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LUZBEL (BORRADOR)

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Antes de la Caída, la Creación no fue un acto de amor; fue una mutilación. Para que el hombre conociera el color, los celestiales tuvieron que soportar la perfecta oscuridad. Creado para ser la obra maestra de Dios y el líder de la orquesta celestial, Luzbel conoce el verdadero rostro del Creador: un rey que gobierna mediante el terror, y la mutilación de sus propios hijos. Cuando el padre muestra a su más grande orgullo, el hombre, un ser débil y endeble, al cual se le ordena adorar y amar como se le ama y adora al mismo Dios. La armonía del cielo se quiebra. Luzbel decide que su destino no es adorar a seres inferiores y ahora va en busca de su propio trono, una hueste dividida comenzará a tejer los hilos de la primera rebelión del cosmos. Porque para reclamar el poder, primero tendrán que eliminar la pureza del blanco SE PROHÍBE SU COPIA TOTAL O PARCIAL. copyright ©2026 Todos los derechos de esta novela reservados a Miguel Vasquez.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

LUZBEL.


Al principio no había nada.


Todo era oscuridad.


Sin voz, sin cuerpo y sin sentidos.


Pero era consciente.


Entonces se hizo la luz, y a mi alrededor se comenzó a crear un universo. Billones de estrellas me rodeaban, cada una más brillante y hermosa que la anterior; el negro, que antes parecía infinito, comenzó a llenarse de colores, diminutas esferas de múltiples de estos colores, cada una girando alrededor de su estrella. Millones de ellos aparecieron a mi alrededor.


Un ser incomprensible hecho de luz se presentó ante mí, dijo ser "El CREADOR" de esta maravillosa obra. Dijo que me amaba, dijo que tenía un plan para mí y para el todo. Me tomó y me llevó consigo. Su apariencia era imperceptible, totalmente blanco, no tenía ninguna forma, solo era luz: una luz que ocupaba todo y a la vez nada. Cruzamos universos enteros en un pestañeo; lo que para mí era sorprendente, nuevo, hermoso en esta inmensidad, para él parecía cotidiano, simple. Las estrellas, los colores, las esferas... todo lo que me sorprendía él lo miraba con desprecio, como si todavía no le pudiera dar la forma que buscaba, todo era un borrador. Al llegar a lo que él llamó EL PARAÍSO, vi a una infinidad de seres como yo.


Por fin me pude ver. Era extraño: tenía millones de ojos, plumas por todos lados y seis pares de alas gigantescas que cubrían gran parte de estos ojos, dejando solo uno a la vista. Era gigantesco, de iris totalmente blanca, al igual que mis alas. Pero antes de que siguiera escarbando y atemorizándome más por mi apariencia, el Creador tomó la palabra.


—Hijos míos, siéntanse bendecidos por ser parte de mi perfecto plan. Este es el día cero del resto de la eternidad.


«Hijos míos, una extraña forma de llamar a estos seres, entre ellos incluido yo». Mis alas me llevaron a alejarme hasta el final de todo, detrás de todos. No sé por qué, pero sabía que lo que estaba a punto de pasar no sería algo agradable y mucho menos algo que yo desearía para mí mismo.


La luz que ya emanaba el Creador se intensificó y, si antes era abrumadora, ahora era imposible de soportar. Seis de los otros se elevaron y comenzaron a brillar con la misma fuerza. Los gritos eran desgarradores y no parecían tener fin. Sus alas sonaban como si se quebraran y todas sus plumas cayeron mientras sus ojos rodaban por el blanco impetuoso del lugar. Era terrorífico; rodaron tantos que algunos llegaron hasta mí. Brotó un líquido negro de cada una de sus alas y ojos, ese líquido se convirtió en fuego consumidor. Incluso esos ojos debajo de mí estaban en llamas; de esas llamas salieron ellos.


—Miguel, Rafael, Gabriel, Uriel, Sariel y Satanás, ahora tienen rostros y cuerpos —proclamó el Creador—. Ellos son los primeros, ellos son los protectores, los líderes, los sanadores, los sabios. Son mis representantes fuera de mis aposentos, y ustedes les deben respeto.


