Un chico argentino en mi casa japonesa
Eran como las cinco y media cuando mi mamá me gritó desde la sala que me alistara porque iríamos a buscar al chico de intercambio al aeropuerto. No estaba muy conforme con la idea de tener a un varón desconocido de mi edad en la casa, pero ella insistió en que sería una “experiencia enriquecedora”.
Bajé las escaleras con mi falda blanca, que me llegaba hasta tres centímetros debajo de la rodilla, y mi camisa color crema que me regalaron por mi cumpleaños número diecisiete; era perfecta para la ocasión. Finalmente, me puse unos zapatos negros para salidas que, por razones que luego descifrarán, solo uso una vez al mes.
Al llegar, noté un cartel con algo escrito en un alfabeto que no conocía. Deduje que era de Europa u Occidente porque tenía las mismas letras que veía en películas americanas.
—¿Qué es eso?—pregunté con curiosidad.
—¿Eso?—quiso asegurarse —. Es el nombre del chico que estará con nosotros, para que nos encuentre en el aeropuerto —respondió, dándose la vuelta para ver la televisión—. Está escrito en letras occidentales, ya que es probable que no entienda el hiragana.
Aunque no puedo probarlo, estoy segura de que estaba sonriendo con orgullo, como si esa hubiese sido una idea brillante y original, y no algo completamente obvio. En ese momento, Taiki, mi hermano, por fin salió de su cueva ya cambiado y preparado para salir.
—Mamá, el chico llegará a las seis y cuarto y ya son las cinco y cincuenta. ¿No deberíamos irnos?
—Sí, pero su padre dijo que se haría un tiempo porque lo quería conocer...
Una musiquita proveniente de su celular la interrumpió. Respondió con velocidad.
—Hola ¿Cariño? ¿Pasó algo?... Ajá... Sí, entiendo —Colgó la llamada. Su cara de alegría se apagó —parece que el jefe de su padre lo obligó a hacer horas extras —cambió su expresión para ocultar la decepción—. Entonces vamos en taxi. Ya es algo tarde para ir en tren.
Aquí va un dato curioso: los taxis son casi un lujo en Tokio debido a lo caros que son. Supongo que ella tenía muchas esperanzas en que papá viniera... al menos esta vez.
Llegamos al aeropuerto unos cinco minutos tarde. La gente de ese vuelo ya se estaba dispersando; algunos se reunían con quienes los esperaban, se sentaban a comer y otros ya se habían ido. De todas formas, Taiki levantó el cartel para que fuera más fácil que nos encontrara. Pasaron unos diez minutos cuando el soporte humano finalmente habló.
—Debimos venir antes —refunfuñó, porque ya se le habían cansado los brazos de sostener el cartel.
—Lo siento, creí que su padre vendría —se disculpó mamá.
—Bueno, de todas formas no creo que tarde tanto, ¿no? —intenté subir los ánimos.
—Oye, Manami, ¿cómo crees que sea ese chico?— volvió a hablar él.
—No sé. La verdad es que no nos dieron ni un solo detalle más allá de su edad.
—Me refiero a su apariencia. Yo me lo imagino con una gorra negra, piel morena y una forma de hablar digna de un delincuente.
—¡Eso es un estereotipo muy dañino, Taiki!
—Es cierto hijo, es ofensivo —añadió mamá con calma.
—Bueno, es que solo he visto latinos en las películas y series americanas. Así los suelen retratar.
—No creo que las producciones de un país con un historial complejo respecto a la inmigración latina sean una fuente confiable de información —cerré el tema para no seguir con una discusión que no llevaría a ningún lado. Aunque, para ser sincera, yo tampoco tenía la menor idea de cómo se vería.
En ese momento, un muchacho extranjero que parecía europeo pasó cerca de nosotros. Miró el cartel, luego nosotros, y volvió a mirar el cartel. Finalmente, se nos acercó y dijo en un perfecto japonés:
—Disculpen. Su cartel está al revés.
