Capítulo 1
El Hombre Que No Quería Ir a La Capital
El bosque todavía respiraba.
Conrad Weyland podía sentirlo bajo las botas.
La tierra húmeda cedía apenas con cada paso, hundiéndose bajo el peso de sus piernas antes de recuperar lentamente su forma. El olor a pino mojado se mezclaba con el de la corteza recién partida, el barro y algo más oscuro que todavía permanecía pegado a su abrigo.
Sangre.
No la suficiente para preocuparse.
La suficiente para recordar que había llegado tarde.
El cielo sobre las copas de los árboles era una extensión gris, pesada, casi blanca en el horizonte. Había comenzado a nevar durante la madrugada, pero la temperatura no había descendido lo suficiente para que los copos se asentaran. El resultado era un bosque empapado, cubierto por una fina capa de nieve sucia que se derretía sobre las ramas y caía en gotas heladas.
Conrad avanzó sin prisa.
A su espalda, tres hombres desmontaron y comenzaron a revisar los restos del campamento que habían encontrado aquella mañana.
Los rebeldes habían intentado esconderse bien.
No lo suficiente.
Habían cruzado el río durante la noche, dejando huellas en el barro. Después habían cubierto el sendero con ramas y hojas.
Un error.
El bosque podía ocultar muchas cosas.
No podía ocultar una alteración en el suelo.
Conrad había seguido las marcas hasta encontrar el campamento.
Ahora quedaban cuerdas cortadas, una fogata apagada y un carro abandonado entre los árboles.
Los rebeldes habían huido.
Dos estaban muertos.
Cinco habían sido capturados.
Los demás tendrían que decidir si preferían continuar corriendo o descubrir qué significaba haber sido vistos por el ejército del Norte.
Conrad se quitó un guante.
Tenía los dedos fríos.
El hielo respondió a su presencia casi por instinto.
Una fina capa blanca recorrió sus nudillos antes de desaparecer.
- Mi señor.
Conrad giró la cabeza.
Uno de sus soldados se acercaba.
- Encontramos esto.
Le entregó un medallón pequeño, ennegrecido por el fuego.
Conrad lo examinó.
No reconoció el símbolo.
Eso era peor que reconocerlo.
- Llévalo al archivo militar.
- Sí, mi señor.
El hombre dudó.
- ¿Regresamos al castillo?
Conrad miró hacia el bosque.
El viento atravesó las ramas y agitó la nieve acumulada sobre los pinos.
- Sí.
Había sido una incursión pequeña.
Pero los rebeldes no aparecían porque sí.
Alguien los estaba financiando.
Y si alguien había comenzado a mover hombres dentro de sus territorios, Conrad prefería descubrir quién antes de que el problema llegara a una de sus ciudades.
Se volvió hacia el sendero.
Entonces vio el castillo.
No completo.
Solo las torres que sobresalían entre los árboles.
Piedra gris.
Tejados oscuros.
Murallas gruesas.
El hogar.
Conrad aceleró ligeramente el paso.
No porque tuviera prisa.
Porque llevaba demasiadas horas bajo la lluvia.
Cuando salió del bosque, el viento golpeó su rostro con mayor fuerza.
Y allí estaba el carruaje.
No.
El hombre.
Su mayordomo permanecía junto a la escalinata principal con una paciencia que solo podía pertenecer a alguien que había esperado demasiadas veces a que Conrad volviera cubierto de barro.
A su lado había un criado sosteniendo una bandeja.
Sobre ella descansaban una taza de té, una pequeña botella de coñac, una toalla limpia...y una carta.
Conrad se detuvo.
Miró la bandeja.
Luego miró al mayordomo.
- No.
El hombre arqueó una ceja.
- Todavía no he dicho nada, mi señor.
- No necesito escuchar nada.
- Me temo que sí.
Conrad continuó caminando.
- Estoy cubierto de barro.
- Lo he notado.
- Hay sangre en mi abrigo.
- También.
- Y probablemente huelo a caballo.
- Sin duda.
Conrad subió el primer escalón.
- Entonces no veo por qué tenemos que hablar.
- Porque tiene una invitación.
Conrad se detuvo.
Miró nuevamente la carta.
El sello imperial brillaba bajo la luz gris de la tarde.
Dorado.
El águila imperial.
No necesitaba abrirla.
Ya sabía qué era.
- No.
- Mi señor...
- No.
El mayordomo suspiró.
- La última vez que dijo eso tenía ocho años.
