LA BODA SIN NOVIO
El día de su boda, Isabella Richards descubrió que podía sentirse completamente sola incluso estando rodeada de gente.
A través de la ventana, el otoño se extendía sobre los jardines de la mansión. Las hojas rojizas danzaban con la brisa y algunas se desprendían de los árboles para caer lentamente sobre el sendero de piedra.
Isabella las observó en silencio.
Siempre había amado el otoño.
Su madre solía decir que era una estación triste, pero hermosa. Decía que los árboles no lloraban cuando perdían sus hojas; simplemente aceptaban que algunas cosas debían terminar para que otras pudieran comenzar.
Isabella nunca había entendido aquellas palabras.
Hasta ahora.
Bajó la mirada hacia el vestido que llevaba puesto.
Era el vestido de novia de su madre.
Había permanecido guardado durante años y había estado cuidadosamente protegido entre las pocas pertenencias que Isabella había conseguido conservar después de su muerte.
El vestido no era perfecto.
Con el paso del tiempo, algunas costuras habían cedido y, en ciertos lugares, le quedaba un poco ajustado.
Pero Isabella se había negado a usar otro.
No quería que desapareciera también aquello que todavía conservaba de ella.
Acarició suavemente la tela con las yemas de los dedos.
Por un instante cerro los ojos, pudo imaginar las manos de su madre acomodando aquellos mismos pliegues.
Pero cuando volvió a abrirlos, solo encontró su propio reflejo en el cristal.
Nada de aquello quedaba ya.
Ni su madre.
Ni su padre.
Ni la vida que había conocido.
Solo ella.
Y aquel vestido.
-Mi lady...
Isabella giró lentamente la cabeza.
Una de las sirvientas qué había contratado su padrastro para que la ayudara a prepararse para la boda, permanecía detrás de ella.
-Está preciosa.
Isabella intentó sonreír.
-Gracias.
La mujer bajó la mirada con una expresión que Isabella conocía demasiado bien.
Compasión.
No necesitaba que nadie sintiera lástima por ella, pero desde que se había anunciado que se casaria con el Emperador muchas más personas solían verla de aquella forma.
Había aprendido a soportar esas miradas en silencio desde que perdió a sus padres.
Volvió a mirar su reflejo.
Tenía los ojos azules, el cabello de un tono cobrizo que caía sobre sus hombros y un rostro que, según muchas personas, era demasiado hermoso para una muchacha de su edad.
Pero aquella mañana no veía nada de eso.
Solo veía a una joven que estaba a punto de ser entregada a un desconocido.
La realidad era que Isabella se tenía en muy mala estima, había pasado por mucho y ahora se casaría con un hombre al que jamás había visto.
Leonard.
El Emperador de Nohork.
El hombre al que todos llamaban el Emperador del Hades.
Había escuchado historias sobre él durante años.
Decían que era despiadado.
Que había derramado tanta sangre en los campos de batalla que su nombre se había convertido en una advertencia.
Que sus enemigos lo llamaban demonio.
Que era el mal encarnado.
Algunos aseguraban que podía matar con una sola mirada.
Otros decían que no confiaba en nadie.
Que no amaba a nadie.
Que el silencio siempre llegaba antes que él.
Isabella tragó saliva.
Quizá todos estaban equivocados.
Quizá los rumores habían exagerado.
Quizá el hombre que estaba a punto de convertirse en su esposo no era realmente el monstruo que describían.
O quizá...
Quizá ni siquiera aparecería.
Una pequeña esperanza nació en su pecho.
Tal vez cancelaría la boda.
Tal vez había cambiado de opinión.
Tal vez aquella mañana todavía podía suceder algo que le devolviera su libertad.
-Mi lady, el carruaje la espera.
La esperanza desapareció tan rápido como había aparecido.
Isabella respiró profundamente.
—Lo sé.
La sirvienta se acercó para acomodar una de las últimas arrugas del vestido.
Isabella dejó que lo hiciera.
No tenía sentido resistirse.
Hacía mucho tiempo que había comprendido que, en aquella casa, nadie le preguntaba qué quería.
Meses atrás, antes de que su vida se convirtiera en aquello, Isabella todavía tenía un hogar.
Había perdido a su padre cuando era muy pequeña, pero mientras su madre vivió nunca sintió que realmente estuviera sola.
Ella había sido su refugio.
Su lugar seguro.
La persona a la que podía acudir cuando tenía miedo, cuando estaba triste o simplemente cuando necesitaba escuchar que todo estaría bien.
Después de su muerte, algo dentro de Isabella se rompió.
Y nunca volvió a repararse por completo.
Su único familiar era entonces el barón Blancksford, su padrastro.
Al principio, Isabella creyó que él se haría cargo de ella.