Vimos el pedazo de cartón y en efecto, estaba al revés.
—¡Taiki! —le reclamó mamá.
—¡Perdón! ¡¿Pero cómo iba a saber que estaba de cabeza?!
—Ay, qué bobo —murmuré.
El chico soltó una risa muy particular, una carcajada franca y ruidosa que por alguna razón me recordó al Joker.
—La familia Okada, supongo— dijo recomponiéndose
Lo miramos en silencio por unos segundos. Parecía europeo; tenía el cabello castaño muy claro, la piel blanca y unos ojos verdes llamativos. No se parecía en absolutamente nada a la imagen mental que se había armado Taiki.
—¿Tú eres...?
—Sip, yo soy Franco.
Nos quedamos callados un momento. El hecho de que no encajara con ninguno de nuestros estereotipos y que, encima, hablara nuestro idioma con tanta fluidez nos dejó congelados por la sorpresa.
—¡Ah, encantada de conocerte! —reaccionó mamá, recomponiéndose rápidamente—. Soy Yuka, ella es Manami y él es Taiki —dijo, señalándonos a cada uno con la mano abierta.
—Es un gusto —nos saludó Franco, girándose hacia nosotros con una gran sonrisa.
—El gusto es mí... —intentó decir Taiki mientras hacía una reverencia formal en ángulo recto, tal vez un poco arrepentido por haber tenido esos prejuicios sobre él. Pero el destino tenía otros planes. Justo en ese instante, Franco estiró el brazo con entusiasmo para darle un apretón de manos, y el ojo de mi hermano terminó chocando directamente contra su pulgar extendido..
—¡Ay, ay, ay, ay! —terminó chillando Taiki, encogido en el suelo como un perrito llorón mientras se tapaba el ojo.
—¡Uh! ¡Perdón! No quería... —se alarmó Franco, abriendo los ojos de par en par.
—No, no fue tu culpa —lo interrumpió mamá con una calma asombrosa—. Él es muy torpe, siempre le pasan este tipo de cosas.
—Oh, ya veo... —Franco pareció aliviado. Luego se giró hacia mí e hizo una pequeña y respetuosa reverencia—. Un gusto, Manami.
—El gusto es mío —respondí con total naturalidad, mientras por dentro empezaba a analizar su lenguaje corporal.
—Mhm, tienen mucha suerte de que hable japonés fluido —comentó él con tono divertido.
—Sí, de lo contrario habría sido muy incómodo convivir —coincidió mamá.
—Eso... y que, además de haber estado al revés, mi nombre está escrito en japonés en el cartel.
—¿Qué? —reaccionó mamá, parpadeando confundida.
Los cuatro, incluyendo a Taiki, que ya se había recuperado a medias del pulgarazo y lagrimeaba de un ojo, clavamos la vista en el trozo de cartón.
—Miren, mi nombre es Franco, pero aquí escribieron “Furanku”, que es cómo se lee en japonés.
Mamá se puso roja como un tomate de la vergüenza.
—¡Disculpa! —exclamó, inclinándose casi de rodillas—. Creí que si lo escribía en romaji era lo mismo, al ser un nombre... ¡Qué descuido!
—¡Eh, no pasa nada! De verdad, no es para tanto —insistió Franco, rascándose la nuca un poco incómodo al ver la exagerada disculpa de mamá.
—Tranquilo, ella ya es así —lo tranquilicé—. La otra vez le pisó la cola a un gato en la calle y le pidió disculpas con una reverencia de noventa grados.
—¡Manami! ¡Acordamos que no se lo dirías a nadie! —se quejó, colorada.
—Dijiste que no anduviera esparciendo el chisme, pero esto es una explicación.
—Eres cruel, pero muy inteligente.
—Esta va a ser una travesía muy interesante— murmuró Franco para sí.