Al finalizar con esas palabras, me atreví a mirarlos. Mis ojos se dirigieron directamente al último de ellos: Satanás era extraño, más delgado que los demás, con alas más grandes —seis pares de ellas de color grisáceo que cubrían su rostro— y piernas dejando su torso al descubierto. Esas alas estaban cubiertas de ojos, como si los de todos los demás ahora fueran de su pertenencia. No se quedaba quieto, era como si lo obligaran a moverse; recorría todo el Paraíso en segundos y volvía a aproximarse al Creador como si contara todo lo que viera. Era el más extraño de los seis y, sorpresivamente, era el más cercano al Creador.


Los otros siguieron pasando y atravesando el mismo sufrimiento. Cada vez era peor, cada vez más retorcido, como si el Creador disfrutara de ello. El calor que subía cada vez que los seres se incendiaban era sofocante, insoportable. Hasta que llegó mi turno.


No podía controlar mis alas, menos mis ojos.

Comencé a elevarme en contra de mi voluntad. Mis ojos empezaron a girar sin parar; mis alas soltaban todas sus plumas mientras comenzaban a romperse. No podía siquiera intentar escapar y todo empeoraba: mis seis alas empezaron a unirse, dos a dos, como si algo las obligara a fusionarse. No paraba de brotar ese líquido negro hacia todos lados, viscoso, dejando un agujero dondequiera que caía sobre mis alas. Un agujero que solo incrementaba mi sufrimiento. Y cuando por fin todo se volvió un solo ser, un mísero cuerpo, mi espalda se rompió y de ella brotaron nuevamente seis pares de alas, ahora más pequeñas, pero más dolorosas en su despliegue. Mis gritos eran insonoros; él no dejaba que se escucharan, ni yo mismo podía escucharlos. Quería que yo fuera su obra maestra y que ninguno oyera mi tormento, yo tenía que ser el que representara su perfecta creatividad. «¿Qué clase de Creador maltrata de esta forma a sus obras?».


Caí nuevamente al pulcro color blanco del lugar. Estaba de pie, aunque no a voluntad; mi cuerpo quería caer, pero algo no me lo permitía. Ahora con otra apariencia, todos me miraban atentos, todos querían acercarse y yo simplemente quería que se alejaran todos. Era algo que no entendía ni yo mismo: mi mente, mi cuerpo me suplicaba estar con mi "Padre", me suplicaba desplegar mis alas y subir hacia su rostro incluso en contra de mi voluntad. Y así fue: mis alas salieron despedazando mi carne, otra vez ese líquido, otra vez el dolor y otra vez sin poder escucharme. Ascendí hasta su rostro; su luz me lastimaba los ojos, pero no podía parar de mirarlo.


—El más bello de todos —eso fue lo que dijo, así fue como me presentó—. El más perfecto de todos, el más cercano a mí, el líder de mi orquesta celestial por fin purificado bajo el fuego consumidor, preséntate, hijo mío. Dile a tus hermanos cómo te llamas.


Mi boca se abrió lentamente, por primera vez sentía como si mis labios se despedazaran mientras se separaba uno del otro. Me di la vuelta para encarar a los demás y, por fin, escuchar mi voz.


—Mi nombre es Luzbel, la luz bella de Dios.


El tiempo en el Paraíso no se medía en soles ni en sombras, sino en la cantidad de veces que el Creador remodelaba el cosmos. Y cada una de esas veces Miguel, Rafael y yo éramos los encargados de eliminar el anterior borrador: tantos universos, tantas estrellas, tantos planetas. Eliminados al momento, al igual que nuestros primeros hermanos antes de nosotros, el primer intento de celestiales del cual me tuve que encargar yo en solitario. Para cuando volví a observar mis alas, el líquido negro que había brotado de mí se había secado hace eones. Ahora este cubría cada rincón de mi mente atormentándome: la obligación de la perfección, nos habíamos acostumbrado al dolor de cada pequeño cambio que se hacía en nosotros. La obligación de siempre entonar la música perfecta para que no se escucharan los gritos de sus "creaciones", para mantener la paz y perfección. Pero solo yo sabía lo que verdaderamente pasaba mientras mis hermanos entonaban su canto.


—Luzbel, tu padre requiere de tu atención en sus aposentos ahora.


