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El gran despertar

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Sinopsis

El gran despertar dejó al 99.5% de la población en pésimas condiciones, nadie sabe como ó donde comenzó, tampoco quién fue la primera persona ó como se transmitió tan rápido entre los continentes, sólo se sabe por la minoría de sobrevivientes deben tener cuidado de no toparse con los 'conscientes' y aquellos seres celestiales llamados 'ángeles'. Aquí comienza, "el gran despertar".

Genero:
Horror
Autor/a:
Una tal T
Estado:
hace 4 días
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: El eco de la primera trompeta

El frío la atrapó primero, denso y opresivo, seguido por el peso insoportable de toneladas de agua presionando contra su cuerpo. Francisca intentó gritar, pero de su boca solo escaparon burbujas plateadas que ascendían como fantasmas hacia una superficie inalcanzable. La luz del sol moría allá arriba, disolviéndose en un verde esmeralda que pronto se convirtió en la más absoluta oscuridad. Sus pulmones exigían oxígeno, un ruego violento y desesperado que terminó por quebrar su resistencia. Al abrir la boca, el agua salada invadió sus vías respiratorias, quemando como fuego líquido. No era la primera vez que moría así. El crujido de la madera de un galeón antiguo deshaciéndose bajo la furia de una tormenta y el eco de gritos atrapados en un océano de hace tres siglos resonaron en los rincones más profundos de su mente.

Francisca abrió los ojos de golpe, incorporándose en la cama con una bocanada de aire salvaje que le desgarró la garganta.

Estaba temblando de pies a cabeza, empapada en un sudor frío que pegaba las sábanas a su piel. Se llevó las manos al cuello de forma espasmódica, presionando la tráquea con los dedos, asegurándose de que el aire real entraba y salía de su cuerpo. Miró a su alrededor con los ojos desorbitados: el techo de yeso blanco, la silueta familiar de su armario empotrado, el parpadeo verde del reloj digital en la mesita de noche que marcaba las seis de la mañana de un martes cualquiera. Todo estaba en su santo lugar.

—Solo fue un sueño... otra vez —murmuró, aunque la certeza de sus propias palabras sonaba hueca, casi ridícula.

Llevaba toda la vida atrapada en ese laberinto de recuerdos ajenos.

Cuando tenía cinco años, sus padres la llevaron al psicólogo porque insistía en describir con detalles quirúrgicos cómo era vivir en la cubierta de un barco mercante del siglo XVIII o el pánico de correr por los pasillos inundados de un buque a vapor que se hundía a mitad de la noche profunda.

Los médicos hablaron de una imaginación hiperactiva y de trastornos del sueño inventados. En la adolescencia, las etiquetas cambiaron a ansiedad generalizada y despersonalización, acompañadas de un cóctel de pastillas que solo lograban adormecer sus músculos, pero jamás sus visiones.

Francisca sabía perfectamente que aquello no era una patología mental. Sus déjà vu no eran fallas en el lóbulo temporal de su cerebro; eran las cicatrices vivas de un alma milenaria que se negaba a pasar por el filtro del olvido antes de cada reencarnación. Había sido hombre, había sido mujer, había muerto ahogada, aplastada, perseguida, incluso asesinada por alguien de ‘confianza’.

Era una viajera eterna del tiempo que cargaba con el peso muerto de mil existencias rotas.

Tratando de calmar los latidos desbocados de su corazón, apartó las sábanas húmedas y plantó los pies descalzos sobre el suelo frío de madera. Necesitaba agua. El sabor a sal de su pesadilla seguía impregnado en la parte posterior de su lengua con una fidelidad aterradora.

Caminó con pasos vacιlantes hacia el baño y giró la llave del lavamanos. El agua fluyó de inmediato con un torrente cristalino y ruidoso. Francisca recogió el líquido con ambas manos, hundiéndose el rostro en la frescura bendita de la normalidad. Bebió un trago largo directamente de la corriente, dejando que el frío apagara el incendio interno de su garganta. En ese preciso instante de paz cotidiana, nada en el planeta sugería que la cuenta regresiva para la extinción de la especie humana ya había comenzado.

El agua corriente seguía allí, las luces de la ciudad funcionaban y el mundo giraba con la inercia perezosa de un día laboral.