El aeropuerto tenía salida directa al metro, así que caminamos un poco. En el trayecto me quedé disociando un rato hasta que me asaltó una duda: «Aquí es verano, por lo que en su país debería ser invierno. Entonces, ¿por qué está vestido con ropa de verano? Probablemente se cambió en el baño del avión».
Hubiese sido tan fácil preguntar, pero a mí me gusta deducir, así que preferí quedarme callada.
Al llegar a la estación, Taiki, como si fuese un sabueso, olfateó unos takoyakis a la distancia. Con esa mirada de niño caprichoso que quiere un juguete, le indicó a mamá que quería comprar algunos.
—Está bien, compra dos cajas, pero vuelve rápido, que falta poco para que llegue nuestro tren —cedió ella.
—¡Yahoo! —exclamó, emocionado.
—¿Yo también puedo ir? —preguntó Franco—. Quiero ver cómo los cocinan.
Mamá dudó un poco, pero terminó aceptando con la única condición de que Taiki lo cuidara. Apenas le dio el dinero, mi hermano salió disparado arrastrando a Franco como si fuese un cometa jalado por un niño hiperactivo.
Un rato después, Franco volvió solo. Traía una caja de seis takoyakis a la que ya le faltaba uno... justamente el que llevaba en la boca. Mamá suspiró con una mezcla de cansancio y decepción.
—¿Y Taiki? —preguntó, seria.
—Faltafa paba que salieba la ocla cafa —tragó el bocado que no lo dejaba hablar bien—, así que me dijo que me adelantara mientras tanto.
—¿Qué le pasa a ese chico? — Se llevó la mano a la cabeza en señal de rendición—. Con la cantidad de gente que hay aquí...
—No hay drama, estoy acostumbrado a moverme rápido en espacios pequeños —comentó con total naturalidad.
—No me refería a eso— Le respondió algo sorprendida por esa respuesta.
«¿A qué se refiere con que está “acostumbrado a moverse rápido en espacios pequeños”?», pensé de inmediato. Otra pregunta para responder, obviamente, mediante el noble arte de la deducción y la investigación de campo.
Los altavoces indicaron que el tren con dirección a Yokohama se acercaba. No era el nuestro; ese iba hacia el sur, en dirección al mar. Nuestro visitante aprovechó el momento para sacarse algunas dudas sobre los trenes. Al parecer, en su país hay subterráneos, pero no en su provincia. Y por lo visto, la palabra “provincia” para él es sinónimo de “estado”, algo que deduje después de una pequeña charla en la que casi no nos entendimos. Mientras tanto, los takoyakis resultaron estar deliciosos. Franco nos contó que el sabor del pulpo en el interior le recordaba a una comida de su país llamada “mondongo”, solo que con un toque de pescado y más fácil de masticar. Le pregunté qué era ese tal “mondongo”, y resultó ser nada menos que el estómago de la vaca. Sí, algo bastante asqueroso de imaginar. No pude evitar hacer una mueca de profundo desagrado mientras me lo explicaba.
—Jajaja, sí, a mí tampoco me gusta —se rió —, pero para mi mamá es una delicia culinaria.
Los altavoces volvieron a sonar indicando que el tren estaba por irse, pero Taiki seguía sin aparecer por ningún lado.
—¿Dónde se habrá metido? —se preguntaron mamá y Franco al unísono.
Yo ya me imaginaba el panorama, pero me resistía a creer que mi hermano fuera tan estúpido.
Biling, biling, biling... Sonó el teléfono de mamá. En la pantalla, el identificador de llamadas mostraba: “Taiki-chan” (Pequeño Taiki).
—¡Hijo! ¡¿Dónde te metiste?! —atendió, desesperada.
—¿Ustedes dónde se metieron? ¡Yo ya estoy arriba del tren!
«En el tren». Los lectores más atentos ya sabrán a qué se refería.
—Taiki, hijo... nuestro tren aún no llegó a la plataforma.
