El aula
Para Carolina
Llegué tarde.
El aula de proyectos ya estaba llena. Olor a cartón, a cola blanca y a café rancio. Mesas largas. Planos abiertos. Una maqueta caída de lado, con el tejado desencajado.
Cruzé entre las sillas. Vestido negro de manga larga, el mismo de casi todos los días. El cuantas se me subió un poco al sentarme. No lo bajé del todo. Debajo, bragas negras. El cuello, el medallón frío contra el pecho.
Segunda fila. No al fondo.
A mi izquierda, un cuaderno y un rotulador. A la derecha, el libro de construcción. Frente a mí, el tablero vacío esperando el plano.
El primero en entrar fue Hugo.
Traje oscuro. Camisa blanca. Reloj. Dejó el portátil sobre la mesa del profesor como si el aula fuera suya. Se arremangó un poco. No sonrió.
—Sacad la sección de la última entrega.
La voz le salió baja. Se me tensaron los pezones contra la tela.
Detrás vino Andrés.
Lino color arena. Cuello abierto. Sonrisa de las que parecen inofensivas. Pasó entre las mesas y, al llegar a la mía, se detuvo un segundo. La mano en el borde. Los ojos en mi cuaderno, no en mi cara.
—Hoy corregimos en voz alta —dijo.
Se fue. Me dejó el olor de su colonia.
El último fue Víctor.
Mangas subidas. Manos grandes. Un poco de polvo de maqueta en los dedos. Cruzó por mi lado tan cerca que le vi el vello de la muñeca. Me llegó a la nariz: madera, sudor limpio, colonia cara.
Junté las rodillas.
El vestido se me había quedado encogido en los muslos. La raya de las bragas, al aire un segundo, entre la mesa y yo. Nadie miró. O sí. No giré la cabeza.
Hugo encendió el proyector. Andrés se apoyó en la pared, con los brazos cruzados. Víctor cogió una maqueta ajena y la giró entre las manos, como si estuviera tanteando otra cosa.
Los tres en la misma aula.
Apreté los muslos. La tela de las bragas ya estaba húmeda. El rotulador se me resbaló entre los dedos.
Hugo levantó la vista del portátil.
—Quien esté en segunda fila, que prepare el plano. Empezamos por ahí.
Hugo no dijo mi nombre. Dijo “segunda fila”. Me levanté.
El vestido se me quedó pegado a los muslos. Lo bajé un poco al andar. Solo un poco. Las bragas ya se me habían marcado.
Llevé el plano hasta la mesa alta, la de correcciones, la que está de lado a la pizarra. Lo extendí con las dos manos. El papel crujió. Hugo se acercó por detrás.
No me tocó.
Se plantó tan cerca que le sentí el traje en la espalda. El calor. El aliento en el lateral del cuello, justo debajo del pelo.
Señaló una línea con el bolígrafo.
—Esta cota está mal.
La punta del bolígrafo rozó el papel. A mí me rozó la voz.
—El ritmo de la fachada se rompe aquí. Y aquí.
Cada “aquí” me lo decía más bajo. La camisa blanca se me venía encima. El reloj le brilló un segundo junto a mi cadera. No me agarró. No hacía falta.
—Sí —dije.
Se me oyó poco.
Él inclinó la cabeza. Me hablaba al oído como si me estuviera explicando un plano y no el temblor que se me iba bajando por la barriga.
—Si esto no sostiene, se cae. ¿Lo ves?
Lo veía. Veía su mano. Los dedos largos. La uña corta. El bolígrafo entre el índice y el pulgar. Lo imaginé cerrándome el pelo en el puño y doblándome sobre esa misma mesa. El vestido subido hasta la cintura. Las bragas a un lado. Él sin quitarse el traje. La hebilla fría en el culo. La clase vacía. El papel arrugándose bajo mis tetas.
Apreté el borde de la mesa.
Los pezones se me pusieron duros del todo. Se me notaban bajo el negro. Hugo siguió hablando de muros y de luces. A mí se me había mojado el tiro de las bragas. Un hilo. Caliente.
Dio un paso más. El pecho me rozó la espalda. Un segundo. Como sin querer.
—Corrígelo. Ahora.
Asentí. El pelo se me pegó al cuello, húmedo.
Él se apartó. El aire frío me dio donde había estado su boca. Volví a mi silla con el plano bajo el brazo. Al sentarme, el vestido se me subió otra vez. Esta vez no lo bajé.
Debajo de la mesa, junté las rodillas. Las bragas estaban empapadas. Hugo ya miraba a otro alumno. A mí me seguía temblando el muslo.
Andrés no esperó a que me llamaran.
Hugo seguía en la mesa alta, con otro alumno. Víctor estaba al fondo, con una maqueta. Andrés se vino derecho a mi tablero. Se sentó en el borde. La tela de lino se le tensó en el muslo. El peso de su cuerpo hizo crujir un poco la mesa.
—Enséñame la sección.
Le giré el cuaderno. El vestido se me había quedado subido. Desde donde él estaba, si bajaba un poco la vista, le quedaban mis muslos. Las bragas negras. El tiro oscuro, ya marcado.
No bajó la vista enseguida. Primero me miró la boca.
Se inclinó.
Le vi el reloj. La muñeca. El vello rubio. El primer botón de la camisa, abierto. El cuello. Una línea de piel. Me llegó la colonia: limpia, cara, caliente de haberla llevado toda la mañana.
—Aquí —dije. Le toqué el papel con el dedo.
Él puso el suyo al lado. Casi encima. No me tocó la mano. Me tocó el aire. Suficiente para que se me endurecieran otra vez los pezones.
—Esto tiene buena mano —murmuró.
La voz le salió más baja que en la corrección de Hugo. Como si me lo estuviera diciendo a mí sola. Me sostuvo la mirada un segundo de más. Sonreía. Esa sonrisa de profesor bueno. La misma que le puse, de golpe, con el pulgar dentro de mi boca. Apartándome el labio. Abriéndome. Mandándome que la sacara. Que la chupara ahí, sentada, con el aula llena.
Apreté las piernas.
La costura de las bragas se me clavó en el coño. Un roce corto. Caliente. Ya estaba empapada de antes; ahora se me resbaló un poco hacia dentro, pegada a los labios.
Andrés bajó la vista.
No fue un instante. Fue lo bastante. El vestido. La piel. El negro de la tela entre mis muslos. Volvió a mirarme a los ojos como si no hubiera visto nada.
—El corte está bien. El problema es el ritmo. Igual que te ha dicho Hugo.
Al decir “Hugo” se le movió la boca cerca de la mía. Casi.
Se levantó. Al hacerlo, el muslo le rozó mi rodilla. Después la mano, al recogerse, me pasó por el hombro. Los dedos abiertos. Lentos. