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No Intentes Salvarme

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Sinopsis

Damián Salvatierra Montaño sabe volar. Lo que ya no recuerda es cómo vivir. A sus veinticinco años, El Halcón Negro es una estrella internacional del motociclismo extremo. Después de años lejos de casa, regresa a México para una gira que debería marcar uno de los momentos más importantes de su carrera, pero durante su primera presentación en Monterrey, una caída lo cambia todo. Su vida termina en manos de Renato Echeverría Lozano, un brillante cirujano cardiotorácico que consigue lo improbable: mantenerlo con vida. Lo que Renato todavía ignora es que algunas caídas esconden secretos. Y mientras Damián intenta recuperar aquello que perdió, la distancia entre médico y paciente comienza a desdibujarse peligrosamente. Porque Renato puede salvar su corazón una vez… pero no puede obligarlo a querer seguir latiendo.

Estado:
hace 2 días
Capítulos:
13
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

Arena Regia, Monterrey, Nuevo León, México, 

12 de diciembre de 2026, 08:30pm.

Damián Salvatierra Montaño

El miedo siempre llegaba unos segundos antes de encender el motor.

Damián lo conocía bien.

Era una presión breve en el pecho, un hormigueo en las manos y aquella descarga helada que le recorría la espalda justo antes de bajar la visera del casco. Después desaparecía. Bastaba con escuchar el rugido de la motocicleta para que el miedo dejara de existir y solo quedaran él, la máquina y unos cuantos metros de vacío.

Aquella noche fue diferente. Damián no tenía miedo y no era nada raro en él. Había dejado de tener miedo desde hacía bastante tiempo.

—Dos minutos, Halcón.

Levantó sus ojos oscuros hacia aquel hombre que le daba indicaciones cada cinco minutos.

Uno de los miembros del equipo acababa de asomarse al área donde esperaba su turno. Más allá de él podía escuchar al público de Monterrey golpeando las gradas, las bocinas y una voz amplificada pronunciando el nombre que llevaba años perteneciendo más a los demás que a él.

—¡EL HALCÓN NEGRO!

El rugido de miles de personas atravesó las paredes. Damián bajó la vista hacia sus guantes. Los ajustó uno por uno.

—Entendido—. Dijo mecánicamente.

Eso fue todo. El hombre desapareció de nuevo y Damián permaneció sentado junto a su motocicleta.

Veinticinco años.

Miles de kilómetros recorridos. Houston. Patrocinadores. Entrevistas. Trofeos. Dinero. Mujeres. Sexo. Drogas. Alcohol. Todo.

Una gira de regreso a México, su tierra natal, que llevaba meses agotada.

La maldita vida que siempre deseó desde niño, lo tenía todo, hasta lo que menos pensó tener…

Y ya no sentía absolutamente nada, salvo un extraño vacío en su interior que iba haciéndose cada vez más grande.

Su corazón había dejado de sentir esa adrenalina y pasión por su trabajo, era como si solo hiciera los espectáculos para cumplir con su deber, como cuando trabajas en una oficina y pierdes el sentido de la vida y te resignas a ir diariamente hasta que envejeces y si tienes suerte, te jubilas, o te corren, sin darte las gracias por tantos años invertidos.

Pasó el pulgar por uno de los arañazos del tanque.

—Una más—murmuró para sí mismo.

Entonces se puso de pie. Afuera volvieron a gritar su nombre.

—Damián.

Damián volteó a ver a su mánager cuando este apareció de repente detrás de él con el rostro curtido de sudor porque todavía no se acostumbraba al cambio de clima, ya que él era estadounidense y México era muy caluroso para su mediocre cuerpo gringo.

Philip Parker era un hombre cuarentón que estaba quedándose calvo a medida que pasaban los años, pero había demostrado ser un excelente representante para él y por eso aun lo tenía dentro de su equipo.

—¿Estás listo? —le preguntó, con su detestable acento inglés. Una de las condiciones que le impuso Damián para que fuera su mánager fue que aprendiera a hablar español porque él no haría ni el menor esfuerzo de aprender inglés.

—Siempre estoy listo—. Gruñó el pelinegro con desdén. Su voz sonó un poco apagada a través del casco.

—Han venido muchos patrocinadores nuevos de México que habían estado esperando tu regreso, ¡Lúcete como nunca lo has hecho! —exclamó, excitado y se limpió el sudor de su frente con un pañuelo.

Damián hizo una mueca de fastidio que Philip no advirtió porque tenía el casco puesto.

