👑Prólogo👑
Para la familia de Iris, el silencio no era una alarma; era la norma. Desde que se mudaron a Heatherfield, las interacciones en casa se limitaban a notas adhesivas en la nevera y puertas cerradas. Su padre vivía sumergido en turnos de oficina interminables y su madre habitaba en su propio universo desapegado.
A sus veinte años, tras haber terminado la escuela, Iris había decidido tomarse un año sabático antes de la universidad. Quería dedicarse por completo a su pasión: la exploración urbana y la fotografía documental. Que empacara su mochila, colgara su cámara Réflex al cuello y desapareciera durante tres o cuatro días seguidos no levantaba una sola ceja en su hogar. Nadie iba a notar su ausencia.
Aquella tarde gris, su objetivo era el viejo distrito industrial de la zona portuaria. Encontró lo que buscaba en una imprenta abandonada de los años sesenta: cristales rotos, vegetación abriéndose paso entre el concreto y una luz crepuscular perfecta filtrándose por el techo colapsado.
Iris encuadró la toma. *Click*.
Ajustó el diafragma de la lente mientras se adentraba en el sótano del edificio, guiada por el instinto de exploración. El aire allí abajo cambió de golpe; ya no olía a humedad y óxido, sino a ozono y a un aroma dulce, casi floral, que no encajaba con el entorno. Al fondo del pasillo, donde debería haber una pared de ladrillos, la realidad parecía romperse.
Una distorsión elíptica de luz verde parpadeaba silenciosa, como un neón defectuoso flotando en el aire. Iris, fascinada y bloqueando el miedo con la adrenalina de la curiosidad, levantó la cámara. Pegó el ojo al visor, enfocó el centro de la anomalía y disparó el obturador.El destello del flash reaccionó con la energía inestable del portal.
El aire succionó el oxígeno de sus pulmones. El suelo desapareció bajo sus botas y, antes de que pudiera gritar, el sótano de Heatherfield se desvaneció, arrastrándola hacia un vacío de gravedad cero que olía a tierra mojada y a tormenta inminente.
Cuando el impacto contra el suelo de piedra le devolvió el sentido, Iris no vio las vigas de la imprenta. El techo sobre ella era una cúpula colosal de arquitectura orgánica y gótica, iluminada por antorchas de fuego verdoso.
—¿Qué es esto...? ¿Un libro de fantasía? —susurró para sí misma, con la voz pastosa, mientras se ponía de rodillas. Su mano buscó desesperadamente la correa de la cámara; por fortuna, seguía intacta.
—Una descripción audaz para alguien que acaba de invadir mi palacio —resonó una voz de barítono, arrastrada y gélida, desde lo alto de una escalinata.
Iris levantó la vista. Al final de los peldaños de piedra, sentado en un trono que parecía esculpido en raíces negras, la observaba un hombre. Su aspecto desafiaba cualquier lógica: cabello extremadamente largo y rubio platino recogido en trenzas intrincadas, túnicas de un misticismo aristocrático y unos ojos fríos, de un verde hipnótico. Aparentaba poco más que sus propios veinte años, pero proyectaba la autoridad de quien ha gobernado durante siglos.
Phobos hizo una sutil señal con la mano, deteniendo a los guardias que se aproximaban con intenciones hostiles. Bajó los escalones con una elegancia felina, deteniéndose a un par de metros de ella. Su túnica rozaba las baldosas de piedra.
—¿Quién eres? —repitió Phobos, arqueando una ceja. Su tono era de una condescendencia afilada—. ¿Cómo has cruzado la brecha?
—Yo... solo estaba tomando fotos. Había una distorsión en el sótano del edificio abandonado —respondió ella, poniéndose de pie con cuidado y asegurando el agarre de su Réflex—. Cayó un destello de luz y terminé aquí. Esto no es Heatherfield, ¿verdad?
Phobos fijó sus ojos verdes en el artefacto que ella sostenía como un escudo. Con un movimiento rápido de sus dedos impregnados de energía, la cámara levitó, zafándose de las manos de la chica para flotar directamente hacia él.
El Príncipe la examinó con genuina curiosidad matemática, presionando el botón de reproducción. La pantalla digital se iluminó, mostrando las secuencias del plano urbano, los callejones y la ubicación exacta del portal del otro lado.
