ÚNICO
El ruido del carruaje interrumpió su sueño. Incómoda por el movimiento, se levantó y se asomó por la ventana, apartando la cortina. El cielo, pintado de rosa y rojo, era la señal de que pronto tendrían que acampar.
¿Cuánto más faltaría para salir de esa tortura?
Cerró la cortina de golpe cuando su escolta la observó, montado en su caballo.
Chasqueó la lengua. Ese hombre era demasiado insistente.
Aunque no había comido bien en todos esos días, y la hidromiel no era más que un mínimo alimento, prefería eso antes que tener que probar la posible comida sucia que preparaban; aún más cuando sabía que quienes cocinaban eran sirvientes adoradores de sus medios hermanos.
¿Qué le aseguraba que no metían otra cosa en sus alimentos?
Era mejor no arriesgarse.
A los minutos, el carruaje se detuvo.
—Su alteza. Iré a organizar su tienda para que pueda descansar.
Thalia escuchó desde afuera a ese hombre, pero no respondió.
Sentada en el asiento, a través de las cortinas, la luz comenzó a teñirse cada vez más de oscuridad, anunciando ya la noche fría.
De pronto, un miedo la recorrió al recordar el fin de ese viaje; se mordió los labios con ansiedad.
Por dentro, aunque era un tormento viajar por distintas ciudades y soportar el desprecio de esa gente extraña, no era suficiente comparado con tener que soportar a su hermana mayor, feliz, paseando con Varkas, y a él, como siempre, detrás, como un perro obediente. Ni hablar de su hermano mayor, un cretino.
Sin embargo, un cretino que sabía cerrar la boca cuando le convenía.
Nadie debía enterarse de que su debilidad era ese hombre frío e indiferente en su trato.
Aunque era un tormento, también era un hecho que deseaba, al final, no regresar al palacio… Una vez que llegara, tendría que casarse con ese hombre asqueroso, el amante de su madre.
El solo hecho de pensar en su toque le causó náuseas. Antes de que ese hombre le pusiera un dedo encima, tomaría un cuchillo y se suicidaría al instante.
Si al final no había una salida, no había otra opción.
Mientras ella sufría un matrimonio no deseado y moría en silencio, Ayla y Varkas ya estarían para esa fecha casados y quizá, solo quizá, esperando un hijo; formando su familia feliz, mientras ella se despedazaba en una vida sumida en dolor.
Sí, era mejor que en esa peregrinación se convirtiera es una caravana de muerte… y con ello, su cuerpo sin vida.
No quería vivir una vida así, no más.
La humedad en sus mejillas y el ardor en su garganta, al contener el llanto, la obligaron a cubrirse la boca en silencio, intentando suprimir su dolor.
Su piel se estremeció al escuchar que abrían la puerta. Asustada, se limpió las lágrimas, no quería que nadie la viera así de frágil.
—Mi niña, esta es su vestimenta. La señora Senevier la acomodó para usted.
Thalia tragó ese nudo. Aunque su madre estaba a miles de kilómetros, no la dejaba en paz. Tomó su túnica y, con paso duro, salió del carruaje, dejando a su nodriza con el vestido en las manos; no sin antes dedicarle una mirada filosa.
“Tienes que seducirlo, es tu ultima oportunidad”
—Patrañas.
Murmuro
El solo hecho de recordar esa orden de su madre le hizo hervir las entrañas de ira. Así eran todas las noches. En su momento intentó hacerlo, pero fracasó, se vistió con un vestido y adornos preciosos y ese hombre la rechazó fríamente, argumentando que era una molestia, y que era mejor tratar con un caballo que con ella.
¿En serio su madre esperaba que fuera fácil seducir a ese hombre, que no mostraba ni la misma emoción y que, en su lugar, parecía el muñeco andante de sus hermanos?
¿Siquiera era como los hombres corrientes?
No, definitivamente no.
Si hubiera sido como los demás, hace mucho habría caído ante sus intentos; pero no.
Varkas solo tenía su concentración puesta en Ayla. Trágó saliva con dureza al darse cuenta de que quizá, con lo obediente que era, era posible que incluso entre ellos hubiera pasado algo, pues si su hermana lo ordenaba, ¿acaso él se negaría?
El ardor en sus ojos y la respiración agitada al recordar ese beso , la forma en que él se inclinaba hacia ella y cómo Ayla, tan dispuesta y sonriente, esperaba lista el toque de sus labios.
Quería borrar esa imagen de su cabeza, pero, a la vez, quería que apareciera una y otra vez, para que su corazón siguiera doliendo hasta desangrarse. Solo así entendería que no debía seguir amando; que no debía seguir anhelando y deseando a alguien ajeno.
Porfavor que pare… por favor
Oh, dios
Duele mucho…
Apretó los labios y presionó los ojos. No quería volver a llorar. Se detuvo un momento y trató de regular su respiración antes de continuar.
No, no podía dejarse vencer así. ¿Por qué los demás podían vivir felices mientras ella sufría?
El rostro de Ayla, mirándola con lástima… Sí, era como si su mera presencia fuera menos que la de un insecto. Y aun así, ¿Ayla debía tener el final feliz de todo cuento de princesas?
Sobre su cadáver. Si ella estaba condenada al sufrimiento, arrastraría a su infierno a ella también.
Metió la mano en su túnica, palpando el cuchillo frío, y trazó con el dedo la punta del metal.
Sí, esa noche era su oportunidad.
