PRÓLOGO
Esa mañana Collie había adivinado y las pequeñas gotas caían suavemente mojando un poco el castaño y corto pelo que cubría todo su cuerpo. Había estado jugando toda la mañana con Hustace, el hijo de un mercante del pueblo vecino. El pequeño corría a su alrededor a carcajadas intentando sorprenderlo y jalarle las orejas suavemente. Ambos correteaban entrando y saliendo del bosque que conocía como la palma de su mano y apenas escuchaban las cariñosas advertencias del hombre.
– ¡Hustace!¡no te alejes tanto!
Se distrajo observando como el bosque se volvió sospechosamente silencioso, y el viento pareció soplar más frío, buscó con la mirada a su pequeño amiguito, pero no lo vio…” ¿Hustace?”. De repente su cuerpo se puso rígido.
El sonido de pasos que intentaban ser silencios venía del oeste.
Inclinó la cabeza intentando escuchar mejor, como su padre le enseñó, y levantando su nariz dio una gran olfateada intentando reconocer el aroma de quien seguía sus pasos. Sus largas orejas llenas de pelo marrón se sacudieron nerviosas cuando distinguió voces empañadas “¿dónde se metió ese ciervo?” “¡debe estar cerca!”
Sus ojos se llenaron de lágrimas y salió disparado, internándose cada vez más en el oscuro bosque lanzando pequeños sollozos silenciosos. Sintió que corrió por horas, y con las largas piernas acalambradas y el pecho ardiéndole por oxígeno se detuvo brevemente pensando que, tal vez, por fin los había perdido.
Se arrastró unos metros más, esperando llegar pronto a casa y olvidar esta pesadilla. Temeroso y en silencio. Pero cuando escuchó algo detrás de él fue demasiado tarde.
Un disparo rompió el viento y después hizo un sonido amortiguado cuando encontró un blanco.
Los sollozos silenciosos se detuvieron
La sangre salpicó la hierba tierna y siguió cubriendo gran parte de los frondosos bosques de Massachussets. Pero el cuerpo de la inocente criatura ya no era un joven cervatillo de graciosas piernas largas y delgadas, en su lugar, yacía un niño pequeño de mirada vidriosa y con el terror grabado en su rostro.
La humanidad había descubierto que no estaban tan solos como creían, pero talvez, lo merecían.








