Capítulo 1
—No sé qué quieres que te diga, Prim... ya no sé qué más decirte para que me creas —decía Kira con la voz entrecortada, como si cada palabra le desgarrara la garganta.
—Eres la persona más despreciable que he conocido. No solo te metiste con una de mis mejores amigas, además no te importó que fuera tu cuñada —la voz de Prim salió entre furiosa y decepcionada, cargada de un dolor que apenas podía contener.
—Prim, jamás te he dado motivos para desconfiar de mí. Yo te he demostrado lo mucho que te amo... no sé qué pasó, no tengo recuerdos. Por favor, créeme —suplicó, temblando.
Prim soltó una risa amarga, vacía.
—¿Quieres que te diga qué ocurrió? —la miró con una mezcla de odio y decepción que helaba el aire —Te emborrachaste... y te acostaste con mi amiga. Eso pasó.
Su voz se quebró en las últimas palabras.
Aquella confesión atravesó el corazón de Kira como una puñalada limpia y certera. No sabía qué había ocurrido aquella noche, no tenía memoria alguna, y sin embargo estaba siendo condenada por algo que ni siquiera podía recordar.
Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro, cargadas de impotencia y un enojo feroz hacia sí misma.
Sin nada que alegar, sin argumentos que la defendieran, se arrodilló frente a Prim.
—No, no lo hice— murmuró con la voz entrecortada — no sé qué pasó, Prim... por favor, perdóname —suplicó con la voz rota —Por favor, no me dejes... yo te amo, no puedo vivir sin ti...
Sus lágrimas caían sin control, formando pequeños charcos sobre el suelo. Su mente era un vacío absoluto, una noche sin estrellas. No había recuerdos, ni siquiera fragmentos confusos a los que aferrarse. Nada.
—Lárgate, Kira. Lárgate y no vuelvas a aparecer en mi vida —ordenó Prim, con frialdad.
—Prim, por favor, no me saques de tu vida —insistió, mirándola desde el suelo, completamente destruida.
—Eres lo peor que me ha pasado.
Las palabras salieron como veneno.
Pero en el fondo, en un rincón que Prim se negaba a escuchar, la verdad era otra: Kira había sido su todo.
—Hubiera preferido que murieras antes que esto... Maldigo el día en que te conocí.
Aquellas palabras terminaron de destrozar a Kira. No eran solo palabras, eran cuchillas cargadas de desprecio... y lo peor no era lo que decían, sino de quién venían.
Si alguien más se las hubiera dicho, tal vez no habría dolido.
Pero viniendo de Prim... la mataron por dentro.
Con el corazón hecho añicos y el alma reducida a cenizas, Kira se levantó lentamente. Sus piernas temblaban, pero aun así caminó hacia la puerta. Cada paso era un recuerdo, cada latido un eco de lo que habían sido.
Y salió.
Salió del lugar donde había amado, reído, soñado... donde había sido feliz.
Sin mirar atrás.
[...]
Tiempo atrás
Kira trabajaba desde hacía seis meses en una empresa de publicidad que estaba creciendo rápidamente en el mercado. La empresa tenía como CEO a dos extranjeras, y una de ellas era Prim.
Había sido ella quien, durante unas vacaciones en el país, detectó un mercado sin explotar. Pero no solo fue eso... también se enamoró del lugar. De su gente, de su ritmo, de su caos encantador.
Y decidió quedarse.
A los pocos meses fundó la empresa y se mudó definitivamente.
Prim siempre había tenido una habilidad casi instintiva para detectar oportunidades, como si pudiera ver caminos donde otros solo veían muros. Gracias a esa capacidad, a los 21 años fundó una empresa de tecnología en su país, y en tan solo un año se convirtió en una de las CEO más jóvenes y exitosas.
Pero Prim no nació en una cuna de oro.
Sus padres eran personas sencillas, maestros de primaria y secundaria, que vivían en una casa modesta. Nunca le faltó nada, pero tampoco creció rodeada de lujos.
Y aunque no ambicionaba riquezas... hubo un acontecimiento que la marcó para siempre.