Corrió entre el campamento buscando a su hermana, pero rechinó los dientes al verla rodeada de guardias. Al parecer, Varkas había incrementado la seguridad de su adorada hermana mayor para protegerla de la villana del lugar; o sea, ella.
Sí, definitivamente era así.
Ella siempre sería la mala de la historia; la mancha de su familia, la mancha de sus hermanos y ahora, la mancha del trabajo de Varkas si algo le pasaba a su futura esposa.
Apretó los puños, sin importarle cuando sus uñas largas lastimaron sus palmas.
Pero salió de sus pensamientos al ver a su escolta llegar corriendo.
Tenía que evitar levantar sospechas. Alzó la mirada a esos ojos marrones que, por alguna extraña razón, le recordaron a un pequeño perrito que movía la cola ante su ama.
No era la primera vez que, cuando ese hombre estaba cerca, sentía de algún modo que estaba de su lado; como cuando, ante el idiota de su hermano, se puso de su parte.
Tal vez era una buena persona…
No.
No podía confiar con facilidad de nuevo. Siempre que buscaban ser amables, buscaban algo a cambio de ella.
No se dejaría engañar otra vez.
Ante su insistencia de comer, lo mandó a buscar comida. En el instante en que salió de su vista, corrió en dirección contraria.
Debería ver otra forma de atacar a Ayla en otro momento. Si se escondía en algún lugar y esperaba la madrugada para atacarla, sería un plan perfecto.
Sus pies se quedaron congelados al escuchar a unas sirvientas cerca. Se escondió detrás de un árbol, mirando de reojo cómo pasaban.
Eran doncellas de Ayla.
Esperaba que pasaran rápido, pero no contó con que se detuvieran a medio camino mientras chismeaban.
Maldijo entre dientes cuando se quedaron a hablar. No podía salir y exponerse en el territorio del campamento de su hermana.
Pero ¿por qué debía esconderse como un ladrón?
Podía decir que se perdió y listo, ¿no?
Sí, dejaría de estar escondida y espantaría a esas mujeres.
Pero el nombre que pronunció una de ellas llamó su atención.
—Sí, yo tampoco lo puedo creer. Es decir, se sabe que se van a casar, pero ¿no es muy poco decoroso que la Primera Princesa esté visitando de noche la tienda del Comandante General, el Sr. Sierkan? —cuchicheó a la otra, haciéndola reír.
—No me sorprendería que tanto la primera princesa como el comandante hayan hecho algo más. Son tan jóvenes… ¿no es la edad en la que esas cosas son necesidades urgentes por saciar?
Su respiración se corto y algo otro vez se rompió dentro de Thalia.
Con el cuerpo tenso, lo que sentía no era ira, era llanamente dolor, traición y humillación hacia sí misma.
Pero ¿qué le sorprendía?
¿No era obvio?
¿Por qué se negaba a aceptar ese hecho?
Lo habia asumido, pero escucharlo de alguien más era definitamente otra cosa…
Como si un puñal atravesará una y otra vez su pecho, cada palabra se sentía como un puñal en el corazón.
No supo cuánto tiempo se quedó congelada sin moverse. Ni el frío que corría se sentía tan helado como su interior en ese momento. Con los ojos bajos, miró el suelo.
Nada.
Una nada…
Levantó la vista al cielo cuando el aleteo de un ave golpeó las hojas del árbol, haciendo caer algunas. Extendió la palma, viendo cómo caían sobre su mano abierta.
Aunque el dolor y el ardor persistían, salió de su escondite. Cada paso se sentía más pesado que el anterior; con la mirada baja, regresó por su camino.
Solo quería llegar a su cama y liberar toda esa angustia, como lo había hecho todos esos años, liberar ese nudo en su garganta, que lo ardía todo, mientras caía su llanto en la almohada. Necesitaba dar salida a ese dolor que le apretaba el pecho, como si alguien se lo estuviera aplastando con una rosa enorme.
Respiró hondo, pero entonces su vista cayó en una mujer con una túnica de capucha negra que rondaba las carrozas de suministros.
Era la misma mujer que había visto antes. Era posible que fuera una de las aliadas de su madre; el hecho de que estuviera ahí, actuando de forma extraña, seguro tenía un fin desagradable.
Sonrió bajito. Si su madre por fin llevaba a cabo su plan para deshacerse de Gareth y Ayla, ¿no debería celebrarlo?
Sí, debería hacerlo. Sonrió… pero al instante un mal presentimiento la inundó.
¿Y si no eran ellos el objetivo?
Varkas.
Un miedo golpeó su cuerpo. Sus pies se movieron, siguiéndola en silencio, pero no logró alcanzarla y la perdió en el camino. Giró a ambos lados, no había nadie; todo estaba en silencio. Se encontraban en la parte trasera del campamento.
Maldijo por lo bajo. Esa mujer se había escapado, pero algo en el suelo llamó su atención. Se agachó y observó, de forma extraña, un pequeño frasco con un líquido desconocido. Extendió la mano para tomarlo, pero no pudo al ver que una sombra apareció y se reflejó en el suelo, asustándola.
— KYAAA!!
Terminó cayendo de espaldas y solo entonces levantó la mirada, aterrada, para ver al extraño… pero en su lugar estaba ese hombre.
Casi se le sale el corazón del pecho.
—Oh, Dios… ¡casi se me sale el corazón! No debería aparecer así. Eres un idiota, Sierkan.
—¿Qué está haciendo aquí?
¿Me había estado siguiendo todo ese tiempo?
