Capítulo 1
Abrí los ojos, pero solo encontré oscuridad. ¿Dónde estoy? Mi cabeza retumba con cada sacudida del carruaje, como si las ruedas se estrellaran violentamente contra el suelo irregular.
—¿Qué diablos está pasando?
—¡Cállate! —una voz masculina, áspera y fría, se escucha en la oscuridad.
—Oye, no tienes por qué levantar la voz —responde una mujer con tono desinteresado.
—Ya estamos muy lejos, nadie puede oírnos —replica el hombre.
—Ah, entonces no pasa nada —la mujer suelta una risa seca antes de lanzarme una patada en el abdomen—. Y tú, ¡cállate!
El dolor explota en mi cuerpo, y por un segundo me falta el aire. Estoy atrapada. ¿Cómo salgo de esto? Mis muñecas y tobillos están atados con fuerza, la soga mordiendo mi piel.
El carruaje se detiene y soy lanzada al suelo. La oscuridad se desvanece de golpe, y una luz intensa me ciega. Grito por ayuda, pero nadie responde. Mis captores ni siquiera se molestan en mirarme.
—¿Y bien? Solo necesitamos su cabeza para cobrar la recompensa —dice el hombre con indiferencia.
—Cien monedas de oro... ¿te imaginas lo que podríamos hacer con todo ese dinero? —la mujer casi saborea la idea.
Grito de nuevo, hasta que mi garganta se siente desgarrada. Pero no soy más que un ruido insignificante para ellos.
—Habla por ti. Yo lo invertiré en algo que si valga la pena, quizás en un aventurero o un artista —comenta el hombre, con un aire de superioridad.
—Qué aburrido eres —se burla la mujer—. Yo prefiero gastar ahora y disfrutar.
—Aburrido, tal vez. Pero en unos años habré multiplicado mi parte. Para entonces, tú estarás arruinada.
La mujer se acerca, sus ojos verdes brillando con malicia mientras me inspecciona de arriba abajo, buscando algo de valor. Chasquea la lengua, frustrada.
—No tiene ni un mísero collar.
—Tendrás que aprender a manejar tus finanzas —se burla el hombre.
La mujer se inclina hacia mí, tratando de abrirme la boca. Apreto los dientes con todas mis fuerzas.
—¿Ahora sí te quedas callada? —ríe ella.
¿Por qué sucede todo esto? ¿Por qué valgo tanto oro? Pienso mientras una desesperación fría me invade. La mujer examina mis dientes y frunce el ceño.
—Ni un solo diente de oro. Pensé que los ricos tenían eso.
—Que te hace pensar que tiene dinero, tonta —corrige el hombre con desdén—. Termina de una vez.
Desenvaina su espada, y empieza a dar tajos al aire, como si se preparara para un macabro espectáculo.
—Listo, ya calenté. Sujetala bien —dice él.
—Okis —la mujer me agarra del cabello con brutalidad, tirando de él hasta arrancarme un grito de dolor.
Me revuelvo con todas mis fuerzas, tratando de zafarme.
—No te resistas. Si lo haces, serán dos cortes en lugar de uno —susurra la mujer con desidia.
Ella se vuelve para preguntarle algo al hombre, pero antes de que termine su frase, su cabeza rueda por el suelo, separada de su cuerpo.
El hombre se queda paralizado por la sorpresa.
—¿Qué demonios...? —dice mientras empuña su espada, nervioso.
Una figura alta y esbelta aparece. Es un hombre. Está armado con un látigo de cadenas que aún gotea sangre. Su semblante es relajado, casi aburrido, como el de alguien que ha hecho esto cientos de veces. Mastica algo con lentitud —probablemente resina de árbol—, como si el acto de matar no interrumpiera sus rutinas.
Su voz resuena.
—He venido a rescatar a Su Majestad —anuncia con calma.
Aprovecho el caos para intentar liberarme de mis ataduras, pero mis manos están entumecidas. ¿De verdad iban a matarme? Debo pensar rápido, visualizar una forma de escapar.
—¿Estás bromeando? —dice mi captor, tratando de recuperar la compostura—. Mírala, pelirrojo. Con esas ropas, nadie de la Realeza vestiría así.
Es cierto, no encuentro razón de por qué me sucede esto.
Observo al extraño hombre: una camisa sin terminar de abotonar, pantalones sucios y un aire de vagabundo. Y un arma... esa extraña cadena.
El hombre guarda silencio por un momento y luego, con una seguridad desconcertante, responde:
—Es la hija perdida del Rey.
—¿Qué? ¿Hija perdida? ¡Eres un idiota! —el secuestrador ríe, incrédulo—. Mientes, eres un bandido como yo. Eres fuerte, no lo niego. Arrancar una cabeza a esa distancia no es algo que cualquiera pueda hacer. Así que te ofrezco algo, déjame en paz y te doy la mit…
Antes de que pueda seguir hablando, su cabeza explota en un estallido de sangre.
—Te lo dije: vine a rescatar a Su Majestad.
El hombre se acerca y con sorprendente delicadeza me desata las manos y los pies. Luego me carga en sus brazos. Quiero moverme, pero mi cuerpo se niega a responder. ¿Es por el shock? Hace apenas unos minutos, estaba a punto de ser asesinada. He presenciado dos muertes en un parpadeo.
A pesar de su apariencia descuidada, me sostiene como si fuera algo frágil, casi con reverencia. Hay algo en su porte, en su manera de moverse, que me hace dudar. Este tipo no puede ser un bandido. Pero entonces, una sonrisa traviesa aparece en su rostro, una sonrisa más propia de un bribón que de un caballero.
—Con que cien monedas de oro... —murmura, saboreando las palabras.
¿Hacia dónde se dirige mi destino?
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