Conrad lo miró.
- Y tenía razón.
- Estaba negándose a aprender latín.
- Sigo considerando que fue una decisión sensata.
El hombre sonrió apenas.
Había servido a la familia Weyland desde antes de que Conrad pudiera sostener una espada.
Había sido quien le enseñó a anudarse correctamente una corbata, quien había escondido dulces en su habitación cuando era niño y quien había recibido, durante años, más amenazas de muerte provenientes del joven duque que cualquier enemigo de la frontera.
También era una de las pocas personas en el Imperio capaces de ignorar completamente su título.
- La invitación es para la Fiesta de la Fundación. - dijo.
- Lo sé.
- Entonces sabrá que debe asistir.
- No.
- Este año sí.
Conrad tomó la taza de té.
Bebió un sorbo.
Estaba caliente.
Perfecto.
Pero eso no mejoró su humor.
- ¿Por qué?
- Porque el emperador está enfermo.
Conrad dejó la taza sobre la bandeja.
El mayordomo continuó:
- Y el príncipe heredero ha comenzado a presidir el Consejo en su nombre.
Eso sí consiguió su atención.
Conrad miró nuevamente el sello.
El príncipe Adrien D’Angelo.
Había conocido al heredero años atrás.
Un muchacho disciplinado.
Inteligente.
Demasiado consciente de sus responsabilidades para su edad.
Si ahora estaba ocupando el lugar del emperador en el Consejo, la situación era más grave de lo que probablemente admitían públicamente.
- ¿Qué tan enfermo está?
- Lo suficiente para que el Palacio Imperial haya reducido sus apariciones públicas.
Conrad permaneció en silencio.
El viento levantó el borde de su abrigo embarrado.
- Entonces el príncipe necesitará a los duques en la capital.
- Exactamente.
- Puede sobrevivir sin mí.
- El Imperio también sobreviviría sin usted, mi señor.
Conrad lo miró.
El mayordomo no pestañeó.
- Pero eso no significa que deba poner a prueba cuánto tiempo.
Conrad soltó una respiración.
Era una de las pocas personas capaces de ganar una discusión sin elevar la voz.
- ¿Cuántos días?
- La ceremonia comienza dentro de nueve días.
- No.
- Diez, si desea viajar con comodidad.
- No.
- Once, si pretende detenerse en el camino.
- No voy a detenerme.
- Entonces nueve.
Conrad cerró los ojos un instante.
La capital.
Solo pensarlo le produjo una molestia inmediata.
No por el Palacio.
No por el Consejo.
Ni siquiera por las ceremonias.
Por las mujeres.
Recordaba perfectamente su última visita.
Había sido rodeado desde el momento en que puso un pie en la capital.
Una marquesa había enviado flores.
Una condesa, dulces.
Una duquesa viuda, una invitación privada.
Tres jóvenes nobles habían encontrado casualmente el mismo camino que él durante una recepción.
Una de ellas había tropezado frente a sus botas.
Otra había intentado tomarle el brazo.
La tercera había preguntado, con una sonrisa cuidadosamente ensayada, si era cierto que el Duque del Norte dormía con una espada bajo la almohada.
Conrad había contestado que sí.
Ella había reído.
No había entendido que hablaba en serio.
La experiencia había sido suficiente para convencerlo de que la capital constituía una amenaza que ningún ejército extranjero había logrado igualar.
- No pienso asistir a bailes.
- No se le ha pedido que baile.
- No pienso cortejar a nadie.
- Nadie se lo ha pedido.
- No pienso sonreír.
- Eso ya lo suponía.
Conrad frunció el ceño.
El mayordomo tomó la carta de la bandeja y se la ofreció.
- Y antes de que diga que puede enviar un representante...
- Puedo enviar un representante.
- No puede.
Conrad tomó la carta.
El sello se rompió bajo sus dedos.
El pergamino estaba escrito con la caligrafía formal de la Casa Imperial.
Leyó las primeras líneas.
Ceremonia.
Consejo.
Fundación.
Asistencia de los grandes señores.
Y entonces apareció una frase que le hizo detenerse.
“Se espera la presencia de Su Excelencia el Duque del Norte.”
Conrad miró al mayordomo.
- Eso no es una invitación.
- No.
- Es una orden.
- Una invitación muy educada.
Conrad dobló la carta.
- Odio la capital.
- Lo sé.
- Odio las fiestas.
- También.
- Y odio que me obliguen a asistir.