Se levantó rápidamente del suelo y le lanzó una mirada afilada.
—¿Acaso ahora eres una rata que anda por ahí siguiendo a otros sin hacer ruido?
—No ha respondido a mi pregunta.
—Nada que te importe.
Lo soltó con molestia. Ignorando su presencia, caminó para pasar a su lado, pero una mano grande la detuvo, antes de que un cuerpo aún más grande se le ciñera, acorralándola contra la carroza.
Tragó saliva al mirarlo, desconcertada por su accionar.
—¿Qu-qué crees que estás haciendo?
Nerviosa ante esa mirada que la veía desde arriba, aquellos ojos profundos y azules recorrieron su rostro.
—Si la dejo ir por ahí sola, quién sabe si tendré que presenciar otra escena desagradable.
Thalia no apartó los ojos de él. Si con eso se refería a cuando Gareth la golpeó, entonces solo buscaba vigilarla para que no manchara la poca reputación de Gareth. Sí, eso era seguro.
—La escoltaré hasta su tienda.
—N-no hace falta.
Lo indicó con una respiración casi entrecortada. Cuando el aroma a menta llegó a su olfato, se dio cuenta de lo cerca que estaba; podía sentirlo. Tragó saliva, pero se mantuvo firme ante esos ojos que la observaban desde arriba, como queriendo que hiciera algo. Quizá hasta su actitud mansa le resultaba patética.
Pero su respiración se cortó y sus ojos se abrieron más cuando él se inclinó, quedando a solo centímetros de su rostro.
—¿Acaso hay una razón por la cual no la pueda escoltar?
Su cuerpo se encogió al sentir su aliento en el rostro.
¿Por qué a veces actuaba así?
¿Por qué, de la nada, cada vez que ella intentaba sofocar esos sentimientos, él venía y los encendía de nuevo? Era como si supiera que poco a poco ella se rendía; entonces aparecía y provocaba un incendio en su cuerpo y en su alma, haciéndola ilusionarse, queriendo más y más… cada vez más.
¿Por qué?
¿Por qué no simplemente sigues tu camino?
¿Por qué tienes que comportarte así, de forma extraña, como si quisieras hacerme dar cuenta de que estás ahí, en ese lugar?
Tu existencia duele. Mucho, mucho.
No más
Por favor
—Apártate.
Aunque lo empujó hacia atrás, él no se movió. Esos ojos que siempre había amado desde muy joven, en ese momento brillaban más que nunca, removiendo de nuevo ese cimiento de amor que él únicamente provocaba en ella.
Pero él no se movió.
No puso en que momento sus golpes fueron tan fuertes al punto que sus puños dolieron al chocar con su pecho, pero no quería detenerse, quería que él tambien sufriera, queria golper y descargar aunque sea algo de todo lo que estaba suprimiendo en su corazón.
Lárgate como siempre lo has hecho, abandóname como siempre lo has hecho, dejame a mi suerte, no eres el primero en hacerlo, así que hazlo y no mires atrás.
Dame la espalda
Por favor
Suplico en su mente
Entonces las palabras de esas doncellas llegaron a su mente. Apretó los labios y apartó la mirada a un lado. Aunque sus manos golpearon su pecho una y otra vez con brusquedad, no obtuvo resultado.
Alzó la mirada y sonrió con sorna al verlo.
—¿No deberías estar a estas horas con tu adorada prometida? —escupió esas palabras, que parecían dolerle más a ella que a él.
—Ve, anda con mi hermana. Estoy segura de que en este momento te está esperando.
Pero él, ante sus palabras, no se movió ni un centímetro. Ella quería provocarlo, que se molestara y la dejara ahí; pero nuevamente, él nunca hacia lo que pensaba.
—Escuché por ahí… —comentó despacio, sin apartar la mirada de él, pero con una sonrisa siniestra. Presionó uno de sus dedos en su pecho; encima del uniforme, sintió el calor—. Que el Comandante General recibe visitas de la Primera Princesa en las noches, cuando las doncellas se retiran a dormir…
Varkas, con una mirada fría, bajó los ojos a ese dedo que comenzó a recorrer su pecho, trazando figuras perdidas a la altura de su corazón… Esa pequeña mano…
—Estoy segura de que el Comandante General podría estar haciendo cosas más interesantes con mi hermana, en vez de estar aquí perdiendo el tiempo conmigo —dijo con ironía, buscando que se retirara—. Así que, ¿por qué mejor no se va? —exigió con burla.
—¿Qué es lo que trata de insinuar?
Solo entonces respondió. Thalia sonrió con burla.
—¿No es obvio?
—…
Thalia, con voluntad, posó la mano abierta sobre su pecho.
—¿No es normal que los jóvenes se entreguen a ese tipo de pasiones?
—…
Thalia se estremeció al segundo en que Varkas la presionó con su pecho, cortando la distancia.
Tragó saliva al sentir el aliento cerca de su oído.
Su cuerpo cosquilleó ante la cercanía.
—Es normal, ¿no?
Sus palabras, por alguna extraña razón, sonaron más graves de lo normal.
Una corriente le encogió el estómago.
¿Acaso ese hombre frío, que siempre había actuado con indiferencia… se le estaba insinuando?
¿Era siquiera posible?
Pasó saliva antes de continuar. Por alguna extraña razón, aunque sabía que estaba jugando con fuego, no había marcha atrás… y solo tenía ese momento de fragilidad de él.
No debería aprovechar y tomar algo que siempre se le negó?