Cuando a Prim le faltaba solo un semestre para graduarse, sus padres fueron despedidos injustificadamente. No recibieron indemnización. Nada.
Lucharon. Reclamaron. Exigieron.
Pero nadie los escuchó.
Por su edad, nadie quiso contratarlos nuevamente. Y con eso, también perdieron la posibilidad de jubilarse dignamente.
Prim vio todo.
Vio cómo el esfuerzo de toda una vida se desmoronaba en silencio. Vio la frustración en los ojos de sus padres, la impotencia... la resignación.
Y algo dentro de ella cambió para siempre.
Ese día entendió que el mundo no era justo.
Fueron seis meses duros para Prim.
Si bien ya trabajaba, ahora tenía que hacerlo el doble para poder ayudar a sus padres. El tiempo dejó de ser suficiente, las horas parecían disolverse entre responsabilidades que no daban tregua.
Su hermana, Rosaline, también quería aportar, pero no podía hacerlo completamente. Su recién nacida absorbía cada segundo, cada moneda, cada respiro. Los gastos giraban en torno a la bebé, y con su permiso de maternidad, su sueldo se había reducido considerablemente.
Nathan, el cuñado de Prim, era consciente de la situación. Quería ayudar, lo deseaba de verdad, pero tampoco podía. Él y Rosaline estaban pagando la hipoteca de la casa que acababan de adquirir, una deuda que los mantenía atados a una estabilidad frágil.
Prim pensó en repetidas ocasiones en dejar la universidad.
La idea aparecía en su mente como una salida tentadora, una rendija por donde escapar del agotamiento. Pero sus padres se lo impidieron.
—Solo es un semestre —le decían —Ya no te falta nada.
Le daban ánimos, palabras cálidas que intentaban sostenerla... pero lo que realmente necesitaba Prim era algo imposible: la energía de dos personas más.
Su agotamiento era evidente.
Se reflejaba en sus ojeras, en la forma en que sus hombros cargaban más de lo que podían soportar. Todos lo notaban, pero nadie lo sentía como ella. Especialmente sus padres, quienes la miraban con una mezcla de orgullo e impotencia.
No podían ayudarla.
Y eso los consumía en silencio.
Un día, cansada de la situación, Prim habló con Rosaline. No fue una conversación breve ni impulsiva. Fue un desahogo convertido en idea, una chispa nacida del caos.
Le propuso crear una empresa de tecnología.
Después de todo, su tesis trataba precisamente sobre ese campo.
Rosaline la escuchó durante más de tres horas. Prim le explicó cada detalle: la estructura, el modelo de negocio, las posibilidades, los riesgos... y los sueños.
Cuando terminó, el silencio llenó la habitación por unos segundos que parecieron eternos.
Entonces, Rosaline asintió.
Entusiasmada.
No dudó.
—Venderé la casa —dijo con determinación —Podemos volver a la anterior y usar ese dinero como capital.
Esa noche, Rosaline habló con Nathan. Él escuchó atentamente, sin interrumpir. La idea era brillante, sí... pero también arriesgada.
Muy arriesgada.
Debatió consigo mismo. Entre el miedo y la esperanza.
Finalmente, aceptó.
Y así, cuando Prim se graduó, crearon la empresa.
Una decisión que cambiaría sus vidas para siempre.
[...]
Años después Prim reunió a sus padres.
Había algo en su mirada, una mezcla de firmeza y nostalgia.
—Voy a irme a vivir a otro país.
La reacción fue inmediata.
Sus padres se opusieron. Para ellos, no tenía sentido. No concebían la idea de que su hija menor se fuera sola, a un lugar desconocido, sin nadie.
Pero Prim no estaba completamente sola.
—No me iré sola —explicó —Elise irá conmigo. También quiere cambiar de aires.
Aun así, no era solo una decisión profesional.
Había algo más.
Con un tono más bajo, casi melancólico, añadió:
—Este cambio también es para cerrar ciclos.
La etapa a la que se refería tenía nombre: Hana.
Su exnovia.
