1-Es todo lo que merecemos
⚠️ ⚠️¡ADVERTENCIA!⚠️ ⚠️
La historia que aborda este fanfic contiene los siguientes elementos
- Violencia explícita (gore).
- Body horror (horror corporal) .
- Manipulación emocional y mental.
- Trauma/deterioro psicológico
Esto no es apto para personas sensibles ni menores de edad. Pero si quieres seguir leyendo, queda bajo tu propia responsabilidad.
Cabe recalcar que esta historia solo explora un universo alternativo oscuro y no pretende alterar ni faltar al respeto al canon original de K-Pop: Demon Hunters. Esto es solo un fanfic que ha nacido del amor (será tal vez difícil de creer) a los personajes y lore.
Acá no hay comfort. Solo caída tras caíd.
Dicho esto. Espero disfrutes la lectura.

La oscuridad era un velo pesado esa noche, los pasos en el asfalto con un ritmo irregular que ahogaba los ecos distantes de sirenas y neones parpadeantes. Rumi avanzaba tambaleante por una callejuela trasera del estadio, lejos ya del caos del Idol Awards, donde todo se había derrumbado en cuestión de minutos. Su outfit de escenario: Una chaqueta azul oscura brillante la cual sostenía, sus demás prendas más cortas y blancas, adheridas a su piel como una capa de vergüenza. El maquillaje corrido por su rostro trazaba surcos negros por sus mejillas, consecuencia de tantas lágrimas.
Bajo la tela blanca, los patrones demoníacos pulsaban con vida propia. Líneas intrincadas, como venas de fuego púrpura, se extendían desde su clavícula hacia los hombros y bajaban por los brazos, expandiéndose con cada latido acelerado de su corazón. Sentía cómo crecían, cómo se ramificaban bajo la piel como raíces buscando tierra fértil, quemando desde dentro. Un dolor sordo, constante, que se agudizaba con cada paso, como si su propio cuerpo la rechazara. Intentó cubrirse con los brazos cruzados, pero el roce solo avivaba el fuego.
En su mente, los recuerdos del concierto se repetían en un loop cruel.
Las luces del escenario cegadoras. La multitud gritando con euforia mientras las HUNTRIX; conformados por Mira, Zoey y ella habían llevado el escenario a otro nivel con su nueva canción "Golden", la cual había fortalecido la Honmoon hasta convertirlo en lo que sería oro eterno. Pero entonces todo se derrumbó. Demonios que tomaron la identidad de sus amigas, apartándola, forzándola a cantar "Nocaut", las manos falsas arrancándole la chaqueta, exponiendo los patrones demoniacos que toda su vida se había esforzado en ocultar por miedo.
Y las verdaderas Mira y Zoey, regresando justo a tiempo para verlo todo, para que minutos después, sus rostros pasaran del desconcierto al horror puro.
— ¿Cómo podríamos estar juntas si no sabemos cuál es la verdad, Rumi? —interrogó Zoey, la que era la más dulce y amigable de ellas, atacando tan fuerte con esa pregunta.
— Lo sabía, era demasiado bueno para ser verdad —había dicho Mira con tanta decepción; su mirada apartada de Rumi, perdida.
Vino la imagen que no paraba de doler desde entonces: Sus únicas amigas; Mira y Zoey a punto de atacarla. La Honmon no se había roto del todo en ese momento, pero sí toda la confianza y amistad en ellas; probablemente hasta cualquier corte que le hubieran hecho dolería menos que esto.
Y luego estaba Jinu, quedándose solo tras chasquear y desaparecer al par de demonios que había traído.
— Fue todo mentira...
Las primeras palabras que dio, unas que se negó a creer.
— Todo lo que hice fue para que confiaras, es todo.
Esas palabras que reafirmaban su actuar frío, calculador digno de un demonio. Pero se negó a creer en eso; ambos se habían conocido tanto en tan poco tiempo, sabía que habían sentido más, que un demonio podía también sentir.
— ¡No funciona así!
Y luego ella también gritando, su voz haciendo temblar la Honmoon otra vez. Quería ayudar a Jinu, para ella no era un caso perdido, pero todo parecía estar perdido para los dos en realidad.
— Es todo lo que merecemos...
Y Jinu dejándola sola, con miedo e incertidumbre. Gwi-Ma lo había forzado, sí, pero la traición dolía igual ¿enserio merecían esto?¿No había remedio de verdad?
Rumi se detuvo bajo un farol mortecino, apoyándose contra una pared húmeda. Un espasmo la dobló por la mitad; los patrones se iluminaron brevemente, visibles incluso a través de la tela empapada. Jadeó, presionando la palma contra el pecho, donde el ardor era más intenso.
En la oscuridad de su mente, una voz ronca, como llamas lamiendo hueso, susurró por primera vez con claridad:
Ellas te vieron por lo que eres; alguien impura, monstruosa. Pero yo te acepto, yo te quiero tal como eres, aquí conmigo.