Cuando regresó a la habitación, un sutil cambio en la atmósfera la hizo detenerse en seco. No fue un sonido, sino la ausencia total de ellos. El rumor lejano del tráfico de la gran avenida que solía empezar a esa hora se había extinguido por completo. El canto temprano de los pájaros en el jardín del edificio simplemente se evaporó. Un silencio espeso, casi sólido, se filtró por las rendijas de las ventanas.

Francisca sintió que la presión del aire cambiaba bruscamente, provocándole un zumbido agudo en los oídos. Una extraña intuición, un chispazo de esas líneas temporales alternativas que a veces se abrían en su mente como visiones fragmentadas, la obligó a encender el viejo televisor que descansaba sobre la cómoda.

La pantalla parpadeó un par de veces con estática gris antes de sintonizar una señal de emergencia internacional. La imagen que apareció en pantalla heló la sangre de Francisca de un modo que ninguna de sus memorias de muerte había logrado jamás. La presentadora habitual de las noticias no estaba en el estudio; se encontraba en una terraza elevada, con el cabello desordenado por el viento y el rostro desencajado por un pánico puramente animal. Detrás de ella, las calles de Ginebra eran un caos absoluto de vehículos colisionados y personas que corrían sin rumbo fijo, tapándose las orejas o cayendo de rodillas sobre el pavimento.

—...rogamos a la población que mantenga la calma y no salga de sus hogares... —la voz de la periodista salía entrecortada, compitiendo con un sonido de fondo que recordaba al rugido sordo de una maquinaria colosal—. No tenemos confirmación de ataques bélicos, pero los radares globales reportan anomalías atmosféricas masivas sobre las principales capitales de los cinco continentes. Repetimos, los sistemas de comunicación por satélite están colapsando de manera sistemática. Las autoridades médicas reportan los primeros miles de fallecimientos fulminantes en hospitales y calles... personas que simplemente caen sin signos de violencia ni patologías previas. Dios nos perdone, esto no es una crisis…

La transmisión se interrumpió de golpe con un estallido de ruido blanco. La pantalla quedó sumida en un patrón de barras de colores que emitía un pitido monótono e insoportable.

Francisca dejó caer el control remoto sobre la alfombra. Corrió hacia el gran ventanal de su sala y descorrió los pesados cortinajes con un movimiento violento. El cielo de la mañana, que debió haber despertado con los tonos grises y rosados del amanecer urbano, se estaba transformando en algo completamente alienígena. Las nubes bajas se abrían en círculos perfectos, concéntricos, como si fueran apartadas por una mano invisible y colosal. A través de esas rupturas, la luz del sol fue reemplazada por un fulgor dorado, irreal y majestuoso que lo bañaba todo con una intensidad que no proyectaba sombras comunes. Era una luz sagrada, limpia, pero desprovista de cualquier rastro de calidez humana.

En la calle de abajo, el espectáculo era desolador. Decenas de personas habían bajado de sus autos abandonados en medio de la avenida. Nadie gritaba. Nadie tocaba la bocina. Todos, desde el ejecutivo de traje hasta el barrendero de la esquina, estaban congelados con la cabeza inclinada hacia el firmamento dorado.

Algunos comenzaron a caer de rodillas sobre el asfalto, uniendo las palmas de sus manos en un acto reflejo de adoración ancestral. Las lágrimas rodaban por sus rostros iluminados por la luz divina. Creían, en su bendita e ingenua ignorancia, que estaban siendo testigos de una salvación milagrosa, del fin de los sufrimientos del mundo moderno o del regreso de los mitos benévolos.

Francisca apoyó las manos en el cristal frío de la ventana, sintiendo cómo una vibración cósmica hacía temblar la estructura del edificio.

Ella no compartía el alivio de la multitud. Su alma vieja, aquella que había visto reinos alzarse y caer en el olvido, reconoció de inmediato la vibración del peligro absoluto. Las líneas del tiempo en su mente se agitaron con violencia, mostrándole flashes de un futuro devastado, de calles vacías llenas de polvo y monstruos con rostros conocidos que devoraban lo que quedaba de la decencia humana.

Fue entonces cuando aparecieron.

