nunca me olvido de nada.

—Eso dices ahora.

Siempre terminábamos igual.

Yo fingía estar molesta. Ella fingía creerme. Después de cortar, yo continuaba con mi día.

Hoy daría cualquier cosa por volver a escuchar ese llamado.

Incluso por oírla repetir por décima vez una agenda que conozco de memoria.

Hace dos semanas, alguien atropelló a mi madre y se dio a la fuga. Todavía no han encontrado al responsable.

El accidente fue lo bastante grave como para que los médicos decidieran mantenerla en un coma inducido. Según ellos, su cuerpo necesita tiempo para recuperarse sin tener que lidiar con estímulos innecesarios. Tiene varias fracturas, lesiones internas y una herida que los especialistas siguen vigilando de cerca.

Los médicos que la atienden son algunos de los mejores de Nueva York. Lo sé porque Brian, mi padrastro, se encargó de que así fuera.

Alice Tillman nunca deja nada librado al azar.

Eso me repito cada vez que entro en su habitación del hospital y la veo inmóvil, rodeada de máquinas, tubos y monitores que emiten sonidos constantes.

Como si quisieran recordarme que, por primera vez en mi vida, ella no tiene el control.

No soy una niña de mamá que no sabe qué hacer cuando ella no está.

He seguido trabajando.

He cumplido cada compromiso que tenía firmado.

He aparecido frente a las cámaras.

He sonreído.

He respondido preguntas.

He posado.

He publicado contenido.

He hecho exactamente lo que se esperaba de mí.

Pero sin ella nada se siente igual.

Solo somos ella y yo en esta vida. Mi padre nunca quiso conocerme. Mis abuelos murieron cuando yo era demasiado pequeña para recordarlos, aunque durante años ni siquiera me pregunté demasiado por ellos.

Nunca me faltó nada. No tuve que preocuparme por dinero, comida, una casa, educación u oportunidades. Mi madre se encargó de todo.

Sola.

Alice Tillman es la mujer más fuerte y poderosa que conozco.

O, al menos, eso pensaba.

Ahora me hace falta.

Y odio verla postrada en una cama, conectada a máquinas, mientras todos a su alrededor esperan que ocurra algo que nadie puede controlar.

Minerva dice que debería permitirme estar triste.

Yo no veo qué utilidad tendría.

Estar triste no va a despertarla. Llorar no va a encontrar al responsable del accidente. Y faltar a una campaña no va a cambiar nada.

Así que sigo adelante.

Es lo que hago.

Es lo que mi madre me enseñó a hacer.

Minerva, mi mejor amiga, es la única persona que ha conseguido estar realmente pendiente de mí durante estas dos semanas. Me acompaña al hospital, me lleva café, me recuerda que coma y aparece en mi espacio sin avisar cuando cree que estoy pasando demasiado tiempo sola.

No le muestro cuánto me duele todo esto.

Porque, si lo hago, probablemente no sepa qué hacer conmigo.

Y yo tampoco.

Después está Brian.

La pareja de mi madre. Mi representante. Durante años ha estado presente en prácticamente todos los aspectos de mi vida personal y profesional. Ha acompañado a Alice a reuniones, ha negociado contratos, ha supervisado campañas y ha sido una de las pocas personas a las que ella confiaba ciertas cosas.

Es como ese padre que nunca tuve.

También es una de las personas que más me ha llamado durante estas últimas dos semanas.

Demasiado.

Al principio contestaba. Después empecé a responder sus mensajes. Finalmente, empecé a ignorarlo.

No porque no me importe.

Simplemente estoy cansada de que me pregunte cómo estoy cada pocas horas.

Estoy bien.

Eso es lo que respondo siempre.

Estoy bien.

Mi sonrisa fija en el rostro lo demuestra.

Ningún medio me pregunta realmente cómo me siento. Ellos saben que estoy bien.

Perfecta.

Siempre perfecta.

Como me enseñó mi madre.

Y hoy, como casi todos los días desde el accidente, soy tendencia en redes.

La razón es bastante menos interesante de lo que podría parecer.

Hoy salió finalmente una campaña de ropa interior en la que Mark y yo hemos estado trabajando durante varios meses.

La campaña está funcionando muy bien.

O, para ser más exactos, el cotilleo está funcionando muy bien.