Pero el destino tenía otros planes.
La fortuna del barón comenzó a desaparecer.
Sus tierras estaban hipotecadas.
Las deudas se acumularon.
Los acreedores comenzaron a llegar a la mansión con mayor frecuencia.
Primero dejaron de pagar algunos servicios.
Después, los profesores que acudían a enseñar a Isabella dejaron de aparecer.
Poco a poco, los sirvientes comenzaron a marcharse.
Las cosas que antes parecían normales empezaron a convertirse en lujos.
La comida dejó de ser abundante.
Las habitaciones comenzaron a permanecer cerradas para ahorrar gastos.
Y el barón empezó a mirar a Isabella de una manera diferente.
Como si ya no fuera su hijastra.
Como si fuera una solución.
Una propiedad que todavía podía utilizar.
Entonces comenzaron a llegar propuestas de matrimonio.
Hombres pertenecientes a familias nobles arruinadas.
Hombres mucho mayores que ella.
Hombres interesados en su apellido y en lo poco que todavía quedaba de su herencia.
Isabella rechazó cada una de aquellas propuestas.
O, mejor dicho, nunca tuvo la oportunidad de aceptarlas o rechazarlas.
El barón las estudiaba en silencio.
Hasta que un día llegaron los soldados imperiales.
Isabella recordaría aquella mañana durante el resto de su vida.
Los hombres llevaban uniformes negros y permanecieron frente a la mansión sin decir una palabra.
Uno de ellos entregó al barón una carta sellada.
Detrás de ellos había tres grandes cofres.
El primero estaba lleno de oro.
El segundo también.
El tercero contenía joyas.
El barón comprendió inmediatamente quién había enviado aquello.
El Emperador.
Y comprendió también qué quería a cambio.
A Isabella.
No hubo negociación.
No hubo cortejo.
No hubo oportunidad para que ella conociera al hombre que se convertiría en su esposo.
El barón aceptó.
Sin preguntarle.
Sin mirarla siquiera.
El matrimonio fue fijado para tres días después.
Tres días.
Eso fue todo el tiempo que tuvo Isabella para comprender que su vida había dejado de pertenecerle.
No era una novia.
No había elegido un vestido por ilusión.
No había pasado noches imaginando cómo sería el día de su boda.
No había un hombre esperando ansioso al otro lado del altar.
No había amor.
No había elección.
Isabella no era una novia.
Era el precio que el barón había decidido cobrar para salvarse de la ruina.
—Mi lady.
La voz de la sirvienta la devolvió al presente.
Isabella salió de la mansión y subió al carruaje.
Antes de entrar, volvió la mirada hacia atrás.
No sabía por qué lo hizo.
Tal vez esperaba sentir algo.
Tristeza.
Rabia.
Nostalgia.
Pero solo sintió vacío.
Aquel lugar había sido su hogar.
Ahora ya no lo era.
El carruaje comenzó a avanzar.
Isabella se acomodó junto a la ventana.
Mientras la mansión desaparecía lentamente de su vista, una pregunta permaneció en su mente.
¿Sería realmente aquella su última vez allí?
No lo sabía.
Y quizá nunca tendría la oportunidad de averiguarlo.
El viaje hasta el templo fue silencioso.
Isabella observó el paisaje cambiar detrás del cristal.
Los caminos conocidos fueron quedando atrás.
Los árboles.
Las pequeñas aldeas.
Las casas.
Todo aquello que pertenecía a su antigua vida.
A medida que avanzaban hacia el territorio imperial, el paisaje se volvió más imponente.
Y con él, su miedo.
Intentó recordar las palabras que había escuchado sobre el Emperador.
No todas podían ser ciertas.
¿Verdad?
Quizá era un hombre severo.
Quizá frío.
Pero no podía ser tan terrible como decían.
Isabella se aferró a aquella idea porque necesitaba hacerlo.
Si comenzaba aquella nueva vida creyendo que su esposo era un monstruo, no tendría fuerzas para dar siquiera el primer paso.
Cuando finalmente llegaron al templo, Isabella levantó la mirada.
Era enorme.
Las puertas permanecían abiertas.
Sin embargo, algo llamó inmediatamente su atención.
No había invitados.
No había músicos.
No había miembros de la familia imperial.
Ni siquiera había soldados formando una guardia ceremonial, eso quería decir que tampoco estaba el novio.
Isabella sintió que el corazón le daba un vuelco.
Quizá el Emperador había cancelado la boda.
Bajó del carruaje.
El barón caminó unos pasos delante de ella sin decir una palabra.
En el interior del templo solo había un sacerdote y un hombre de cabello gris.
Isabella miró a su alrededor una vez más.
Nada.
Nadie.
—¿Dónde está el Emperador? -preguntó finalmente.