Descendiendo a través de los ojos de las nubes doradas, con una lentitud calculada y una gracia que desafiaba la gravedad de la Tierra, comenzaron a bajar las primeras figuras. Tenían proporciones perfectamente antropomórficas, cuerpos de una simetría geométrica tan exacta que resultaba insultante para la imperfección natural del ser humano. Sus pieles parecían esculpidas en el mármol más fino, destellando sutilmente bajo el resplandor celestial. Pero lo más imponente eran sus alas. Dos apéndices descomunales se batían a sus espaldas con movimientos rítmicos y firmes, cubiertos de plumas de un blanco tan inmaculado que lastimaba los ojos. Cada aleteo desprendía una estela de partículas brillantes que caían sobre la ciudad como una nieve de oro y ceniza.

Eran ángeles. Ángeles de un rango tan elevado que su mera presencia física distorsionaba la realidad a su alrededor.

La multitud en la calle prorrumpió en un llanto colectivo de júbilo. Un hombre mayor se despojó de su chaqueta y extendió los brazos hacia el ser que descendía directamente sobre la plaza central de la avenida. El ángel flotó a escasos tres metros del suelo, batiendo sus alas hermosas con una elegancia que congelaba el aliento de los espectadores. Su rostro era de una belleza andrógina y perfecta, con facciones talladas por la eternidad. Sin embargo, cuando Francisca enfocó la vista y logró observar los ojos de la criatura desde su ventana del cuarto piso, un vacío helado se abrió en su estómago.

No había compasión en esos ojos divinos. No había amor, ni misericordia, ni la tan ansiada paz.

Eran dos esferas de una luz fría, implacable y carente de toda empatía. El ángel miraba a la multitud de la misma forma en que un cirujano mira un tejido canceroso que está a punto de extirpar de un cuerpo enfermo. Aquello no era el inicio de una era de paz; era la ejecución formal de la primera etapa de la "Operación Fin de la Humanidad". El Gran Padre Celestial había emitido la orden de limpieza y sus ejecutores más bellos y letales acababan de llegar para reclamar el planeta.

A pocos metros del ángel de la plaza, un hombre que estaba de rodillas se desplomó hacia adelante sin emitir un solo quejido. Su cuerpo quedó inerte sobre el pavimento. Segundos después, una mujer que sostenía a su hijo pequeño sufrió el mismo destino; sus ojos se pusieron en blanco y cayó de costado, dejando al niño llorando sobre su pecho inmóvil.

La muerte de la que hablaba la televisión no requería de armas ni explosiones. La sola frecuencia de la presencia divina de los ángeles de alto rango estaba apagando las vidas humanas como quien sopla una vela débil. El 99.5% de la población mundial poseía un diseño biológico y espiritual que no podía resistir la vibración de la energía celestial pura. Estaban muriendo en masa, borrados del mapa biológico en cuestión de minutos porque pertenecían a religiones, filosofías y culturas que jamás habían sido del agrado de Dios. Para el Gran Padre Celestial, el resto de la humanidad era un recordatorio de su mal juicio.

Sin embargo, no todos los que cayeron permanecieron inmóviles.

Francisca observó con horror absoluto desde su ventana cómo un pequeño y selecto grupo de personas, aquellos conocidos en el vecindario por su devoción extrema, sus rezos fervientes y su fe inquebrantable en el Dios único, comenzaron a sacudirse en el suelo. Pero no era una agonía ordinaria.

Los huesos de sus extremidades crujieron de una manera desagradable, estirándose y reconfigurándose bajo la piel para volverse más altos, más imponentes, más letales. Sus rostros perdieron cualquier rastro de calidez o flaqueza humana, endureciéndose como la piedra de un templo antiguo.

Cuando estos creyentes devotos volvieron a abrir los ojos, la esclerótica se había vuelto de una oscuridad absoluta, rota únicamente por una pupila que destellaba con una lucidez fría e implacable.

Habían dejado de ser simples mortales. Eran los "Conscientes". Los elegidos de Dios que habían sido transformados y bendecidos con una mutación nefasta para actuar como el brazo armado de los cielos en cada uno de los continentes. A diferencia de las masas infieles que yacían muertas en el asfalto, este pequeño grupo de fieles conservaba una inteligencia retorcida, una fuerza descomunal y una sola directiva sagrada grabada en sus mentes: cazar, perseguir y erradicar hasta el último rastro de los supervivientes que, por alguna anomalía biológica o espiritual, habían resistido la primera onda de la purga divina.