Sus padres sabían cuánto había sufrido Prim por esa ruptura. La habían visto romperse en silencio... y en lágrimas.
La vieron pasar tres días sin comer.
Tres días llorando sin consuelo.
Ese recuerdo seguía fresco, como una herida mal cerrada.
Por eso, aunque les dolía dejarla ir, no pudieron retenerla.
Se aferraron a un pequeño consuelo: no estaría sola.
Y con una petición suave, casi suplicante, le dijeron:
—Que no sea para toda la vida.
Prim aceptó.
Y se fue.
[...]
Se podría decir que Kira consiguió el trabajo de editora en la empresa de Prim por puro milagro.
Porque, en realidad, no era editora como los demás miembros del equipo.
Kira era la menor de una familia de cinco.
Sus padres se divorciaron cuando ella tenía nueve años, y desde entonces vivió con su madre. A su padre no lo volvió a ver jamás desde el día en que se fue.
Tenía dos hermanos mayores, Johnathan y Alejandro, quienes al alcanzar la mayoría de edad dejaron el hogar, siguiendo sus propios caminos.
Eso dejó a Kira y a su madre solas.
Dos mujeres sosteniéndose como podían.
Kira se graduó de Ingeniera Ambiental.
Sin embargo, la vida no siguió el guion que ella había imaginado. Terminó trabajando en una empresa de embotellamiento, donde se desempeñaba como supervisora. No era su sueño, pero era lo que había.
Lo necesario.
Lo estable.
Cuando Kira cumplió 22 años, Jonathan, su hermano mayor, volvió a casa.
Pero no regresó solo.
Llegó acompañado de su esposa y su pequeña hija, con la mirada cargada de cansancio y una humildad que antes no tenía. Le pidió a su madre que lo recibiera nuevamente, confesándole que estaba desempleado y que no tenía un techo donde su hija pudiera refugiarse.
Su madre no tuvo corazón para rechazar a su nieta.
Así que abrió la puerta.
Y también su vida.
Jonathan y su esposa no eran malas personas, ni envidiosas. Al contrario, había algo distinto en él... como si el tiempo y los errores lo hubieran moldeado.
Parecía más centrado, con un deseo genuino de salir adelante.
Un día, Kira decidió preguntarle lo que llevaba años guardando.
—¿Por qué nunca volviste... y por qué ahora?
Jonathan suspiró, como si esa pregunta pesara más que cualquier otra.
Y le contó la verdad.
Una verdad que para algunos sería obvia... y para otros, una excusa nacida del miedo.
No había vuelto a casa por vergüenza y por cobardía.
Había abandonado a su madre para irse con personas que casi le arruinan la vida. Se perdió. Se dejó arrastrar. Pero entonces apareció su ahora esposa... y lo cambió todo.
Ella lo ayudó a reconstruirse.
A ser mejor.
Sin embargo, su pasado lo alcanzó. Lo obligó a huir de la ciudad donde vivían. Primero intentó buscar a Alejandro, su otro hermano, pero no lo encontró. Durante meses vivieron prácticamente de arrimados en casa de familiares de su esposa.
Hasta que no le quedó otra opción.
Volver.
Volver con la esperanza de no ser rechazado.
Después de esa confesión, Kira lo entendió.
Nunca le guardó rencor. No estaba en su naturaleza hacerlo. Kira era así: pacífica, ajena a los conflictos, caminando por la vida sin hacer daño a nadie, muchas veces perdida en su propio mundo.
Pero aquella conversación despertó algo más.
Preocupación.
Un escalofrío recorrió su cuerpo al pensar en Alejandro.
¿Dónde estaba?
¿Qué había sido de él?
Jonathan también compartía ese temor. Por eso le pidió que guardara el secreto.
—Mamá no debe preocuparse —le dijo —Lo buscaremos nosotros.
Y así lo hicieron.
Durante dos años.
Dos años de búsqueda, de pistas rotas, de puertas cerradas.
Hasta que finalmente lo encontraron.
Pero no como esperaban.
Alejandro vivía en una mansión.