El hombre de cabello gris inclinó la cabeza.
-Mi lady, soy el mayordomo personal de Su Majestad.
Isabella sintió que algo dentro de ella se hundía.
—¿Y él?
Hubo una breve pausa.
—Su Majestad no ha podido asistir.
Isabella parpadeó.
-¿No ha podido asistir?
-Ha surgido un asunto de gran importancia que requiere su atención inmediata.
Por un instante, Isabella no supo qué decir.
Aquel era el día de su boda.
Y el hombre con quien se suponía que iba a casarse ni siquiera había considerado necesario presentarse.
No sabía si aquello debía herirla o aliviarla.
Quizá ambas cosas.
Miró al sacerdote.
Él parecía incómodo.
Isabella respiró lentamente.
No discutiría.
No suplicaría.
No preguntaría por qué.
Ya había aprendido que las respuestas rara vez cambiaban las decisiones de los demás.
Se acercó al altar.
El sacerdote comenzó la ceremonia.
Las palabras llegaron a sus oídos como si provinieran de muy lejos.
Cuando llegó el momento de firmar, Isabella tomó la pluma.
Sus dedos temblaron.
Miró el espacio reservado para su nombre.
Pensó en su madre.
En su padre.
En la niña que había sido.
En la vida que había perdido.
Después escribió:
Isabella Richards.
La tinta terminó de secarse.
Y con aquella firma, su libertad terminó.
El mayordomo le dijo que tenían que el al palacio imperial y así fue, ella lo siguió sin mirar atrás, sin molestarse siquiera en ver por última vez al hombre que había sido por varios años su padrastro.
El carruaje imperial avanzó durante horas.
Cuando el sol comenzó a descender, Isabella vio por primera vez el Palacio Imperial.
No pudo evitar contener el aliento.
Era enorme.
Sus torres se elevaban hacia el cielo como lanzas oscuras y sus muros parecían construidos para resistir cualquier ejército.
Era hermoso.
Pero había algo intimidante en aquella belleza.
Algo frío.
Algo que le recordaba que aquel lugar pertenecía a un hombre al que todos temían.
A medida que se acercaban, Isabella distinguió otro palacio.
Era más pequeño, aunque seguía siendo impresionante.
Estaba rodeado de jardines y flores cuidadosamente cuidadas.
-¿Y aquel palacio? -preguntó al mayordomo.
-Es el palacio de la Emperatriz.
Isabella observó el edificio.
-¿Estará destinado para mí?
-Así es, en algún momento ese palacio será su residencia, una vez sea coronada como Emperatriz.
Por primera vez desde que abandonó la mansión, Isabella sintió una pequeña emoción parecida a la esperanza.
Quizá en algún momento podría convertir aquel lugar en algo suyo.
Quizá podría encontrar allí un poco de paz.
Aunque su esposo no la quisiera.
Aunque no la conociera.
Aunque su matrimonio hubiera comenzado de la peor manera posible.
Entraron al palacio Imperial, fue presentada ante el personal que estaba cerca, luego el mayordomo la condujo hasta una enorme habitación.
Isabella entró lentamente.
Era hermosa.
Pero también fría.
Los colores predominantes eran el negro, el gris y algunos tonos oscuros.
No había flores.
No había colores cálidos.
No había nada que hiciera que aquel espacio pareciera verdaderamente acogedor.
Isabella miró a su alrededor.
-¿Esta será mi habitación?
-Sí, mi lady.
Ella hizo una pequeña mueca.
-Es... bastante sombría.
El mayordomo guardó silencio durante unos segundos.
-Me temo que su Majestad el Emperador tiene gustos particulares.
Isabella suspiró.
Al parecer, su esposo tenía un gusto terrible.
No pudo evitar pensarlo.
-¿Dónde está él?
-El Emperador no se encuentra en el palacio.
Isabella no supo si sentirse decepcionada o aliviada.
Probablemente ambas cosas.
La puerta se abrió y varias sirvientas entraron.
Una de ellos se acercó al armario.
-¿Dónde debemos colocar el equipaje, mi lady?
Isabella lo miró.
-No traje equipaje.
La sirviente se quedó inmóvil.
-¿Nada?
-Solo mi vestido.
Las sirvuentas intercambiaron miradas.
Isabella bajó la mirada.
No quería explicar.
No quería contarles que el barón no había preparado nada para ella.
Que había sido enviada allí como si fuera un objeto.
Que nadie había pensado siquiera en darle ropa para después de la boda.
Una de las sirvientas abrió el armario.
Estaba completamente vacío.
Isabella sintió que las mejillas le ardían de vergüenza.
-¿Podrían conseguirme algo de ropa?
-No necesito nada demasiado elegante. Solo algo con lo que pueda cambiarme.
Las sirvientas se miraron entre ellas.
