El Maldito
El Maldito
La cuarta vez que algo golpeó el lateral del carruaje, Julius Bax dejó de rezar.
Había empezado unos minutos antes, cuando los primeros aullidos se alzaron entre los árboles. No porque esperase que los dioses fueran a intervenir. Setenta y tres años muerto habían deteriorado considerablemente su relación con la fe. Rezaba porque le parecía una forma razonablemente digna de expresar su descontento.
El quinto impacto arrancó varias astillas de la puerta.
—¡Vaelor!
El carruaje descendía a toda velocidad por un antiguo camino imperial, reducido por décadas de abandono a dos surcos de barro entre los pinos. Los faroles del pescante se balanceaban con violencia y arrojaban sombras deformes contra los troncos. Los caballos galopaban al límite, cubiertos de espuma, mientras las ruedas saltaban sobre piedras y raíces.
Nadie respondió.
Julius tiró de las riendas para esquivar una roca.
—¡Morcant!
Una cabeza apareció por fin en una de las ventanillas.
Morcant Vaelor tenía el cabello oscuro revuelto, varios días de barba y la expresión de un hombre al que acababan de despertar por un asunto manifiestamente indigno de su atención.
—¿Qué ocurre?
Julius lo miró con incredulidad.
—Nos persiguen cuatro hombres lobo.
Morcant sacó medio cuerpo por la ventanilla.
Entre los árboles corrían cuatro siluetas enormes. A ratos avanzaban a cuatro patas; otras veces se incorporaban para salvar un tronco o lanzarse por una pendiente. Cada vez que atravesaban la luz de la luna podían distinguirse los hocicos alargados, el pelaje empapado y unos brazos demasiado largos incluso para aquellas anatomías.
Morcant volvió a entrar.
—Sí. Ya los había visto.
El fantasma tardó un instante en procesarlo.
—¿Y no consideró oportuno mencionarlo?
—Estabas conduciendo. No quería distraerte.
Julius abrió la boca.
No llegó a responder.
Una de las criaturas salió disparada del bosque y saltó contra el carruaje.
El impacto levantó las ruedas derechas del suelo. Las garras atravesaron la madera y un hocico cubierto de saliva irrumpió por la ventanilla.
Morcant le estampó en la cara la copa que llevaba en la mano.
El licántropo cayó al camino.
Morcant contempló durante un segundo los restos de cristal.
—Esa copa era buena.
—¡Vaelor!
—Ya voy.
Desapareció dentro.
Julius miró hacia atrás mientras trataba de mantener el carruaje sobre el camino.
—¿Vaelor?
Morcant reapareció con una ballesta.
—¿Qué?
—Nada. Comprobaba que no hubiese vuelto a dormirse.
Morcant trepó al techo.
—Algún día vas a conseguir que te despida.
Julius levantó ligeramente las muñecas. De ellas nacían dos cadenas translúcidas que se hundían en el pescante.
—No sabe cuánto deseo que cumpla esa amenaza.
Comenzó a llover.
Primero unas gotas gruesas. Después, de golpe, una cortina de agua.
Morcant apoyó una rodilla sobre el techo y cargó la ballesta. El carruaje saltaba tanto que mantener la mira quieta era casi imposible.
Disparó.
El virote desapareció entre dos árboles.
Julius soltó una carcajada.
—Excelente demostración.
—El camino se mueve demasiado.
—El camino no se mueve.
—Entonces conduces mal.
Otro impacto sacudió el carruaje.
Esta vez, desde el interior, llegó un sonido inequívoco de cristal rompiéndose.
Morcant se quedó inmóvil.
—¿Qué ha sido eso?
—¿Ahora le preocupa el carruaje?
—¿Qué botella?
Julius guardó silencio.
Morcant se inclinó hacia él.
—Julius.
El cochero suspiró.
—La de aguardiente.
—¿Cuál?
Otra pausa.
—Eredan.
Morcant entrecerró los ojos.
—No sería la del cuarenta y siete.
—Me temo que sí.
Morcant volvió lentamente la cabeza hacia las criaturas que corrían tras ellos.
—Ahora sí me han tocado los cojones.
Abrió la caja de munición sujeta a la ballesta.
Había virotes de plata, hierro consagrado, madera de serbal y uno completamente negro, cubierto por diminutos símbolos alquímicos.
Había pagado dieciocho coronas por aquel último.
Lo contempló.
Lo dejó donde estaba.
Cogió uno normal.
Julius lo vio.
—¿Para qué compra munición especial si nunca piensa utilizarla?
