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LA UNIÓN DE REINOS •|Reinos 2|

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Sinopsis

El amor guardé y la espada empuñé. Tras el descubrimiento que hizo Aeliana Ironclad sobre el hombre que pensaba amar, decide irse del lugar que le recordaba momentos dolorosos y anécdotas humillantes. Pero se presentan nuevas historias, sucesos que ella ni nadie pensarían que viviría alguna vez. El entendimiento de un amor que pensaba nunca existir, el cariño de algo odiado.

Genero:
Fantasy/Romance
Autor/a:
Alessa
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

CAPITULO 1

Escapé.

Corrí lejos de ese enorme palacio de paredes oscuras y frías, como si alejarme de él pudiera arrancarme también todo lo que había dejado dentro.

Pero no escapé del maldito reino.

No.

Porque seguía en Irkoria.

El mismo reino que me recordaba, a cada segundo, todo lo que había sucedido en tan poco tiempo. Las decisiones absurdas que tomé. Las guerras emocionales que peleé por algo que jamás me perteneció realmente. Algo que ni siquiera alcancé a sostener entre mis manos antes de verlo desmoronarse.

Tal vez por eso me sentía tan vacía.

Como si hubiera intentado meter a la fuerza algo dentro de mí que nunca encajó.

Y ahora caminaba entre calles que ya no me miraban con extrañeza... siempre y cuando evitara los ojos de los guardias. Porque todavía existía ese miedo. Ese miedo insoportable de volver a donde tanto me costó salir.

Aunque, siendo sincera, nadie me retenía realmente.

Ni un guardia.

Ni el rey Zarek.

Lo que me mantenía atrapada era mucho peor.

Era mi propio corazón.

Ese corazón estúpido que había elegido un camino que nadie le obligó a tomar.

Pero tampoco puedo culparme demasiado.

Porque cuando amas algo... lo único que puedes hacer es esperar. Amar con todas tus fuerzas y aferrarte a la esperanza de que eso que amas sea real algún día.

Aunque termine destruyéndote.

Llevaba casi dos meses fuera.

Dos meses sobreviviendo gracias a Zarek.

Sí. Gracias a él.

Y no porque me hubiera entregado monedas o mandado guardias a buscarme. No. Sobrevivía gracias a los vestidos que me regaló una vez, burlándose de mis propias telas y de mi obsesión absurda por el color verde.

Simplemente los vendí.

Y, sin sorprender absolutamente a nadie, las prendas del rey de Irkoria eran lo suficientemente caras como para pagarme una habitación diminuta y algo de comida caliente de vez en cuando.

Por ahora, eso bastaba.

Al menos mientras seguía pensando en cómo largarme definitivamente de este reino.

Y lo haré.

Juro que lo haré.

Pequeños copos de nieve caían sobre mi cabello y mis hombros. El invierno había terminado de adueñarse de Irkoria durante los últimos días, trayendo consigo esos vientos crueles que parecían atravesar incluso las capas más gruesas.

Pero el frío no era lo que realmente me hacía sentir incómoda.

Ni sola.

Era el fin de año.

Las familias se reunían. Reían. Conversaban alrededor de mesas llenas de comida y calor.

Y mientras todos parecían tener un lugar al cual regresar... yo no sabía siquiera si la mía querría verme de nuevo.

Cada vez que imaginaba volver a Valtoria, las náuseas retorcían mi estómago.

No sabía cómo reaccionarían si me vieran caminar otra vez por esas calles. No sabía si me abrazarían... o si me mirarían como la última vez.

Porque todavía podía escuchar aquellas palabras.

Todavía podía recordar la indiferencia.

La forma en la que reaccionaron cuando Darcy preguntó por mí, como si mi desaparición no importara realmente. Como si yo fuera un problema menos dentro de la casa.

Y supongo que hay personas que simplemente no nacen con la suerte de tener una familia amorosa.

O quizá...

Quizá el problema es que nunca he sabido dónde pertenezco.

El pensamiento me golpeó tan fuerte que tuve que bajar la mirada hacia la nieve para evitar quebrarme ahí mismo.

Mi estómago volvió a revolverse.

No.

Todavía tenía a Darcy.

Mientras la tuviera a ella, el mundo aún no terminaba por completo.

Las calles estaban cubiertas de decoraciones por las festividades. Luces doradas colgaban entre los edificios y figuras enormes adornaban las plazas, muchas más de las que había visto jamás en Valtoria.

La nieve hacía que las calles fueran resbaladizas y que cada subida pareciera eterna, pero al menos esta vez no cargaba bolsas pesadas con comida barata.

