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Se supone que esto es un... ¿cliché?

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Sinopsis

Todos en algún punto de nuestras vidas hemos leído una historia cliché... ¿verdad? Nuestra protagonista tampoco es la excepción. Amante de las historias románticas clichés, sueña con vivir una y está dispuesta a hacer todo lo necesario para ayudar al destino a que eso ocurra. El problema es que el destino no parece haber leído los mismos libros que ella.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
Shanell
Estado:
hace 3 horas
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

1. Este podría ser el comienzo de la novela.

La luz de la mañana entraba por las enormes ventanas del instituto, iluminando los pasillos recién encerados mientras cientos de estudiantes regresaban después de unas largas vacaciones con sus mochilas al hombro, sus horarios impresos y la inevitable emoción combinada con sueño y resignación que acompañaba el primer día de clases.

El sonido de los casilleros abriéndose, las conversaciones que se cruzaban de un lado a otro y el olor a libros nuevos llenaban el edificio. El aire cargaba posibilidades, nuevas amistades, nuevas experiencias, nuevos comienzos y, por supuesto, romance.

En algún lugar del recinto, tras el murmullo de los reencuentros y el crujido de las baldosas, alguien estaba a punto de tropezar de frente con el amor de su vida.

Porque, vamos. Así empiezan este tipo de historias, ¿no?

Quizás sería en una esquina, tal vez sus miradas se cruzarían desde el otro extremo del aula o probablemente sus manos se rozarían al recoger el mismo libro del suelo.

Bueno, no. Tampoco nos emocionemos tanto. Esto no es una fábrica de milagros, es el Instituto Sun Valley —Instituto Valle del Sol para los que no saben inglés—. Y pensándolo bien, no deberíamos esperar demasiado de las decisiones de este establecimiento.

Aunque, siendo justos, nuestra protagonista sí creía que aquel podía ser su año. No le ocurrió nada especial durante las vacaciones que mereciera la pena mencionar. Nada, en absoluto. Pero eso no importaba. Había leído suficientes novelas para conocer que los grandes romances no necesitaban antecedentes, creía con firmeza que solo necesitaba el momento adecuado. Y ella se encontraba preparada para identificarlo.

Típico. Esta chica no era popular, ni quien llamaba la atención al entrar en una habitación; lo cual resultaba bastante impresionante considerando que medía más que la mayoría del profesorado. Si continuáramos describiéndola, diríamos que no es pequeña, ni delicada, mucho menos frágil. No tenía una colección de vestidos de colores pastel que aguardaba el día que un chico descubriera su belleza oculta, ni usaba gafas que pudiera quitarse en un momento dramático y conveniente para revelar que, en realidad, siempre fue hermosa.

Caminaba con la espalda recta por pura costumbre y el cabello castaño rojizo —rojizo porque debía tener una cualidad que la hiciera única y detergente— recogido en una coleta práctica que jamás pretendió ser misteriosa ni etérea. Alta, inteligente y capaz de defenderse sola, cosa que, desde el punto de vista de una historia romántica, era un pequeño inconveniente. Ella, sin embargo, no estaba dispuesta a permitir que detalles como esos arruinaran sus planes.

Quería su romance cliché, quería al chico popular, el triángulo amoroso, el encuentro accidental, las discusiones absurdas que terminaban en tensión, las miradas que duraban eternidades y, si el clima colaboraba, una escena bajo la lluvia. Por eso interpretaría las señales. Todas. Hasta las que no existían.

Ahora bien, si esta fuera una de esas novelas que nuestra protagonista tanto disfrutaba, tal vez pensarías que lleva un nombre apropiado. Algo parecido a Lily, Sophie, Emily, Incluso Bella, si se sintiera poco original. Un nombre suave, que evocara suspiros al atardecer y le dieran el aura de una chica destinada a ser rescatada por el joven con cabello despeinado a la perfección, montado sobre su noble corcel blanco.

La verdad es otra. Su madre se dedicaba a escribir historias y, para su desgracia, no eran de amor. Escritora de policiales, de crímenes y ficción; tenía poco filtro, menos paciencia y una preocupante facilidad para convertir cualquier conversación cotidiana en una posible escena de interrogatorio.

Así que, en lugar de ponerle un nombre dulce y delicado que invocara a una futura heroína, decidió bautizarla con el nombre de un personaje de fantasía que descartó a mitad de un borrador. Poco común, no gritaba feminidad y nada similar a lo que acostumbramos a ver en los clichés.

Su nombre era Rowan.

Rowan Nova.

Y, contra todo pronóstico, estaba satisfecha. No lo cambiaría. Aprendió a vivir con él, igual que aprendió a vivir con su altura, con la usencia de delicadeza que las novelas le exigían a sus protagonistas y con el hecho de que ninguna ráfaga de viento, hasta ese momento, había conseguido moverle el cabello mientras el mundo giraba en cámara lenta.

