PRÓLOGO: EL ECO DE LA GRIETA
El cielo sobre las ruinas de Nueva Manhattan no era azul ni gris, sino del color de una herida infectada: un púrpura enfermizo surcado por relámpagos negros que no emitían sonido alguno al rasgar la atmósfera. No caía lluvia, solo una fina nevada de ceniza caliente que olía a ozono, a asfalto derretido y a cobre quemado. El silencio de la ciudad muerta era denso, antinatural, interrumpido únicamente por el crujido del cristal roto y el acero retorcido bajo las pesadas botas de titanio del Inquisidor Vael.
Vael, un Cazador de Líneas del Sindicato Nexus, caminaba con parsimonia entre los escombros monumentales de una civilización que acababa de extinguirse hacía apenas unas horas. A su alrededor, las inmensas máquinas extractoras del Sindicato, titanes de metal oscuro con forma de arañas mecánicas, perforaban la corteza del planeta para succionar la última gota de energía geotérmica de ese universo condenado.
Su armadura era una pesadilla biomecánica, una fusión blasfema de metal líquido y antiguas runas de obsidiana que palpitaban con una luz escarlata, latiendo al compás de un corazón sintético. En su mano derecha sostenía un orbe metálico que flotaba a centímetros de su palma. El artefacto emitía un zumbido de baja frecuencia que hacía vibrar el polvo en el aire, alterando la gravedad a su alrededor para que la ceniza se arremolinara en espirales perfectas.
Se detuvo en seco en el borde de un inmenso cráter que alguna vez fue el centro financiero del mundo. El orbe comenzó a girar frenéticamente, sus engranajes cuánticos chasqueando como huesos rompiéndose bajo una inmensa presión, hasta que proyectó un holograma fracturado en el aire humeante. Cientos de constelaciones y líneas de tiempo brillaron en un rojo moribundo.
—Informe de rastreo —ordenó Vael. Su voz no sonó a través del aire, sino que viajó directamente a la mente de sus soldados mediante el enlace neural, fría, desprovista de alma y metálica como el roce de dos cuchillos afilados en la oscuridad.
—Línea temporal purgada y estabilizada para recolección, señor —respondió una voz estática en su comunicador, proveniente de una de las naves nodriza que orbitaban el planeta en ruinas—. La firma de energía no se encuentra aquí. El recipiente no pertenece a esta dimensión. Los sensores indican que huyó antes del colapso de las fronteras físicas.
Vael apretó el puño con fuerza, provocando que los metales de sus nudillos crujieran, y el holograma parpadeó amenazando con desestabilizarse. Habían incinerado otro universo entero para nada. Trillones de vidas borradas en un parpadeo. La «Singularidad», la Grieta Cero —esa chispa de energía pura y creadora que su decadente imperio multidimensional necesitaba devorar desesperadamente para sobrevivir a su propia entropía—, seguía oculta, escurriéndose entre las infinitas ramas del multiverso.
De repente, el orbe en su mano emitió un destello cegador que iluminó la desolación del cráter.
Una aguja de luz dorada, brillante y prístina, perforó el holograma escarlata. Era un hilo de energía que desafiaba toda la lógica matemática del Sindicato, apuntando hacia una coordenada lejana, muy fuera de aquel universo en ruinas y de los mapas estelares conocidos. Vael entrecerró sus ojos cibernéticos, acercando su rostro pálido al proyector mientras observaba los números y glifos que se desplegaban velozmente ante él.
Era una frecuencia completamente aislada. Un universo ancla. Una realidad intacta, cruda y rebosante de vida, que no había sido tocada por el veneno del multiverso. Un mundo donde las líneas del tiempo aún fluían en una sola dirección.
—Lo encontré —susurró Vael, y una sonrisa cruel, casi eufórica, partió las cicatrices de su rostro pálido, revelando un interior sombrío—. La Grieta Cero se ha escondido. Abran un túnel de perforación masiva hacia la Realidad Prime. Coordenadas: Sector de Salitre y Trópico. Preparen las falanges de asalto.
El Inquisidor bajó la mirada hacia las ruinas bajo sus pies. Ya no había nada de valor en esta dimensión.
—Inicien la fisión del núcleo. Que no quede ni polvo de este mundo —ordenó, con el tono glacial de quien desecha un envoltorio inútil.
A kilómetros por encima de la atmósfera tóxica, los cañones de antimateria de la flota nodriza convergieron, disparando un haz de energía hiperconcentrada directo a las entrañas del planeta. El suelo comenzó a temblar con una violencia apocalíptica. La corteza terrestre se fracturó en abismos de fuego negro y lava incandescente, tragándose las montañas y evaporando los océanos secos en cuestión de segundos. El colapso total era inminente.
Sin inmutarse por el cataclismo que desataba a sus espaldas, Vael levantó su brazo blindado. El aire frente a él comenzó a rasgarse con un ruido ensordecedor, como si la misma tela de la realidad estuviera siendo destrozada por garras gigantescas e invisibles. Un vórtice colosal de energía oscura succionó la ceniza, la luz y los escombros cercanos, abriendo el camino hacia Puerto Salitre.
Vael dio un paso al frente y cruzó el umbral oscuro justo cuando el planeta detrás de él estallaba en una supernova silenciosa, borrando esa línea temporal para siempre.
Dentro del túnel interdimensional, el estruendo de la explosión y el chirrido agudo del vórtice se mezclaron, taladrando los sentidos. Pero a medida que el portal se estabilizaba, buscando anclarse en las vibrantes coordenadas de aquel soleado rincón caribeño de la Realidad Prime, aquel sonido apocalíptico comenzó a transformarse. Al cruzar la barrera entre las dimensiones y entrar en la cálida atmósfera del nuevo mundo, el eco de la destrucción planetaria se fue volviendo más y más electrónico, domesticándose, hasta convertirse en el sonido inofensivo de una máquina encendida, rítmico, familiar e incesante...
Bip... bip... bip...