—Para emergencias.
—Nos persiguen cuatro licántropos.
—Tres.
Julius miró hacia atrás.
Uno acababa de saltar.
Morcant esperó.
Un instante más.
Las fauces se abrieron.
Disparó.
El virote entró por el ojo izquierdo.
La criatura cayó hacia atrás y desapareció bajo la oscuridad.
—Tres —repitió Morcant.
Julius negó con la cabeza.
—Sigue pareciéndome una emergencia.
Los restantes estaban demasiado cerca para seguir disparando.
Morcant dejó la ballesta.
—Sujeta esto.
Antes de que Julius pudiera protestar, el arma atravesó su torso espectral y quedó suspendida parcialmente dentro de él.
El fantasma bajó la mirada.
—Llevamos seis años juntos y sigue haciéndome la misma gracia.
—A mí también.
Morcant descendió por un lateral del carruaje hasta quedar colgado a pocos centímetros del suelo.
Julius lo miró de reojo.
—No voy a preguntar.
Morcant tampoco explicó nada.
Observaba el borde del camino.
Viejas estacas de hierro aparecían cada pocos metros entre la maleza. Décadas atrás habían sostenido un cable para marcar la ruta cuando la nieve enterraba el camino. El imperio había desaparecido. El camino casi también.
El cable seguía allí.
Morcant sacó la pequeña hoz que llevaba en el cinturón y golpeó una argolla oxidada.
Una vez.
Dos.
La pieza cedió.
Morcant agarró el cable.
—Cuando te lo diga, gira a la izquierda.
—¿Cuánto?
—Mucho.
—Una medida impecable.
Morcant esperó hasta que escuchó las zancadas detrás.
—Ahora.
Julius tiró de las riendas.
El carruaje derrapó.
Morcant sostuvo el cable mientras se tensaba a su espalda.
El primer licántropo no lo vio.
El hierro le barrió las patas delanteras y la criatura salió despedida contra el barro. El segundo chocó con ella. El tercero logró saltar, pero perdió varios metros.
Morcant soltó el cable y volvió a subir.
—Frena.
—No.
—Julius.
—Acabamos de escapar.
Morcant señaló el interior del carruaje.
—Han roto mi aguardiente.
—Compraremos otro.
—Era del cuarenta y siete.
Julius lo contempló un momento.
—Por cosas como esta sigo pensando que aquella bruja debería haber ganado la apuesta.
El carruaje comenzó a frenar.
Morcant saltó al camino.
—Pero no ganó.
Julius observó sus cadenas.
—Eso continúa pendiente de arbitraje.
Los tres licántropos se incorporaron entre gruñidos.
El mayor escupió sangre y barro.
—Hijo de puta.
Morcant ajustó una de las correas de su brazo izquierdo.
Lo llevaba cubierto desde los nudillos hasta casi el hombro: cuero por fuera, varias capas de vendas debajo.
Todo demasiado apretado.
Así debía estar.
—Veo que la caída no te ha mejorado el carácter.
La criatura cargó.
Morcant no era más fuerte.
Ni remotamente.
Tampoco era más rápido.
No necesitaba serlo.
Esperó hasta que la garra pasó junto a su cara, giró sobre un pie y sacó la hoz. La hoja curva atrapó el hocico del licántropo.
Tiró.
El monstruo perdió el equilibrio.
Morcant cayó con él, plantó una rodilla sobre su espalda y hundió la punta de la hoz en el suelo, sujetándole la cabeza contra el barro.
—No te muevas.
El licántropo rugió.
Los otros dos llegaron juntos.
Morcant levantó una mano.
—Lumen.
La noche se volvió blanca.
Uno de los licántropos se cubrió los ojos demasiado tarde. El otro consiguió apartar la mirada.
Morcant recogió el bastón.
No tenía runas, gemas ni metales preciosos. Era una pieza corta y nudosa de madera negra, rematada por una gruesa cabeza pulida por los años.
El primer licántropo abrió las fauces a ciegas.
Morcant golpeó.
La madera impactó contra la sien.
La criatura cayó de rodillas.
El segundo golpe la dejó inmóvil.
El último recuperó la visión y saltó.
Morcant giró el bastón con ambas manos.
El impacto horizontal le destrozó el hocico.
Dos dientes cayeron sobre el barro.
Desde el pescante llegaron unos aplausos lentos.
—Ha sido razonablemente impresionante —dijo Julius.
Morcant señaló al licántropo que seguía clavado al suelo y que llevaba varios segundos insultando a sus antepasados.
