St. Jude
Pov Axl
En St. Jude Academy había café de máquina caro, muebles limpios que valían más que el alquiler de mi madre y a la desesperación de quinientos críos con apellidos que cotizan en bolsa.
Mis zapatillas de lona barata se resbalaban un poco contra el parqué encerado. Llevo la mochila colgada de un solo hombro, la sudadera de marca blanca empapada en sudor por el trayecto en metro y una puta cadena de bisutería que me da picor en el cuello. pero como me la había regalado mi madre, siempre la llevaba encima. Pero estar aquí me hacia cero gracia. Soy el becado de este año, y desgraciadamente el primero en este experimento social de la junta directiva para fardar de inclusividad en su web corporativa.
—Muévete, niñato —suelta una tía con un bolso de piel de Louis Vuitton que solo estos Nepo babies podían tener por el dinero de sus papis.
La empujo con el hombro sin pedir perdón. Que se joda.
Me abro paso entre la marabunda del vestíbulo principal. Para la edad que tenían algunos se notaba que ya empezaban a ir al quirófano para cambiarse las caras, era todo falso, sus risas sonaban extrañas a mis oídos y siempre llevaban sus móviles carísimos en la mano, como una extensión de ellos. Busco el tablón de secretaría como si me fuera la vida en ello, porque básicamente se me va la dignidad. Las listas de asignación de habitaciones están impresas en papel opalina. Una horterada.
Paso el dedo índice por los nombres impresos en negrita.
McLaren, Axl.
Al lado, el número de la habitación que me acompañaría todo el año: Nº 13.
Miro al compañero asignado. Joder, apellidos compuestos, si saberlo mi cabeza empezó a hacer una ristra de posesiones que incluye, con seguridad, yates y campos de golf. Mileén-Sforza. Me suena de haberlo leído en la sección de economía de los periódicos de un euro que mi abuelo compraba en el estanco.
—¿Qué miras? —me ladra alguien al pasar.
Ni me giro. Ya habrá tiempo de aguantar gilipollas.
Salgo disparado hacia el ala oeste, esquivando taquillas metálicas que parecían recién limpiadas. Voy con el mapa impreso arrugado en el bolsillo cuando, al doblar la esquina del pasillo principal, choco de frente contra un muro sólido.
Literalmente.
El impacto me sacude las costillas. Reboto hacia atrás y tropiezo con mis propios cordones desatados. Caigo de culo contra el suelo frío, sintiendo el golpe sordo en el coxis.
—Joder —mascullo, frotándome el codo.
Alzo la vista con el ceño fruncido, preparado para soltar la primera bordería del día. Pero me trago las palabras antes de que salgan.
El tío que está de pie frente a mí mide casi un metro noventa. Tiene las dos cejas marcadas con rajas perfectamente simétricas, la mandíbula tan tensa que parece que va a romper muelas y una camiseta de comprensión de underarmour negra que deja ver lo voluminoso que era. Me mira desde arriba con una hostilidad tan pura que casi se puede tocar.
—Mira por dónde vas, cacho mierda —suelta con voz ronca, áspera, como si hubiera estado fumando a escondidas en el baño.
No espera respuesta. Se da la vuelta con un giro brusco de hombros y se aleja, dejándome tirado en el suelo con el corazón acelerado y un calor raro zumbándome en los oídos.
Me levanto de un salto, me sacudo los vaqueros y sigo caminando con los nudillos blancos de apretar los puños.
Llego a la puerta de madera oscura con el número 13 grabado en una placa de plata. Giro el pomo. Está abierta.
Entro sin llamar.
El cubículo es diminuto. Dos camas individuales pegadas casi a las paredes, un par de escritorios de roble rayado y un olor denso, pesado, que se me mete de golpe en la nariz. Madera de cedro, tabaco rubio y algo más...
Y entonces lo veo.
El tío del pasillo está de espaldas a mí.
Se acaba de arrancar la camiseta de compresión de underarmour. La tela ajustada cede con un sonido sordo de costuras estirándose antes de deslizarse por sus hombros anchos. Me quedo congelado en medio de la entrada, con la mochila medio caída del hombro.