—¿Mis padres han venido? —preguntó como quien no quiere la cosa, usando de pretexto sus guantes bien ajustados para que su mánager no notara el leve interés en su voz.

—Me parece que no. Hace un rato pasé por la zona VIP que reservamos para ellos, pero estaba vacía—. Se lamentó Philip.

Damián se encogió de hombros, liberándose del estrés.

—Muy bien, así podré hacer mis acrobacias con mayor libertad. A mi madre no le gusta verme hacerlas.

—¡Eso es todo! ¡Yo estaré animándote desde la primera fila, mi Halcón Negro! —canturreó Philip, palmeándole el hombro.

Damián gruñó.

—Lo lamento—. El hombre apartó su mano de inmediato, ruborizado—. A veces se me olvida que detestas el contacto físico.

El chico cuadró los hombros y estiró los brazos varias veces para liberar cualquier tensión acumulada antes de ponerse en marcha en dirección a la audiencia que lo esperaba con histeria.

Su motocicleta lo esperaba afuera para montarla y comenzar su acto.

Nadie pareció notar que Damián Salvatierra Montaño no sonrió cuando salió a recibirlos, tal como siempre lo había hecho.

Durante años, todos habían creído que el Halcón Negro no le temía a caer.

Nadie se había preguntado qué ocurriría el día en que dejara de importarle hacerlo.

—¡DAMAS Y CABALLEROS! CON USTEDES, ¡NUESTRO GRAN HALCÓN NEGRO!

Arena Regia, Monterrey, Nuevo León, México,

12 de diciembre de 2026, 08:30pm.

Renato Echeverría Lozano

Estaba harto.

Y si su vida no dependiera literalmente de sus manos, habría estrangulado a su hermana menor y a su novio por haberlo llevado a un espectáculo aburrido de motociclistas idiotas que les encantaba poner en riesgo su vida.

Pero no podía largarse, aunque ganas no le faltaban.

Lamentablemente, él tenía demasiada educación como para no hacerles semejante grosería.

No obstante, se odiaba más a sí mismo por haber aceptado aquella invitación. No entendía como fue que pudieron persuadirlo a salir de la comodidad de su hogar.

—Anímate, Renny, ¿por qué siempre tienes que estar de aburrido en todas partes? Hoy es sábado y tienes vacaciones, no puedes estar encerrado en tu casa siempre que tienes días libres—se burló Arantza, sentándose a su lado en los sitios VIP que ella y su novio, Fabián, habían reservado. Le pasó un pequeño cuenco de palomitas y un refresco.

—Resulta—comenzó a decir Renato, mirando con hostilidad a su hermana con sus intensos ojos ambarinos—, que yo soy un hombre muy ocupado y mis días libres los uso para descansar.

—Eres un cirujano cardiotorácico, cuñado, y es de admirar—. Terció Fabián, dándole por su lado, pero solo consiguió que Renato elevara una ceja en su dirección con escepticismo—. Pero Arantza tiene razón. Tienes treinta y cuatro años, no estás viejo todavía, pero tampoco joven. Y no tienes pareja. ¿Qué más esperas? Le has dedicado tu vida entera a tu profesión que te estás olvidando de vivir. Y ni siquiera dejas que te toque el sol, tienes la piel tan pálida que por poco es traslúcida.

Renato apretó la mandíbula y se cruzó de brazos, pero no sin antes regresarles las palomitas y el refresco con indignación.

—Podré estar solo, pero tengo todo el dinero que deseo y puedo costearme cualquier capricho que yo quiera y vivir de ello hasta anciano—. Increpó, a la defensiva—. Y con respecto a mi piel, prefiero estar pálido a tener que lidiar con cáncer de piel por exponerme ridículamente al sol en su peor punto.

—Ya, los dos—. Intervino Arantza—. No quiero discusiones, mejor concentrémonos en el espectáculo. ¡Ya casi sale el Halcón Negro y tiene mi edad!

Renato frunció el ceño.

—¿Y qué tiene eso de especial?

—Pues desde adolescente se ha dedicado a las acrobacias en motocicleta, convirtiéndose en un profesional y se la ha pasado viajando por todo el mundo hasta que por fin decidió hacer una pequeña gira aquí en México, en su país natal—. Respondió Fabián en vez de Arantza—. He escuchado rumores de que es probable que estas tres fechas en México sean las últimas antes de retirarse.