Esta vez solo cargaba algo mucho peor.

Unas ganas insoportables de largarme de aquí.

Extrañaba mi hogar de una manera absurda. Extrañaba el lugar donde crecí, incluso después de todo.

Tal vez extrañaba especialmente mi cama.

Porque la de la pequeña habitación donde dormía ahora parecía hecha de piedra.

Los primeros días sola me los pasé huyendo.

Huyendo de los ojos de los guardias, de las armaduras grisáceas que lograba distinguir incluso entre la multitud, de cualquier presencia que pudiera recordarme el lugar del que acababa de escapar.

Porque en mi interior solo quería una cosa: estar sola.

Sin hombres siguiéndome a cada paso. Sin alguien vigilando si respiraba demasiado rápido o demasiado lento. Sin esa sensación sofocante de que cualquier movimiento mío debía ser observado, protegido y controlado, como si yo cargara una corona invisible sobre la cabeza.

Como si mi vida valiera más que la de alguien más.

Y era claro que no era así.

Yo no era una reina.

No era una princesa.

Ni siquiera era alguien importante.

Era solo Aeliana.

Solo una chica que tomó demasiadas decisiones equivocadas en muy poco tiempo.

Pero después de esa libertad que tanto había querido... vino algo peor.

La soledad.

Porque al principio el silencio había sido un alivio. Nadie preguntándome dónde estaba. Nadie ordenándome qué hacer. Nadie diciéndome qué era correcto o incorrecto.

Y luego ese mismo silencio empezó a hacerse enorme.

Demasiado enorme.

La nostalgia comenzó a instalarse lentamente dentro de mí, igual que una enfermedad que aparece sin que uno la note. Después llegó el miedo.

El miedo de no poder salir jamás del agujero que yo misma había cavado.

Porque había sido yo.

Solo yo.

Nadie me había obligado a marcharme.

Nadie había sujetado mi mano para hacerme caminar en esa dirección.

Y cada noche me arrepentía un poco más.

Me arrepentía cuando miraba el techo desconocido de aquella habitación diminuta. Me arrepentía cuando el frío atravesaba las mantas y me obligaba a acurrucarme más contra la pared. Pero sobre todo... me arrepentía cuando mi estómago empezaba a doler.

Porque el hambre era cruel.

No le importaban las tristezas ni los errores.

Llegaba y ya.

Y fue entonces cuando hice lo único que podía hacer.

Vendí los vestidos.

Los pocos que había guardado dentro de mi maleta antes de marcharme.

Me dolió más de lo que me gustaría admitir.

Porque cada uno parecía guardar un recuerdo. Algunos buenos, otros no tanto.

Pero los recuerdos no llenaban el estómago.

La primera vez fui al mercado del pueblo únicamente para ver cuánto podría conseguir con los pocos zeniths que aún me quedaban. Tal vez comprar un poco de pan, algo caliente, cualquier cosa que me permitiera llegar al siguiente día.

Y fue ahí donde la conocí.

Una mujer amable.

Tenía un pequeño puesto entre muchos otros y me llamó con una sonrisa suave, haciéndome una seña con la mano para que me acercara.

La verdad, no tenía muchas ganas de hacerlo.

Porque si apenas tenía dinero para comida... mucho menos tendría para ropa.

“—Acércate —la mujer me hizo una seña con la mano, moviendo los dedos con suavidad, y a mí no me quedó más opción que aceptar.

Di unos cuantos pasos hasta quedar frente a su pequeño puesto. Había telas dobladas, hilos de distintos colores y prendas colgadas que se movían apenas por el viento helado. El lugar desprendía un aroma cálido, una mezcla entre tela nueva y algo dulce que no lograba identificar.

—Tu vestido es hermoso.

Sus ojos pequeños recorrieron cada detalle de la tela rojiza que llevaba puesta, observándolo con demasiada atención, como si fuera capaz de reconocer cosas que yo ni siquiera notaba.

Bajé la mirada hacia mi ropa por un instante.

—Muchas gracias —respondí con una pequeña sonrisa.

Y fue una sonrisa real.

De las pocas que había dado en los últimos días.

—Pero... ¿qué hace una chica vestida así por aquí? —se cruzó de brazos, ladeando un poco la cabeza.

No sonó curiosa, sonó como alguien que ya sabía que algo estaba mal, como alguien que había visto suficientes rostros cansados para reconocer uno.

—Me mudé hace poco —mentí.

Porque para ese entonces ni siquiera tenía un lugar donde dormir.

No tenía un hogar.