Quizá no de la forma correcta, pero al menos un poco de él.
Solo un poco.
Un recuerdo.
Sí, aunque fuera el rastro de su huella.
Si al final él seria de otra mujer… al menos, solo al menos, quería que la abrazara…
Varkas, con la piel ardiente, se estremeció cuando aquella mano pequeña acarició su cuello desnudo.
—Los jóvenes como nosotros nos entregamos a los placeres también.
Ante sus palabras, Varkas se apretó más a ella, queriendo que lo sienta ahí, que sepa a quien tiene delante, porque su mente no puedo evitar imaginar que ella habría hecho algo así con otros hombres. No, él lo sabía. Thalia le tenía pavor al toque de los hombres.
Ella está mintiendo.
Una ira ardiente le brotó en la garganta al recordar, de nuevo, el final de aquel viaje.
Sus ojos se posaron en esos labios, se veían suaves como el pétalo de una rosa, y solo imaginar que pronto un hombre sucio podría tocar lo que consideraba suyo le revolvió el estómago.
¿Suyo?
No…
Ella no le pertenecía.
¿Pero acaso no había pasado todo el viaje buscando una solución?
Desde el momento en que esa mujer abrió la boca y escupió la idea más aberrante que jamás había oído,
“Thalia también se casará”.
Desde ese día, el mundo pacífico y el control que intentaba recuperar se fragmentó por completo. La ira contenida, los pensamientos extraños, cada vez más frecuentes llenaron su cabeza.
Se quedaba despierto hasta tarde, en esa cama, mirando el techo de la tienda de campaña mientras su mente maquinaba soluciones, una tras otra. Pero una sensación de asfixia le golpeaba la cabeza, como un dolor persistente, porque una y otra vez se le imponía el mismo pensamiento, manos manchadas de sangre. En esos sueños, la sed de sangre por encontrar al futuro esposo de ella y despedazarlo se exponía sin pudor.
¿No se había prometido dejarla?
¿No se apartó con ese fin?
Entonces, ¿por qué no podía dejar de buscarla?
¿Por qué aceptó ese matrimonio, sabiendo sus consecuencias?
No… de hecho si lo sabía.
Por supuesto…
¿Tenía sentido quedarse a su lado, cuando ella solo se mostraba reacia ante él?
Solo le quedaba un camino, y ella no formaba parte.
Lo había aceptado, dar un paso al costado.
Pero algo dentro de él no podía.
Simplemente no podía.
Cada vez que ella parecía alejarse, regresaba en él ese deseo.
Aquel anhelo que le quemaba las entrañas;
los celos al verla cerca de otros hombres.
Todo lo que tuviera que ver con verla junto a alguien más le hacía hervir la sangre.
Su misión era recorrer distintas ciudades como parte del itinerario que estableció…
Pero entonces, ¿por qué planearlo todo para que la ruta fuera más larga?
¿Por qué quería atrasar ese viaje?
Muchas preguntas, y una sola respuesta que no quería exponer… porque, si lo hacía, sabía que no habría marcha atrás.
Solo un paso, solo uno bastaría, una señal…
Y cambiaría todo.
Sí, lo haría.
En secreto, sin que ella se diera cuenta, la vigilaba a la distancia. Hervía en rabia al ver lo poco que se llevaba a la boca; y, peor aún, ese gruñido de enojo al ver a ese escolta tratarla con tanta confianza…
Estaba mal.
Sí, lo estaba.
Porque no había razón más enfermiza que buscarla cada madrugada desde que inició ese viaje.
Al principio intentó contenerse, pero de un momento a otro comenzó a visitarla cada madrugada. Mientras todos dormían y esquivaba a los guardianes, se escurría dentro de su tienda; con pasos silenciosos, la veía descansar. Solo al verla se calmaba ese malestar que le retumbaba en todo el cuerpo.
Era extraño…
Como si solo su presencia calmara la bestia que yacía dentro de él.
Las horas que se quedaba observando cómo respiraba lentamente; la forma en que su cabello se esparcía en las sábanas y, joder, ese aroma, ese bendito aroma que le acuchillaba la nariz.
Solo una vez se atrevió a dar un paso peligroso, cuando la mano le hormigueó al acariciar su suave mejilla, al ver cómo una lágrima caía.
Ella lloraba entre sueños, y el pecho se le apretó al no poder evitarlo.
¿Una pesadilla?
Probable.
Siempre era así… Sus ojos siempre la buscaban.
Y así fue como terminó, siguiéndola en secreto, observando su silueta, sus pasos y, a la vez, evitando que la lastimaran de nuevo.
No lo iba a permitir otra vez…
Ya se había contenido demasiado.
La observó fijamente. Tragó saliva al caer en cuenta de que, una vez más, esa sed , esa atracción que nunca se había desvanecido, aumentaba cada vez más. Todo de ella, su voz, su piel, su aroma, su actitud… Todo hacía arder, deliciosamente, su interior en una fiebre insaciable.
Entonces… ¿por qué no hacerlo?
¿No había esperado que ella extendiera la mano primero, antes de doblegarse ante ella por completo?
Una cosa sí era cierta , y a la vez peligrosa, si continuaba así, no daría marcha atrás. No importarían las consecuencias; las asumiría con el mayor gusto… pero solo si ella lo aceptaba.
No se negaría.
No lo haría ante el delirio que lo había atormentado todos estos años, buscando ser liberado y saciado únicamente por ella.