Renato irguió más la espalda y siguió cruzado de brazos, mirando con la barbilla elevada la arena vacía, mientras escuchaba a la gente enloquecida gritar el apodo de aquel motociclista de veinticinco años.

—Si son sus últimos shows, más le vale hacerlo perfecto y que haga que valga la pena haber salido de la comodidad de mi cama al venir a presenciar sus habilidades con ese vehículo de la muerte—. Objetó Renato con desagrado.

—Nada en esta vida puede ser completamente perfecto, Renny—. Le contradijo su hermana—. Siempre hay errores de los que uno aprende a mejorar.

—Yo no tolero ningún error y mucho menos en mi trabajo, Arantza—, reprendió a la fémina y esta se sobresaltó al escucharlo alzar la voz con irritación—. Si yo errara en una cirugía a corazón abierto, ¿cuál crees que sería el resultado? La muerte del paciente, ¿y qué piensas que pasaría con sus familiares? Se me irían encima por no haber hecho perfectamente bien mi labor.

—Pero no estamos hablando de cirugía, sino de…

—Es lo mismo. Las cosas se hacen bien o mal, no hay puntos intermedios, así que deja de decir estupideces.

A veces Renato solía ser muy cruel con todo aquel ser humano que no compartiera sus mismos ideales, pensamientos o creencias, y su pequeña hermana no era la excepción, y aunque ella estaba acostumbrada a su mal genio, esta vez no soportó.

—¡Siempre eres tan insoportable! —le espetó, furiosa, lanzándole las palomitas a la cabeza y dicho eso, se levantó con rabia y comenzó a bajar las enormes gradas, en dirección a la salida.

Fabián volteó a ver a Renato con desprecio y este ni siquiera le devolvió la mirada, continuó con su aire altivo y frívolo de siempre.

—Tú sí que sabes ser un buen hermano, idiota—. Le ladró Fabián antes de ir detrás de Arantza.

Luego de unos segundos, su ambarina mirada se dirigió por donde ellos se habían marchado.

Si ellos ya no iban a estar ahí, no tenía caso que él sí, así que resopló, se alisó la camisa y los pantalones antes de levantarse y seguirlos en silencio.

—¡DAMAS Y CABALLEROS! CON USTEDES, ¡NUESTRO GRAN HALCÓN NEGRO!

Renato hizo caso omiso a la presentación de ese lunático en motocicleta y siguió bajando las grandas a grandes zancadas, siendo cuidadoso de no pasar a traer a nadie en plena oscuridad.

Se escuchó el rugido del motor cuando el Halcón Negro por fin estuvo en su vehículo del infierno y eso provocó que Renato se diera prisa a salir de ahí.

No obstante, la gente enloqueció en cuestión de segundos, haciendo que se levantaran y evitaran que él pudiera salir de esa ola de personas gritando a todo pulmón por las tonterías de un demente que jugaba con su vida.

Más y más rugidos del motor, llantas rechinando, gritos, histeria.

Renato se cubrió las orejas, abrumado. Se sentía mareado en aquel lugar en donde olía a tabaco, alcohol y a otras sustancias que expulsaba el cuerpo humano que le provocaron arcadas.

Y de pronto, los gritos cesaron cuando se escuchó el último rugido del motor antes de que un sonido estruendoso silenciara la arena por completo.

Y un segundo después, los gritos ya no eran de emoción u histeria de la buena, sino de horror, pánico y desesperación.

—¡UNA AMBULANCIA! —gritó el presentador con desasosiego.

—¡No puede ser! —gritó una chica junto a Renato—. ¡¿Por qué intentó es acrobacia?! ¡Ninguno ha logrado salir ileso de eso!

—¡Un doctor! ¡Llamen a un doctor! —gritaban todos con pánico.

Renato se movilizó como pudo para poder llegar al borde de las gradas y ver con sus propios ojos lo que estaba sucediendo.

A varios metros de distancia, yacía el Gran Halcón Negro en una posición extraña, boca abajo y encima de la parte delantera de la motocicleta, como si su tórax se hubiera clavado justo en uno de los manubrios. Había gente a su alrededor y ninguno era médico.

Apretó los puños, sopesando la idea de largarse a casa o salvarle la maldita vida a ese idiota que, tras dedicarse a esa profesión donde arriesgaba su vida, había logrado lo que tanto había estado anhelando: Atentar sobre su integridad física.

Y cuando se vino a dar cuenta, había saltado el muro que le llegaba a la altura del pecho y se hallaba corriendo en dirección al lesionado.

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