- Eso es probablemente lo que más le gusta a la capital de usted.
Conrad lo observó durante unos segundos.
Después bajó la mirada hacia el resto de la carta.
Había otra nota.
Más reciente.
Añadida a mano.
El mayordomo vio cómo sus ojos recorrían las líneas.
- Ah.
Conrad alzó una ceja.
- ¿Qué?
- La princesa.
El gesto de Conrad cambió apenas.
- ¿Qué princesa?
- Gabrielle.
El nombre le resultaba conocido.
No personalmente.
Por los informes.
Por los rumores.
Por las cartas que llegaban de la capital.
La princesa rebelde.
La hija problemática del emperador.
La muchacha que había vuelto a provocar un incidente durante el entrenamiento imperial.
Conrad había escuchado historias sobre ella durante años.
No le había prestado demasiada atención.
Hasta ahora.
- ¿Qué hizo esta vez?
El mayordomo sonrió.
- Abusó de sus habilidades durante un entrenamiento.
- ¿Abusó?
- Eso dice el informe.
- ¿Qué significa?
- Que rompió tres blancos de entrenamiento, derribó a uno de los instructores y abrió una grieta en el patio.
Conrad levantó lentamente la mirada.
- ¿Una grieta?
- Eso dicen.
- ¿Y por qué?
- Según la princesa, el instructor estaba haciendo trampa.
Conrad guardó silencio.
- ¿Lo estaba?
- Según el mismo informe...
El mayordomo tomó aire.
- Sí.
Conrad volvió a mirar la carta.
La princesa había sido sancionada.
Naturalmente.
En la capital, una princesa imperial podía utilizar su magia para proteger una ciudad entera y aun así ser reprendida por haber levantado demasiado la voz durante la cena.
Conrad dobló el pergamino.
No sabía por qué el detalle le había llamado la atención.
Quizá porque conocía demasiado bien a la gente que confundía disciplina con obediencia.
Quizá porque, después de tantos años en la frontera, había aprendido que los informes oficiales rara vez comenzaban donde comenzaban los problemas.
- ¿Qué más dice?
El mayordomo lo miró con interés.
- ¿Sobre la princesa?
- Sí.
- Que debe asistir a todos los actos oficiales de la Fundación.
Conrad hizo una mueca.
- Pobre muchacha.
El mayordomo sonrió.
- ¿Eso ha sido compasión, mi señor?
- No.
- Me pareció que sí.
- Fue reconocimiento del sufrimiento mutuo.
- Por supuesto.
Conrad entregó la carta.
- Preparad el carruaje.
El mayordomo no respondió inmediatamente.
- ¿Eso significa que iremos?
Conrad miró hacia las montañas.
Sobre los picos comenzaba a acumularse nieve.
El Norte era silencioso.
Difícil.
Predecible.
La capital era todo lo contrario.
Demasiadas personas.
Demasiadas palabras.
Demasiadas sonrisas.
Y demasiadas mujeres convencidas de que un hombre que no sonreía necesitaba desesperadamente que ellas lo hicieran.
Conrad suspiró.
- Sí.
El mayordomo tomó la carta.
- ¿Cuándo partimos?
- En seis días.
- La Fundación comienza en nueve.
- Entonces tendremos tres días de margen.
- ¿Por qué?
Conrad se quitó el abrigo embarrado y se lo entregó al criado.
- Porque quiero comprobar los informes de la frontera antes de marcharme.
El mayordomo asintió.
Después añadió, con una tranquilidad irritante:
- Y porque no quiere llegar a la capital demasiado temprano.
Conrad lo miró.
- Exactamente.
- Para evitar a las mujeres.
- Exactamente.
El hombre sonrió.
- Naturalmente.
Conrad entró al castillo.
Apenas había cruzado el umbral cuando escuchó al mayordomo decir detrás de él:
- Espero que esta vez ninguna dama se tropiece frente a sus botas.
Conrad se detuvo.
Giró lentamente la cabeza.
El mayordomo ya estaba entrando.
- ¿Qué ha dicho?
- Nada, mi señor.
Conrad lo observó unos segundos.
Después continuó caminando.
No tenía intención de pensar en la capital.
Mucho menos en las mujeres.
Tenía una frontera que vigilar, rebeldes que investigar y un emperador enfermo cuyo heredero necesitaba la presencia de sus vasallos.
La Fiesta de la Fundación sería una obligación.
Nada más.