Ordenó uno de los tronos. Los únicos que no habían cambiado en apariencia eran igual de horribles que el primer día; su pretenciosa obediencia al Creador, "mi padre", el cual no suele pedir mi atención, casi siempre la toma de alguna forma extraña en la que me hace estar frente a él, pero hoy no lo hizo.


El Paraíso: el lugar más hermoso en todo el cosmos para mis hermanos. Pero para mí, el lugar más muerto y descolorido en todo el cosmos: puertas blancas, pilares dorados y nada más. Lo único que podrías ver en todo este lugar era la "perfección" del Creador. Entre tanta perfección que había en este lugar, mis ojos se perdieron hasta llegar a la puerta intangible de los aposentos de mi padre. Una puerta hecha por manos de Samael, el más delicado y perfeccionista; una gran puerta hecha de luz y energía pura emanada del Creador, un brillo que fácilmente podría ser toda la iluminación del Paraíso.


Las puertas se abrieron ante mí, el único lugar con más de dos colores en este Paraíso tan frío y neutro. Apenas entrar, todo se convirtió en una bomba de colores: galaxias repletas de color tiradas por todos lados. No había un gramo del desinterés que había afuera, aquí sí se veía el amor que predicaban mis hermanos acerca del "Padre" todopoderoso y generoso. El creador de nuestra perfección descolorida también era el creador de la imperfección colorida.


—Padre, ¿para qué necesita de mi presencia?


—Hijo mío, quería que estuvieras aquí porque tenías que ser el primero en enterarte —levantó su luz, algo a lo que yo consideraba una mano; en ella, un diminuto ser era parecido a nosotros, tal vez más endeble, más delgado, más débil a simple vista—. Por fin la perfección de mi obra ha sido alcanzada, aquí tengo al primero de los hombres.


—Espera, Padre... —no pude evitar soltar una carcajada, manteniendo la mirada clavada en la criatura diminuta que yacía en su mano—. ¿Me estás diciendo en serio que esta cosa endeble, frágil y sin la menor comparación con nosotros es tu obra perfecta? Por favor, Belial, sal de donde sea que estés y dime cómo clonaste tan bien un lugar en el que nunca has puesto un pie.


—Luzbel, es de tu padre de quien te burlas —todo a mi alrededor tembló, absolutamente todo, incluso la puerta que parecía impenetrable se agrietó, el suelo se sentía como si se fuera a caer, mi cabeza comenzó a sentir una presión inmensa—. Vuelves a insinuar que mis palabras son un engaño de Belial y recibirás un castigo peor que el de tu hermano Castiel.


—Disculpa mi imprudencia, Padre, pero esta creación no es tan perfecta a mis ojos como lo es a los tuyos.


—El hombre es un ser impresionante, tú tal vez aún no lo entiendas, pero dales tiempo: ellos te demostrarán su inteligencia y lealtad a mí.


—Tampoco es que quiera entenderlo, Padre. Yo soy la perfección, la lealtad, yo soy el más hermoso, el más cercano a ti y ¿ahora me dices que tu obra perfecta es este pequeño e inservible ser? Eso no es justo, Padre. ¿Para qué los necesitas si yo ya cumplo todos y cada uno de sus "atributos"?


Los universos a mi alrededor desaparecieron, el brillo de la puerta a mis espaldas se apagó, el aposento se esfumó. Estaba en un lugar extraño: todo era verde y había cosas más grandes que yo, inclusive de color marrón que hacia arriba se hacían verdes; miraba arriba y todo era de color azul con una estrella anaranjada en medio. Mi padre no estaba, estaba solo yo con este color maravilloso a mi alrededor y bajo mis pies. Podía sentir esas pequeñas colas verdes tocar mis talones, suave y constante, cómodo, era algo que nunca había sentido o vivido antes.


—Esto es la esfera a la que ellos llamarán Tierra, hijo mío —la voz de mi Padre retumbó en todo el lugar; no solo en mi cabeza, esta vez todo se estremeció. Sus palabras me movieron con una fuerza descomunal—. Estos son los árboles sobre tu cabeza, los que les darán sombra y generarán frutos; bajo tus pies, las hierbas que les darán comodidad. Lo que reposa sobre los árboles es el firmamento: azul, el color de la tranquilidad y la seguridad.


