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Plata y Sangre

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Sinopsis

En un mundo donde vampiros y cazadores han vivido durante siglos bajo una tregua frágil, Elnora Vatore, una vampira que se niega a beber sangre humana, intenta llevar una vida discreta entre los mortales. Su equilibrio se rompe cuando conoce a Kaira Grimmwolf, una cazadora de élite educada para exterminar a su especie. Lo que comienza como una persecución inevitable se transforma en algo mucho más peligroso: curiosidad, duda...y una atracción imposible. Mientras ambas luchan contra lo que sienten, el Consejo, una organización obsesionada con el control y la supremacía humana, cruza un límite irreversible. Rodeadas por amigos leales, Elnora y Kaira se verán obligadas a desafiar siglos de odio, traiciones y dogmas para proteger lo que ambas están construyendo, una familia. Esta es una historia sobre amor prohibido y la lucha por elegir quiénes somos, incluso cuando el mundo entero insiste en decidir por nosotros.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
noeliabaker
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

¡Cómo podía haberme hecho esto!

¡Le odio! ¡La odio!

Elnora entró furiosa y con paso firme a su habitación con el rostro encendido de ira, mientras cogía un cojín con fuerza y lo lanzó contra la pared, como si en aquel gesto pudiera liberar todo lo que le quemaba por dentro. Respiró hondo varias veces, intentando calmar el temblor de sus manos. La puerta chirrió lentamente al abrirse. En el umbral apareció su padre, observándola con aquella mezcla de paciencia y ternura que tanto le irritaba a veces.

–Hija... –dijo con voz grave.

–¡No, padre! –le interrumpió, girándose bruscamente hacia él para mirarlo –. Siempre es lo mismo cuando nos mudamos. Estoy cansada.

–Ya sabes que es necesario. –respondió él con calma –. No podemos levantar sospechas. Debes ir a la universidad y aparentar ser una más.

–¿Una más? –repitió ella con sarcasmo, dejando escapar una risa amarga mientras con su lengua jugueteaba con sus colmillos. –Soy una vampira, no una humana. No puedo ser “una más”. Además, he estado en más universidades de las que puedo recordar. Tengo títulos de sobra, padre. No entiendo por qué debo seguir fingiendo.

–Ya sabes que los Cazadores están más activos que nunca, y que...

–Y por eso nos mudamos cada cuatro meses. Lo sé, papá. –lo interrumpió ella de nuevo, cansada –. Lo tengo grabado a fuego en la mente.

–Solo quiero lo mejor para ti, Nora. –dijo Vladimirio mirando con cariño a su hija, llamándola por el diminutivo que solo usaba cuando quería ablandarla–. Ross irá contigo. Comentó algo sobre ver a “los bombones de esta ciudad”.

–Ross sigue igual que hace quinientos años. –Elnora puso los ojos en blanco. Luego suspiró y finalmente cedió–. Está bien, iré. Pero no esperes que me esfuerce demasiado. Podría ser mejor profesora que cualquiera de los que haya allí.

–De eso no me cabe la menor duda –respondió su padre con una sonrisa nostálgica.

Cuando Vladimirio se marchó, Elnora se dejó caer sobre la cama. Observó el techo como si allí pudieran encontrarse las respuestas que tanto se le escapaban. Finalmente, cuando la noche llegó y reinó el silencio, Elnora bajó a cenar. En la cocina abrió una caja llena de viales llenos de sangre fresca, bebió uno de un trago antes de regresar a su habitación, donde el sueño la alcanzó de manera casi forzada. Realmente no necesitaba dormir, pero le gustaba la sensación de relajarse en su cama y cerrar los ojos, tal vez no podría dormir, pero siempre conseguía relajar su mente y su cuerpo.

Al día siguiente, cuando los primeros rayos de sol se filtraban a través de la persiana, la alarma de su móvil la despertó con aquel sonido en bucle. Elnora se incorporó con pereza, maldiciendo entre dientes y caminando hacia el baño. Tras una ducha rápida, se vistió con su atuendo habitual: camisa blanca, vaqueros negros, botas negras hasta el tobillo y su inseparable chaqueta de cuero. Mientras se arreglaba el pelo, escuchó unos gritos que provenían de la entrada principal, y sabía perfectamente a quién pertenecían.

–¡Elnora! ¡Elnorita! ¡Vamos a clase, Elnora! –la voz chillona era inconfundible.

–Yo le mataría... –bufó Elnora mientras salía de su habitación dando zancadas. –Si pudiera claro.