— No... —murmuró Rumi, sacudiendo la cabeza—. Cállate.
La voz de Gwi-Ma rio, un eco profundo que reverberó en su cráneo.
¿Por qué resistir? Jinu te vendió, tus amigas te abandonaron. Solo yo permanezco.
Un sollozo escapó de sus labios. Siguió caminando, hasta caer más tarde, de rodillas frente a Celine, sus propias manos alzando su Saingeom a ella; estaba pidiéndole ser asesinada por la hoja de su propia espada. Era una muerte que esperaba que sea rápida, una la cual se desvanezca en el viento que apenas movía las ramas de los grandes árboles de aquella villa. El Seonangdang que se ubica en medio de todo, aquel sitio sagrado para ellas como cazadoras sería el mayor "testigo" que presenciaría su muerte.
Pero Celine bajó rapidamente el arma.
— No puedo...
Y la levantó casi con la misma prisa, como si su propia vida dependiera de ello. Rumi no entendía por qué de esa decisión, negándose a verla, se sentía tan poco digna de hacerlo.
— Cuando perdimos a tu madre, yo juré proteger todo lo que quedara de ella. Pero nunca pensé que tendría una hija como...Tú —sus palabras salieron con tanto peso, pareciendo que se quebraría, su mano derecha se dirigió a la mejilla de Rumi, pero no pudo simplemente tocarla.
A pesar que Rumi no tomaba la suficiente atención a su alrededor, notó justamente ese actuar de Celine; sentía el rechazo, el cual fue recalcado con ese "Tú" del final. Quería decir algo, pero Celine continuó.
— Todo lo que me habían enseñado, me indicaba que estaba mal...Pero le hice una promesa —esta vez sus palabras sonaron algo más firmes, como si haber alejado su mano de Rumi le quitara un peso—. Así que dí todo lo mejor de mí para aceptarte y ayudarte.
Rumi dejó de ver a la nada, enfocándose en Celine. Sus palabras lejos de consolarla, solo le crearon nuevos enigmas, hasta molestia.
— ¿Aceptarme?¡Me pediste que me cubriera! Que me ocultara —arrojó Rumi casi de inmediato, recordando cada momento con Celine.
— Sí, hasta poder solucionar todo, y aún podemos —aceptó sin descaro alguno Celine, formando una sonrisa que solo enfadaba más a Rumi—. Cubramos tus marcas y resolvamos las cosas.
Al ritmo de esas palabras, Celine se quitó la manta que la cubría a ella, para ahora cubrir a Rumi una vez más.
— Les diré a Mira y Zoey que todo fue una mentira, una ilusión de Gwi-Ma para separarlas —siguió Celine ahora con un tono tan optimista que no podía creer Rumi, quien trataba de alejarse aún cuando le acomodaba con tanto cuidado la manta. Como si tuviera miedo.
— ¡No! No seguiré ocultándome ¡basta de mentiras! —arremetió Rumi, quitándose la manta; estaba harta.
Celine se apartó de Rumi como si fuera por instinto, incluso su mano que permanecía alzada hacia ella demostraba que iba a intentar cubrirla otra vez.
— Rumi...No lo entiendes, aún podemos resolverlo —trató de convencerla, su voz temblorosa tratando de sonar firme, pero sus ojos traicionándola; no se atrevía a ver a Rumi, no así.
El rechazo visual le dolio a Rumi, más que los varios años que Celine trató de ocultar sus marcas. Quería un consuelo sincero, pero solo encontraba mentiras en lo que eran puras palabras, unas mentiras que ya no podía digerir.
— No lo entiendes —contestó Rumi, dando un par de pasos adelante—. ¡Esto es lo que soy!...¡Mírame!
Rumi no exigió, solo lo pidió. Quería decir un "por favor", pero su voz no procesó esas palabras en su boca. Sin embargo, Celine siguió sin verla. Sus heridas internas solo dolían más por ello; la respiración tensa de ambas haciendo el ambiente tan pesado, algo impensado en este lugar.
— ¿Por qué no puedes mirarme? —cuestionó Rumi tan herida ahora de ver el actuar de su única figura materna rechazándola hasta ahora, sin siquiera intentar algo que no sea ocultarla—. ¡¿Por qué no podías amarme?!
— Te amo —trató de sonar convincente, pero el hecho de ni siquiera intentar verla exponía su farsa.
— ¡Como soy! —gritó cansada, cerrando con fuerza sus ojos, el dolor en ella siendo más fuerte que la muerte que había esperado hace poco.
La Honmoon tembló con el grito de Rumi, como si aquella energía sufriera tanto como ella, entendiéndola.
Celine solamente observó con temor a su alrededor, porque eso era lo que realmente le importaba a ella por encima de Rumi.