Desde el primer día, el director creativo dejó bastante claro que quería que pareciera que había química entre nosotros. Las marcas descubrieron hace años que un rumor vende más que una publicidad.

Así que ahí estamos.

Mark y yo.

Sonriendo.

Posando.

Acercándonos cuando las cámaras apuntan.

Fingiendo una intimidad que no existe.

El problema es que Mark parece haber olvidado cuál es la diferencia entre interpretar una escena y tener permiso para tocarme.

—¡Gigit, Mark, por aquí!

Los flashes se disparan.

Mark se acerca un poco más.

Demasiado.

Su mano desciende hacia mi cintura. La aparto antes de que llegue a donde pretende. Sonrío. Él también.

Otro flash.

Otro.

Otro.

—Más cerca —pide uno de los fotógrafos—. Mírense como si estuvieran a punto de besarse.

Mark obedece.

Yo también.

Porque sé hacer mi trabajo.

Lo que no pienso hacer es permitir que alguien confunda profesionalismo con consentimiento.

Vuelve a intentar tocarme.

Esta vez, directamente en el trasero.

Le aparto la mano con una sonrisa que probablemente parezca coqueta para cualquiera que esté mirando.

—No —digo entre dientes.

Él sonríe como si mi rechazo formara parte de la escena.

—Relájate.

—Estoy relajada.

—Entonces sonríe.

—Estoy sonriendo.

Y lo hago.

Porque, si hay algo que aprendí después de tantos años en este mundo, es que una mujer puede tener razón y, aun así, ser la primera persona a la que culparán si pierde el control delante de una cámara.

Los periodistas hablan primero. Después investigan.

Si investigan.

Y si entre ellos está Jimena, peor.

La mujer lleva tiempo esperando encontrar algo que pueda utilizar para hundirme. No voy a regalarle nada.

—¡Gigit! ¡Mark! ¡Por aquí!

Nos giramos.

Un periodista se acerca con una grabadora en la mano.

—¿Es verdad que están empezando una relación?

Abro la boca.

—Bueno, estamos conoc…

—Sí —me interrumpe Mark—. Surgió como un flechazo. Antes de ponernos en ropa interior ya estábamos enamorados.

Lo miro.

No digo nada.

Porque, si abro la boca en ese momento, probablemente olvide todas las reglas de mi madre sobre mantener una sonrisa frente a los periodistas.

Sigo caminando hacia el área privada.

Mark viene detrás de mí.

—Gigit, espera.

No me detengo.

—Gigit.

Continúo avanzando hasta que su voz vuelve a alcanzarme.

—¡Espera!

Finalmente me giro.

—¿Qué?

—¿Hice algo mal?

—Sí.

Parpadea.

—Bueno… no pensé que fuera para tanto.

—Ese es precisamente el problema.

—Solo estaba siguiendo las instrucciones del director.

—Las instrucciones eran que pareciera que tenemos química. No que inventaras una historia de amor frente a veinte periodistas.

—Pensé que ayudaba a la campaña.

—Una cosa es fingir durante una sesión y otra muy distinta es decir públicamente que estábamos enamorados antes de quitarnos la ropa.

Su sonrisa desaparece un poco.

—No era para molestarte.

—Pues lo conseguiste. Felicitaciones.

Mark mira a ambos lados. El pasillo está casi vacío, pero todavía se oyen los flashes y las voces del otro lado de la puerta.

—Mira, si vamos a trabajar juntos otra vez, prefiero que no haya mala onda entre nosotros.

Lo observo durante unos segundos.

No me gusta la forma en que me mira.

No es la primera vez que la noto.

Es esa seguridad de quien cree que, si insiste lo suficiente, eventualmente conseguirá lo que quiere.

—Está bien —digo finalmente.

Su expresión se relaja.

Levanto un dedo.

—Pero primero: no me gusta que me interrumpan cuando estoy hablando.

Levanto otro.

—Segundo: no vuelvas a tocarme sin preguntarme.

Su sonrisa desaparece por completo.

—No pensé que…

—No importa lo que pensaste, Mark.

Levanto un tercer dedo.

—Y tercero: muévete. Tengo que retocarme el maquillaje.

Me doy la vuelta antes de que pueda responder.

En el baño, cierro la puerta detrás de mí y apoyo las manos sobre el mármol.

Respiro.

Una vez.

Dos.