La columna de ese tío es una línea perfecta de tensión. Los músculos de la espalda se le contraen con cada movimiento; omóplatos marcados, la piel trigueña brillante por el calor, y dos cicatrices finas justo encima de la cintura que me obligan a tragar saliva con fuerza. Mi garganta se seca al instante. El pulso me martillea en las sienes con tanta fuerza que casi no escucho el zumbido de los fluorescentes del techo.
No me muevo. Ni un solo músculo.
Es estúpido. Es un gilipollas clasista que me acaba de insultar hace exactamente cuatro minutos. Pero mi cerebro, que suele funcionar a base de cinismo y supervivencia, se apaga de golpe. Solo existe el movimiento de sus hombros al respirar hondo.
Yilz Mileén-Sforza —porque sé que es él, no puede ser otro— arroja la camiseta mojada de sudor sobre el colchón de la derecha con un movimiento impaciente. Coge una toalla limpia y se dirige hacia el baño compartido de la habitación sin dignarse a mirar a su alrededor.
La puerta del baño se cierra de un golpe seco.
Me quedo solo en la habitación. El silencio dura dos segundos antes de que mi respiración empiece a sonar demasiado fuerte en mis propios oídos.
Doy un paso al frente, casi sin control sobre mis piernas. Me acerco a su cama como un ladrón a punto de robar en un museo. Ahí está. La camiseta negra de underarmour, tirada de cualquier manera sobre las sábanas grises.
La miro. Miro alrededor por pura paranoia y compruebo que no haya nadie en ese momento.
Estiro la mano. Los dedos me tiemblan ligeramente, una mezcla patética de adrenalina y una calentura repentina que me quema por dentro. Cojo la tela. Todavía guarda el calor de su piel, ese maldito olor a cedro mezclado con esfuerzo físico y un deje metálico de nicotina.
Me acerco la camiseta a la cara y aspiro hondo.
El olor me golpea el pecho como un puñetazo. Me imagino ese cuerpo, el metro noventa de músculo tenso y mala leche, aplastado contra el mío en este colchón de mierda. Imagino las manos de Yilz agarrándome por el cuello, su mandíbula contra mi piel, el sudor de ambos mezclándose...
—¿Qué coño haces? —ladra una voz seca a mi espalda.
El sonido me atraviesa como una descarga eléctrica.
Doy un bote, soltando la camiseta de inmediato como si quemara. Me giro con los ojos abiertos de par en par, sintiendo cómo la sangre me sube de golpe a las mejillas, tiñéndome la cara de un rojo humillante.
Yilz está en el umbral del baño.
Lleva una toalla blanca enrollada a la cintura, dejando al descubierto el torso perfecto, surcado de gotas de agua que resbalan por su abdomen plano hasta perderse en el rizo de la tela. Tiene el pelo oscuro y mojado pegado a la frente, y los ojos oscuros clavados en mí con una mezcla de repulsión y desconcierto absoluto.
Trago saliva, con la boca seca como el cartón. Intento recomponerme, buscar el sarcasmo en algún rincón de mi cerebro, pero la voz me sale un poco más apresurada que de normal.
—Olía a tabaco —suelto lo primero que se me ocurre, intentando mantener la barbilla alta aunque me tiemble el pulso—. Solo comprobaba si mi nuevo compañero apesta a cenicero o a algo peor.
Yilz aprieta la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de la cara se le marcan afilados. Da dos pasos hacia mí, invadiendo mi espacio vital con una agresividad que me hace retroceder hasta tocar el borde del escritorio con las corvas. Huele a gel de ducha barato de la residencia y no se si el peligro huele a algo, pero olía a eso.
—Escúchame bien, carapolla —su voz baja varios tonos, directa a mi oído, rozando el límite de lo tolerable—. Voy a hacerte la vida imposible este curso hasta que supliques que te echen de aquí. Cada. Puto. Día.
Le miro fijamente a los ojos, sintiendo ese tirón irracional en el estómago que me dan ganas de pegarle un puñetazo. Saco una sonrisa torcida, finjo ser un imbécil que eso se me daba muy bien cuando sentía peligro.
—Pues qué bien —le digo, rozando con mi hombro el suyo al pasar por su lado hacia el pasillo—. Soy Axl.
Agarro mi propia toalla y camino hacia el baño, sabiendo perfectamente que sus ojos oscuros me están quemando la espalda en cada paso.






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