— Por eso debemos ocultarlo —intentó Celine de razonar una vez más a su modo— No debemos mostrar nuestros miedos y fallas..¡Es la única forma de proteger la Honmoon!
El rostro de Rumi solo reflejaba tres cosas claras: Incredulidad, por esa respuesta recibida; tristeza, porque Celine no iba a cambiar su pensamiento que sentía erróneo. Por último; enojo, jamás creyó que en su momento más bajo, luego de haberle negado la muerte, la única persona que la crió en lugar de darle un consuelo sincero por primera vez, solo la quería usar a su modo como otras veces, ni siquiera lo intentó, ni se había atrevido a verla a los ojos cuando se lo pedía.
Rumi lentamente tomó su Saingeom. Su propia mente llena de tantos pensamientos, palabras que decirle; incluso algunas que jamás había dicho al menos frente a cámaras, fans o a sus mayores.
Estás sola en esto, Rumi
La voz de Gwi-Ma volvió, el ardor en sus marcas se había convertido en un pulso constante, un recordatorio vivo de que algo ajeno a ella se despertaba en su interior.
Celine retrocedió con temor al sentirse amenazada por Rumi, pero de un momento a otro, Rumi cayó de rodillas, su arma resbalando al suelo. Y así de repentino, Rumi empezó a llorar.
— Tú...Siempre fuiste tú —murmuró al principio, pero su voz ganó volumen, transformándose en un reproche afilado—. Todo este tiempo, me obligaste a ocultarme. A cubrir las marcas con maquillaje, con mangas largas...Con mentiras.
Rumi levantó la vista, las lágrimas mezclándose con el sudor en su rostro. La rabia, que hasta ahora había sido un susurro ahogado, comenzó a soltarse.
— Me hiciste creer que era un monstruo que debía esconderse para no avergonzarte...Uno que te asuste, Celine....Tus jodidos miedos me convirtieron en esto...Si me hubieras dejado ser...Si me hubieras aceptado desde el principio, quizás no estaría aquí, rogando por la muerte.
Celine sintió sus hombros tensándose. Su expresión, se agrietó por un instante.
— ¿Mis miedos? —replicó, la voz elevándose en un tono que Rumi rara vez había oído: No de ira inmediata, sino de un cansancio profundo, uno que había acumulado—. ¿Enserio crees que esto es por mí? Ya te lo dije, todo lo que hice fue protegerte, ocultar esas...Cosas en tu piel no era por vergüenza ¡era por supervivencia! Si el mundo supiera lo que eres, te habrían cazado como a un demonio común.
Celine bajó la cabeza, sus manos capturando su cabello. La respiración salía realmente pesada, mucho más que antes. La frustración la estaba consumiendo tanto.
— ¿Por qué pasó esto? Esto es culpa de su madre —su voz salió en un susurro que creyó que Rumi no oiría; error.
Rumi parpadeó, el mundo deteniéndose por un segundo. ¿Su madre culpable? La palabra flotó en el aire como un eco extraño, desconectado de cualquier realidad que conociera. Nunca había sabido nada de sus padres. Celine siempre había esquivado las preguntas con respuestas vagas: "Murieron cuando eras bebé." No había fotos, no había historias de cuna, solo un vacío que Rumi había llenado con fantasías ¿y ahora salía a relucir en medio de esta pesadilla?
— ¿Mi...Madre? —repitió Rumi, la voz temblando de incertidumbre—. ¿Qué tiene que ver mi madre con esto? Tú apenas me hablaste de ella, casi nada de mi padre ¿por qué ahora? ¿Qué demonios estás ocultando?
Celine abrió la boca sorprendida, no esperaba que la oigan; su expresión se endureció de pronto, como si hubiera mordido algo amargo.
— Nada, solo estoy molesta por lo sucedido, que no veas lo que intento hacer por ti —trató de evadir Celine como siempre.
— ¡Celine! —gritó Rumi otra vez con furia, las ondas de su voz haciendo temblar la Honmoon otra vez frente a las dos.
Celine retrocedió, sin saber ahora si aún tratar de razonar o tal vez atacar en verdad. Estaba atrapada en la espada y la pared.
— ¡Ya no soy una niña a la que puedes engañar!¡Por favor! —siguió Rumi, al menos la Honmoon no pareció ser afectada esta vez, pero ella sí. Su voz salió quebrada, sollozos escapando de su boca, sus ojos lagrimeando más—. Siempre me has ocultado no solo a mí, me has ocultado mi propia historia...Al menos dime algo de mis padres, de mi familia...Aunque sea miénteme, pero algo...Por favor.
Celine no soportó ya, gritó, fue estallido repentino que hizo eco en los cuatro vientos.
— ¡Todo esto es culpa de ella! —la voz de Celine se quebró—. Tu madre era...Sí, una persona y amiga increíble pero...Era tonta e imprudente, se enredó con lo que no debía aunque le avisamos...Y ahora mírate, pagando por sus errores...Si no fuera por ella, no estaríamos aquí.