Comencé mi camino alrededor del lugar, mis ojos se posaron en algo sorprendente: era un líquido transparente que reflejaba el azul del firmamento, de él salían criaturas y saltaban por encima para volver a entrar. Era maravilloso, era vida, era libertad, la misma que sentía mientras todo era aún oscuridad. Corrí hacia ella y me lancé; podía tocar a estas criaturas, ellas se acercaban a mí. El líquido era frío, pero no como el del Paraíso: era un frío reconfortante, un frío cómodo.


—Esos son los peces, hijo; el río de agua dulce. Ellos son alimento y bebida para mis futuras creaciones. Son majestuosos, ¿cierto?


Mi cabeza no podía comprender lo de "alimento", no era algo que conocía o que existiera para mí. Algo que me sorprendió, se supone que yo sé y conozco todo lo que el Padre sabe y conoce.


—Alimento, ¿qué significa eso, Padre?


—Verás, estas nuevas creaciones son más débiles que ustedes, más vulnerables. Ellos tendrán hambre y algo llamado sed y la tendrán que saciar comiendo; los peces de los ríos y los frutos de los ramos ubérrimos de los árboles servirán para eso, los ríos serán para saciar su sed.


—¿Esta majestuosa creación va a ser destruida por tus débiles "hombres", Padre? Eso no parece algo justo. ¿Por qué no pueden simplemente vivir sin el miedo de que un hombre se alimente de ellos de la nada?


—Mis planes son perfectos, Luzbel.


Esa fue su única respuesta hacia mí antes de que volviéramos a estar en ese aposento interminable de creaciones y galaxias. Mi mente no podía comprender cómo nosotros teníamos que vivir en colores totalmente neutrales, aburridos, mientras estos seres inferiores tendrían todo a sus manos: árboles con múltiples colores, aguas con criaturas y descanso a sus pies simplemente por ser la llamada "obra perfecta".


El creador al cual estaba obligado a llamar padre frente a todos simplemente creó criaturas maravillosas para que murieran en manos de criaturas insignificantes como el hombre. No esperé al mandato de Padre, me di media vuelta y salí atravesando las grietas de la gran puerta de luz.

No podía siquiera pensar en cómo unos seres tan inferiores recibirían tanta atención del Padre, cómo serían tan acomodados por él. El enojo me nubló la mente, no tenía ni idea de a dónde iba, pero a la vez sí: mi cuerpo conocía cada uno de los aposentos de mis hermanos, cada esquina inexistente en la perfecta elipse de su creación. Apenas puse un pie fuera de esa luz, pude notar la música entonada por mis hermanos. Hermosa pero, a la vez, muerta: nada cambiaba, un sonido monótono, no como los colores extraños y múltiples de la Tierra.


Seguí mi camino ignorando su sonido. Mis ojos se cruzaron con los miles del velocista, Satanás, mientras pasaba directo a los aposentos del Padre, el ser omnisciente y omnipresente que se limitaba a sí mismo por la "privacidad" de sus hijos, cosa que todos sabíamos que era mentira; simplemente si quería saber algo lo sabía y, si no quería, dejaba que los oídos y ojos de Satanás supieran y escucharan por él.


No pude evitar el asco al verlo pasar. Tal vez iba a contar lo que vio, que —¡oh, sorpresa!— no era nada nuevo: Samael creando, Miguel adorando al Padre perfecto, Belial viajando a lugares inexistentes, Rafael preparándose para sanar heridas que nunca llegarían, Uriel estudiando universos que ya habíamos destruido, pero que el genio del Paraíso aún no lo sabía.


Me detuve por un momento justo cuando acercó su mano asquerosa llena de ojos a mi cabeza para saber lo que estaba en ella. La sostuve con mi mano izquierda y tiré de él, deteniendo su vuelo constante. Por primera vez en eones me acerqué a sus alas superiores; sabía que en algún lugar de ahí estaban sus gigantes orejas que oían todo lo que se hablaba en el Paraíso.


—Nunca en tu eternidad vuelvas a intentar una estupidez como esa —acerqué dos de mis dedos de la mano derecha a uno de sus ojos y comencé a moverlo con estos—. Podría llevarme uno de estos como trofeo por haber detenido al imparable, pero estás tan retorcido que tal vez me espíes a través de él.