Pero su mente, por un segundo, quedó en blanco y su respiración se cortó al sentir esos dedos pequeños, malditamente suaves y tibios tocar su labio inferior.
—¿Sabes lo malo de esto…? Que caer en placeres carnales no es más que pecado…
—…
—Pecado…
No supo en qué momento ella fue valiente para trazar con su dedo su labio inferior; ni cuándo se puso de puntillas, dejando un beso suave debajo de su mandíbula.
—¿Lo entiendes? —dijo ella, sonriendo al ver el rostro desconcertado del hombre.
Ella, sabía que estaba cruzando la línea, pero ¿y qué?
Si iba a sufrir una vida miserable sin ese hombre, al menos quería tener algo de él para recordar. Además, era probable que la rechazaba, no era como si fuera la primera vez que lo hacía.
Conocía perfectamente a ese hombre; habían pasado siete años. Sabía lo recto que era, los modales que cargaba. Él jamás… Es más, nunca caería ante esa provocación.
Su madre estaba equivocada si creía que Varkas era un hombre que se sometía al deseo.
Thalia se rió por lo bajo. El próximo movimiento de Varkas sería apartarse y, como siempre, olvidar e ignorar su presencia… pero, como siempre, ese hombre nunca hacía lo que ella pensaba.
Cuando, de forma brusca, los labios de él aplastaron los suyos, le cortó la respiración. Esa lengua ajena le golpeó los dientes, obligándola a abrir la boca y a sentir su sabor. Ella no pudo evitar gemir, el músculo caliente y la saliva ajena inundaron su boca.
Jadeó.
El cuerpo de él la terminó de aplastar con violencia.
Intentó empujarlo, pero fue imposible, al segundo en que sus muñecas quedaron atrapadas sobre su cabeza.
—Varkas… —lo llamó entre los labios.
Su cuerpo hormigueó. Su piel se estremeció y una sensación extraña golpeó su vientre bajo cuando la rodilla de él se metió entre sus muslos.
Quiso preguntarle qué estaba haciendo, cuando abrió los ojos, alarmada, la rodilla de él rozó su intimidad entre la ropa y ella gimió.
—P-para…
Pidió entre sus labios, pero él no se detuvo.
¿En serio ese hombre era consciente de lo que estaba haciendo?
Gimió y no pudo sostener el beso; giró el rostro, pero de nuevo su boca buscó la suya, no sin antes lamer su rostro con una desesperación que la dejó desconcertada.
Su cuerpo estaba caliente y, con el cuerpo de él pegado al suyo, sintió su calor corporal.
Sus piernas temblaron.
Una corriente se arremolinó entre sus muslos mientras la rodilla de él frotaba, de forma circular, su entrada; la ropa interior se sentía húmeda.
Perdió la razón de todo y se dejó devorar la boca.
Intentó cerrar las piernas, pero la rodilla ajena se lo impidió.
Al instante en que él se alejó de sus labios, lo miró con la mirada perdida por la actitud. Sintió sus labios, que le ardían. Lo observó, esos ojos que siempre habían estado fríos ahora se veían diferentes, dilatados, más animales…
Sin palabras, vio cómo llevó su mano libre hasta su propia boca y, con los dientes, retiró el guante armado, terminando por tirarlo al suelo.
Su garganta se cerró en el momento en que esa mano grande, contra su muslo, pareció arder. Como lava que quemaba, subía y bajaba, yendo debajo de su falda.
Jadeó
Y él volvió a hacerse espacio en su boca.
No pudo evitar gemir al sentir esa mano meterse entre sus muslos; su rodilla se había retirado para darle lugar. Se sentía callosa, pero no pudo pensar más, estaba perdida en las sensaciones que le provocaba, aún más cuando esos dedos frotaron su vagina por encima de su ropa interior mojada.
Su mente se nubló ante tantas sensaciones nuevas que jamás había sentido, cómo sus manos en su cuerpo le hacían hervir la piel; cómo la saliva ajena le sabía en toda la boca, dejando un rastro de esencia extraña. Pero no se detuvo; se dejó entregar.
Su cuerpo lo pedía.
Quería más…
Mucho más…
Ella no supo en qué momento todo aumentó entre ambos. De pronto ladeó la cabeza, dándole acceso a su cuello; la lengua de él recorrió su piel hasta detenerse en sus clavículas, mordiendo a su paso.
No se negó, y rodeó su cuello mientras volvía a hundir la lengua, cada vez más profundo, en su boca.
Esas manos.
Sí, esas manos que siempre había anhelado, ahora trazaban, con delirio, su cintura por debajo del vestido. Manos que alguna vez creyó frías y que, sin embargo, quemaban contra su piel.
Comprendía el final del acto…
El lugar donde él terminaría.
Y el momento en que, una vez saciado, no habría más motivo.
Solo era un instante en el que ambos querían algo del otro; quizá, para él, no era más que algo sexual. Después de todo, resultó ser un hombre.
Y, aunque el corazón le dolía, no se negó, porque en el fondo también lo anhelaba.
Quería que la abrazara, como en ese instante en que sus manos la apresaron, mientras, con desesperación, desataba los lazos de su vestido. Este cayó al suelo, y a ella no le importó cuando el cuerpo entero de él la cubrió allí mismo, en ese lugar solitario entre carrozas.
Y ella no pudo evitar pedir más…más besos, más caricias… y Varkas obediente la tocara sin demora.
