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No sigas al lobo

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Sinopsis

Siempre comprendí que jamás sería amada. Ellos me observaron y se aprovecharon de mi debilidad. Ahora estoy atada a ellos y si quiero ser libre, debo destruir la maldición que nos tortura a los tres. Qué lástima que nada sale nunca como yo quiero.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Ros R Ramirez
Estado:
En proceso
Capítulos:
3
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

༺𝟎𝟎༻

—Ya es de noche, Edward. Si cruzas el bosque corres el riesgo de que los lobos...

—Dafne está muriendo. Necesita un doctor. —Papá se puso su sombrero y me cargó.

Yo levanté mi brazo y varios copos de nieve pintaron de blanco mi abrigo favorito.

—Tu esposa intentó suicidarse, lo más seguro es que los tres pasen la noche en la iglesia.

—Dafne no hizo tal cosa. Solo está... Enferma. Si nos permite, ya nos vamos.

—¿Y qué hay de tu hija? Puedes dejarla con nosotros. —El viejito tomó mi mano y me enseñó sus dientes podridos.

Lancé un grito y me escondí en el cuello de papá. No. No. No. No quería quedarme con ellos.

—Vendrá también con nosotros —finalizó papá sin su sonrisa de siempre.

—Pero Edward... —El viejo nos siguió hasta la puerta del carruaje—. Deja a la niña aunque sea.

—He dicho que no. No la dejaré con unos desconocidos. Por favor, no insista más.

—No somos desconocidos, hijo. Sabes que soy el jefe de esta congregación y...

—Con todo respeto, eso no me importa.

Papá me puso en uno de los asientos y me tapó con mi manta de oso. Después cerró el carruaje y se fue arriba para dirigir a los caballos.

Yo quedé frente a mamá. Ella estaba dormida y se movía como si algo la estuviera picando. Su piel estaba blanca, al igual que sus labios.

Mientras nos alejabamos de ese pueblo gris, me bajé de mi asiento y tomé su mano.

Estaba fría. Muy fría.

Así avanzamos un largo rato por el bosque.

—Mi niña... —dijo mamá y tosió, tapando su boca con la manta de flores rojas—. Dile a papi que detenga el carruaje...

Solté su mano y me subí en el asiento para asomar mi cabeza por la ventana que quedaba frente al conductor. Solo miraba la espalda de papá y lo toqué tres veces con mi dedo.

—Papi, mami quiere que nos detengamos.

Papá volteó a verme preocupado y lo hizo de inmediato. Tuve que sostenerme de las cortinas blancas de la ventana para no rodar en el asiento.

—¿Estás bien, mi niña? —preguntó mamá mientras abría la puerta del carruaje.

Asentí con una sonrisa. Me comí el último trozo de pastel de chocolate y conté con mis dedos las tartas de fresa que me quedaban. Rogaba que nunca se acabaran para soportar el viaje.

—¿Cómo te sientes, amor? —Papá ayudó a mamá a bajar del carruaje y la abrazó por un largo rato.

—Estoy bien, solo necesitaba aire fresco. —Mamá sonrió y se sentó sobre una roca.

—Dejaré las cosas pesadas. —Papá corrió a la carreta y comenzó a bajar las maletas grandes—. Así llegaremos más rápido.

Mamá siguió tosiendo y yo me paré cerca de ella. Le ofrecí una de mis tartas de fresa.

—Oh no, cariño. No me apetece comer nada. Guárdala para ti...

Mamá tapó su boca y se adentró un poco más al bosque.

La seguí y me di cuenta de que vomitaba el poco desayuno que había comido en esa casa con la gente fea.

Me acerqué con un trapo en la mano y se lo di cuando dejó de vomitar. Una especie de círculo negro se había puesto alrededor de sus ojos y unas manchitas rojas llenaron sus mejillas. Se sostuvo con fuerza el estómago y aunque sabía que ella sentía mucho dolor, me agradeció con una sonrisa por estar con ella.

—¿Te sientes mejor, mami?

—Sí, mi niña. ¿Puedes ir a traer un poco de agua? Muero de sed.