Se produjo un silencio sepulcral del otro lado de la línea.
—¿Entonces... a qué tren me subí?
Casi como si fuese una broma cruel del universo, el altavoz de la estación anunció que el tren con dirección a Shinagawa (el nuestro) estaba ingresando a la plataforma, mientras que el que iba a Yokohama (el incorrecto) comenzaba a acelerar.
Giramos la cabeza hacia la vía contraria y, a través de la ventana de un vagón en movimiento, vimos la silueta de un aterrorizado Taiki, aferrado a su cajita de takoyakis mientras se alejaba hacia el sur de Japón.
Mamá se empezó a desesperar. Naturalmente, su hijo se estaba alejando en el tren incorrecto, cuya próxima parada estaría a kilómetros de distancia.
Tomé el teléfono y le ordené a Taiki que se bajara en la primera estación que pudiese y colgué de inmediato para que no hiciera preguntas tontas.
—Mamá, tendrás que tomar el expreso para poder rescatarlo. Franco y yo iremos a casa —le dije. Acto seguido, le entregué su celular, tomé las maletas, sujeté a Franco y nos subimos a nuestro tren, que acababa de llegar.
Durante el trayecto, él se mantuvo pegado a la ventana por un buen rato, contemplando el paisaje exterior.
—¿Las ciudades no son así de dónde vienes? —le pregunté para cortar el silencio.
—No son así en gran parte del mundo —respondió secamente, sin voltear.
Una respuesta corta y lógica. Después de todo, no cualquier ciudad alberga la misma cantidad de población de un país pequeño sin caer en el caos absoluto que conlleva la sobrepoblación, luciendo como una metrópolis tan futurista.
—Supongo que tiene sentido. —Noté que nos acercábamos a nuestro destino así que me empecé a preparar —Pronto tendrás la verdadera “experiencia Tokio”.
—¿Cómo dices?
—Dentro de poco llegaremos a la estación de transbordo. Como es la hora en la que la gente con un horario laboral saludable sale, estará repleto.
—O sea que los que son explotados laboralmente no estarán ahí —acotó.
Ese comentario me sorprendió. Pensaba que preguntaría a qué me refería, pero lo
entendió enseguida.
—Precisamente. Veo que sabes bastante.
—El problema de la explotación laboral en Japón es bastante conocido. Además, es un tema recurrente en algunos animes.
—Así que te gusta el anime, ¿eh?
—Latinoamérica tiene una de las mayores cantidades de otakus en el mundo. No es raro que me guste.
—Un dato nuevo e interesante que guardaré en un rincón oscuro de mi memoria.
—Jijiji —se rio como hace rato, con ese tono extraño que me recordaba a un villano—. Sos re piola —dijo ahora sí, mirándome a los ojos.
—¿Eh?
—Ah, perdón, se me escapó. Quise decir que eres muy agradable —se rascó la cabeza, poniendo una cara de incomodidad.
—Oh. Gracias. Pero no pienso que sea tan “agradable” como dices —respondí. Sé que fue sincero, pero la verdad no me creía sus palabras—. Ni siquiera tengo amigos en la escuela. De hecho, diría que me confundo con el fondo.
—Entonces... — apoyó su mano en mi hombro con confianza— destaca un poco más y así te conocerán.
Se acercó bastante. Fue un gesto algo incómodo para mí, pero a la vez cálido; lo hizo con una naturalidad desconcertante.
—Este... ¿Te puedes alejar, por favor?
—¿Qué? ¡Ah! Perdón, en Argentina el contacto físico es algo muy normal.
Asentí. Ya sabía que en otros países eran más dados a los abrazos y esas cosas, pero sentí que no lo había hecho solo por “costumbre”. ¿O sí?