Rumi se puso de pie tambaleante, el dolor físico en su piel intensificándose con cada movimiento. Los patrones púrpuras se extendían ahora hacia su cuello, ramificándose como raíces invasoras, y cada pulso enviaba ondas de agonía que le nublaban la vista. Pero el dolor emocional era peor: Un vacío que se abría en su pecho, devorando todo lo que creía saber.
— ¿Culpa de ella? ¿Y mi padre? ¿Quiénes eran? ¿Por qué nunca me dijiste nada? —exigió, avanzando un paso, la voz entrecortada por sollozos que no podía contener—. ¿Qué rayos pasó, Celine?
En ese momento, como si hubiera estado esperando su turno en las sombras, una presencia intrusiva se manifestó en la mente de Rumi. No era un susurro sutil esta vez; era una voz ronca, reverberante, como llamas crepitando en un pozo profundo: Gwi-Ma. Está vez él irrumpió indirectamente, con visiones que se proyectaron en la conciencia de Rumi como fragmentos de un sueño roto.
— ¿Qué? —susurró Rumi confundida, notando la atmósfera púrpura que iba consumiéndola a su alrededor.
Lo que parecía niebla empezó a dispersarse, poco a poco revelando imágenes borrosas de una noche lejana, una hoz alzada, gritos ahogados. Y palabras, confusas pero acusadoras, resonando solo para ella.
¿Quieres la verdad, Rumi? Celine, los mató a ambos. Tu madre, una interesante y bella mujer humana, tu padre...Ah, tu padre era uno de los míos, de mis preferidos. Pero ella los eliminó para "proteger" el linaje de las cazadoras. Pero te salvó a ti...Por lástima...O por culpa, no lo sé...Esa mujer es un enigma hasta para mí.
Rumi se llevó las manos a las sienes, un gemido escapando de sus labios mientras las visiones la asaltaban ahora con claridad. Dolor físico y emocional se fundían: Su piel ardía como si la estuvieran marcando con hierro al rojo y su corazón se contraía con una traición que no podía procesar. Se dobló ligeramente, jadeando.
— ¿Los...Mataste? —preguntó a Celine, la voz incrédula, rota—. ¿Mataste a mis padres? ¿Es eso lo que él dice?...¿Es verdad?
Celine retrocedió un paso, por primera vez mostrando un destello de miedo genuino en sus ojos. Su rostro palideció y extendió sus manos en un gesto conciliador, tomando a Rumi.
— No lo escuches —dijo rápidamente, la voz temblando ligeramente—. ¡Es un truco de Gwi-Ma! Siempre miente, retuerce la verdad para debilitarte, Rumi...No dejes que entre en tu cabeza por favor…
Pero Rumi no podía ignorarlo. El dolor la impulsaba, así que un arrebato, se lanzó hacia adelante, agarrando a Celine por los brazos con una fuerza que no reconocía como propia. Y en ese contacto, un poder extraño surgió de ella.
Un pulso que fluía de sus marcas invadió la mente de Celine como un torrente. Visiones compartidas ahora: Aquella noche lejana que reconoció por la reciente visión, pero ahora clara por fin.
Rumi lo vio todo a través de los ojos de Celine. Su hoz descendiendo sobre una mujer; quien era su madre, de rasgos similares a los suyos; se interponía para proteger a un hombre con ojos brillantes, demoníacos. La hoja cortó profundamente, desgarrando desde el pecho a abdomen de la mujer, sangre salpicó por montones, el cuerpo cayó temblando mientras perdía más sangre. Luego, el padre entregándose sin lucha, arrodillado, aceptando el fin.
Era verdad, Gwi-Ma decía la verdad. Celine había matado a sus padres
Rumi soltó a Celine con un jadeo, retrocediendo como si se hubiera quemado. Lágrimas calientes rodaban por sus mejillas, mezclándose con el sudor.
— No...No puede ser —susurró, pero su voz se elevó en un grito de incredulidad—. ¿Todo este tiempo?¿He estado viviendo con la asesina de mis padres?¿Me criaste sabiendo que los mataste?¿Por qué?¡¿Por qué no me dijiste?!
Celine, tambaleante por los nervios, intentó recomponerse. Su rostro se contorsionó en un intento de mantener la mentira que había sido expuesta.
— Yo...No quería esto enserio —admitió finalmente, con voz baja, derrotada—. Solo iba a matar a tu padre...¡Era un demonio! Un siervo de Gwi-Ma....Y tu madre se interpuso...Fue un accidente...De verdad.
Su voz se quebró por aquel recuerdo, continuando el relato.
— Ella gritó, se lanzó delante y yo...No pude detenerme a tiempo —su voz salió temblorosa, recordando el cuerpo herido de su amiga cayendo—. Luego, tu padre...Solo se entregó...Lo recuerdo cada noche, Rumi...Cada maldita noche.