“Varkas”, llamó entre gemidos una y otra vez; y cada vez que pronunciaba su nombre se sentía más irreal. Pero él la traía de vuelta a la realidad al escuchar sus gemidos, cuando oyó el sonido metálico del cinto al bajar sus pantalones.
Ella, contra la carroza, pegó la espalda a la madera dura. Cargada desde los muslos, con las piernas abiertas, él entró de golpe, sin contemplación. Y no pudo evitar gemir al sentir cómo se hacía camino en su interior; la forma en que acabó por destruir su virginidad.
Y estaba bien… Solo con él, todo estaba bien, aunque estuviera pecando con un hombre comprometido.
Solo ahí cayó en cuenta de algo…
Siempre había juzgado a su madre por sus actos… meterse con un hombre casado y arruinar una familia…
Ahora, en ese instante, entregándose a un hombre que no era suyo, ¿qué tan diferente era en comparación con su madre?
Lo que todos esos años juzgó, ahora era ella quien lo hacía.
Ella fue el fruto del pecado, y ahora ella y Varkas lo estaban cometiendo.
No supo en qué momento no resistió y se aferró a su cuello, hundiendo el rostro allí, intentando acallar el llanto ante la respiración ajena. Se alarmó cuando el cuerpo que se había movido con violencia en su interior se detuvo de golpe.
—¿Te he lastimado?
No demoró en responder. No quería que parara.
—No
No quería que terminara.
—Solo que es extraño.
Trató de explicar, pero Varkas supo que algo andaba mal. Intentó salir de ella, pero las piernas de ella lo presionaron contra sí, haciéndolo jadear al sentir su miembro deliciosamente apretado.
La humedad lo bañaba por completo; palpitaba sin medida, mientras sentía cómo esa entrada se contraía con cada embestida, como si quisiera arrancarle el pene.
Jadeó al golpear de nuevo, haciendo temblar a la mujer.
No había forma de ver su rostro; ella se había aferrado a su cuello, usando su hombro de apoyo.
—Por-por favor, no pares.
Pidió ella. Varkas gruñó ante la lucha entre detenerse o continuar, pero, al segundo, las caderas de ella se movieron, golpeándose contra su pelvis, haciendo que su miembro entrara más profundo.
Hace mucho había perdido el raciocinio de lo que estaba haciendo. La tenía en sus brazos, como siempre la deseó, pero esa sed estaba lejos de saciarse.
Quería más.
Más, más, más y más.
Todo de ella.
Suya…
Que fuera solo él.
Thalia mordió su hombro ante las embestidas que acabaron por golpear con fuerza su interior. Su cuerpo convulsionó y una corriente le recorrió la columna.
Perdida ante el extraño hormigueo que comenzaba a crecer en su vientre bajo, echó la cabeza atrás, tratando de respirar por la boca. Pero no esperó ese muslo extraño abusar de sus labios, Varkas, con la lengua, lamió sus labios sin dejar de golpearse en su interior.
— Duele.
Atinó a decir, cuando los movimientos bruscos lastimaron su espalda. Al instante, él la alejó de la carroza; aún dentro de ella, subió a la carroza cubierta por telas grandes, sin dejar de abrazarla. En el espacio libre se sentó en el suelo, dejándola en su regazo.
—¿Segura que estás bien?— volvió a preguntar, poco convencido por su respuesta anterior.
Ella asintió, aún aferrada y escondida en su cuello.
—Mirame.
Thalia se estremeció ante ese cambio de voz. Lentamente se apartó un poco y alzó la mirada.
—¿Estás bien?
Reiteró al ver su rostro descompuesto.
Y Thalia solo asintió, sin dudar esta vez en volver a besarlo.
Oh, Dios…
Abrázame de nuevo, por favor.
No supo cuántas veces había perdido el juicio, ni cómo su cuerpo deseaba ese cosquilleo que le quemaba por dentro.
Varkas no dudó en aferrarse a su cintura mientras la impulsaba a moverse. Con poca capacidad de pensar, Thalia actuó solo por instinto, se movió encima, bajando y subiendo lentamente. Se alejó de sus labios cuando esas manos grandes, en su cintura, la hicieron sentarse de golpe. Una corriente le erizó la piel a lo largo de la columna; agitada, se apoyó en el pecho duro de él. Su rostro no era diferente, esos ojos, furiosos y agitados, la miraban fijamente. Su cara ardió en vergüenza al caer en cuenta en la posición obscena en la que estaba, desnuda en el regazo de Varkas, mientras que él aun tenia el uniforme puesto, solo en la parte inferior se había bajado hasta las rodillas los pantalones. Aprecio como el sudor caía de su frente a su mandíbula gruesa; como ese cabello se le pegaba a la frente, y al final el interior de la carroza se llenó de su aroma, un toque dulce y picante.
No supo en qué momento perdió las fuerzas en las piernas, y, antes de darse cuenta, quien empujaba su cuerpo hacia arriba no era más que el hombre frente a ella, que la había apretado contra su peso; con los pies plantados en el suelo, embestía en su interior.
Thalia sintió un tirón en el vientre que la hizo doblarse allí mismo; no comprendió lo que significaba, pero lo disfrutó.
Los golpes de sus cuerpos se volvieron descontrolados, como si quisieran fundirse más allá, el calor, el ardor y el placer solo aumentaban la desesperación de sus cuerpo por buscar el climax.
Perdió la cuenta de cuántas veces Varkas había abusado de sus labios, ni de las veces en que su interior volvió a sentir ese tirón. Perdida en todas las emociones, se aferró a su cuerpo, sin ser consciente de cómo sus uñas se hundían en esa piel dura.