Se había casado con una mujer rica... y había construido una vida completamente nueva. Una vida en la que ellos no existían.
En esa nueva historia, él era hijo único.
Su padre lo había abandonado cuando tenía nueve años —la misma edad que tenía Kira cuando eso ocurrió realmente —Y su madre... su madre estaba muerta.
Según él, había fallecido en un accidente cuando cumplió 18.
Toda esa mentira les fue contada por el guardia de seguridad cuando llegaron a la mansión.
Ambos hermanos se quedaron en silencio.
Inmóviles.
Sin palabras.
Y cuando vieron a Alejandro salir en su lujosa camioneta, y cruzar una mirada fugaz con ellos... lo entendieron todo.
No fue sorpresa.
Fue confirmación.
En ese instante, ambos sintieron algo extraño: dolor... y alivio.
Dolor por haber sido borrados.
Alivio porque su madre no sabía nada.
Porque eso la habría destruido.
Sin decir más, se marcharon.
Y continuaron con sus vidas.
[...]
Kira se independizó cuando cumplió 26 años.
A su madre no le gustó la idea. No quería que se fuera, pero entendía que ya era tiempo.
Tiempo de que su hija construyera su propio camino.
Pero la vida... tenía otros planes.
Cuando Kira cumplió 29 años, se quedó sin empleo.
La empresa donde trabajaba cerró tras una serie de accidentes graves. Las víctimas demandaron, la empresa se negó a compensar... y todo se derrumbó.
De un día para otro, Kira lo perdió todo.
Tuvo que volver a casa.
Su madre la recibió con los brazos abiertos, con una sonrisa que intentaba ocultar la preocupación. Estaba feliz de tenerla de vuelta... pero le dolía verla así.
Rota.
Pasaron dos años antes de que Kira lograra encontrar nuevamente un empleo estable.
Durante ese tiempo, a veces trabajaba en el pequeño restaurante de su hermano, ayudando en lo que podía. Pero no era suficiente para ella.
Kira comenzó a sentirse como una carga.
Una sombra en su propia vida.
La tristeza se fue instalando en ella como una huésped silenciosa, ocupando cada rincón de su mente.
Y lo más injusto... era que nadie entendía por qué.
Ni su madre, ni su hermano, ni su cuñada.
No comprendían cómo el universo podía tratarla así.
Kira no hacía daño.
No se metía con nadie.
No envidiaba, no competía, no destruía.
Y aun así... la vida parecía empeñada en golpearla.
Como si fuera una prueba constante.
Todos estaban muy preocupados por ella.
No querían que Kira llegara al punto de la depresión. Ya no se la veía feliz como antes. Aunque siempre había sido distraída, jamás dejaba de llevar esa sonrisa suave en el rostro... pero en ese tiempo, lo único que habitaba en ella era la tristeza.
Era como si alguien hubiera apagado la luz dentro de Kira.
Dos meses antes de encontrar trabajo, su amiga Betsy le pidió ayuda para editar un video de la publicidad del puesto de comida rápida que estaba por inaugurar.
Kira aceptó sin pretextos.
Sin pedir nada a cambio.
Aunque no sabía nada de edición, comenzó a investigar por su cuenta. Pasó horas viendo tutoriales, explorando herramientas, probando, equivocándose... aprendiendo desde cero, impulsada únicamente por el deseo de ayudar a su amiga.
Y lo logró.
Creó la publicidad.
Además, diseñó una página para promocionar el puesto.
Betsy, conmovida, le prometió pagarle cuando comenzara a tener ingresos.
Pero Kira negó suavemente.
—Es mi regalo de cumpleaños —le dijo —Este año tampoco iba a darte nada... no tengo dinero para comprarte algo.
A Betsy se le estrujó el corazón.
Pero no dejó que se notara.
Días después, el pequeño puesto comenzó a llenarse. Primero de curiosos, luego de clientes habituales. Y muchos repetían lo mismo:
—Vine por el video.
Una y otra vez.
Hasta que, tras escuchar ese comentario por decimotercera vez en una sola mañana, Betsy no lo dudó más.
