Capitulo 1: Piloto
«Registro de telemetría de combate. Piloto: Anna.»
«Asignación: Águila 1.»
«Constantes vitales: Óptimas».
El manual de infantería de la Supertierra describe a Cyberstan como un planeta frío. Para Anna, piloto del caza táctico Águila 1, esa descripción no era más que una simplificación táctica autorizada. Cyberstan no era frío; era un infierno congelado de chatarra socialista. Las órdenes que tintineaban en su visor eran estrictas y procedimentales: quince minutos de apoyo aéreo, búsqueda, erradicación estandarizada y regreso al Superdestructor. Para una piloto imbuida con la fe ciega y absoluta de la Democracia Tutelada, este asalto era solo otro glorioso día en el frente.
Atravesar la atmósfera de Cyberstan fue como chocar contra un muro de lodo industrial. Las nubes grises y tóxicas tragaron su caza por completo. Cuando la visibilidad finalmente regresó, no reveló un paisaje natural, sino las fauces de «Trascendencia», una megaciudad fábrica. Era un monstruo brutalista de metal oxidado, erizado de chimeneas que escupían asfalto al cielo y luces rojas que parpadeaban en la nieve como ojos inyectados en sangre.
A la derecha de su cabina, el cielo se rasgó. Cuatro silbidos agudos cruzaron el aire a una velocidad vertiginosa. Eran los Hellpods de su escuadrón perforando las nubes; cuatro capsulas de decenso orbital de los helldivers cayendo directamente al corazón del enemigo. Casi de inmediato, la voz robótica e inexpresiva de su casco cobró vida.
—Alerta. Radares de superficie activos. Identificando múltiples baterías antiaéreas enemigas.
El cielo plomizo estalló en ráfagas de trazadoras rojas y humo espeso de misiles. Era un muro sólido de fuego antiaéreo. Cualquier piloto no adoctrinado habría dado media vuelta al instante. Pero Anna mantenía una sonrisa inquebrantable bajo su visor. Su confianza no nacía del ego o del talento individual —conceptos egoístas terminantemente prohibidos—, sino de la certeza absoluta de que el armamento de la Supertierra era impecable si se ejecutaba según el estricto protocolo militar. Sabía que los Helldivers requerían activos de soporte, y estaba convencida de que los autómatas carecían de la eficiencia logística humana.
Llevó el caza al límite técnico, soportando una fuerza G extrema que disparó su ritmo cardíaco, manteniéndose rasante a los rascacielos industriales que le servían como escudos provistos por el entorno. La nave crujía, pero respondía con la precisión matemática garantizada por sus contratos de manufactura.
El radar táctico emitió un pitido frenético. Abajo, las máquinas rodeaban a los soldados de infantería.
—Recibido, Helldivers —transmitió Anna con un tono rígidamente disciplinado—. Veo su baliza de requisición. Mantengan sus posiciones designadas. Águila 1 iniciando vector de distribución de justicia.
Siguiendo el Manual de Vuelo Orbital, empujó los propulsores en un picado directo hacia el enjambre enemigo, confiando ciegamente en que las ecuaciones de la Supertierra habían calculado el éxito infalible de la maniobra. Su dedo presionó el botón de liberación.
—Democracia entregada.
Quinientos kilos de alto explosivo erradicaron la posición enemiga en una explosión ensordecedora. Con estricta adherencia a las maniobras de evasión corporativas, Anna ejecutó un giro completo rompiendo la barrera del sonido, disipando su firma térmica con una lluvia de bengalas en el ascenso. Las métricas de su casco confirmaron múltiples bajas enemigas y un estado psicológico de «fervor patriótico óptimo».
Pero la guerra automatizada no concedía tregua. Una Fabricadora Andante de ocho metros de altura se alzó sobre la nieve, escupiendo Devastadores desde su vientre de acero. Anna la priorizó como un objetivo de alto valor estratégico. Alineó la retícula, a punto de apretar el gatillo, cuando el ruido atronador de tres naves de descenso enemigas irrumpiendo a través de las nubes la obligó a realizar una maniobra evasiva de emergencia.
El caza gimió por la tensión extrema. La violenta inercia provocó un fallo mecánico impredecible: un prematuro chasquido liberó la carga anticipadamente. La bomba cayó fuera del vector óptimo, impactando peligrosamente cerca del cuadrante asignado al pelotón de infantería.
—¡Fuego amigo! ¡Cúbranse, Águila 1 nos dio! —gritó un Helldiver a través de un canal ahogado por la estática y los disparos láser.