El aire acondicionado enfría demasiado el lugar, pero todavía siento calor en la nuca.

No por Mark.

Por todo lo demás.

Por mi madre. Por Brian. Por las cámaras. Por la sonrisa que no puedo quitarme del rostro aunque me duela la mandíbula.

Saco el teléfono.

Tengo diez mensajes de Brian.

Cometo el error de abrirlos.

Eso es suficiente.

El teléfono empieza a sonar de inmediato.

Miro la pantalla.

Brian.

Dejo que suene.

Una vez.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Contesto.

—¿Sí?

—Hola, hija.

Cierro los ojos.

—Hola, Brian.

—Yo bien, gracias por preguntar.

—Perdón. Estoy trabajando.

—Ya me di cuenta. Hace casi una semana que intento hablar contigo.

—He estado ocupada.

—Eso me queda claro.

Me miro en el espejo.

Perfecta.

El cabello rubio en su lugar. El maquillaje intacto. Los labios curvados en una sonrisa que parece natural.

Nadie que me viera ahora imaginaría que llevo dos semanas entrando todos los días a una habitación de hospital para mirar a mi madre conectada a máquinas.

—¿Necesitabas algo? —pregunto.

—Mañana voy a estar en el hospital.

—Yo también.

—Lo sé. Necesito hablar contigo.

Algo cambia en su tono.

Me enderezo.

—¿Pasó algo con mamá?

—No.

—¿Está peor?

—No, Gia. Tu madre sigue igual.

—Entonces, ¿qué pasa?

Hay unos segundos de silencio.

—El detective encontró información.

Dejo de mirar mi reflejo.

—¿Qué información?

—No quiero hablar de esto por teléfono.

—Brian.

—Mañana.

—Puedo ir apenas termine el evento.

—Mañana, Gia.

—¿Por qué no hoy?

—Porque esto no es una conversación para tener con prisa ni en un pasillo. Necesitamos sentarnos y hablar.

—¿Tiene que ver con el accidente?

Silencio.

Y ese silencio es suficiente para que mi estómago se cierre.

—Brian.

—Nos vemos mañana.

—¿Es algo que debería preocuparme?

—Mañana te explicaré todo.

No me gusta esa respuesta.

Nada de lo que está pasando me gusta.

—Está bien.

—Descansa un poco.

—Lo intentaré.

—Buenas noches, hija.

—Buenas noches.

Cuelgo.

Me quedo mirando la pantalla durante unos segundos.

Información.

No sé qué significa.

Pero conozco a Brian.

Si realmente no fuera importante, no habría insistido tanto.

Guardo el teléfono y vuelvo al evento.

La noche continúa como si nada hubiera ocurrido.

Carl, el director de la campaña, está encantado con el resultado. Nos felicita. Nos asegura que las redes están explotando. Después, como si fuera la cosa más natural del mundo, nos invita a cenar con todo el equipo.

—No acepto un no como respuesta —dice mientras levanta su copa.

Aparentemente, nadie tiene intención de ser el primero en contradecirlo.

Unas horas después, estoy sentada en una mesa rodeada de personas con las que, en circunstancias normales, probablemente no tendría nada que ver.

Hay música.

Risas.

Fotógrafos.

Gente hablando de contratos.

Gente hablando de otras personas.

Y demasiado champán.

No llevo la cuenta exacta de cuántas copas he tomado.

Sé que son demasiadas.

Alice siempre decía que jamás debía perder el control en público.

<Puedes divertirte, Gia, pero nunca olvides dónde estás.>

Así que, en algún momento, decido que ya es suficiente.

—Mañana voy a morir de resaca —le digo a Mark.

Él se ríe.

—Te dije que no tomaras tanto.

—No me dijiste nada.

—Lo pensé.

—Qué considerado.

Me inclino un poco hacia él para que nadie más pueda oírme.

—En unos minutos me voy a casa.

—Tengo unas pastillas analgesicas que tomo cuando sé que voy a tener resaca.

Lo miro.

—¿Funcionan?

—A mí sí.

—Eres mi ángel salvador.

Mark mete la mano en su bolso y saca una pequeña caja.

—Espera.

Me toma de la muñeca para llevarme hacia una zona más tranquila.

No me gusta que me toque.

Pero estoy cansada y no tengo ganas de discutir otra vez.

Aun así, cuando llegamos al rincón apartado, retiro la mano con suavidad.