No tenía un plan.

Ni siquiera sabía qué haría al día siguiente.

La mujer soltó una pequeña risa por la nariz y negó lentamente con la cabeza.

—No. Es muy difícil que alguien con dinero suficiente para portar telas como esas viva por aquí.

Una media sonrisa apareció en su rostro.

Y sentí mi estómago hundirse, porque ni siquiera llevaba algo comprado por mí, ni algo que hubiera conseguido por mi esfuerzo.

—No los compré yo... es una historia muy larga —mis dedos se cerraron con fuerza alrededor de la tela del vestido. Y junto con ella llegaron los recuerdos.

—Ya veo... convivir con el rey debe ser complicado, ¿no?

—Sí, algo...

Las palabras salieron por costumbre. Pero apenas abandonaron mis labios, mi mente terminó de comprender lo que acababa de escuchar.

Me quedé inmóvil.

—Espere... ¿qué?

Ella soltó una pequeña carcajada.

—Lo siento, te reconocí por el periódico —se encogió de hombros con naturalidad—. La familia real siempre está en primera plana. Es casi imposible no enterarse de lo que hacen.

Y de repente lo recordé todo. La reina madre entrando a mi habitación, el periódico cayendo sobre mis piernas, las fotografías, las acusaciones, su mirada atravesándome como si yo hubiera cometido un crimen.

Los últimos días habían sido un desastre absoluto.

Y por un instante sentí unas ganas enormes de desaparecer otra vez.

Después de eso comenzamos a hablar un poco más.

Me contó que llevaba años vendiendo prendas, que su puesto era uno de los más conocidos de la zona y que muchas personas la buscaban específicamente a ella.

Hablaba con una tranquilidad extraña, una de esas que hacen sentir que el tiempo pasa más lento.

Y entonces le propuse venderle algunos de mis vestidos.

Al principio se negó casi de inmediato, decía que no podría pagar algo tan costoso, que esas telas valían demasiado, pero insistí.

Porque en ese momento había aprendido algo.

Era mejor tener algo... que no tener absolutamente nada.”

Dejando ese recuerdo atrás, por fin había llegado a mi pequeño hogar temporal.

Di unos pasos cortos hasta quedar frente a la puerta. Mis dedos rodearon la perilla fría y la empujé con suavidad, cerrándola a mis espaldas apenas entré.

Silencio.

Solo silencio.

Ese tipo de silencio que antes habría encontrado tranquilo, pero que ahora parecía demasiado grande para una habitación tan pequeña.

Dejé las pocas cosas que había comprado sobre la mesita del centro y sacudí ligeramente mis hombros, haciendo que pequeños restos de nieve cayeran al suelo. Algunos copos seguían aferrados a mi cabello y otros se habían derretido en la tela de mi abrigo, dejando pequeñas manchas húmedas.

Había salido a comprar algunas cosas para el día de hoy. Solo para hoy.

Metí la mano al bolsillo y saqué las monedas doradas que me quedaban, las observé durante unos segundos, haciéndolas descansar sobre la palma de mi mano. Brillaban débilmente bajo la luz que entraba por la ventana, y justo en el centro se encontraba aquella figura. Una corona. Mis dedos se tensaron alrededor de ellas. Esa corona, la misma que había visto demasiado cerca, la misma que descansaba sobre la cabeza de Zarek, la misma que parecía perseguirme incluso ahora.

Solté una pequeña exhalación cansada.

Odiaba que aquí todo me recordara a él.

Las monedas, las calles, las personas, hasta el frío.

Todo.

Era como si hubiese salido de aquel palacio, pero el palacio se hubiera negado a salir de mí.

Aparté las monedas y las dejé sobre la mesa con un pequeño sonido metálico.

Después me senté en el suelo, acomodándome frente a la mesita. Apoyé mis antebrazos sobre la madera y me estiré un poco para alcanzar la tinta, la pluma y las hojas que descansaban al otro extremo.

Me removí ligeramente para encontrar una posición cómoda.

La pluma quedó entre mis dedos y comencé a escribir.

“Hola, Darcy. Soy Anna.

¿Cómo has estado? Yo podría decir que bien... dentro de lo que cabe. Espero con muchas ganas poder verte pronto, porque te extraño más de lo que pensé que podría extrañar a alguien. Me haces mucha falta.

Te escribo para contarte algo importante: regresaré a nuestro pueblo. Extraño cada rincón de nuestro reino, las calles, los lugares que recorríamos, y hasta esas pequeñas cosas a las que antes no les prestaba atención. Extraño mi hogar.