En la puerta la esperaba Ross, su eterno compañero y mejor amigo. Alto, pelo negro como la noche, ojos azules que parecían iluminar incluso la sombra, y aquella sonrisa coqueta que nunca perdía. Ross la abrazó sin previo aviso, y Elnora se quedó inmóvil mientras él disfrutaba del abrazo unilateral.

–¿Preparada? –preguntó él con entusiasmo.

–Me muero por ir. –contestó ella con ironía.

–Qué graciosa eres. –dijo Ross mientras echaban a caminar. –Me pregunto si habrá chicas guapas en esta universidad. Quiero conocerlas a todas.

–Tú nunca cambias, Ross.

–Tú tampoco. Ventajas de ser inmortales, querida.

Caminaron por las calles empedradas de la ciudad hasta llegar a la Universidad Nyu Dupont, un imponente edificio de piedra gris y ventanales góticos. Las torres se alzaban como guardianas silenciosas de un lugar que parecía ocultar secretos más antiguos que sus muros. Por lo que Elnora sabía, la universidad constaba de varias alas donde el ala norte era para las clases y la cafetería, el ala norte estaban las habitaciones de los hombres y en el ala este las habitaciones de las mujeres. Y tanto hombres como mujeres compartían habitación con un compañero asignado.

Al entrar, la recepción era amplia y luminosa, con sofás para esperar y una pequeña cafetería justo al lado. Sentada en una silla de aspecto cómodo, una mujer de sonrisa impecable y dedos veloces sobre el teclado les atendió.

–Bienvenidos a Nyu Dupont –dijo amablemente. –Mi nombre es Jennifer, y les ayudaré en cualquier cosa que necesiten. ¿Tienen los documentos de ingreso?

Elnora fue la primera en darle los documentos, y Jennifer en cuestión de segundos los revisó para luego hacer lo mismo con Ross. Ambos esperaron pacientemente a que todo estuviera listo, y tras unos minutos de papeleo, Jennifer les entregó las llaves de la habitación.

–Señorita Vatore, compartirá habitación con la señorita Stone. Y usted, señor Spraus, con el señor Smith.

–Gracias. –respondió Elnora mientras guardaba la llave en el bolsillo.

Ambos salieron de recepción, y se dirigieron al patio interior donde cada uno iría al ala de residentes que le correspondía. El viento otoñal agitaba las hojas secas a su paso, Ross hablaba sin parar sobre las chicas que había visto en estos minutos de estancia pero Elnora apenas lo escuchaba. Había algo en el aire... una extraña sensación que hacía que su sangre, o lo que quedaba de ella, le hormigueara bajo la piel. Una sensación de peligro.

Elnora se despidió de Ross y se dirigió al interior del área de las chicas donde buscó su habitación. Al llegar al pasillo donde se encontraba su nuevo dormitorio, se detuvo frente a la puerta marcada con el número 203. Giró la llave y empujó suavemente la puerta. Dentro, la estancia estaba perfectamente ordenada, salvo por una maleta abierta sobre una de las camas, la más pegada al armario. Entonces, una voz dulce, con un deje distraído, sonó desde el baño.

–¿Eres mi nueva compañera? Un momento, ya salgo.

Elnora arqueó una ceja mientras miraba su cama, la más cercana al balcón, y la puerta del baño se abrió. Una chica de pelo rubio brillante, ojos azules y una sonrisa que irradiaba calidez la saludó emocionada.

–Soy Alicia Stone –se presentó, extendiendo la mano. –Encantada.

–Elnora Vatore. –respondió la vampira, tras observar a la joven durante unos minutos.

El apretón fue breve pero suficiente para que Elnora notara el calor de su piel. Definitivamente es humana. Alicia sonrió sin notar la tensión en la mirada de su nueva compañera, por lo que al separarse caminó hacia su cama y se sentó.

–Espero que te guste la habitación. Elegí esta cama porque da más tarde la luz cuando amanece. Espero que no te importe la luz.

–No me importa la luz. –respondió Elnora con tono neutro.

Alicia rio suavemente, sin entender del todo el doble sentido de aquella frase. Elnora se sentó en su cama y la observó de reojo. Su compañera parecía completamente normal, pero su inocencia y vitalidad la desconcertaban. Algo que por primera vez en mucho tiempo, despertó en Elnora la curiosidad de saber más por su compañera de habitación.

Elnora observó cómo Alicia colocaba sus cosas en el armario con un desorden monumental. Cada prenda estaba colocada con otra que no tenía nada que ver, todo era un caos menos los libros, cada libro tenía un espacio perfectamente medido en la pequeña estantería que ambas compartían.

La vampira se recostó en la cama con los brazos cruzados tras la cabeza, dejando que Alicia hablara sin apenar intervenir.

