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Los seis días de Victoria

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Sinopsis

Hay amores que no se nombran porque se viven con la naturalidad del aire, y el peligro de no confesarlos es dejarlos a merced del silencio. Y de la intromisión del mundo.

Genero:
Romance
Autor/a:
jrjpvelardez
Estado:
hace 9 días
Capítulos:
9
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Prólogo

Los seis días de Victoria

Victoria abrió los ojos y no supo dónde estaba. Un cielo gris sucio, de amanecer de ciudad, ni noche ni día, esbozaba apenas siluetas borrosas, que se confundían en ese punto donde todo parece más feo. Y más verdadero. El frío le subía desde la piedra como una humedad rancia, insistente, que se le había metido en la espalda y en los huesos. Parpadeó despacio hasta que las formas comenzaron a recuperar sus bordes. A su lado se levantaba una puerta alta de madera oscura, cerrada; una iglesia. No recordaba haber llegado a ese lugar. Tampoco recordaba el camino.

Se incorporó apoyando una mano en el escalón, pero las piernas le dolían y una punzada en la espalda la obligó a detenerse. Entonces apareció el dolor en el centro del pecho: un peso hondo, como si algo se hubiera hundido ahí y no encontrara manera de salir. Victoria llevó la mano al lugar y presionó con los dedos, esperando que el contacto frenara aquella sensación, pero solo consiguió sentir el golpe acelerado, desordenado, de los latidos bajo la palma.

Miró sus manos. Tenía tierra debajo de las uñas y algo más oscuro, negro, secándose en los pliegues de la piel. Se refregó los dedos entumecidos y se dio cuenta de que tenía las uñas quebradas, algunas hasta la carne, y las palmas rojas, abiertas en pequeños cortes. No supo qué había hecho, ni dónde había estado. Intentó calentarse las manos con el aliento, pero el frío seguía ahí, inmóvil, como si la piedra se lo hubiera cedido al cuerpo entero.

El silencio de la calle duró apenas unos segundos. El rugido pesado del motor de un colectivo, precedido por el chirrido agudo de los frenos, le llegó primero como si viniera de otra cuadra, de otra ciudad, y un instante después, tan cerca que pudo sentir el aire caliente del motor contra la cara. Algo se contrajo con violencia en su garganta. Siguió al colectivo con la mirada hasta verlo alejarse y solo entonces advirtió a una mujer que barría la vereda al otro lado de la calle, empujando la escoba con la paciencia de quien llevaba años barriendo la misma tierra, la misma basura de cada amanecer.

La mujer levantó la vista y la miró largo rato.

—¿Está bien?

Victoria no contestó. No habría sabido qué responder.

La mujer bajó los ojos hacia las manos de Victoria, después hacia su ropa, pero no dijo nada más. Volvió a barrer y cada tanto levantaba la cabeza hacia ella.

La ciudad seguía. El tiempo seguía.

Bajó la mirada hacia los escalones y comprendió que había pasado la noche tirada en ese lugar, a la intemperie, frente a una iglesia cerrada, convertida durante unas horas en una extraña sin casa. Se llevó una mano al cuello y tocó la piel, buscando una prueba física de que seguía siendo ella misma. Llevaba la misma ropa que la noche anterior, aunque el abrigo estaba impregnado de humo, polvo, y un hedor metálico y dulzón. El cabello estaba enredado, pegado a la frente; la boca seca y un gusto espeso, amargo, pegado a la lengua.

Se puso de pie con cautela. El mundo se movió un poco bajo sus pies y tuvo que apoyar la mano en la pared de la iglesia para recuperar el equilibrio. La piedra era áspera, fría, real. Victoria mantuvo la palma contra ella durante unos segundos y miró nuevamente la puerta cerrada, tratando de encontrar en aquel edificio alguna explicación para su presencia.

Apretó los labios sin darse cuenta.

—¿Qué pasó? —preguntó, pero la voz le salió baja, quebrada, y nadie respondió.

Miró hacia la calle como si buscara alguna respuesta, pero solo vio a la mujer barriendo, la línea de autos que empezaba a formarse, el semáforo cambiando de color y un perro flaco husmeando una bolsa de basura. Todo parecía ocurrir con un segundo de retraso, como si imagen y sonido no encajaran del todo: veía doblar un auto y el ruido del motor llegaba después; escuchaba una voz cercana sin ver a nadie hablar. Parpadeó y apretó los ojos, pero cuando volvió a abrirlos la calle seguía allí, idéntica, entregada a la rutina del amanecer.

Metió la mano en el bolsillo del abrigo y sacó el teléfono con dedos torpes. Quiso encenderlo, pero la pantalla permaneció en negro.

No sabía cuánto tiempo había pasado. No sabía cómo había llegado hasta la iglesia, si había corrido o caminado, si se había golpeado, si había llorado o gritado. Tenía la sensación de que algo había sucedido, pero en su memoria no había una historia, solo fragmentos inconexos. Trató de respirar hondo y el aire le dolió en el pecho.

Bajó los escalones hasta la vereda y vio su reflejo quebrado en un charco. Se detuvo ante la imagen de aquella mujer pálida, ojerosa, con los ojos tan hinchados que apenas parecían suyos. Apartó la mirada.

Caminó sin rumbo al principio. Después el cuerpo eligió por ella y empezó a llevarla hacia su casa, o hacia lo que todavía conservaba de esa idea. Mientras caminaba, la ciudad fue encendiendo su maquinaria: autos, bocinas, conversaciones cortas en las paradas, el olor a café que salía de un bar, humo mezclándose con el aire frío. Todo lo cotidiano era ofensivo. Cada normalidad era una especie de traición. A ratos el ruido de la calle se apagaba hasta ser un murmullo lejano, y Victoria veía las bocas moverse, los autos avanzar, las puertas abrirse con un retraso extraño, como si el ruido tardara en alcanzarla; después todo regresaba de golpe, fuerte, cerca, y un zumbido le llenaba los oídos hasta obligarla a detenerse contra alguna pared.

Victoria cruzó una avenida mirando ambos lados dos veces. Al llegar a la vereda de enfrente descubrió a una mujer observándola desde la puerta de una panadería. Continuó caminando, pero la mujer no apartó los ojos; giró la cabeza hacia el interior del negocio y llamó a alguien. Un hombre apareció detrás de ella y los dos permanecieron en la entrada, siguiéndola con la mirada mientras se alejaba. Más adelante, dos hombres que conversaban junto a un automóvil dejaron de hacerlo cuando pasó frente a ellos. Uno bajó la vista hacia las manos de Victoria, y el otro giró la cabeza para seguirla. Sintió una vergüenza infantil sin entender por qué. Su malestar estaba a la vista, adherido al abrigo, a la suciedad de las manos, a los ojos hinchados. No necesitaba explicación.

Aceleró el paso. No quería que nadie la detuviera. No quería tener que hablar. No quería escuchar su propia voz diciendo “no sé”.

No sé qué pasó.

No sé dónde estoy.

No sé si…

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