Viajaré el día de mañana, 16 de diciembre.

Tengo demasiadas cosas que contarte, tantas que siento que una carta no sería suficiente. Pero no quiero escribirlas aquí. Quiero hablar contigo en persona, sentarme frente a ti y contártelo todo.

Espero que las cosas puedan arreglarse. Espero que, de alguna manera, podamos volver a sentir que todo está como antes.

Nos veremos pronto. Mucho más pronto de lo que imaginas.

Te quiero.”

Terminé y dejé la pluma de lado, manchándome ligeramente los dedos de tinta negra. Los observé por unos segundos, viendo cómo el color se extendía sobre mi piel. Era extraño, porque parecían manchas tan pequeñas y aun así sentía que reflejaban perfectamente lo que había sido mi vida estos últimos meses. Intentaba acomodar algo y terminaba arruinando otra cosa en el camino.

No podía decirle todo a Darcy. Necesitaba cuidar cada una de mis palabras si quería ser discreta. El paso entre Valtoria e Irkoria seguía siendo custodiado y, sinceramente, ya no me apetecía seguir dando explicaciones, no cuando sentía que me había pasado demasiado tiempo haciéndolo. Estaba cansada de justificarme, cansada de intentar poner en orden pensamientos que ni siquiera yo lograba entender del todo.

Y también estaba cansada de aquella mirada celeste.

Aquella mirada que hacía que mi pecho doliera de una manera extraña, como si hubiera algo dentro de mí que siguiera aferrándose a algo que ya había terminado. Algo que yo misma estaba intentando dejar atrás.

Me puse de pie para buscar un sobre y poder guardar la carta para mi mejor amiga. Entre más pronto le llegara, mejor.

Tomé el sobre grisáceo que había dejado preparado sobre el pequeño sofá y coloqué el papel ya doblado en su interior, escribiendo después toda la información necesaria para que llegara hasta Darcy. Lo observé unos segundos entre mis manos antes de volver a salir, no sin antes acomodar el gorro de mi capa para ocultar parte de mi rostro.

Nunca salía demasiado, y ahora mucho menos.

Porque sí, me largo de Irkoria.

Pensar en ello hizo que una pequeña satisfacción se encendiera dentro de mí, una sensación ligera que no había sentido en mucho tiempo, pero junto a ella también apareció algo más. Nervios.

Porque no pasaría por la frontera de Irkoria y Valtoria. No. Lo haría desde Karthenia.

Era eso o volver al palacio.

Y sabía que nadie me obligaría a regresar. Ni los guardias. Ni una orden. Ni siquiera Zarek.

Pero si podía evitar verlo, evitar volver a encontrarme con esos ojos que parecían atravesarme incluso cuando no estaban frente a mí, haría cualquier cosa para conseguirlo.

Me había enterado de que un hombre realizaba cargas ilegales hacia Karthenia y, sinceramente, ¿qué podría ser más ilegal que una valtoriana cruzando desde Irkoria hasta Karthenia sin autorización?

Me contacté con él y, después de una semana entera suplicando y negociando, terminó aceptando. Claro que no lo hizo por amabilidad. Puso una condición: quería todas las monedas que ahora mismo poseía.

Todas.

Pero no me importó.

Porque podría volver a casa. A mi reino. Al lugar donde realmente pertenezco.

Cada vez que pensaba en ello, mi corazón se llenaba de una esperanza que había permanecido apagada durante demasiado tiempo y una presión agradable se formaba en mi garganta al imaginar mi reencuentro con Darcy. Pensaba en su expresión al verme aparecer de nuevo, en el abrazo que seguramente me daría, en escucharla hablar demasiado rápido porque tendría tantas cosas que contarme que ni siquiera sabría por dónde comenzar.

Y por primera vez en semanas, imaginaba algo del futuro sin sentir miedo.

Durante esos días también había intentado encontrar noticias sobre Gareth. Le pregunté a cada una de las pocas personas con las que había hablado, aunque fueran conversaciones breves o sin importancia, pero nadie parecía haber escuchado su nombre jamás. Era como si hubiese desaparecido sin dejar un solo rastro.

Esperaba que estuviera bien.

Esperaba que hubiera logrado llegar junto a su abuela.

Esperaba que, a diferencia de mí, él sí hubiera encontrado el lugar al que pertenecía.

Después de unos cuantos minutos llegué al buzón público y, sin permitirme pensar demasiado, introduje la carta en su interior.

Y junto con ella, dejé también una parte de mis esperanzas de volver pronto a casa.

Sin saber que estaba caminando hacia la dirección equivocada.

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