Rumi cayó de rodillas de nuevo, el odio quemándola con dolor en su interior. Era algo abrumadorámente físico, con los patrones extendiéndose ahora hasta su otro brazo, quemando por el sentimiento de engaño, de traición. Lloró destrozada, sollozos que sacudían su cuerpo entero.
— Siempre fui una obligación para ti —escupió entre lágrimas—. Me odiabas por ser lo que soy...Por recordarte tu error...Tu culpa...Me criaste como a un secreto sucio y...Ahora...Ahora entiendo por qué.
Celine no respondió de inmediato. En silencio, se acercó a tomar el Saingeom de Rumi; el sonido de esta a pesar de ser suave resonó como un veredicto. La hoja brillaba bajo la luz tenue y sus ojos se endurecieron una vez más.
— Bien —dijo con voz fría, culpando hasta el último momento—. Viniste buscando esto, lo haré. Pero recuerda que todo esto es culpa de tu madre...Yo siempre intenté ayudarla todo lo que podía, siempre, pero no, enserio tuvo que fijarse en un demonio y...Cometió el mayor error de su vida como cazadora...Engendró...Esto.
Rumi levantó la vista, esa última palabra resonando en su cabeza, el sufrimiento grabado en cada línea de su rostro. Era el producto de ese error, un error que Celine le había inculcado desde niña: "Ocúltate. No seas diferente. Aún podemos esconderlo".
Todo por ella, por esa mujer que ahora empuñaba su propia espada con manos firmes. Celine se acercó, la punta de la hoja apuntando al rostro de Rumi.
— Yo enserio lo intenté porque aún así...Tu madre hubiera querido que crezcas normal...Lo intenté tanto —murmuró, sus palabras saliendo con un peso que quería ocultar—. Adiós Rumi...Créeme eso sí, después de esto, también acabaré con mi vida...Terminaremos esto de una vez por todas.
Rumi inclinó la cabeza, pareciendo aceptar su destino por un instante. Sus hombros se relajaron, los ojos cerrados en una rendición aparente. Pero entonces, algo se rompió definitivamente dentro de ella.
Muévete ¡ya! Ataca a la mujer que te hizo temerle a todo. Es por ella que creciste incompleta, infeliz, sola y obligada a obedecer un absurdo linaje.
El odio, alimentado por Gwi-Ma, la consumió por completo.
Con un rugido inhumano que no reconoció como suyo, Rumi se abalanzó sobre Celine con una velocidad y fuerza sobrenatural, su mano derecha atacó directamente, sacando unas garras que nunca había manifestado. Celine apenas pudo reaccionar, pero fue tarde; su abdomen empezó a arder y sangrar debido a los fuertes rasguños que terminó por recibir. La espada voló de las manos de la mayor, chocando contra una roca cercana.
Celine se retorció de dolor, tocando su abdomen; entonces vio sus manos ensangrentadas. Su miedo empezando a consumirla; tenía que matar a Rumi antes que ella lo haga. Pero la imagen que vio de Rumi la congeló: La joven de pelo morado estaba apoyada en el suelo, su columna encorvándose hacia arriba mientras todo su cuerpo temblaba en espasmos salvajes. Su respiración sonaba igual o peor a la de un perro rabioso. Y sus marcas demoníacas brillaban con una tétrica intensidad, su piel por un momento pareciendo tornarse de tonos morados, mientras sus manos enterraban poco a poco sus actuales garras en la tierra. Ella volteó bruscamente, sus ojos ahora oscuros pero brillosos penetrando los de Celine; aterrándola más.
Celine gimió adolorida, asustada, su cuerpo cediendo al temor. Intentó poner fuerza y tratar de alcanzar el Saingeom de Rumi; pero esta la alcanzó de inmediato, agarrándola del antebrazo y aventandola bruscamente contra el tronco del gran árbol. El dolor aumentó cuando Rumi la acorraló con fuerza, reflejándose en sus gritos. Intentó forcejear, sus manos arañando los brazos de Rumi, intentando apartarla.
— ¡Suéltame! —gritó, el miedo finalmente quebrando su voz fría—. ¡Rumi, detente!¡Esto es lo que Gwi-Ma quiere!¡La Honmoon depende de ti!
— ¿De mí?¿De un terrible error como yo?¿Por qué quieres seguir engañándome? —arremetió Rumi, su mano ahora apretando el cuello de Celine; el odio la tenía bajo control.
El rostro de Rumi se contorsionó en una mueca grotesca, de la cual emergieron colmillos afilados. Los patrones púrpuras entonces brillaron aún con mayor intensidad, cubriendo casi todo su cuerpo, la piel todavía cambiando de color como un latido que avisaba lo peor en camino.
— ¡Rumi por favor!¡Si haces esto él...