Los Conscientes se pusieron en pie al unísono, coordinados por una mente colmena celestial. Con una velocidad espantosa, comenzaron a abalanzarse sobre los pocos rezagados que gritaban de terror en las calles. La cacería de la fe había comenzado.

Francisca retrocedió un paso, apartándose de la ventana mientras el caos estallaba finalmente en la avenida de abajo. En medio de ese torbellino de sangre, divinidad y masacre que ocurría al otro lado del cristal, sintió que el tiempo se ralentizaba a su alrededor. El ruido de la calle pareció amortiguarse, como si una campana de cristal hubiera caído sobre su apartamento.

Una corriente de aire inusualmente cálida entró por las rejillas de ventilación, trayendo consigo un olor penetrante a ozono, flores marchitas y ceniza volcánica. Las luces parpadeantes del televisor se apagaron por completo, sumiendo la estancia en una penumbra rota únicamente por el resplandor dorado que entraba desde el exterior.

Francisca giró la cabeza con lentitud, impulsada por un instinto que no pertenecía a su cuerpo actual, sino a las alertas grabadas en su alma milenaria a lo largo de los siglos.

En el cielo, justo frente a la ventana de su cuarto piso, flotaba una figura que se diferenciaba de los demás ángeles que supervisaban a los Conscientes en la avenida. Su tamaño era superior y la envergadura de sus alas inmensas duplicaba la de los soldados celestiales de abajo. Las plumas de este ser no eran puramente blancas; tenían sutiles reflejos de un tono gris tormenta en los bordes, un detalle que delataba un estatus diferente, una jerarquía superior y una personalidad propia dentro del ejército divino.

Su nombre era Leif.

Leif no estaba prestando atención a la masa de humanos infieles que morían en el pavimento, ni a los Conscientes que iniciaban la masacre. Su cuerpo estaba suspendido en el aire con una quietud absoluta, los brazos cruzados sobre el pecho descubierto y la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante. Sus ojos, dos pozos de luz dorada incandescente, atravesaban el cristal del ventanal con una precisión quirúrgica, fijándose directamente en la figura temblorosa de Francisca.

A diferencia de sus congéneres, cuyo rostro mostraba una indiferencia robótica y sagrada, las facciones de Leif reflejaban una emoción profundamente perturbadora: una curiosidad desmedida, osada y cruel. Una sonrisa ladina, apenas un esbozo de diversión depredadora, se curvó en la comisura de sus labios perfectos. Él sabía perfectamente lo que ella era.

Francisca sintió que un lazo invisible y helado se formaba entre el ángel de alto rango y su propia mente. Las líneas temporales de su cabeza se agitaron como locas, mostrándole ráfagas confusas donde este mismo ser la perseguía por ciudades en ruinas, donde jugaba con ella usando a los propios ‘Conscientes’ como peones de un tablero, y donde recreaba los escenarios de sus muertes pasadas solo por el placer morboso de ver cómo reaccionaba un alma que había desafiado el ciclo natural del olvido durante tantos siglos.

Leif extendió una de sus manos perfectas hacia adelante, apuntando con un dedo largo y elegante hacia el cristal de la ventana. No desató ningún rayo de energía, ni rompió el vidrio.

Simplemente hizo un gesto sutil con la cabeza, una invitación silenciosa que resonó en el interior del cerebro de Francisca con la fuerza de un trueno melodioso y frío.

—Te encontré, pequeña anomalía —la voz de Leif inundó sus pensamientos, arrastrando una vibración de crueldad divertida—. El Gran Padre Celestial quiere limpiar el tablero de todos los falsos creyentes, pero tú... tú eres una pieza demasiado fascinante para dejar que mis Conscientes te borren tan rápido.

Francisca dio tres pasos hacia atrás, tropezando con la esquina de su cama hasta que su espalda chocó con fuerza contra la pared del fondo de la habitación. El aire parecía faltarle de verdad ahora, recreando la asfixia de su pesadilla marina.

Afuera, el gran despertar de los antiguos creyentes transformados en monstruos continuaba llenando las calles de sangre infiel. Adentro, la mirada dorada e implacable de Leif permanecía fija a través del vidrio, marcando el inicio del verdadero juego de supervivencia para la mujer que había vivido mil vidas, pero que jamás había tenido que enfrentarse a la cruel curiosidad de los cielos.

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