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EL MALDITO

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Sinopsis

Una novela negra con sentido del humor, sobre la amistad, la suerte, y lo ridículo que puede ser el poder cuando se le mira de cerca. Macario es un luchador enmascarado que está convencido de cargar con una maldición. Cuando su mejor amigo, Jaime, desaparece, Macario decide encontrarlo sin importar hasta dónde tenga que llegar. Su búsqueda comienza con una deuda y pronto lo lleva hasta un empresario corrupto, un político poderoso, un grupo de narcotraficantes y varios asesinos dispuestos a hacer cualquier cosa para proteger sus secretos. A su lado está Alicia, una policía inteligente que no cree en maldiciones. Pero ni la suerte sirve contra un amor que llega sin avisar, y que puede complicar la vida más que cualquier sicario.

Genero:
Mystery/Adventure
Autor/a:
Tlalcami
Estado:
Extracto
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Sábado

El sábado empieza como todos: con la certeza de que voy a salir peor de lo que entré.

Me llamo Macario. Tengo veintidós años. Lo único que heredé de mi jefecita, que descanse en paz, fue su piel morena. Lo que era de mi padre, al que no conocí, fue el pelo rizado, que nunca obedece a ningún peine.

Soy luchador profesional de la arena Coliseo Independencia. No es la arena grande, la de la tele. Es la otra, la de las gradas de lámina que sudan calor de día y frío de noche, la que huele a cacahuates rancios y a loción barata de luchador. Con todo eso, es la arena de mi corazón. Es la arena de: El Hijo del Santo, Blue Demon Jr., Mil Máscaras y demás leyendas. Ahí es donde peleo los sábados, sin falta, mientras el resto de la semana finjo que soy detective.

Llevo mi pantalón de mezclilla y mi gabardina de cuero. La gabardina y el sombrero son regalos de Jaime, me los dio en tono de broma el día que le dije que quería ser investigador privado, pero la verdad es que adoro esta gabardina y me cuesta salir sin ella.

Justo hoy, a las once de la noche, estoy agachado detrás de un Tsuru sin placas, viendo la puerta de una casa que no es mía, esperando a que salga una muchacha de dieciséis años que sus papás llevan cinco días buscando.

Se llama Karina. Tardé dos tardes en llegar hasta aquí: la primera parte fue preguntando en la tienda de la esquina de su casa, donde una señora me contó, sin que se lo pidiera dos veces, que la muchacha se había ido con un novio que a nadie en la cuadra le gustaba. El segundo paso fue seguir al novio desde una esquina donde vende algo que no logro ver y tampoco me interesa saber. Poco después, llegué hasta esta casa de fachada descuidada. Según me dijeron, tiene a una chica encerrada, más por decisión de él que por decisión de ella. El caso me lo dieron los papás por solo mil pesos, prometidos para cuando la regresara sana y salva. Sé que es poco, pero así son las cosas. Para cobrar bien necesito sacar mi licencia y poner una modesta agencia. Por ahora, solo es un sueño.

No traigo la máscara. La dejé en mi cuarto porque pensé, con la soberbia de quien todavía no ha aprendido nada, que esto era un caso sencillo: tocar la puerta, hablar bonito, convencer a una adolescente enamorada de que su casa es mejor que esta.

Toco. Nadie abre, pero adentro se oyen voces, una de ellas femenina, y eso me basta para empujar la puerta con el hombro. No alcanzo ni a moverla del marco cuando algo duro me revienta en la nuca por detrás. No sé cuántos son. No alcancé a contarlos antes de que el mundo se me pusiera de lado.

Lo que veo después llega en pedazos: un tenis subiéndose a mi costado, una risa que no ubico de quién, el cielo nocturno moviéndose raro cada vez que alguien me voltea de una patada. Encajo golpes que no veo venir, en las costillas, en la espalda, uno en la cara que me llena la boca de un sabor a metal que ya empiezo a conocer demasiado bien. En algún momento dejo de intentar cubrirme y solo trato de que la respiración no se me corte del todo.

Me arrastran los últimos metros y me sueltan en la banqueta con la misma indiferencia con la que se saca la basura la noche antes de que pase el camión.

Me paro con trabajos, apoyándome primero en las manos, después en una rodilla, mientras ellos —ahora sí los cuento, son cuatro, más el novio que se queda en el marco de la puerta sin ensuciarse las manos— me gritan que no vuelva, que la próxima vez no la cuento, y algo más que ya no alcanzo a entender porque están cerrando la puerta detrás de ellos, satisfechos, dejándome solo en la calle con la certeza de que fallé.

Llego arrastrando los pies hasta mi edificio, subo los tres tramos de escalera hasta la azotea, donde tengo mis dos cuartos, y ahí, colgada del clavo de siempre, está la máscara.

Cuando empecé en esto de la lucha era puro tropiezo. Tenía la devoción, el estilo, la habilidad, y aun así encadenaba un fracaso con otro, por eso decidí ocultar mi identidad detrás de una máscara. La primera y la segunda no me funcionaron, pero esta fue idea de mi amigo Jaime. Quiso que la mandara hacer, y hasta insistió en que la lleváramos a bendecir antes del debut. No creo en esas cosas, pero desde que la uso siento que la fortuna me sigue. Yo solo sé que las coincidencias empezaron a acumularse.