—Mando, aquí Águila 1 —respondió Anna, con voz inquebrantablemente burocrática y vacía de culpa—. Error de dispersión atmosférica detectado. Las bajas colaterales han sido procesadas como sacrificio patriótico aceptable dentro del margen de error de la misión. Mantengan el objetivo.
Sin carga útil pesada en sus compartimentos, ejecutó una pasada rasante vertiendo fuego de ametralladora pesada sobre las posiciones restantes, neutralizando los objetivos secundarios antes de elevar el morro hacia el vacío del espacio para un reabastecimiento en el Superdestructor. Sus mecánicos apenas tardaron los ciento veinte segundos reglamentarios en rearmar la nave.
—General, reporte de estatus logístico —solicitó Anna mientras los propulsores se encendían de nuevo con un estallido—. ¿Cuál es el rendimiento de las unidades en tierra?
—No procesamos sentimentalismos en este canal, Águila 1 —replicó la voz autoritaria y corporativa del General—. El escuadrón ha consumido el cincuenta por ciento de sus reemplazos presupuestados. Queda un objetivo táctico para asegurar el retorno de la inversión. Muévase.
Anna regresó al infierno. El último objetivo era un complejo de megafábricas fuertemente defendido. Deslizándose verticalmente a través de la densa red de láseres antiaéreos, aplicó las directrices de evasión con precisión quirúrgica y depositó su carga directamente en el núcleo de la infraestructura. Una explosión apocalíptica iluminó la superficie grisácea de Cyberstan. Los vítores histéricos de los supervivientes llenaron la radio, celebrando el cumplimiento de la cuota.
La misión estaba prácticamente completada. Anna inició las pasadas de limpieza reglamentarias para asegurar la extracción del capital humano, observando con satisfacción cómo los Helldivers abordaban la nave Pelican. Todo transcurría según las proyecciones del mando, hasta que un golpe sordo sacudió violentamente el chasis.
Una alarma menor sonó brevemente en la cabina. Luego, el panel principal estalló en advertencias críticas, tiñendo el habitáculo de una luz roja intermitente. Un impacto directo e imprevisto había destrozado el ala de babor. Los propulsores tosieron violentamente antes de silenciarse por completo, engullidos por el ruido del viento exterior.
—Fallo catastrófico de motor —anunció fríamente la voz de su casco—. Pérdida total de fluido hidráulico. Disminución crítica de altitud. Ritmo cardíaco fuera de métricas estándar.
El morro del caza cayó, atraído irremediablemente hacia los insondables pozos de chatarra del perímetro enemigo. Mientras la fuerza de gravedad la arrastraba hacia abajo, Anna no entró en pánico buscando una palanca de eyección. Conocía perfectamente las pautas de diseño industrial de la Supertierra: los cazas Águila 1 no estaban equipados con asientos eyectables. Setenta y cinco kilos de mecanismo de escape representaban setenta y cinco kilos menos de carga útil explosiva. El peso de la supervivencia individual simplemente no era rentable.
A través del cristal agrietado de su cabina, vio las siluetas oscuras y deformes de los Cyborgs convergiendo hacia su inminente zona de impacto. Si la atrapaban con vida, asimilarían su cuerpo a las máquinas. Pero lo que era mucho peor para el Alto Mando: asimilarían el software de navegación encriptado de la Supertierra, constituyendo una violación total y catastrófica a los términos de propiedad intelectual del Ministerio de la Defensa.
Con una determinación helada, desprovista por completo de sentimentalismos mundanos, Anna apartó las manos ensangrentadas de los controles inservibles y accedió al submenú de seguridad en su pantalla táctil.
—Mando, aquí Águila 1. Desplome inevitable —dijo, su respiración acelerada pero su tono inquebrantable frente al abismo—. Iniciando Protocolo de Negación de propiedad. Asegúrense de que el seguro limpie mi registro de responsabilidad para que no penalicen el fondo de pensiones de mis padres en la Supertierra. ¡Por la Libertad!
—Protocolo de protección activado —confirmó el sistema de la nave—. Borrado de memoria cuántica completado. Inicializando sobrecarga térmica del núcleo de fusión en tres... dos... uno...
El rugido del viento y las risas metálicas de los Cyborgs fueron cortados en seco por una detonación blanca y cegadora que consumió todo a su paso. Luego, solo quedó el suave zumbido del aire helado de Cyberstan.

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