Prologo
Septiembre 1816
La desesperación tenía un sonido, ese era el llanto ahogado de mi hija. El sollozo de una sirvienta escondida contra el suelo. El tintineo de una pieza de porcelana que alguien había derribado. Y, por encima de todo, la respiración contenida de quienes sabían que cualquier palabra podía empeorar las cosas.
Yo apenas podía mantenerme en pie.
Sentía la sangre resbalar desde mi pómulo derecho hasta la comisura de mis labios. Mi camisón estaba rasgado a la altura del hombro y uno de mis pies descalzos temblaba sobre el frío suelo de mármol.
No recordaba haber caído, en qué momento había terminado allí.
Solo recordaba una cosa.
La caja.
La maldita caja de puros de Zagreus.
—¡Sé que tú la robaste! —rugió mi esposo.
Levanté la mirada, pero no estaba mirándome.
Estaba frente a una de las jóvenes sirvientas, que permanecía hecha un ovillo en el suelo, protegiéndose el estómago con ambos brazos.
La muchacha llevaba apenas unos días trabajando en la casa, no debía tener más de diecisiete años.
—¡No, señor! —balbuceó entre lágrimas—. Yo no la tomé.
Zagreus dio un paso hacia ella.
—¡No me mientas!
La joven cerró los ojos.
Yo conocía aquella expresión, la había visto demasiadas veces, sabía lo que vendría después.
—¡Ya déjala en paz!
La voz de Catalina, mi hija, atravesó la habitación mientras se apartaba de mi lado y corrió hacia la muchacha.
Tenía veinte años, pero en aquel instante volvió a parecerme la niña que solía esconderse detrás de mis faldas cada vez que su padre levantaba la voz.
Se colocó entre Zagreus y la sirvienta.
—Ella no la robó.
—Quítate, Catalina.
—No.
Zagreus apretó la mandíbula.
—Te dije que no te metas.
—Y yo te digo que ella no la tomó.
Mi corazón se detuvo. No porque temiera por la sirvienta. Temía por mi hija.
—Catalina...— Me obligué a levantarme.
Ella me miró apenas un instante. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no retrocedió.
Entonces vi la mano de Zagreus levantarse.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi pensamiento. Corrí hacia ellos. Pero me detuve cuando aquella mano descendió.
No golpeó a Catalina. Posó suavemente su mano sobre su cabeza.
El cambio fue inmediato. La dureza desapareció de su rostro y su voz se volvió cálida.
—¿Por qué hiciste eso, pequeña flor?
Catalina bajó la mirada.
—Yo... tomé la caja.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
Zagreus arqueó una ceja.
—¿Tú?
Catalina asintió.
—Quería darte una sorpresa por tu cumpleaños.— Sus dedos comenzaron a jugar nerviosamente con el borde de su vestido. —Quería decorarla. No quería hacerte enojar.
Zagreus la observó durante unos segundos. Después sonrió y la abrazó.
—Tú nunca podrías hacerme enojar.
Catalina escondió el rostro contra su pecho mientras yo permanecía inmóvil.
Había visto aquel abrazo demasiadas veces. Había visto cómo podía transformar su rostro en cuestión de segundos.
Para el mundo, Zagreus de Valcárcel era un hombre paciente, protector y afectuoso. Un esposo respetable, un padre devoto, un hombre digno del título que llevaba.
Solo quienes vivíamos dentro de aquella casa conocíamos al otro.
El verdadero.
—Pero no vuelvas a entrar en mi despacho sin permiso —continuó, acariciando los rizos de Catalina—. Sabes que allí guardo cosas peligrosas.
—Sí, padre.
—Promételo.
—Lo prometo.
Zagreus besó su frente, después miró hacia la sirvienta. La sonrisa desapareció.
—Llévenla a sus aposentos.
Dos criadas ayudaron a la joven a levantarse, uno de los mayordomos tuvo que sostenerla porque apenas podía caminar.
Antes de salir, ella me miró. No pude hacer nada. Ni siquiera pude disculparme, porque sabía que Zagreus seguía observándome.
Catalina también abandonó la habitación poco después.
Y entonces nos quedamos solos. Mi esposo me miró, más no dijo una palabra. No hacía falta. Aquella mirada era suficiente.
Sentí que mis piernas comenzaban a temblar otra vez.
Quise marcharme. Dar un paso. Correr. Lo que fuera… pero no pude.
Me quedé allí hasta que Zagreus decidió retirarse a sus aposentos.
Solo entonces me atreví a respirar, apoyé una mano sobre la pared. Mis dedos temblaban.
Había aprendido a hacerlo todo en silencio, a llorar en silencio y esconder las heridas, sonreír frente a los invitados, fingir que mi matrimonio era perfecto, fingir que no tenía miedo.
Había pasado tantos años haciéndolo que, algunas noches, ya no sabía dónde terminaba la mujer que todos veían y dónde comenzaba yo.
Pero aquella noche ocurrió algo diferente.
Cuando regresé a mis aposentos encontré a Catalina esperándome.
Había cambiado su vestido y se había lavado el rostro, aun así, sus ojos seguían rojos.
Se acercó a mí.
—Mamá…
No pude responder. Ella me abrazó. Y por primera vez fui yo quien lloró.
Catalina me sostuvo con la misma ternura con la que yo la había sostenido cuando era una niña.
—No fue tu culpa —susurró.
Cerré los ojos.
Aquellas palabras me dolieron más que cualquier golpe. Durante años había pensado que quizá sí.
Tal vez había hablado demasiado. Es posible que hubiera cometido algún error, simplemente, no había sido una buena esposa. Quizá mi madre tenía razón cuando, años atrás, me dijo que una mujer debía aprender a soportar las consecuencias de sus propios errores.
Pero aquella noche, mientras mi hija me abrazaba, comprendí algo que llevaba demasiado tiempo negándome.
No era mi culpa.
Nunca lo había sido.
Y todavía no sabía cómo recuperar mi libertad.
Pero ya no había tiempo, tenía que actuar de inmediato.