Me fui corriendo hasta donde estaba papá para conseguir la cantimplora, pero algo estaba diferente.

Había más hombres con él.

Escuché sus voces cuando estaba cerca de la carreta y lo primero que hice fue esconderme detrás de un árbol. Odiaba conocer gente nueva, más porque se reían de mis vestidos y de mis cachetes.

El tronco del árbol estaba viscoso, como si estuviera embarrado de mermelada de fresa. Me llevé un dedo a la boca y escupí con asco. Sabía horrible.

—¿Dónde están las mujeres que viajaban en este carruaje? —preguntó uno de esos hombres.

Olvidé la falsa mermelada de fresa y me agaché al ver que uno de esos hombres se acercaba con una antorcha.

—Viajo solo —mintió papá—. Tomen el carruaje, los caballos y váyanse. No tengo nada más.

—Miente —dijo el hombre de la antorcha que estaba más cerca de mí—. Encontré ropa de mujer en el carruaje.

Este se alejó lo suficiente y pude dar la vuelta. Corrí en dirección a mamá y no me importó que las espinas destruyeran mi vestido, ni que la cesta con pasteles que siempre llevaba se quedara perdida entre los matorrales.

Papá estaba en problemas, debíamos ayudarlo.

—Mami, mami —dije con el poco aire que me quedaba—. Unos hombres tienen a papi y...

—¿Te perdiste, mocosa?

Un par de manos me empujaron y caí de cara sobre la tierra mojada. Frente a mi, dos hombres comenzaron a reír.

No eran personas normales. Eran monstruos como los cuentos de mamá. No tenían cara, solo piel marrón lisa y dos agujeros en el centro que debían ser sus ojos.

Lancé un grito al sentir que un hombre me levantaba. Patalee sin descanso, ese monstruo en serio me aterraba.

—¡Mami, papi!

—¡Silencio! Maldita pulga. Tú no nos sirves de nada.

El hombre me tiró al suelo y recogió una gran piedra.

—Tranquila, seré rápido.

—¡Mami, papi! —grité llorando—. ¡Mami!

Cerré los ojos esperando el impacto. Nunca llegó. En lugar de eso, sentí algo frío en mi nariz.

Me senté para comprender lo que pasaba. Miles de bichitos azules volaban por todos lados y su aleteo ahogaba los gritos del hombre que quería hacerme daño.

Me costó trabajo entender lo que pasaba y qué era esa bola negra enorme que devoraba al hombre.

¿Era un perro? No, esos ojos azules llenos de furia, esos colmillos manchados de sangre... Se parecía al animal de los cuentos de mamá. Era un lobo.

Papá le temía a esas criaturas. Pero estaba matando al malo, ¿de verdad debía temerle yo también?

Le arrancó parte de la garganta y siguió quitando trozos de piel. El hombre ya no hizo ruido y su cuerpo inerte cayó sobre su acompañante que había tenido el mismo final.

Las lágrimas empapaban mi cara y mi vestido. Solo quería regresar con mis padres, así que corrí, siguiendo el sendero por donde había desaparecido mamá.

Pronto llegué a un lugar donde el camino se dividia en dos. No escuchaba voces, ni miraba el carruaje de mis padres. Solo silencio y esa sensación en el pecho de que me quedaría sola para siempre.

Entonces apareció de nuevo el lobo.

Era el mismo, su pelaje negro estaba manchado de algo rojo y sus ojos eras dos llamas azules.

—No... No me hagas daño.

El lobo me vio fijamente y después se fue por el sendero de la izquierda, llevándose con él la nube de mariposas azules.

—¿Estás seguro de que escuchaste un grito? —dijo un hombre no muy lejos.

—Muy seguro —contestó otro—. Ya nos encargamos de los otros, no podemos dejar que un testigo escape.

No sabía que hacer, pero cuando el lobo se detuvo y volteó a verme, lo tuve claro.

Lo seguiría con la esperanza de que me llevara con mis padres. Él era menos peligroso que esos hombres que estaban cerca de alcanzarme.

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