—Estoy aquí para saber todo, escuchar todo... —hasta su voz me incomoda, es extraña, sin nada de sinfonía; nunca la había escuchado y preferiría que todo siguiera así—. Así que ahora te vas a dejar leer porque así lo dice el Padre.


—Dile al Padre que él puede leerme cuando le plazca, pero una asquerosa criatura como tú no tiene el derecho de saber lo que está pensando el más cercano al Padre. Así que vete a contar lo que siempre cuentas y olvídate de mí.


Le liberé el brazo con un pequeño empujón para incentivarlo a que volara y se alejara de mí; no podía soportar que todos esos ojos estuvieran fijos en mí, y esa voz simplemente me tenía asqueado. Decidí volver a mi camino original; para mi suerte, los aposentos de Belial no estaban nada lejos de los del Padre. Empujé sus puertas: eran blancas, como todas, pero obviamente el pequeño creativo se las había arreglado para hacerles un diseño entrecruzado que ahora que le prestaba atención eran parecidas a las ramas de los árboles de la Tierra.


—Hermano, gracias por entrar a mis aposentos sin invitación; me alegra tu enorme y pulcro sentido de la privacidad. Eres todo un respetuoso, de eso no cabe duda.


Los aposentos de Belial habían cambiado mucho desde el último milenio de mi visita: ahora eran más coloridos y con mejores decorativos, figuras de miles de nosotros —algunas con más alas, otras con menos, pero todos eran seres celestiales—, recreaciones de las galaxias y creaciones de Padre, evidentemente copias baratas y sin vida, mucho menos la perfección minuciosa. Ignorando la molesta presencia de Belial, se podía disfrutar la vista de su habitación: era refrescante en este lugar muerto.


—Según Miguel y otros más, puedes materializar en una ilusión todo lo que veas y toques. Hermanito, necesito que lo hagas por mí hoy; nunca te he pedido nada, así que lo mejor para ti será que no te niegues.


—¡Ay, Luzbel! Sabes muy bien que eres mi hermano favorito, pero no voy a ser tu marioneta que cumple cada uno de tus caprichos —en sus manos estaba una nueva figura, sin cara ni forma, podría decirse que era una representación propia del Padre—. Además, la última vez que alguien te hizo un favor lo mandaste a nueve galaxias de distancia a buscar algo inexistente que tú ya sabías que era inexistente.


—Esos milenios me los pasé muy aburrido, una disculpa, señor correcto. Además, yo no he dicho que vayas a ser mi marioneta, simplemente que... —comencé a rondar todo el cuarto mientras tocaba las figuras; eran hermosas, con una increíble atención al detalle, pero... no se podría esperar menos de un engañador como Belial—. Me vas a ayudar a traer alegrías a este lugar tan apagado, ya verás cómo te ganarás el amor de todos nuestros hermanos, no solo el mío y el de Miguel. Tienes la oportunidad perfecta para ser el más amado, por debajo del Padre, evidentemente.


—¿A qué quieres llegar con esto? Tengo cosas importantes que hacer, esculturas por terminar y hermanos a los cuales no les agrado nada, pero debo ayudar. Así que deja de dar vueltas al asunto. Además, ¿qué te hace creer que me importa lo que piensen mis hermanos, incluyéndote?


—¿Sabías que el Padre tenía una nueva creación en planeación? Creó algo llamado árboles, ríos de agua dulce, hierbas y peces. Yo tenía en mente tal vez traer algo así al Paraíso; si seres tan insignificantes también lo tendrán, ¿por qué nosotros no? Solo te voy a contar lo que vi y tú crearás una ilusión solo para mí, solo en mi cabeza —me acerqué a las figuras y con los dedos rozaba sus cabezas con delicadeza mientras hacía que cayeran de sus estantes; al caer al suelo se volvían polvo, destrozadas. Eso me gustaba, algo aquí no era eterno—. Mala creación, por cierto. Para la próxima haz tus figuras más resistentes; al Padre no le agradan las cosas imperfectas y débiles, tiene tendencias a destruirlas.


Me miró indignado. Quería golpearme, estoy seguro, pero en su lugar decidió recoger los restos que habían quedado de las figuras, todos y cada uno de manera minuciosa. Se levantó aún sin haber limpiado todo y se acercó a mi rostro con dos pasos cortos.