Isabella comprendió entonces que la situación era peor de lo que había imaginado.
-¿No hay ninguna prenda preparada para mí?
Nadie respondió.
Finalmente, una de los sirvientas habló.
-No mi lady.
Isabella suspiró, entonces tuvo una idea, era una locura pero que otra opción tendria.
-Podrían buscar algo en la habitación de Su Majestad.
-¿En la habitación del Emperador? Una de las sirvientas preguntó confundida.
-Sí, traigan por favor una de sus túnicas.
La sirvienta pareció sorprenderse y no estaba segura que fuese una buena idea, sin embargo obedeció.
Pasaron algunos minutos antes de que regresara con una túnica negra bordada en dorado.
-Es la más pequeña que encontramos.
Isabella la tomó.
Era enorme.
Aun así, tendría que servir.
La acercó a su cuerpo y sintió cierto alivio.
Al menos podría cubrirse.
-Gracias.
Cuando las sirvientas comenzaron a ayudarla a quitarse el vestido, Isabella sintió una punzada en el pecho.
Por primera vez desde que salió de la mansión, tuvo que separarse del vestido de su madre.
Lo sostuvo unos segundos entre sus manos.
-Gracias, mamá.
Nadie respondió.
Isabella cerró los ojos.
Después dejó que se lo quitaran.
Se puso la túnica negra.
La tela era gruesa y le llegaba hasta las rodillas.
No era delicada.
No era femenina.
No era lo que una recién casada debería vestir.
Pero en aquel momento le pareció perfecta.
Porque era lo único que tenía.
Una de las sirvientas comenzó a soltarle el cabello.
Los mechones cobrizos cayeron lentamente sobre sus hombros.
-Qué hermoso cabello, mi lady.
Isabella sonrió apenas.
Su madre también solía decirlo.
Durante unos segundos, aquella memoria consiguió hacerla sonreír de verdad.
Pero la sonrisa desapareció tan rápido como había llegado.
La sirvienta terminó de arreglarla.
-¿Desea algo más?
Isabella pensó en decir que no.
Pero su estómago la traicionó.
-¿Podrían traerme algo de fruta?
-Por supuesto, mi lady.
Cuando todas las sirvientas se marcharon, Isabella volvió a quedarse sola.
Se acercó a la ventana.
La noche había caído sobre el palacio.
Desde allí podía ver los jardines iluminados por algunas lámparas.
Todo era hermoso.
Perfecto.
Silencioso.
Y completamente ajeno.
Tenía un nudo en la garganta, esa horrible sensación de opresión en el pecho, como un ardor que quemaba hasta su garganta. ¿cuán miserable más debía ser?
Se sentó junto a la ventana y abrazó sus piernas.
Pensó en su padre.
En su madre.
En la última vez que había escuchado sus voces.
En todas las cosas que había querido contarles y que jamás pudo.
Pensó en cómo había terminado allí.
Había perdido a su padre.
Después a su madre.
Había visto cómo su hogar se desmoronaba.
Había sido entregada por su propio padrastro.
Y ahora estaba casada con un hombre al que no conocía.
Un hombre que ni siquiera había asistido a su boda.
Isabella cerró los ojos.
Una lágrima descendió por su mejilla.
La limpió rápidamente.
No quería llorar.
No quería que nadie la viera llorar.
Había pasado demasiado tiempo intentando ser fuerte.
Pero aquella noche, por primera vez, no tenía que fingir ante nadie.
-Tengo miedo, mamá...
Su voz salió apenas como un susurro.
El silencio fue su única respuesta.
Isabella apoyó la frente contra el cristal frío.
-No sé qué hacer.
Otra lágrima cayó.
-Ojalá estuvieras aquí.
El viento movió suavemente las cortinas.
Por un instante, Isabella imaginó que aquella brisa era una caricia de su madre.
Cerró los ojos.
Quiso creerlo.
Solo por un momento.
Después respiró profundamente y volvió a mirar hacia los jardines.
No sabía cuánto tiempo permanecería allí.
No sabía qué clase de vida tendría.
No sabía si su esposo algún día llegaría a mirarla como algo más que una obligación.
Ni siquiera sabía si lo conocería por fin esa noche.
Pero había algo que todavía ignoraba.
El hombre que había decidido ignorar su propia boda estaba a punto de regresar al palacio.
Y cuando lo hiciera, la vida de Isabella Richards quizás cambiaría para siempre.



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Hola, me tomó tiempo como te dije, pero ya estoy en tu bonita historia. La leeré con calma pese a que no es lo mío, pero quiero ayudar. Por el momento, me encantó que uses el guion de diálogo, pocos lo usan, solo debes pulirlo y hacer que sea un guion largo, no uno simple, nos vemos