SSH | 000.

•
Jadee con fuerza, sintiendo mis piernas temblar.
En el gimnasio apenas había unas cuantas personas, y el zumbido constante de las máquinas acompañaba el ritmo de mi respiración agitada. El sudor me corría por la frente, se deslizaba por mi cuello y se perdía en la tela de mi camiseta ajustada. Me quedé mirando la barra con las pesas en el pequeño descanso, sintiendo mis músculos arder.
Terminado el último set, tomé mi botella de agua y me dirigí a los vestidores, aun con el pulso agitado por el esfuerzo. La verdad, me encanta estar por aquí, pero la idea de mudarme a hacer pilates se me hace atractivo.
Abrí mi casillero, para poder sacar mi bolso y cambiarme de camisa. Lo hice lo más rápido que pude, ya que debía llegar pronto a casa a ducharme e irme al trabajo.
Caminé hacia mi departamento, puesto que por suerte a Dios, al mudarme, encontré un gimnasio cerca de mi casa, y sobre todo, mi trabajo no estaba tan lejos tampoco. Debía ducharme, cambiarme, comer algo decente y, con suerte, dejar de parecer un completo zombi antes de enfrentar al mundo.
Sobre todo, por la noche tendría que encargarme de arreglar mi casa. Vivir sola tenía muchas ventajas, pero lo que más encontré agobiante, es que claramente soy yo la que tiene que arreglar todo, hacerse su comida y limpiar.
—Qué desorden.
Murmuré nada más al entrar a mi casa. Supongo que ser diseñadora de interiores no te asegura a no ser descuidada. Qué irónico. Aparté un par de revistas con mi pie que había dejado tiradas la noche anterior, así ir directamente al baño.
Trabajé todo el día desde casa, entre planos, diseños digitales y mensajes que llegaban sin cesar de mi equipo. La cafetera fue mi mejor amiga durante esas horas, y cuando por fin vi el reloj marcar las cinco y media, salté del asiento.
Me cambié lo más rápido que pude con el atuendo de la semana, algo sencillo por qué no me daba tiempo de planchar algo más. Ojalá estar en la época en que mi madre mi ayudaba con todo.
Me calcé unos mocasines de cuero marrón y recogí mi cabello con la ayuda de una pinza, dejando mi flequillo bien peinado. Tomé mi tableta con los diseños, la credencial del trabajo y una barra de cereal a medio comer, y salí de casa. Corrí por las calles atestadas, esquivando gente, manteniendo el paso firme. Bajé a toda prisa las escaleras del metro y, una vez en el vagón, me apoyé contra la pared mientras trataba de recuperar el aliento.
Cerré los ojos un momento, sintiendo como mi cuerpo se balanceaba suavemente a casa del ritmo del tren. Todo está siendo tan agotador últimamente, tendré que tomar algunos días de vacaciones, tal vez, este ritmo me está matando. Si tomaba el autobús, llegaría más tarde, si tomaba taxi, me saldría más caro.
Culpa del capitalismo.
Llegué a la empresa diez minutos tarde, pero por suerte, mis compañeros parecían más interesados en bromear que en ver la hora. Apenas entré al edificio, la energía en ese lugar era distinta. Había algo en ese ambiente que te hacía sentir que estabas en el lugar correcto, aunque al principio fue complicado por ser una casi como una becada.
—¡Sohee! —gritó uno de los chicos de marketing —¡Al fin llegas, te estábamos esperando para el café de la tarde!
Sonreí ampliamente.
—Lo lamento, hoy me perdí la dosis diaria de chismes.
Comenté de paso, yendo por el pasillo para tomar el ascensor. Llegué hasta el área de diseño, mi espacio. Mi mirada recorrió las oficinas que tenían paredes de cristal, donde se veían a las personas trabajar entre planos y bocetos.
Hice un par de reverencias, hasta acercarme a mi escritorio, pasando junto a mi compañera de cubículo, que solo nos separaba un panel, pero a veces no lo parecía. La miré, como tecleaba en su ordenador, con una intensidad preocupante.
—Vas a romper ese teclado, lo sabes, ¿verdad?
Le dije, apoyando mi bolso en mi escritorio. Ella ni siquiera giró la cabeza.
—Tu horario laboral es una falta de respeto para la puntualidad.
Dijo sin dejar de escribir, tan cínica. Me senté, viendo como me miró de reojo, con una sonrisa entre burlona y con asco.
—También es gracioso que sigas sorprendiéndote por mi gran puntualidad, Eunbi.
Sin decir más, continuó con lo suyo. Me preparé un poco, viendo los post-its en la otra parte del panel, y sobre todo ese de color morado que solo ella tenía. Me giré a verla un momento.
Era dos años mayor que yo, y a veces se sumergía en el papel de hermana mayor preocupada por mi vida personal. Al principio casi no hablamos, pero fue tan amable conmigo que toda la amistad fue espontánea, además de descubrir de que estudió en mi misma universidad años antes que yo.
Lo que lleva, a ella insistiendo en eso.
—No me mires así, ya sabes que lo de la cita a ciegas en buena idea.
Quise esconderme más en mi cubículo, para ignorarla, pero eso no la iba a detener por más trabajo que tuviera. La verdad, ese asunto no es algo que me interese justo ahora.
Ella soltó una risa baja.
—Vamos, So. Debes deshacerse de tu mala racha, buscar alto interesante.
Suspiré, apoyando el codo en la mesa y mi mejilla en la mano. Miré la pantalla que tardaba en esconderse.