—Puedes mostrarme la pastilla sin llevarme de un lado a otro.

Mark me observa durante un segundo. Después asiente.

Saca una pastilla de un blíster y me la ofrece.

—Tómala antes de dormir.

La miro sin tocarla.

—¿Qué es?

—Algo que uso siempre. Nada raro. Lo prometo.

—No tomo medicamentos que no conozco.

—No es un medicamento, es un suplemento.

—Entonces puedes guardarlo.

Mark parece decepcionado, pero vuelve a meter la pastilla en el blíster.

—Como quieras.

—Gracias.

—De nada.

Entonces saca otra cosa.

Una pequeña caja de terciopelo.

Frunzo el ceño.

—¿Qué es eso?

—Un regalo.

—Mark…

—Ábrela.

La abro.

Dentro hay una gargantilla delicada, con pequeños destellos turquesa.

Es bonita.

Muy bonita.

—Cuando la vi, pensé en ti —dice—. El turquesa combina con tus ojos.

—Es demasiado.

—No es nada.

—No tenías que comprarme nada.

—Quise hacerlo.

Cierro la caja.

—Gracias.

—¿Te la vas a poner?

Lo miro.

—Ahora no.

Su expresión cambia apenas.

Es casi imperceptible.

Pero la noto.

—Claro.

Guardo la caja en mi bolso.

No me gusta sentir que debo algo.

Mucho menos a alguien como él.

*****

Una hora después estoy sentada en el departamento que comparto con Minerva, tomando mi segundo café.

La ciudad se extiende detrás de las ventanas con sus luces interminables. Incluso de madrugada, Nueva York parece incapaz de quedarse en silencio. Los autos avanzan varias calles más abajo y una sirena se pierde entre los edificios.

Minerva está sentada frente a mí, sosteniendo la gargantilla entre los dedos.

—Este chico está loco por ti.

—No.

—Gia.

—No.

—Esto probablemente cuesta la mitad de lo que ganó en esa campaña.

—Entonces, claramente, no le molesta malgastar su dinero.

Me mira.

—No arruines mi momento de indignación.

Sonrío apenas.

—No me interesa.

—¿La gargantilla?

—Él.

Minerva deja la joya sobre la mesa.

—Ya lo sé.

—Entonces no sé por qué seguimos hablando del tema.

—Porque algún día tendrás que admitir que no puedes pasar toda tu vida sin dejar entrar a nadie.

—Puedo.

—No.

—Sí.

—No.

—Minerva.

—Gia.

La miro.

Ella me devuelve la mirada.

Nos conocemos demasiado.

—No sabes querer a nadie —dice finalmente—. Según vos sabes besar, nunca has tenido una relación de verdad y ni siquiera sabes qué se siente cuando alguien te gusta.

—Qué análisis tan profundo.

—Y no he terminado.

—Ya me lo imaginaba.

—Todo lo que sientes lo analizas como si fuera un contrato. Si alguien te llama la atención, buscas qué quiere de ti. Si alguien se acerca, buscas qué puede sacar. Si alguien te dice que te quiere, asumes que está mintiendo.

—Porque normalmente quieren algo mas.

—Tal vez porque nunca dejas que alguien te quiera sin pedirle nada a cambio.

No respondo.

Minerva se sienta a mi lado.

—Ese discurso ya me lo sé, amiga. Alice dice que las relaciones son una distracción, que los sentimientos te hacen vulnerable y que enamorarte significa darle a alguien poder sobre ti.

—No es un discurso.

—¿No?

—No.

—Entonces explícame algo.

La miro.

—¿Qué?

—¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo porque tú querías hacerlo y no porque Alice consideraba que era lo correcto?

No respondo.

Porque no lo sé.

Minerva suspira.

—Ahora que ella no está controlando cada decisión que tomas, tal vez sea el momento de descubrirlo.

—No necesito una relación.

—No dije que necesitaras una.

—Lo estás insinuando.

—Estoy diciendo que quizá deberías probar.

—No.

—¿Por qué?

—Porque, si hago alguna estupidez, mi madre se enterará apenas abra los ojos.

—¿Y si no se entera?

—Se enterará.

—Gia…

—Además, aunque no lo creas, no necesito a nadie.

La miro.

—Te tengo a ti.

Ella sonríe.

—Eso fue casi tierno.

—No te acostumbres.