Solo atinó a expulsar aquellos sonidos que nunca antes había lanzado. Y, antes de caer en conciencia, las sacudidas en su interior se encendieron; de un momento a otro, algo caliente barrió su interior. La extraña sensación ardió y hormigueó por dentro.
Con el cuerpo pesado, su interior entró en un trance, queriendo recuperarse, pero no pudo del todo. Ella siempre se dejó hacer hasta que, de pronto, sus rodillas tocaron el suelo y su cuerpo quedó sobre una capa que él siempre cargaba.
¿Qué hacía ahí?
Pero, sin caer en cuenta, con las rodillas y las manos en el suelo, él, desde atrás, regresó a su interior. Thalia no pudo hacer más que gemir. El pecho pesado atrás la violentaba; la piel caliente de Varkas se hizo una con su columna. El peso de él le hacía temblar las rodillas, pero esa mano apretó su cadera, empujándola hacia atrás, y ella solo pudo jadear, buscando respirar, mientras el aliento de él se sentía por encima de su cabeza; podía escuchar claramente sus jadeos.
Perdió todo sentido…
Y, antes de darse cuenta, nuevamente esa mano caliente se asentó en su vientre, antes de que cayera al suelo, sin poder sostenerse en sus manos.
Pero algo estaba claro, desde esa noche ya no había marcha atrás…
Menos cuando, la noche siguiente, él la buscó en su tienda de campaña. Aunque era algo carnal, no necesitaban palabras, solo unir sus cuerpos para calmar ese deseo que les quemaba las entrañas.
Estaba muy mal…
¿Y qué?
Al menos esto, solo al menos esto, quería de él.
Y mientras pudiera conservar la huella de sus manos recorriendo, sin mesura, cada centímetro de su cuerpo… o esos labios mordiendo los suyos mientras se golpeaba en su interior… o esas manos grandes que habían tomado ánimo para masajear su pecho mientras la embestía contra la cama.
Las veces que él calló sus gemidos con su mano, aunque el anhelo, a la vez, de dejarla gemir.
Y eso se volvió una rutina de la que no estaban dispuestos a parar.
Porque ya no había marcha atrás.
La caravana que dio inicio con el fin de bendecir los próximos matrimonios, ahora se había convertido en un escape para dar rienda suelta a sus deseos carnales.
¿Al menos no deberían ser más humanos?
Se preguntó al ver a ese hombre dormir frente a ella, la mejilla aplastada contra la almohada, después de terminar. Aunque sintió incomodidad en la parte baja por el líquido que se había regado entre sus muslos…
Extendió los dedos, apartando los mechones de cabello que caían en sus ojos.
Quién diría que lo que empezó con una provocación, ahora un año después los tenía en ese lugar…
Y cómo el cambio del destino se encargó, esta vez, de estar de su lado.
Solo un poco más de un año, el día que unas bestias habían atacado el campamento, se encontraba con Varkas en esa carroza.
La ansiedad y la angustia subieron de golpe al ver cómo esa espalda que la había abrazado hacía solo momentos desaparecía de su campo de visión. Sus pies se movieron y corrió por donde había ido, pero cayó al suelo ante el chillido de una bestia alada que, ante el dolor de su muerte cercana, rompía sus tímpanos. Alzó la mirada solo para ver cómo la bestia era clavada en el suelo… pero entonces más de una apareció.
Su cuerpo se congeló al ver cómo el monstruo se asentaba de golpe en el suelo. Sus piernas temblaron. Lo llamó y gritó su nombre, pero no lo veía por ningún lado. El miedo de que fuera tragado o herido la hizo llorar en silencio, con un terror que le erizaba la piel. Y, antes de darse cuenta, unos brazos la tomaron desde atrás. Giró de golpe y sintió que el mundo se le caía al verlo con el rostro molesto, quizá por su desobediencia. Pero la sangre en su rostro la llenó de angustia al pensar que fuera suya. Antes de que pudiera preguntar, él la cargó en sus brazos, apresurando el paso, llegando de nuevo a donde la había dejado en primer lugar. Pero, antes de pedirle que se quedara con ella, apareció su escolta guardián. No supo de dónde había salido, pero la voz grave de Varkas dio una orden clara.
“No la dejas salir de aquí”.
Varkas lo dijo con voz fría. Edric, con signos de batalla, asintió sin dudar.
Thalia no pudo seguir a Varkas cuando él le dio una última mirada antes de partir, dejándola con su escolta. Este la retuvo con el cuerpo cuando intentó apartarlo para ir tras Varkas. No pudo hacer más, con el cuerpo débil y las emociones encontradas, perdió fuerza; la vista se le nubló antes de desmayarse.
Cuando despertó, el cielo oscuro que anunciaba muerte y desgracia había desaparecido, dejando entrar a su lado una luz brillante, filtrada a través de las cortinas de su carruaje. Se sentó en el asiento, tratando de recordar qué había pasado, pero al bajar la vista vio la túnica que yacía sobre sus muslos.
No fue un sueño.
Asomó la cabeza por la ventana y su piel se erizó al ver que la mayor parte del campamento había sido destruida.
“Varkas…”, apenas llamó al no verlo por ningún lado.
Los pensamientos, el recordar cómo esas bestias devoraban a unos soldados… y si…?
Salió del carruaje.