—Ese continúa consciente.
Julius dejó de aplaudir.
—Entonces retiro parte de mi entusiasmo.
Morcant tardó varios minutos en preparar el círculo de traslado. Tiza blanca, sal negra y cuatro pequeñas runas alrededor de los supervivientes.
El licántropo mayor no dejó de mirarlo.
—Cuando salga de donde quiera que me envíes, voy a encontrarte.
Morcant continuó dibujando.
—Claro.
—Te arrancaré la garganta.
—Estupendo.
—Después voy a…
Morcant levantó la cabeza.
—¿Te importaría esperar treinta segundos? Estoy intentando que el heptagrama quede simétrico. Si lo hago mal, podrías aparecer empotrado dentro de una pared y ninguno de los dos quiere eso.
El licántropo lo miró con odio.
Morcant terminó el último trazo.
—Bueno. Quizá yo un poco.
Apoyó dos dedos en el centro.
El interior del círculo se volvió negro.
No oscuro.
Negro.
Como si alguien hubiese recortado aquella parte del mundo y detrás no hubiese quedado nada.
Desde muy lejos llegó el sonido de cadenas arrastrándose.
El licántropo palideció.
—No.
Morcant sonrió.
—Ahora sí sabes dónde vas.
Los tres desaparecieron.
El barro ocupó de nuevo su lugar.
Julius descendió del pescante hasta donde se lo permitieron sus cadenas.
—¿Prisión de la Orden?
—Prisión de la Orden.
—Creía que ya no trabajaba para ellos.
—No trabajo para ellos.
—Utiliza sus prisiones.
Morcant guardó la tiza.
—Las pago con mis impuestos.
Julius lo miró.
—Usted no paga impuestos.
—Por eso puedo permitirme munición.
—Sigues utilizando demasiada tiza.
Morcant se quedó inmóvil.
Aquella voz no pertenecía a Julius.
Un hombre alto salió de entre los árboles.
Su cabello gris estaba perfectamente peinado pese a la lluvia. Vestía un abrigo negro cerrado hasta el cuello y una pequeña insignia plateada brillaba sobre su pecho.
Prior Aldren Strake.
Morcant suspiró.
—Mierda.
—Vaelor.
—Strake.
El prior contempló el cadáver, después los restos del círculo y, finalmente, a Morcant.
—Desordenado.
—Estaban corriendo.
—Tres vivos.
—Generoso.
La mirada de Strake pasó al carruaje.
—Y una botella rota.
Morcant lo miró.
Strake no sonrió.
Nunca sonreía cuando podía evitarlo.
—Necesito tu ayuda.
—No.
—Kaelor.
Morcant comenzó a caminar hacia el carruaje.
—Sigue siendo no.
Strake sacó un papel doblado del abrigo.
—Míralo.
—No.
El prior mantuvo el brazo extendido.
Pasaron varios segundos.
Morcant terminó arrebatándole el papel.
—Te odio.
—No me preocupa.
Morcant desplegó el dibujo.
Su sonrisa desapareció.
Un cadáver permanecía de rodillas, con los brazos abiertos y las palmas hacia arriba. Los ojos parecían a punto de salirse de las órbitas.
El rostro había desaparecido.
No había sido arrancado.
No parecía cortado.
Simplemente faltaba.
Morcant estudió el dibujo.
—¿Cuántos?
—Siete.
—¿Todos iguales?
—Todos.
—¿Fuego?
—No.
—¿Ácido?
—No.
—¿Maldición conocida?
—Ninguna.
Morcant levantó la mirada.
—Eso debe de doler.
—¿Qué?
—Admitir que no sabes algo.
—Muchísimo menos que venir a buscarte.
Morcant sonrió.
—También me alegro de verte.
Strake se dio la vuelta.
—Partimos ahora.
—Todavía no he aceptado.
El prior siguió caminando.
—Sí.
Morcant lo observó desaparecer entre los árboles.
Julius apareció a su lado.
—Le tiene miedo.
Morcant giró la cabeza.
—¿A Strake?
—Sí.
—Julius.
—¿Sí?
—Sube al carruaje.
—Ya estoy condenado a él.
—Entonces llevas ventaja.
Julius comenzó a subir.
—No ha negado lo del miedo.
Morcant bajó la mirada hacia su brazo izquierdo.
Durante un instante creyó sentir algo deslizarse bajo las vendas.
Apretó una de las correas hasta que el cuero crujió.
Después subió al carruaje.
Kaelor los esperaba.