Cuando nos acercamos a la estación, le indiqué que me siguiera. Nos acomodé lo más cerca posible de la salida, debido a que había demasiadas personas obstruyendo el paso. Lo tomé del brazo y, en cuanto las puertas se abrieron, la multitud que venía detrás nos empujó con tal fuerza colectiva que él casi suelta sus maletas. Fuimos lanzados de golpe al mar de gente.
—¡No te sueltes! —le grité por encima del bullicio.
—¡Así que esta es la “experiencia Tokio”!
Estuvimos recorriendo la estación durante un buen rato sorteando el flujo humano hasta que, por culpa de un grupo de adolescentes distraídos, chocamos y nos separamos. Me preocupé por unos segundos al perderlo de vista. Sin embargo, al buscar entre la multitud, divisé a lo lejos una figura de cabello castaño claro que, cargando dos valijas gigantescas, se movía esquivando personas con la fluidez de un pez en el agua. Entonces me apresuré a alcanzarlo, pero por cada metro que avanzaba, la multitud de oficinistas desesperados por volver a casa me empujaba otro hacia atrás. De pronto, una mano me tomó del hombro y me llevó consigo. Era él. Me acercó a su lado y empezó a apartar con la otra mano a los que intentaban empujarnos. Logramos salir de allí con vida y refugiarnos en una esquina donde había dejado su equipaje para venir a buscarme.
—Qué mal... —murmuré.
—¿Qué cosa? Si logramos salir.
—Sí, pero se supone que yo debería ayudarte y al final fuiste tú el que me ayudó a mí.
—No importa, eso hacen los amigos.
—Entonces, según los estándares de tu país, ¿ya somos amigos?
—Noup, pero deberíamos serlo. Vamos a convivir en la misma casa por los próximos nueve meses de todas formas, así que es inevitable.
—¿Crees que por convivir juntos eso obligatoriamente nos hará amigos?
—Probablemente. Quizás no lo creas, pero soy alguien introvertido. Y aun así me hago amigo por accidente de la gente con la que convivo diariamente.
—¿A qué te refieres con “por accidente”?
—No busco hacer amigos; de hecho, prefiero la soledad. Pero para cuando me doy cuenta, convierto al tipo que se sienta frente a mí en mi brother, por así decirlo.
Eso me sorprendió. Hasta ahora me había parecido alguien extrovertido y confiado. Si él era introvertido, no me imaginaba cómo sería alguien realmente sociable.
Esperamos a que hubiese menos gente para avanzar hasta nuestro siguiente tren, el que nos dejaría cerca de casa. Lo tomamos y durante el trayecto no hablamos. «Parece que sí es introvertido», razoné al darme cuenta de que no buscaba tema de conversación ni dijo nada más que un: «Qué lindo atardecer». Fue entonces cuando me di cuenta de que había sido yo quien inició las conversaciones anteriores.
Llegamos a la estación y caminamos unos minutos hasta la propiedad. Franco se quedó mirando la fachada por unos segundos.
—¿Pasa algo? —Me pareció muy extraña la forma en que observaba la estructura.
—¿Cuánto gana tu familia al mes?
—¿Eh? ¿Y eso a qué viene? —Lo fulminé con la mirada por hacer semejante pregunta, pero ni se inmutó. Mejor dicho, ni me vio; se quedó observando la casa y analizando cada rincón con asombro. Suspiré finalmente— Mi papá gana unos... 500.000 yenes al mes, creo.
—Eso sería... —sus ojos se llenaron de terror—: ¡¿Tres mil dólares al mes?!
—Sí, más o menos. ¿Qué tiene de raro?
—¡Es muchísimo!
—De hecho, creo que es lo normal. Está tres veces por encima del salario mínimo aquí.
—Cierto, recuerdo que era de mil dólares al mes. Eso explica por qué les alcanza para vivir a cuatro personas ahí.
—Es una casa normal.
—¡Tiene dos pisos! ¡Y desde aquí veo que está hecha de buen material y que al menos tiene cuatro aires acondicionados!
