Capitulo 1: Pies descalzos y un sanguchito (1998)
Me levanté antes de que el sol asomara, como todos los días. En la casa el silencio era inestable, un silencio de esos que te ponen los pelos de punta. No era una paz linda; era el silencio de un barrio que parecía estar siempre agachando la cabeza. A diferencia de otros lados, por mi cuadra no se escuchaban los colectivos. Esa falta de ruido hacía que cualquier sonido de adentro se amplificara: la respiración pesada de mis hermanos amontonados, el crujir de la madera o el ruido de alguna botella que se caía en la pieza de mis viejos. Ese vacío de sonidos de afuera hacía que uno se sintiera más encerrado en su propia malaria.
Me puse las zapatillas —unas que ya pedían jubilación, con la suela tan fina que sentía hasta la forma de las piedras en la calle— y salí sin hacer ruido. El estómago me hizo un ruido bárbaro, un recordatorio de que la noche anterior la cena había sido más agua que otra cosa, pero ya estaba acostumbrada. En casa, el desayuno no era un derecho, era un milagro que casi nunca pasaba.
Caminé por las calles de tierra, esquivando los charcos que tenían una capa de escarcha arriba. Mi destino era una casa a unas cuantas cuadras, donde me dejaban limpiar por unos pesos. A esa edad, mientras otras pibas de mi curso pensaban en qué se iban a poner el fin de semana o qué figuritas les faltaban, yo ya sabía manejar la lavandina y el trapo de piso mejor que nadie. Fregué los pisos con el agua helada que me dejaba los dedos colorados y entumecidos. Cada vez que pasaba el trapo, pensaba en mis hermanos.
Éramos ocho en total, una banda que no daba respiro. Estaba Javier, nacido en el 75, que con 23 ya era el que más espalda ponía; Armando, el del 76; Pedro, del 79; y Yamila, del 80. Ellos eran los “grandes”, los que salían a buscar el mango como fuera. Después venía yo, Sabrina, con mis catorce recién cumplidos, y pegadita Mariana, que nació en el 85. Atrás de nosotras estaban los chiquitos: Esteban, del 91, y Juan, el bebé de la casa, que andaba por los cuatro años. A veces me sentía más mamá de ellos que hermana. Verlos dormir antes de irme a laburar me daba una fuerza que no sabía de dónde sacaba.
Cuando terminé de limpiar, salí rajando para la escuela. El frío me pegaba en la cara y yo caminaba apurada, rogando que el tiempo me alcanzara. Llegué al aula con el guardapolvo un poco manchado y el corazón en la boca. Pero ahí, en medio de la malaria, estaba mi refugio. Mi maestra de lengua ya me estaba esperando.
Ella no era de esas que te daban sermones sobre la importancia del estudio sin saber si habías comido. Ella sabía. Me miraba las manos curtidas por el laburo y el frío, y sin decir ni una palabra, me señalaba el banco. Ahí, arriba de la madera gastada, siempre había un sanguchito de jamón y queso envuelto en una servilleta blanca. Ese sanguchito para mí era oro. Me lo comía despacio, escondida detrás del libro para que nadie viera mi desesperación, y sentía cómo el alma me volvía al cuerpo. La profe no me daba solo comida, me daba la dignidad de ser una piba de nuevo, aunque fuera por un ratito.
Pero el hambre no era el único problema en casa. Lo peor era el ambiente. Mi viejo, Justo, era colectivero, pero desde que falleció su papá, se había perdido en la botella. El alcoholismo lo transformó en un hombre que no conocíamos. Cuando llegaba de trabajar, el miedo se instalaba en la cocina. Mi vieja, Natalia, hacía lo que podía. Ella no había terminado la escuela, así que su única forma de ayudarnos era patear la calle. Salía con unos bolsones pesadísimos cargados de medias y rollos de papel higiénico sueltos. Golpeaba mano en cada reja de Las Tunas: “¿Vecina, no necesita medias?”. A veces volvía con unos pesos, otras veces con los hombros caídos y el bolso casi igual de lleno.
Lo que más me dolía, más que el hambre o el frío, era esa herida que se me había hecho un nudo en el pecho. Cuando murió mi abuelo, el papá de Justo, todo se terminó de romper. Yo quería ir a despedirme, quería estar ahí, pero la pobreza me humilló de la forma más cruel: no tenía zapatillas decentes para ir. Las mías estaban destruidas, se me veían los dedos por los agujeros. Yamila pudo ir porque tenía 14 en ese momento y un par mejorcito, pero yo me tuve que quedar en casa, mirando mis pies descalzos y llorando de bronca. Sentí que el mundo me estaba diciendo que yo no pertenecía a los momentos importantes. Esa tarde, mientras escuchaba el silencio de la calle donde no pasaban colectivos, me juré a mí misma que, si algún día llegaba a tener plata, lo primero que iba a comprar eran zapatos. Muchos. De todos los colores y tipos. Para que nunca más nadie me prohibiera estar donde yo quisiera por culpa de mis pies.
A la tarde, cuando el sol empezaba a caer y el bardo en casa se ponía insoportable por los gritos o la falta de comida, nos íbamos todos al comedor religioso del barrio. Era un lugar popular, lleno de pibes con las mismas caras largas que nosotros. Ahí el aire era distinto. Había un olorcito a guiso caliente que te calmaba los nervios. Nos sentábamos los ocho hermanos en una mesa larga, y por un momento, nos sentíamos protegidos. Era el único lugar donde no se sentía la sombra de Justo ni la angustia de Natalia.
Ese comedor era nuestra tregua. Mientras Esteban y Juan jugaban con otros nenes y Mariana me contaba algo del colegio, yo miraba a mis hermanos mayores. Estábamos todos ahí, marcados por la violencia y la lucha, pero estábamos juntos. Entre bocado y bocado de ese guiso que compartíamos, yo sabía que no nos iba a ser fácil, que Las Tunas nos la iba a hacer difícil, pero que mientras nos tuviéramos los unos a los otros, algo de esperanza quedaba.
Cerré los ojos un segundo, ahí sentada en el comedor, y me acordé del sabor del sanguchito de la mañana. Mañana sería otro día de limpieza, otro día de frío y otro día de aguantar el mostrador. Pero yo, Sabrina, ya estaba aprendiendo que para sobrevivir en este barrio, había que tener el cuero duro y el corazón bien pegado a los hermanos. Y sobre todo, había que caminar, aunque fuera con las suelas rotas, hasta encontrar un lugar donde el silencio no doliera tanto.