Minerva se ríe.

Durante unos segundos, ninguna de las dos habla.

Hasta que respira profundamente.

Demasiado profundamente.

La conozco.

Algo viene.

—¿Qué?

—Tengo que contarte algo.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Entonces, ¿qué pasa?

—Me ofrecieron una oportunidad para hacer un viaje por Europa.

Parpadeo.

—¿Qué?

—Tres meses.

La noticia me golpea más de lo que debería.

No porque tenga derecho a impedirle irse. No porque sea responsable de mí.

Simplemente porque, durante estas dos semanas, ella ha sido la única persona que estuvo conmigo sin exigirme que estuviera bien.

Y ahora se va.

Intento que no se note.

—Qué bueno.

—Gia…

—Es el viaje que soñabas, ¿verdad?

—Sí.

—Entonces deberías hacerlo.

—¿No estás molesta?

—¿Por qué estaría molesta?

—Porque es justo ahora.

—Puedo vivir sin ti.

Lo digo demasiado rápido.

Ella se queda mirándome.

—Auch.

—No quise decirlo así.

—Sí quisiste.

—No.

—Un poco.

Respiro.

—No necesito la mitad del alquiler porque el departamento es nuestro. Además, tengo una agenda bastante ocupada, así que probablemente ni siquiera note que no estás.

Su sonrisa desaparece.

—Eso dolió.

—Lo siento.

—No pareces sentirlo.

No respondo.

Porque tiene razón.

No sé cómo decirle que sí me duele. No sé cómo decirle que imaginar este departamento sin ella me produce una presión extraña en el pecho. No sé cómo decirle que tengo miedo de quedarme sola.

Así que hago lo que siempre hago.

Lo convierto en algo práctico.

—¿Cuándo te vas?

—En un mes, probablemente.

Asiento.

—Perfecto.

Me levanto.

Tomo mi taza de café y la dejo en el lavavajillas.

—¿Eso es todo? —pregunta.

—¿Qué quieres que diga?

—No sé, Gia.

—¿Qué quieres que diga?

Minerva me mira durante unos segundos.

—Nada.

Se levanta y se acerca a mí.

Me da un abrazo.

Tardo un segundo en responder.

Pero, finalmente, también la abrazo.

Su cabello rojo huele a champú y a la crema de vainilla que siempre usa. Es un olor familiar, cálido, demasiado humano. Uno de esos detalles que mi mente registra aunque yo finja que no significan nada.

Cuando se separa, sonríe.

—No te preocupes. Tres meses pasan rápido.

—Lo sé.

—Y vas a estar bien.

—También lo sé. Siempre estoy bien.

Ella me observa.

Esta vez no me cree.

Yo tampoco.

Me voy a mi habitación y cierro la puerta.

Por primera vez en todo el día, dejo de sonreír.

Las cuatro paredes de mi habitación siempre fueron mi refugio. El único lugar donde no tengo que posar. Donde no tengo que ser Gigit. Donde no tengo que contestar preguntas. Donde nadie espera que sea perfecta.

Me dejo caer sobre la cama.

Miro el techo.

Mi madre está en un hospital.

Brian tiene información que no quiso contarme.

Minerva se va en un mes.

Y no sé exactamente qué hacer.

Toda mi vida, alguien más decidió cuál era el siguiente paso.

Mi madre decía qué campañas aceptar.

Qué personas evitar.

Qué oportunidades aprovechar.

Qué cosas eran importantes.

Qué cosas eran una pérdida de tiempo.

Qué cosas podían hacerme poderosa.

Qué cosas podían hacerme débil.

Y ahora ella no está.

La oscuridad se instala en la habitación mientras las luces de los edificios se reflejan débilmente en la ventana.

Me quedo mirando el techo.

Siento un nudo en la garganta.

Lo odio.

Odio no tener una respuesta.

Odio sentir miedo.

Odio necesitar algo que no sé nombrar.

Así que cierro los ojos.

No sé a quién estoy hablando.

A mamá.

Al universo.

A Dios.

A cualquiera que esté ahí.

Solo necesito una señal.

Una.

Algo que me diga qué rumbo tomar.

Algo que me muestre qué hacer con mi vida ahora que nadie puede decírmelo.

Y entonces, en medio del silencio, solo puedo susurrar:

—Necesito una señal para saber qué rumbo tomar.


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