Sin oír más palabras, solo un gruñido grotesco, Rumi bajó la cabeza y clavó los colmillos en la frente de Celine. El impacto fue salvaje: Los dientes perforaron piel, hueso y carne con un sonido húmedo y repulsivo, como si mordiera una fruta madura demasiado blanda. La sangre caliente brotó al instante, salpicando el rostro de Rumi.
Celine gritó de agonía pura, sus manos arañando desesperadamente el cuello y los hombros de Rumi, intentando separarla, pero solo provocaron más furia. Rumi apretó más, los colmillos hundiéndose más, girando la cabeza con violencia animal mientras masticaba, trituraba, reventaba.
Con un último esfuerzo salvaje, Rumi cerró las mandíbulas por completo. El cráneo de Celine cedió con un estallido horrendo: El hueso partiéndose, la masa encefálica derramándose en un chorro viscoso y rojo que empapó el césped y piedras que eran sagradas. El cuerpo de Celine se convulsionó más de una vez, las manos aún arañando ahora el aire en un reflejo totalmente inútil, hasta que el cuerpo quedó inerte. Su cabeza abierta como un coco dejaba escapar constantemente sangre oscura y fresca que se derramaba hasta bajo sus piernas, manchando el suelo.
Rumi se apartó bruscamente, jadeando, la boca y el rostro cubiertos de sangre y restos. Los colmillos retrocedieron lentamente, dejando un sabor metálico y repulsivo en su lengua. Terminó por caer sobre sus talones.
Por un segundo eterno, solo miró.
El cuerpo de Celine ahora yacía de lado: Su cabeza destrozada abierta hacia ella como una acusación muda, los ojos aún abiertos y vidriosos bajo la poca luz de la noche. La sangre seguía chorreando, formando un charco que se expandía, tocando a la punta de los zapatos de Rumi. Esa misma sangre ahora manchaba el tronco del sagrado Seonangdang, el cual se suponía que presenciaría la muerte de la joven. El viento pareció disiparse por un momento, las cintas que colgaban del árbol deteniéndose; como si toda la villa estuviera en shock por lo que había acontecido.
El horror de lo que acababa de hacer golpeó a Rumi como martillazo. Sus manos temblaron mientras miraba el cadáver destrozado de la mujer que a pesar de todo, había sido su única familia. Un sollozo ahogado escapó de su garganta, mezclado con sangre, sintiendo el viento otra vez golpeándola con mayor frialdad.
— ¿Qué?...¿Qué he hecho? —susurró, la voz quebrada, humana por un segundo.
La risa de Gwi-Ma resonó en su mente, profunda y triunfal.
Lo que debías, hija mía...Has hecho lo que ninguna cazadora pudo: Romper el linaje con tus propias manos, ahora eres libre.
Rumi dirigió sus manos a su cabeza, arañándose la piel marcada, intentando silenciarlo.
— ¡No no no!¡Cállate!¡Sal de mi cabeza! —gritó, la voz ronca, quebrada.
Rumi se llevó las manos al rostro, manchándose más con la sangre de Celine.
Un asco visceral la invadió. Sentía la sangre en su boca aún caliente, pegajosa, con trozos que no quería identificar; se volvió insoportable. Su garganta se convulsionó. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el suelo ensangrentado y vomitó violentamente. Arcadas fuertes, dolorosas, que le sacudieron todo el cuerpo. La bilis, sangre ajena y hasta propia, pedazos irreconocibles salpicaron la tierra y césped junto al cadáver. Siguió vomitando hasta que solo salieron gemidos secos y lágrimas.
Las manos le temblaban incontrolablemente, cubiertas mayormente de sangre, pues también se había ensuciado algo de su propio vómito. Los patrones demoníacos pulsaban con un ritmo satisfecho, como si se alimentaran de su horror.
No sabía qué hacer.
Miró su Saingeom, aquella espada caída a unos metros, brillando inocente bajo la luz de la noche.
Se puso a llorar, desgarrada, pero no de arrepentimiento puro, sino de una pérdida total: De sí misma, sabía que la Rumi que había entrado a esta villa hace minutos ya no existía, ahora era otra, manchada por fuera y dentro.
La risa de Gwi-Ma sonó ahora suave, casi cariñosa.
Llora cuanto quieras, mi pequeña. Pronto ni siquiera recordarás por qué lloras.
Rumi se abrazó a sí misma, meciéndose adelante y atrás en el suelo ensangrentado, perdida, sola, sin saber hacia dónde ir ni quién era ya.
Entonces, un pensamiento frío, práctico, atravesó la niebla de su pánico.
Mira y Zoey.
Era obvio que vendrían o buscarían a Celine, tarde o temprano. Quizás ya estaban en camino, quizás habían sentido lo ocurrido o quizás simplemente habían intentado contactar a Celine después del desastre del concierto.