Hablando de personajes, es de sobra conocido que en todo libro que se respete, la principal siempre cuenta con su comitiva de apoyo. Un séquito seleccionado y diseñado con cuidado por el algoritmo clichéniano —sí, me inventé esa palabra— para hacerla destacar.

En el paquete tradicional, podemos encontrar a esa mejor amiga que suele ser una chica hiperactiva, adicta a las fiestas, a la moda y a los chismes, de la cual nunca terminas de entender cómo demonios se hicieron amigas si no comparten ni un solo interés ni valor moral.

Ahí entraba Rachel Cross.

Rachel cumplía la mayor parte del expediente. No importaba si era viernes, martes o una mañana de miércoles con examen de matemáticas a primera hora: encontraba una fiesta donde no existía ninguna. Si alguien mencionaba una reunión, una celebración o, en su defecto, una casa a reventar por el volumen de la música, ella en primera fila averiguaba la hora y la comida que repartirían.

Era extrovertida, ruidosa cuando tenía confianza, tenía el superpoder de saber con precisión quirúrgica —como dice la IA— quién se besó a quién bajo las gradas del gimnasio y la extraña habilidad de arrastrar a Rowan a situaciones sociales a las que esta juraba no asistir.

En otras palabras, era el tipo de mejor amiga que toda protagonista de romance adolescente debía tener. Solo que Rowan también disfrutaba salir. No tanto como Rachel, eso es obvio.

Y, ¿cuál es el motivo por el que terminaron siendo inseparables? No sé si vale la pena contarlo, es aburrido y poco literario, aun así, porque me obligan les diré que es simple: una tarde a los diez años, Rowan se ofreció para empujarla en los columpios del parque.

Les avisé que no era interesante.

En fin, sigamos.

En la otra cara de la moneda, encontramos al integrante indispensable: el mejor amigo de toda la vida. Ese personaje que conoce a nuestra heroína desde que se gestaban en el vientre de sus madres, que siempre estuvo a su lado, que le presta sus apuntes, se ríe de sus chistes malos. Ese chico leal, de mirada melancólica y sonrisa comprensiva que, en el noventa y cinco por ciento de estas historias, lleva enamorado de ella en silencio.

El que sufre en segundo plano mientras la protagonista persigue al chico popular, bad boy de dos metros. El que en el capítulo seis se confiesa y genera un triángulo amoroso del que nunca es elegido.

Algunos dirán que es conveniente, otros que es romántico; en este caso, innecesario.

Marlon Mercer, en efecto, conocía a Rowan desde que eran espermatozoides.

Sabía cuándo mentía, cuándo inventaba excusas y cuándo se obsesionaba con ideas absurdas. Sabía qué decir para hacerla entrar en razón. Por supuesto, Rowan jamás le prestaba atención.

Y no, Marlon no estaba enamorado de ella.

A los catorce años se declaró abiertamente homosexual delante de medio instituto, su familia y, por alguna razón que nadie ha logrado explicar todavía, el anciano profesor de álgebra.

Así que podemos tachar ese cliché de la lista.

Marlon era el chico que escuchaba día tras día a su amiga hablar de posibles romances y se preguntaba por qué seguía tomando decisiones sentimentales basándose en libros.

Allí, sorteando el tráfico de estudiantes que intentaban recordar dónde quedaban los salones, los tres avanzaban por el pasillo principal hacia la primera clase de la mañana. Rowan caminaba en medio de sus amigos con una seguridad que ninguno de los dos consideró buena señal.

—Este año va a ser diferente — anunció, con la espalda recta y la mirada fija en el horizonte, sosteniendo una barra de cereal como si fuera un cetro de poder.

—Eso dijiste el año pasado —le recordó Marlon.

—Y el anterior —secundó Rachel.

—Esta vez es cierto, me he asegurado de ello.

—Seguro es un plan que involucra mi salud mental sufriendo daños colaterales.

—No es un plan cualquiera, Marlon. Es el plan. Ya lo puse en marcha.

Rachel dio pequeños saltos de energía no aptos para las ocho de la mañana y se inclinó a ella con curiosidad.

—¿Qué hiciste?

—Lo que cualquier persona racional y lógica haría… se lo pedí a Santa en Navidad. También le escribí una carta a los Reyes Magos y a Cupido. Le recé a cada dios existente en todas las mitologías conocidas, incluyendo un par de deidades sumerias de la fertilidad que encontré en internet. Y, por si las dudas, le dejé una señal luminosa en el techo de mi casa a los extraterrestres.

Marlon se pasó una mano por la cara y cerró los ojos, dejando escapar un largo, profundo, secular suspiro de resignación. Rodó los ojos con tanta fuerza que Rowan temió por un momento que se le quedaran atascados en la nuca.

—Qué tranquilidad saber que nuestra civilización depende de ti.

