Prólogo
Si algo aprendí al crecer con el Imperio Kim a mis espaldas, es que el veneno más efectivo no viene en frasco; viene disfrazado de lealtad.
Tenía once años cuando me arrebataron a mi padre en un “accidente” en las carreteras de Seúl. Y me tomó siete años entender que la sangre de las manos de sus asesinos salpicaba directamente el pasillo principal de mi propia casa.
A mis dieciocho años, el dolor de la traición devoró a la chica alegre y risueña que solía ser. La vergonzosa cercanía entre mi madre y el Señor Park —el jefe de seguridad que se suponía debía protegernos— fue la prueba que necesitó mi cordura para romperse. Convencida de que ambos habían conspirado para quedarse con el control del Grupo Kim, me armé con la única defensa que me quedaba: una arrogancia implacable y una frialdad capaz de congelar a cualquiera.
Iba a destruirlos. Iba a hacer que paguen por lo que me arrebataron.
Pero mi madre, conociendo el peligro en el que me estaba metiendo al escarbar en el pasado, cometió el error de ponerme un obstáculo. Un perro de caza entrenado para contener mi furia.
—Capitán Cha —se presentó el militar de veintidós años con una voz tan helada que me erizó la piel, inclinándose con una disciplina exasperante—. A partir de hoy, su seguridad es mi única orden.
Miré a aquel hombre de hombros anchos y mirada impenetrable. No sabía que sus ojos serían los únicos en notar el infierno que ardía tras mi máscara. Tampoco sabía que la verdadera traición no venía de la mujer que me dio la vida, ni que la clave de la muerte de mi padre aguardaba en su despacho sagrado para arruinarlo todo años más tarde.
Solo sabía una cosa: odiaba a mi familia, odiaba sus secretos, y estaba dispuesta a arrastrar al Capitán Cha conmigo al abismo si intentaba interponerse en mi camino.
Mi nombre es Kim Yeyi, y este fue el día en que encendí el fuego.