—Como dije: una casa normal.
—En mi país necesitarías diez sueldos mínimos para eso —se deprimió y soltó un bufido de resignación.
—¡¿Diez?! ¿Qué tan mala es la economía de tu país?
—Sí, bueno... —Se deprimió aún más —Mejor pasemos.
Casi entró con sus zapatillas, de no ser porque le indiqué justo a tiempo que tenía que dejarlas a un costado en la entrada.
Después de todo el ajetreo, por fin tuvimos un momento de paz. Franco se instaló en el sofá como si fuese su propia casa; se le notaba tanto el cansancio en el rostro que parecía derretirse entre los cojines. Lamentablemente, su descanso no duró mucho.
—Levántate, te voy a dar un tour.
—Mmmm… ok —respondió, medio dormido.
Así recorrimos brevemente la morada. Le mostré la cocina y la habitación que compartiría con Taiki, donde de paso dejó su gigantesco equipaje. Luego pasamos frente a las escaleras que llevaban al segundo piso, donde estaban mi habitación y la de mis padres; me preguntó por qué no se las mostraba y yo le retruqué para qué querría saber eso. No supo qué responder, así que dijo que mejor siguiéramos. Le enseñé el patio trasero, el garaje, el almacén, finalmente…
—Y aquí está el baño.
—Hablando de baño, en este momento me está llamando la naturaleza —dijo cómicamente y, sin perder tiempo, se metió.
Me di la vuelta dispuesta a ocupar el lugar vacío y cálido que había dejado en el sofá; sí, esa fue mi intención desde el principio. Pero cuando apenas me había alejado unos pasos, él asomó la cabeza por la puerta para decirme algo insólito.
—¡Manami! ¡Ayudame a ir al baño!
Me costó unos segundos procesar esas palabras.
—¡¿Quéeeeeeee?!
Al final, resultó que simplemente no sabía para qué servían los cientos de botones que tenía el inodoro inteligente.
—Así que era eso…
—Sí. Creo que pude elegir mejor mis palabras. Perdón.
—Así es, cualquier cosa hubiese sido mejor que “ayúdame a ir al baño”. Bueno, este es el botón de descarga —lo oprimí para que lo viera.
—Okey.
—Este es para ajustar la temperatura del chorro.
—Ya veo... —Franco se inclinó sobre la taza para mirar de cerca, pero en ese momento no me di cuenta.
—Este es para ajustar la potencia —otra cosa que no noté fue que lo puse al máximo.
—Ajá.
—Y este para activar el chorro.
Lo presioné y, al instante siguiente, Franco recibió un chorro de agua a máxima potencia dándole directo en la cara.
—¡Abláglalo! —gritó, atragantándose con el agua.
Me asusté muchísimo y apreté rápidamente otro botón al azar, que por suerte lo apagó.
—Y ese… eh, es el botón de stop —dije, intentando salvar la situación con algo de humor.
—Coff coff. Mhmm —asintió empapado y con tono fastidiado—. Ya salí, que tengo que orinar.
—Sí, eh… Perdón, en serio —me retiré torpemente de allí tras esa humillante situación.
Al final me senté en una silla de la cocina a lamentarme de mi estupidez.
Una hora después, Taiki y mamá llegaron agotados y con media caja de takoyakis fríos, que igualmente comimos mientras ella preparaba la cena.
Terminamos de comer y fui a mi habitación. Me puse la ropa de dormir, agarré mi bloc de notas y escribí todas las dudas y misterios sobre mi visitante, junto con las teorías que había formulado. “Al final, nuestro huésped logró adaptarse (más o menos) a la vida que tendrá durante los próximos nueve meses.”
«Día 1: El chico argentino sobrevivió al tren, a la estupidez de mi hermano, a la diferencia económica y a mi propia torpeza. Definitivamente, este año va a ser un caos». Concluí antes de acostarme.