Corrió de un lado a otro buscándolo, pero no dio con él. Solo entonces vio a una multitud reunirse; cuando se acercó, pudo ver que era el carruaje que usaban sus medios hermanos.
Se quedó a la distancia, observando cómo algunos sirvientes lloraban con pesar.
¿Qué había pasado?
Se mordió los labios. No estaba para pensar en eso, tenía que buscar a Varkas. Pero, antes de girar e ir por otro camino, una mano desde atrás apretó su cintura baja. Se detuvo. Entonces alzó la cabeza, viéndolo esta vez.
Él, con la capucha, la miró desde arriba y la arrastró a un lado más apartado.
Solo entonces cayó en cuenta de lo que había pasado, y no lo pudo creer al cubrirse la boca con la mano al escuchar la situación que Varkas explicaba ante sus dudas.
La trágica noche no solo había arrebatado la vida de muchos, sino que el príncipe heredero, que estaba celebrando una fiesta con mujeres, fue de los primeros en ser atacados. Como consecuencia, encontraron su cuerpo desmembrado, como si la bestia solo estuviera jugando con su cadáver. Solo atinaron a recogerlo en un ataúd improvisado, no sin antes echarle hierbas para que no se pudriera más. Pero no solo eso, cuando Varkas le comentó lo que le había pasado a su hermana mayor, en su momento no negaría que había deseado matarla o que se muriera, no sintió ni la mínima satisfacción al escuchar que el cuerpo de la Primera Princesa, Ayla, había sido devorado. Solo cuando Varkas mató a la bestia y le abrió el vientre pudieron rescatar su cuerpo, pero no pudieron hacer nada más, el daño era irreversible; las garras habían perforado su tórax.
Sus dos medios hermanos estaban muertos, pero no sintió ni la mínima felicidad ante aquello. Al contrario… ¿sería tristeza?
El corazón se le apretó. Quizá solo por la compasión trágica por sus muertos; solo a eso pudo atribuirlo. No se resistió cuando Varkas la llevó de nuevo a su carruaje.
Desde ese día partieron al imperio. En los días siguientes, Varkas no dudó en buscarla cada noche; la forma en que, de la nada, en su cama, sentía unos brazos fuertes rodear su cadera y el aliento caliente de unos labios besar su nuca desde atrás.
Y ella, sin duda, lo recibió.
Pero tuvieron que separarse cuando el imperio se mostró ante ellos.
Thalia, en su palacio, caminaba de un lado a otro, preocupada. Apenas llegaron, Varkas fue a ver al emperador; probablemente lo castigarían por no haber protegido a sus medios hermanos. Pero no era culpa de Varkas, fue un ataque desafortunado… o eso quiso creer. Por dentro, sabía que, si su madre estaba implicada, las cosas cambiarían.
Se mordió la uña con angustia.
No había sabido de Varkas desde el día anterior, cuando se separaron, y no tenía muchas noticias. Solo fue a la mañana siguiente que se entero que el castigo no fue más que quitarle el cargo de Comandante General Imperial.
Aunque se presentó ante el palacio de su padre para reclamar por un castigo tan injusto, el emperador nunca la recibió.
Una nueva noticia llegó a sus oídos ese mismo día.
El emperador había pedido a Varkas que, ante la ausencia de Ayla, Thalia pasara a ser su prometida.
Era evidente que el emperador no iba a permitir perder el poder que le brindaba el ducado Sierkan. Menos cuando aun tiene a un heredero varón para asumir el cargo. Atrhos.
Y aunque una emoción le subió ante la noticia, menguó al instante en que por sus oídos llego la otra parte del escandalo, el hecho de que el Duque del Éste dijo que aún no podía aceptar la propuesta del emperador.
Aunque hubieran compartido sus cuerpos, eso no significaba que él la aceptara, ¿no?
Apretó los labios y, con paso lento, regresó a su palacio. Al llegar y bajar del carruaje, lo vio…
Y ahí estaba parado frente a la entrada, como si la hubiera estado esperando todo ese tiempo. Con paso indeciso, se acercó hasta quedar uno frente al otro. Varkas ya no lucía el uniforme de comandante general; en su lugar, llevaba un traje negro con bordes dorados y una capa que mostraba la insignia de su casa.
Sí, lo recuerda bien…
Ese mismo día, ese mismo hombre le propuso matrimonio. Ahora yacía dormido a su lado; la mano en su cadera subía y acariciaba como un hábito que había ganado desde que su vientre comenzó a crecer. Thalia bajó la vista, su vientre desnudo, hinchado; a su bebé le faltaba poco por nacer. Una felicidad colmó su corazón al sentir cómo su bebé golpeaba justo donde su padre tenía la mano, como si quisiera apartársela. Pero, al levantar la mirada, solo vio a Varkas seguir durmiendo, inconsciente, mientras acariciaba su vientre y su hijo le golpeaba la mano en ese lugar.
El pecho se le sintió cálido.
Quizá demoró mucho, pero al final iban a ser una familia. Y, aunque les costó exponer sus sentimientos, ahora yacían allí como una pareja de esposos que esperaba a su bebé.
Thalia solo tenía algo claro, si esta era la recompensa por todo el sufrimiento que vivió en su momento, estaba segura de que lo pasaría de nuevo si, al final de todo, volvía a estar al lado del hombre que amaba… y, aún más, con el bebé que ambos esperaban con anhelo.
Sí, en esta vida llena de felicidad, ya quedaba marchar hacia su felicidad hasta el fin de sus vidas.
THE END