—Precisamente, estoy en ese punto de mi vida. Solo me importo yo, nadie más.
Comenté. Debía escanear unos diseños a mano, para un cliente que si lo pienso bien, era fácil de hacer. Suspiré con fuerza, no teniendo respuesta de Eunbi lo que me dio mala espina, así que me hice para atrás con mi silla, para poder verla. Esta ya estaba mirándome.
—Pues esta noche tienes una cita.
—¿¡Qué!?
Me enderecé tan rápido que casi tiro el monitor. No podía ser cierto esto.
—Sí, y el hombre con quien quedarás es bastante guapo, buen mozo, caliente... justo como te gustan a ti —su voz salió suave, haciendo una mueca que solo se me revolvió el estómago—. Seguro, te dejará deslumbrada, conozco tus gustos.
—Porque te haya dicho que un par de tipos eran “calientes”, no significa que conozcas mi tipo de hombre. Tampoco significa que me interesa estar en una relación.
—Escúchame, déjate de boberías. La cita será en un restaurante bar justo en el centro de Seúl. Luego te mando la dirección, no te preocupes.
Antes de que expresar nuevamente mi opinión sobre por qué no estaba interesada, la voz de la secretaria de la directora Gong resonó por el pasillo.
—Shin Sohee, la directora Gong quiere verte en su oficina.
Me puse de pie al escuchar aquello, pero antes de avanzar miré mal a Eunbi.
—Estás muerta. Literalmente muerta.
Fue lo que me salió, de verdad iba a hacer lo imposible por no hablarle en una semana por lo que hizo, seguramente le mandó una foto mía a un desconocido y se habrá hecho pasar por mí. Entiendo sus buenas intenciones, pero no me interesa.
Tenía un tablón de reglas en mi vida, y justo ahora hay una etapa en concentrarme en mi carrera, en mí cosas personales, y por qué haya hombres jodidamente calientes caminando por la tierra, quiere decir que yo quería enamorarme o salir con ellos.
Caminé hacia la oficina de la directora creativa, preguntándome si me asignaría un nuevo proyecto. Tal vez una casa, un restaurante o una empresa a punto de renovar su imagen. Nunca se sabía con Gong Hyo-jin.
Abrí la puerta suavemente y me encontré con una escena peculiarmente familiar, ya no era de sorprenderse. Esta estaba en una postura extraña, sobre una colchoneta, tan tranquila como si estuviese en su casa haciendo yoga.
Cuando me vio, se levantó con tanta agilidad y me indicó que pasara y me sentara frente a su escritorio.
—Sohee, te tengo una buena noticia. Escucha, te recomendaron con alguien importante, así que tienes asignado un nuevo proyecto.
Me señalé a mí misma, y esta solo asintió mientras recogía las cosas del suelo para quitarse la chaqueta sin pudor alguno a pesar de verle en sostén. Fui a detrás de su escritorio para sacar una camisa y empezar a abrochársela.
Asintió, buscó entre unos papeles y me entregó una carpeta delgada.
—No me dieron muchos detalles, la verdad, pero que confían en ti por ser recomendación directa. Y como yo también confío en ti, sé que podrás con esto.
Me entregó una carpeta delgada que tomó de su escritorio, para que leyera que había dentro. Era solo una hoja con datos mínimos. Dirección, tipo de proyecto y el nombre del cliente.
—Kim Taehyung...
Mencioné suave, viendo como salía una advertencia a un lado de“estrictamente confidencial”¿Quién era? ¿El presidente acaso? Madre mía, ahora todo el mundo se creía relevante, y yo no conozco a alguien ”importante" con ese nombre.
—Es famoso, ¿sabes? —comentó, ahora sentándose frente a mí—. Abogado reconocido a nivel nacional. Ha llevado casos enormes, y con bastante éxito para los que defienden. Hasta a mí me sorprendió que haya elegido nuestra empresa para este trabajo. Supongo que alguien le habló bien de nosotros... o de ti.
Me quedé en silencio un momento, asimilando sus palabras. Seguro era el típico hombre egocéntrico que piensa que el mundo gira alrededor de él, que fastidio que me haya tocado a mí.
—Tienen una cita agendada para el lunes. Querrá conocerte, hablar del proyecto —añadió Gong, y justo cuando yo iba a agradecer, continuó—. Y escúchame bien, Sohee. Muchos lo tratan como un magnate brillante, pero también como alguien frío. Egocéntrico, incluso. Así que ten cuidado. Limítate a trabajar.
Asentí sin mucho interés. No me dejaba impresionar por la fama ni me intimidaban las personalidades complicadas. Que fuera un hombre difícil no cambiaba nada. Yo haría mi trabajo, lo haría bien y ganaría lo que correspondía. Eso era lo único que realmente importaba para mí.
Asentí lentamente, dejando que la información se asentara. Tomé los papeles con cuidado y me levanté para irme.
—Gracias por confiar en mí, de verdad.
Cuando cerré la puerta tras de mí, me detuve un segundo.
Recomendada... claro. Nunca me fio de esas cosas. Suelen ser favores disfrazados, y peor si vienen de abogados. Todos son unos corruptos bien vestidos. Solo espero que este, al menos, pague bien.
Con la carpeta en mano y el presentimiento latiendo suave en mi pecho, me prometí a mí misma que haría de este proyecto algo inolvidable, así como los anteriores. No me importaba quién diablos fuera ese cliente, ni cuán raro o exigente pudiera resultar.
Iré a esa cita a conocer a ese mentado magnate abogado, que recemos todo resulte bien.
•
—Herbst