Esto era el fin definitivamente, vendrían aquí, verían esto; lo que ella había hecho con sus manos.
Rumi se puso de pie con dificultad, las piernas entumecidas, resbalando ligeramente en la sangre que cubría sus pies. Tuvo que equilibrarse para no caer. Los patrones demoníacos en su piel habían dejado de arder.
Esto era ser un demonio, lo que había aprendido a simplemente matar por años, algo que Jinu le hizo dudar por su actuar. Y ahora, algo en lo que se había convertido en su totalidad por un impulso de su propia ira reprimida y tal vez por la influencia de Gwi-Ma.
El llanto volvió, más silencioso esta vez, mientras se obligaba a moverse. Tomó su propia arma, la alzó con la idea de atravesar su abdomen. Sería una muerte lenta y dolorosa; le daba miedo la idea, pero sentía que era lo que merecía tras todo esto.
La punta de la espada apuntó, los brazos de Rumi temblaban tanto, no a propósito. Quería esto, pero su propio cuerpo se lo impedía.
— No puedo —dijo Rumi con miedo, quebrada, pero sus manos se negaban a soltar su arma.
Dirigió entonces la hoja de su Saingeom a su cuello; la idea era degollarse ahora. Pero sus manos temblaban más y más. Su respiración se aceleraba tanto que era difícil respirar, tenía tanto miedo. Tampoco podría hacer esto.
Si no se mataba así de lento, pensó en algo más rápido: Decapitación.
Rumi no lo pensó más, forzó sus manos a agarrar su espada con mayor fuerza y la movió. Pero el golpe jamás llegó contra ella; sus manos dejaron volar el Saingeom cuando dio el impulso.
— No puedo...
Repitió a si misma esas palabras, las cuáles le llegaron como un recuerdo tan reciente y tan pesado, pues eran las mismas que le dijo Celine cuando se negó a matarla.
Rumi cayó hacia adelante, sus brazos chocando con fuerza en el suelo, soportando el peso de su cuerpo. Las lágrimas resbalando otra vez por su rostro; se sentía tan patética. Sus llantos solo la habían llevado a caer más bajo, sin embargo, no podía evitarlo.
Si no iba a matarse, al menos debía hacer algo con el cuerpo de Celine. Tenía que limpiar, borrar esto. No sabía cómo, nunca había tenido que ocultar un asesinato, pero el instinto de supervivencia o quizás el de Gwi-Ma susurrando en el fondo la empujaba.
Se acercó con pasos vacilantes, evitando mirar directamente la cabeza abierta. La sangre seguía brotando lentamente, más espesa ahora, formando coágulos. Se arrodilló junto al cadáver y con dedos temblorosos, extendió la mano hacia el rostro de Celine. Los ojos seguían abiertos, vidriosos, acusadores. Le aterraba la sensación de ser aún observada, que incluso muerta, Celine la juzgaba.
— Lo siento...Lo siento... —susurró temblorosa, mientras cerraba con cuidado los párpados con sus dedos. La piel estaba fría ya, rígida. Un sollozo más fuerte la sacudió al tocarla.
Después, intentó arrastrar el cuerpo, pesaba más de lo que esperaba. Tiró de los brazos, resbalando, manchándose más las manos y la ropa. Solo logró moverlo unos centímetros antes de rendirse, jadeando. Lo dejó allí, cerca al árbol.
La sangre; tenía que hacer algo para limpiarla. Tomó la misma manta con la que Celine iba a cubrirla y entonces la usó como un trapo que creía que funcionaría. Sus movimientos eran mecánicos, cada vez más desesperados y cansados. No tenía jabón ni agua que podrían ayudar en esto, solo una manta frente a un montón de sangre que la manchaba tanto. Pasó tantos minutos así para darse cuenta que era inútil, la sangre lejos de borrarse, se estaba esparciendo; pues hasta se derramaba de la misma manta, la cual ya estaba totalmente humedecida, goteando aquel líquido rojo tan espeso y nauseabundo.
No servía de nada, la sangre era demasiado abundante. Y ahora, solo sentía el mismo asco repulsivo que antes, sus ganas de vomitar amenazando con arcadas que se presentaban.
Derrotada, lo único que pudo hacer fue dirigirse al cuerpo de Celine, decidiendo acomodarlo con mucho cuidado al otro lado; de ese modo, la abertura del cráneo no quedaría contra el suelo para soltar más sangre. El asco le ganó a Rumi al notar los sesos de Celine moviéndose y llenos de sangre en su interior. Terminó por vomitar un poco, pero sostuvo como sea el cuerpo; tenía miedo de que termine peor esta escena, aún más de lo que ya estaba.
El cuerpo de Celine entonces fue acomodado con éxito, el sangrado no paraba, pero era mucho menor a comparación de antes por la posición. Rumi temblorosa, usó la manta ensangrentada para cubrir desde la cabeza a Celine, esperando que así se detenga todo el sangrando.