–Este lugar es enorme, ¿eh? –comentó Alicia mientras cerraba la puerta del armario –. Nunca había estado en una universidad tan grande. Creo que si mañana intento llegar a clase sola, acabaré en el almacén de limpieza o en el tejado.

–¿Tan mal se te da orientarte?

–Horriblemente –admitió Alicia entre risas –. Si me das un mapa, lo más probable es que me pierda tratando de leerlo.

–Eso suena... prometedor. –respondió Elnora con un tono divertido, y una pequeña sonrisa se insinuó en sus labios.

–¿Qué te parece si damos un paseo por el campus? Así mañana no haré el ridículo buscando la cafetería o el aula equivocada.

–De acuerdo –dijo al fin, tras suspirar cansada, sabiendo que la humana no se iba a rendir hasta que la acompañara. –Pero tú guías, así te acostumbras.

–¡Trato hecho!

El campus de la Universidad Nyu Dupont era impresionante a la luz del día. Los muros de piedra gris adquirían tonos dorados bajo el sol, y los jardines, impecablemente cuidados, se extendían entre senderos bordeados por farolas antiguas. Habían grupos de estudiantes que iban y venían, charlando animadamente, otros con libros en la mano o auriculares puestos.

–No puedo creer que estemos aquí –dijo Alicia mientras caminaban –- Es como si lo hubieran sacado de una película.

–O de una pesadilla, dependiendo la perspectiva. –replicó Elnora con media sonrisa.

–¿Siempre eres tan optimista?

–Solo cuando hace demasiado sol.

Alicia soltó una carcajada que resonó entre los árboles. Elnora la observó de reojo; aquella risa, tan ligera, tan viva, la desarmaba un poco. Caminaban lado a lado, y aunque Elnora mantenía la distancia, comenzaba a disfrutar, sin admitirlo, de aquella compañía.

Pasaron la biblioteca –una construcción majestuosa de tres pisos con vitrales color ámbar –, el edificio de clases, los dormitorios de chicas, y finalmente los jardines centrales, donde una fuente de mármol vertía agua cristalina.

–Ahora sí –dijo Alicia, exhalando con alivio –. Creo que si mañana me pierdo, será solo dentro de la cafetería.

–Hablando de eso, deberíamos ir a verla –propuso Elnora –. Ross me dijo que estaría por ahí.

–¿Ross?

–Un amigo –respondió Elnora, con algo de resignación. Ya empezaba a imaginar como se pondría su amigo cuando le presentara a Alicia. –Lleva conmigo... bastante tiempo.

La cafetería de Nyu Dupont era amplia y luminosa, con ventanales que dejaban entrar el sol y el aroma del café recién hecho flotando en el aire. El bullicio de los estudiantes llenaba el lugar, pero Elnora localizó de inmediato a su amigo: Ross estaba en una de las mesas del fondo, rodeado de dos chicas que reían ante algún comentario suyo.

–Ahí está –murmuró Elnora, rodando los ojos ante la escena.

–¿Este es tu amigo? –preguntó Alicia, divertida –. Parece muy sociable.

–Demasiado.

Cuando Ross levantó la cabeza y las vio, se levantó en seguida y agitó la mano con una sonrisa tan amplia como imprudente.

–¡Elnora! ¡Por fin! Estaba a punto de ir a buscarte. –exclamó, apartándose de las chicas. –Lo siento, queridas damas, tengo que ir con mi querida amiga. Más tarde nos vemos.

–Claro que sí. –replicó Elnora con ironía mientras su amigo se acercaba a ellas. –Seguro que estabas muy ocupado.

–¿Y quién es esta encantadora dama? –preguntó Ross mirando a Alicia.

–Alicia Stone –se presentó, extendiendo la mano con amabilidad –. Soy la nueva compañera de habitación de Elnora.

–Ross Sprauss, para servirte –respondió, besando su mano con exageración –. Debo decir que Elnora tiene un excelente gusto en hacer amigas.

–Relájate, Ross. No querrás quedarte sin desayuno.

–Ay, ay, ay, qué mal humor –dijo él entre risas, levantando las manos en señal de rendición –. Pero está bien, me portaré bien... por ahora.

–¿Lleváis mucho tiempo conociéndoos? –Alicia sonrió, divertida por la dinámica entre ambos.

–Podría decirse que toda la vida. –respondió Elnora, sin entrar en detalles.

–Sí, nuestros padres son amigos de hace años. Nos criamos juntos. –Ross asintió, cómplice. –Y créeme, nunca me aburro con ella.