—Tenía que cubrir todos los frentes. Es cobertura teológica y cósmica básica.

Rachel soltó una carcajada encantada y la tomó por el brazo.

—¿De casualidad no le vendiste el alma a algún demonio? Digo, para la garantía completa del contrato. Siento que el diablo da mejores plazos de entrega que los extraterrestres.

—Todavía no. Esa opción la estoy reservando para la segunda temporada si en esta no resulta.

Marlon miró el techo del pasillo buscando paciencia extra entre las lámparas fluorescentes.

—Un día de estos vas a terminar invocando a algo que sí responda y tendremos que llamar a los Warren desde el más allá.

Rowan le pasó un brazo por encima del hombro, atrayéndolo a ella.

—Eso es exactamente lo que diría el mejor amigo escéptico en el capítulo uno. Gracias por mantener el guion, eres un profesional.

Él no contestó. Se limitó a ajustar la correa de su mochila y a seguir caminando, con la resignación tranquila de saber que siempre perdía ese tipo de conversaciones.

Al llegar al salón, Rowan entró antes que sus amigos y se quedó obstaculizando la puerta. Recorrió el lugar con una mirada analítica buscando el asiento. Lo encontró cerca de la ventana, donde la luz matutina caía en el ángulo perfecto para resaltar sus facciones. Un puesto lo suficiente cerca del fondo para tener una vista privilegiada de los demás, pero no tanto para llamar la atención del profesor. Era estratégico.

—Ese —lo señaló con un gesto dramático.

—Es un pupitre —apuntó Rachel.

—A partir de ahora será mi escenario.

Marlon dejó caer la mochila sobre el asiento de al lado.

—Sigue siendo un pupitre.

—Déjame vivir.

Se sentó y comenzó a acomodar sus cosas en el escritorio con una concentración que habría sido admirable si no estuviera colocando cada objeto como si lo preparara para una sesión de fotos de novela.

En la esquina superior izquierda del aula, justo encima del bote de basura, los tubos fluorescentes parpadearon dos veces y luego emitieron un zumbido seco hasta quedar a medio encender.

Rowan se petrificó. Una sonrisa triunfal y aterradora se extendió por su rostro. Se inclinó hacia su amigo y le dio un codazo para nada delicado en las costillas.

—¿Lo viste? Las luces. Es el cosmos.

Marlon ni siquiera levantó la mirada de su cuaderno.

—Es el cableado.

—Es el destino.

—Están averiadas desde octubre.

—¿Podrías dejar de arruinarme el momento?

—Podría… no quiero.

Ella bufó.

Bien. Si el universo quería colocar obstáculos, tendría que esforzarse más. Así que después de enderezar un lápiz, se arregló la coleta y clavó sus ojos en la puerta. Espalda recta, mentón elevado. Atmósfera romántica creada. Solo necesitaba esperar a que entrara el chico de sonrisa y cabello perfectamente despeinado, porque al parecer la genética de esos muchachos funcionaba con reglas diferentes a las del resto de la humanidad.

Su guion dictaba que sus miradas se encontrarían, la música comenzaría de algún lugar y, pese a las ventanas cerradas, una ráfaga de viento aparecería de la nada. No nos íbamos a poner minuciosos con las leyes de la física. Incluso, preparó una hoja de papel que lanzaría para más dramatismo.

Todo listo.

La puerta se abrió de par en par.

Una silueta cruzó el umbral.

El salón cayó en silencio.

Su expresión se suavizó.

El señor Henderson.

Un hombre de setenta y pico años, treinta y nueve de esos enseñando álgebra. Una jubilación que llevaba siglos ignorando y un chaleco de punto marrón que parecía haber sobrevivido a dos guerras mundiales, una crisis económica, la invención de las calculadoras y la extinción de los dinosaurios.

Rowan mantuvo la postura por tres segundos exactos. Luego se desplomó contra el respaldo de la silla.

—Bueno… esperaba que el amor de mi vida tuviera más pelo y un poco más lejos de San Pedro.

Marlon se cubrió la boca con una mano, intentando ahogar la risa. Rachel, en cambio, no contó con tanta suerte. Soltó una carcajada que resonó en el aula entera.

El profesor Henderson posó sus libros en el escritorio y la observó por encima de sus gafas.

—¿Hay algún problema, señorita Cross?

Rachel se enderezó de inmediato.

—Ninguno, profesor.

—Me alegra. —Se giró hacia la pizarra—. Ahora, si todos han terminado de discutir si coexistí con el Homo sapiens, comencemos con Baldor.

Y así, sin entender por qué siempre tenía que hallar a X —cuando era más fácil que estas letras usaran GPS—, nuestra protagonista sobrevivió a sus primeras dos horas de clase.

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Trama absorbente

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Buenos personajes

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author

JAJAJAJA ME MEOOO
qué es esta joyita?

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