Se sentó finalmente en otro lado del árbol, donde no estaba manchado; se abrazó las rodillas contra el pecho. Lloraba sin control ahora, el rostro escondido entre los brazos manchados.
— Estoy tan jodida —se lamentó Rumi, sin saber que hacer en lo absoluto. Su vida estaba completamente arruinada.
Rumi trató de un modo calmarse, pero su propia respiración la traicionaba, capturando el aroma a sangre, al cuerpo de Celine; todo aquello que había hecho. Si respiraba lento, sentía que se ahogaba; si respiraba rápido, era lo mismo. Todo parecía ser un chiste de muy mal gusto, uno que no soportaba. Su cuerpo retorciéndose, temblando en nervios que no podía calmar por más que lo intente.
Y para rematar, se hirió al pasarse las manos por su rostro. Rumi lo notó otra vez: Aquellas garras suyas, las cuales no sabía si habían salido otra vez o si se habían mantenido desde que atacó a Celine; pero ahí estaban, como un recordatorio horrible junto a toda la sangre que tenía encima. Rumi sollozó tanto, incapaz de poder tocarse ya que ahora se odiaba y temía a ella misma. Era justo como Celine, por un momento entendiendo porqué aquella mujer siempre fue así con ella.
Siempre fue un monstruo, uno que no tenía que nacer, uno que al menos tenía que esconderse desde que le tuvieron piedad para vivir. Y al final ella terminó rompiendo lo segundo, hasta literalmente matar su última oportunidad de poder vivir tranquilamente como humana, pues Celine ya no podría ayudarla.
Su búsqueda de libertad y aceptación la terminó destruyendo, convirtiéndose en lo que más odiaba: Un demonio; uno que se veía desde sus marcas brillando, la sangre en ella que le recordaba constantemente como había cruzado todo límite, y esas garras que se formaban en sus manos despojándola de su humanidad.
Rumi apretó los dientes, sintiendo como sus colmillos volvían a salir provocándole dolor en sus encías y hasta labios. Su propia existencia era un chiste, una tortura, una pesadilla. No podía creerlo aún, no lo soportaba. Ella no quería esto.
— ¡MIERDA! —gritó Rumi desesperada. La Honmoon temblando con ondas rojizas otra vez, consumiendo su alrededor.
A la distancia, vio su Saingeom aún brillando en el césped. Por un momento pensó que podría usar eso para formar un agujero donde enterrar el cuerpo y eliminar todo rastro de sangre. Pero no; dentro del respeto y dignidad que aún tenía, sentía que su arma hecha para matar demonios, no debía ser usada para enterrar el cuerpo de alguien que ella había asesinado, siendo ese alguien su mentora y única figura materna.
No te preocupes, ahora nadie te dirá qué hacer, nadie te ocultará. El mundo será tuyo.
Rumi se tapó los oídos con las manos ensangrentadas, pero la voz estaba dentro. No sabía qué hacer.
Solo sabía que cuando Mira y Zoey llegasen, ya no habría forma de explicar esto.
Entonces una gota cayó en la rodilla de Rumi, un poco de la sangre ajena resbalando hasta caer con un poco menos de color. Más gotas cayeron, sin parar; lluvia.
Tranquila, no tienes que preocuparte.
Rumi se levantó temblorosa, la sangre de su ropa y piel resbalaban por el agua, pero por su ropa blanca quedaban obvias marcas rojizas. Sin embargo, el charco de sangre parecía solo expandirse, el césped que ya había sido teñido de rojo por ese lado parecía expandirse, preocupando más a Rumi.
El escenario era horrible, la cálida villa, aquella que visitaban y era tan importante, pasó de un bello césped verde a deformarse porque ella había debilitado la Honmoon. Y ahora parecía ser consumido en tonos rojos por la sangre de Celine. Todo por culpa suya.
Rumi simplemente se puso a correr, desesperada. Sus lágrimas ardiendo al mezclarse con la lluvia helada.
Por alguna razón, cada golpe del agua al suelo parecía el tambor de una orquesta que la culpaba; la tierra parecía rechazarla, salpicando barro contra sus piernas. Los árboles que se mecían con el viento y el sonido de las hojas rozándose empezaba a producir un susurro constante; uno que la mente de Rumi empezaba a transformar en gritos: Los de Celine, de su madre, de Mira y Zoey cuando descubrieran lo que había hecho. Miles de voces invisibles que la señalaban, la juzgaban, la condenaban.
No miró atrás, solo corrió. Era lo único que se exigía, lo único que esperaba no fallar.
Esto era su castigo. Jinu tenía razón cuando le dijo aquello:
Es todo lo que merecemos.

Y hasta queda este primer capitulo, de una película que me gustó mucho y sinceramente como fan del terror, vi que podía funcionar para esto.
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