Los tres se sentaron juntos. La conversación fluyó con naturalidad; hablaron del campus, de las clases que empezarían al día siguiente y de las absurdas normas de convivencia que Jennifer, la recepcionista, les había enumerado. Cuando salieron de la cafetería, el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados. Alicia estiró los brazos con una sonrisa satisfecha.

–Gracias por acompañarme.

–No lo agradezcas –respondió Elnora, mirándola de reojo –. Pero si mañana terminas en el tejado, no digas que no te lo advertí.

–Trato justo.

Al día siguiente, el cielo estaba despejado y una brisa suave agitaba las hojas de los robles del campus, dando el inicio a las clases. El murmullo de los estudiantes llenaban los pasillos, un caos ordenado de risas, saludos y pasos apresurados. Elnora caminaba junto a Alicia, quién sujetaba un cuaderno nuevo contra el pecho y trataba de memorizar el camino.

–¿Lista para sobrevivir el primer día? –preguntó Elnora con una sonrisa apenas visible.

–No del todo –admitió Alicia, soltando una risa nerviosa –. Pero al menos sé llegar al edificio gracias a ti.

–Supongo que sí. Eso para ti ya es un logro. –respondió Elnora divertida –. Aunque no voy a ayudarte si te pierdes dentro del aula.

–Qué amable eres.

Ambas compartían la misma carrera: Historia y Culturas Antiguas. Según el padre de Elnora, Vladimirio, era una de las asignaturas más seguras. Pocos sospecharían que una vampira con siglos de vida tuviera interés en historia humana.

Cuando entraron al aula, el lugar ya estaba casi lleno. Los ventanales dejaban entrar una luz cálida, y el olor a tiza y papel nuevo impregnaba el ambiente. Se sentaron juntas en una de las filas del centro, donde Elnora podía observar sin llamar demasiado la atención.

–No puedo creerlo –susurró Alicia, hojeando el programa de estudios –. Vamos a hablar de civilizaciones antiguas, mitos y leyendas. ¡Es perfecto!

–Sí, perfecto... –murmuró Elnora, con una sonrisa que ocultaba demasiados recuerdos de cuando esas “leyendas” no eran simples historias.

El reloj marcaba casi la hora. El profesor aún no había llegado, y el murmullo de los estudiantes llenaba la sala. Entonces, la puerta se abrió. El sonido fue leve, pero suficiente para que Elnora levantara la mirada.

Una chica entró con paso firme, como si el lugar le perteneciera. Tenía el pelo castaño y ondulado, que caía sobre sus hombros en suaves mechones, y unos ojos marrones tan profundos como el café oscuro. Su presencia impuso silencio a su alrededor de manera casi imperceptible. La joven llevaba puesto un abrigo largo de color verde oscuro, botas altas y una mirada que parecía observarlo todo.

–Vaya... –susurró Alicia –. Tiene un estilo interesante.

Pero Elnora no contestó. Su cuerpo se tensó de inmediato. El olor. Aquel olor inconfundible: metal, madera, aceite... y algo más, algo oculto bajo la fragancia de perfume caro. Elnora lo había sentido antes.

Una Cazadora.

La chica recorrió la clase con calma y, para desgracia de Elnora, se detuvo frente a su fila.

–¿Está libre este asiento? –preguntó con voz serena, mirando el lugar vacío al lado de ellas.

–Sí, claro, siéntate. –dijo Alicia con una sonrisa.

Elnora se quedó inmóvil, como una estatua. Fingió una sonrisa, aunque sentía la tensión en todo su cuerpo. La recién llegada dejó su bolso sobre la mesa y extendió la mano hacia ambas.

–Soy Kaira Grimmwolf –dijo con un tono amable pero firme –. Acabo de mudarme a la ciudad.

–Alicia Stone –respondió, estrechándole la mano con entusiasmo –. Encantada de conocerte.

–¿Y tú? –preguntó Kaira con interés mirando a Elnora.

–Elnora Vatore. –respondió la vampira con voz controlada.

Su instinto gritaba que se alejara, pero no podía hacerlo sin levantar sospechas. Kaira sostuvo su mirada unos segundos más de lo normal. Había algo inquisitivo en sus ojos, una chispa de reconocimiento que heló la sangre de la vampira. Finalmente, Kaira sonrió, pero Elnora no se dejó engañar. Había visto esa sonrisa antes; la de quien conoce al enemigo, pero finge no saberlo.

–Un nombre hermoso. –comentó Kaira, abriendo su cuaderno.

Mientras la vampira la miraba fijamente, sabiendo que su vida había pegado un giro radical, al tener a aquella Cazadora en la misma universidad que ella.

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