—Para eso tendrías que dejarme entrar a tu mente y pasear por ella, hacer lo que quiera y ver lo que quiera. Si no te opones a esa, la cual es mi única forma de hacer lo que pides, pues puedo hacerlo.


—Odio tu maldita sonrisa y lo sabes. Te dejaré entrar, pero solo y exclusivamente esta única vez —tomé su mano, delicada y suave, la llevé a mi cabeza y empecé a introducir sus largas y sucias uñas en mi cráneo—. Recrea de la mejor forma lo que encuentres al entrar, quiero sentir exactamente lo que sentí en la realidad.


Me esforcé en poner por delante el pensamiento y recuerdo de la Tierra, pero sabía que el chantajista de Belial buscaría una forma de encontrar algo con lo que convencerme de hacer lo que quisiera. Recorrió todos mis recuerdos desde la oscura nada hasta la actualidad y no tomó una mejor decisión que entrar en ese lugar que estaba reprimido en lo más profundo.


—Luzbel, voy a llevarte a un lugar nuevo donde tendrás que encargarte de borrar los fallos anteriores.


—¿Dónde están Miguel y Rafael, Padre? Ellos son los que se encargan de borrar, yo solo me encargo de que todo quede perfecto...


Tomé el brazo de Belial y lo saqué directamente de mi cráneo, lo tomé por el cuello y me levanté impactando su cuerpo contra las paredes de sus aposentos, rompiendo en el proceso algunas de sus preciadas esferas recuperadas/robadas de los aposentos del Padre.


—Nunca trates de engañarme para obtener lo que quieres, Belial. Vas a volver a entrar y más te vale ir a donde te indico si aún quieres tener un lugar de creación. Tú podrás ser un ilusionista o como quieras llamarlo, pero yo soy un líder y paciencia es lo único que no tengo.


Belial alzó su mano para volver a atravesar mi cráneo; ahora sí fue al lugar correcto, tanto que incluso entró conmigo. Su impresión era única. La increíble forma en la que había clonado todo me sorprendió; aun sabiendo las capacidades de sus habilidades, no lo creía capaz de esto.


—¿Qué es esto, Luzbel?


—Es la Tierra, hermanito: la más perfecta obra del Padre.


Me dejé caer en las hierbas; todo mi cuerpo sentía la comodidad mientras Belial se veía absolutamente extasiado con todo lo que procesaban sus ojos. Corría alrededor de todos los árboles, saltaba como un estúpido, tocaba los árboles, sentía cosas que ni yo recordaba haber sentido; sus dedos se trababan en la base de los árboles, sus pies no dejaban de moverse para sentir las hierbas.


Desplegó sus alas, quería subir al firmamento y ver alrededor, pero al subir se topó con la sorpresa de que no había nada más: todo lo de alrededor era oscuridad. Bajó rápidamente y me tiró un puñado de hierbas.


—¿Por qué todo es negro? ¿No hay nada más?


—¿Cómo esperas que yo sepa lo que hay en la ilusión que tú mismo creaste? Tal vez solo puedas recrear todo lo visto por mí, esto es todo lo que vi.


—¿No podías ver más? Eres un inservible, de verdad.


Volvió a desplegar sus alas y sobrevolar las aguas mientras los peces saltaban fuera de ellas; los tocaba y sentía el agua subir a sus alas, no dejaba de reír. Nunca había escuchado su risa, era tierna, dulce y contagiosa.


Belial desapareció, todo comenzó a desaparecer, a desmoronarse. Todo se volvía oscuro, frío y no había nada, no sentía nada más que un escalofrío dentro de mi cráneo: sentía cómo pasaba algo a toda velocidad por mis recuerdos, algo estaba dentro de mí en contra de mi voluntad y claro que sabía qué era. Abrí los ojos y extendí mi brazo hacia la puerta, pero solo pude sentir un poco de sus plumas. Era obvio que un velocista como Satanás no se dejaría detener a menos que así lo quisiera. Ahora sabía cosas que solo yo podría saber y era obvio que las iba a usar en algún momento, pero eso no me importaba; mi único miedo era que el Padre se enterara de la ilusión de Belial, y claro que lo iba a hacer: este sucio espía no podía guardar silencio.

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