El nombre que me pusieron por el diseño de la máscara fue El Maldito. Nunca terminó de convencerme, pero reconozco que tiene sentido, sobre todo por los cuatro cuernos. Según yo, esta máscara es lo único que me ha mantenido con vida más tiempo del que merezco. No soy supersticioso. Soy realista. Hay una diferencia, aunque nadie más la note.

Cada vez que me la pongo, con los cuernos rozándome las sienes, siento que le queda bien a lo que soy, y esta noche, más que ninguna otra, siento la sangre calentarse, como si alguien le hubiera subido el fuego a una olla que empieza a hervir. El Maldito me parece exactamente el nombre correcto.

Bajo otra vez a la calle y camino de regreso a la casa de fachada descuidada.

Ellos siguen ahí, en la puerta, todavía riéndose del muchacho que se fue arrastrando hace media hora. Dejan de reírse en cuanto me ven llegar caminando con la máscara puesta.

No voy a decir que fue limpio. No voy a decir que fue justo. El novio manda a los cuatro encima de mí al mismo tiempo, y esta vez los veo venir, esquivo lo que puedo, respondo lo que alcanzo, y cuando uno cae ya no se vuelve a levantar con ganas de seguir. Peleo con algo que no reconozco del todo como mío, más rápido de lo que debería, más duro de lo que planeaba, hasta que unos están en el suelo y otros corriendo, y la puerta que antes se cerró en mi cara ahora está abierta de par en par.

Karina está ahí, en el marco, con los ojos muy abiertos. Vio todo. Vio cómo los terminé y ahora me mira con el mismo miedo con el que miraría a cualquiera de ellos.

Me quito la máscara ahí mismo, despacio, para que me vea la cara antes de que decida salir corriendo.

—Vengo a llevarte a tu casa —le digo, y por primera vez en toda la noche, algo sale exactamente como debería salir.

Su padre me recibe en la puerta con la cara de alguien que llevaba cinco días sin dormir bien. Me paga lo acordado, que ya sabía yo que iba a ser poco, y su esposa, apenada, sale detrás con una bolsa de tamales todavía calientes, como si eso completara la cuenta.

—Es lo que tenemos ahorita —dice ella—. Pero se los hice con mucho cariño.

No sé decir que no a los tamales de una señora agradecida, así que los recibo con las dos manos, apenado yo también, y me despido con la ceja abierta, las costillas moradas y una bolsa de plástico caliente que huele mejor que cualquier cosa que haya comido esta semana.

Camino de regreso a mi edificio pensando que el sueldo de detective de barrio, sumado al de luchador, tampoco me va a sacar de pobre, pero al menos esta noche como bien.

—Te dije que era buena idea que sacaras la licencia —me dice Alicia esa misma noche, sin que yo le haya contado nada, porque Alicia siempre sabe lo que pienso antes de que yo hable.

Está sentada en la banqueta de mi edificio, con los brazos cruzados, el cabello recogido como casi siempre lo trae, aunque un mechón se le escapa y ella no parece notarlo, o no le importa. Tiene esos ojos grandes, con una mirada tan penetrante que me intimida: siento que ya sabe la respuesta antes de que yo diga nada.

—¿Qué licencia?

—La de investigador privado, Macario. Llevas un año jugando al detective sin papeles. Te apuesto que esos tamales son un cobro por debajo de la mesa —dice, señalando la bolsa que todavía cargo—. Sigues aceptando casos de gente que no puede pagarte ni la mitad de lo que vales. Con la licencia trabajas legal y cobras lo que es correcto. Y de paso —agrega, como quien no quiere la cosa— dejas de meterte en broncas que no son tuyas.

—¡Chale, mujer! Las broncas me buscan a mí.

—Las broncas las buscas tú, y luego actúas sorprendido cuando llegan.

No le respondo, porque tiene razón, y porque contradecir a Alicia cuando tiene razón es una de esas peleas que uno pierde antes de empezar, con o sin máscara.

La conozco desde hace año y medio. Es policía, de la división de ciencia, y es la persona más inteligente que conozco. Yo veo que es muy linda, aunque no digo que es una súper modelo. Su figura atlética, supongo, se debe al ejercicio que eles exigen a los policías. Aun así, es una mujer menuda, de cuerpo muy femenino. También es la que más me hace sentir como un idiota, aunque nunca me lo dice con esas palabras. Tiene otras formas. Un silencio calculado. Una ceja que sube medio centímetro. A veces quisiera escapar, pero sé que a veces no puedo solo. Ella suele ser mi motor.

Entre nosotros hay algo que todavía no tiene nombre, o que tiene demasiados nombres y ninguno correcto. Ella dice que es ‘consejo profesional’. Yo no digo nada, porque no sé qué decir, y porque cada vez que lo intento me sale mal.

—¿Y bien? —insiste ella.

—Lo voy a pensar.

—Lo llevas pensando seis meses.

—Entonces ya casi termino de pensarlo.

Alicia pone los ojos en blanco, se levanta, se sacude el pantalón como si se sacudiera también la conversación. Antes de irse, me dice algo que en el momento no le doy importancia:

—Un día de estos vas a necesitar ser investigador de verdad, Macario. Y ese día vas a desear haber sacado la licencia antes.

Siento un escalofrío, como si esas palabras pudieran predecir el futuro.

Aún no sé que ese futuro se llama Jaime.

Capítulos
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