Llamó a Kira.
—¿Puedes hacer otro video?
Kira, más que dispuesta, aceptó.
Y así, poco a poco, el puesto de su mejor amiga se volvió popular. A veces, incluso, Betsy le pedía ayuda en el local... algo que Kira agradecía profundamente, porque la hacía sentir útil, necesaria.
[...]
El día que consiguió el trabajo, Kira fue sin expectativas.
Solo quería poder decir: “Lo intenté“.
Porque todo lo que pedía el perfil... ella no lo tenía. No tenía experiencia en edición, ni formación en el área. Era ingeniera ambiental.
Y, aun así, fue.
Cuando la llamaron para la entrevista, sus nervios se dispararon.
Nunca había sido buena con las palabras. Era callada, reservada, le costaba socializar. Sus manos estaban sudorosas, su corazón latía con fuerza.
Pero lo que realmente la intimidaba... era la mirada de las dos mujeres frente a ella.
La observaban intensamente.
Como si pudieran leerla.
Le hicieron la entrevista.
Y cuando Kira dijo que no tenía experiencia, ambas intercambiaron una breve mirada.
Una de ellas tomó su currículum y lo revisó rápidamente.
Era cierto.
No tenía experiencia.
Era ingeniera ambiental.
¿Cómo había llegado ese currículum hasta esa instancia?
Ni ellas lo sabían.
Ni Kira tampoco.
Quizás —pensó ella— había sido por su experiencia como supervisora en su antiguo trabajo.
La mujer suspiró, cansada, y parecía lista para terminar la entrevista.
El momento se desmoronaba.
Pero entonces Kira recordó el video.
Ese pequeño logro.
Ese intento.
—No tengo años de experiencia... pero puedo enseñarles mi trabajo en edición —dijo nerviosa, sacando su celular.
Comenzó a buscar el video en su galería.
Rápido.
Demasiado rápido.
Pero no lo encontró.
Y fue como un baldazo de agua fría.
Su mente se quedó en blanco. Todo se derrumbó en segundos. Pensó en buscarlo en la aplicación donde lo habían subido... pero no tenía internet.
Y entonces llegó la voz.
—¿Y bien? —preguntó una de las mujeres, esperando.
Kira tragó saliva.
—Yo... lo lamento. No lo tengo en mi galería. Es un video de un comercial... pero no está.
Su voz sonó derrotada.
—¿Hiciste un video de un comercial para qué? —preguntó la otra mujer.
—Es de un puesto de comida rápida —respondió Kira.
Hubo un breve silencio.
—¿Y no puedes buscar el video donde fue subido? —preguntó nuevamente, con lógica impecable.
Kira bajó la mirada.
—No tengo internet...
La vergüenza le quemaba el rostro.
Entonces, una de ellas habló con naturalidad:
—Si ese es el problema... te daré internet.
Kira alzó la mirada, sorprendida.
Sonrió levemente.
Asintió.
Cuando finalmente logró mostrar el video, el silencio volvió a instalarse en la sala.
No era el mejor video que habían visto.
Tenía errores.
Detalles imperfectos.
Pero también... tenía intención.
Tenía esfuerzo.
Tenía algo vivo.
Las dos mujeres se miraron brevemente.
—Cualquier novedad... te la comunicaremos —dijeron.
Kira asintió.
Se levantó.
Y salió de la sala con el corazón en un hilo.
Kira, en el fondo, presentía que aquello sería el clásico “no nos llames, nosotros te llamamos”. Sin embargo, había una pequeña chispa de satisfacción latiendo en su pecho: lo había intentado hasta el final, sin rendirse, sin huir antes de tiempo.
Dos semanas después, el teléfono sonó.
La llamaban para avisarle que estaba contratada como editora.
Ese día, Kira saltó de felicidad. Literalmente. No solo por su nuevo trabajo, sino porque, por fin, dejaría de sentirse como una carga en casa. Era como si el mundo, que antes la había tenido en pausa, de repente presionara el botón de “reproducir”.








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