Una sonrisa gélida y calculadora transformó el rostro del tirano. Al ver la fecha y la libertad con la que la chica se movía por la ciudad sin que nadie la reclamara, vio la oportunidad perfecta.
—Una herramienta fascinante. Y una creadora sumamente observadora —dijo Phobos, haciendo que la cámara descendiera suavemente de vuelta a las manos de ella—. No te ejecutaré.
A diferencia de los súbditos de Meridian, Iris no se encogió de miedo; en sus ojos solo había la mirada analítica y fascinada de una documentalista procesando lo imposible. A Phobos, el Príncipe de Meridian, esa falta de terror le resultó un insulto magnético. En lugar de arrojarla a las mazmorras, ordenó escoltarla a un ala de invitados, intrigado por la extraña tecnología que portaba y su inusual templanza.
Durante tres días, Iris habitó el castillo. Recorrió pasillos de elípticas verdes y tomó fotos de la imponente arquitectura. Sin embargo, el paisaje exterior la perturbaba: la atmósfera era pesada, el cielo violáceo y la vegetación fuera de los muros parecía marchita, como si el mundo entero estuviera muriendo lentamente.
La tercera noche, Phobos la invitó a cenar en el gran comedor. La mesa estaba repleta de manjares exóticos, pero el ambiente seguía siendo gélido.
—Tu mundo es fascinante, Phobos... pero es increíblemente sombrío —comentó Iris, dejando su cámara a un lado y mirando a través de los altos ventanales—. Las plantas fuera parecen muertas y la gente en el pueblo se ve asustada. ¿Siempre ha sido así?Phobos dejó su copa de vino en la mesa, fingiendo una sombra de dolor y melancolía en su mirada. Apoyó los codos y entrelaza sus dedos, adoptando una postura de calculada vulnerabilidad.
—No, Iris. No siempre fue un páramo —miente con voz aterciopelada—. Meridian era un reino de luz. Pero hace trece años, cuando mi hermana menor apenas era una recién nacida, una facción de rebeldes traidores la secuestró y la exilió a tu dimensión.
El Príncipe se puso en pie, caminando hacia el ventanal para darle la espalda, ocultando la fría sonrisa de satisfacción que amenazaba con delatarlo.
—Ella es el corazón de este mundo, la legítima heredera. Desde el día en que se la llevaron para usarla como peón, la tierra comenzó a morir, la magia a corromperse y el cielo se volvió oscuro. He dedicado cada día de mi vida a intentar localizarla para restaurar el equilibrio, pero las barreras entre dimensiones son casi impenetrables para mi magia. Solo sé que ahora debe tener unos trece años... pero no sé dónde está, qué nombre falso le dieron, ni cómo es su rostro.
Iris lo escuchó conmovida. Para ella, el hombre imponente y arrogante de los primeros días era en realidad un líder trágico que sufría por su pueblo y el vacío de su familia. Su instinto de exploradora y su empatía se activaron de inmediato.
—Yo puedo ayudarte —dijo Iris, levantándose de la silla con determinación—. Terminé la escuela y estoy en un año sabático; paso todo el día en las calles buscando lugares nuevos. Si tu hermana está en mi ciudad, yo puedo buscarla entre los institutos locales. No tengo nada más que hacer allí.
Phobos se giró lentamente, fingiendo sorpresa ante el ofrecimiento espontáneo.
—¿Harías eso por un mundo que apenas conoces? —pregunta, acercándose a ella a pasos lentos.
—Sé lo que es tener una familia a la que no le importas... pero la tuya te necesita —respondió Iris con firmeza—. Solo necesito una forma de volver aquí para decirte lo que encuentre.
Phobos sonrió internamente; el anzuelo había sido tragado por completo. De entre sus ropajes, extrajo un pequeño relicario de plata con un cristal verde incrustado en el centro.
—Este cristal reaccionará cuando yo lo decida, abriendo un acceso temporal en el mismo edificio donde caíste —explicó Phobos, colocándolo en las manos de Iris. Sus dedos rozaron los de ella, enviando un escalofrío de anticipación por su columna—. Encuéntrala, documenta sus rostros con tu aparato y tráeme respuestas. Salva a mi reino, Iris.
Iris asintió, aferrando el amuleto contra su pecho, sin saber que acababa de convertirse en el caballo de Troya del peor tirano de Meridian.
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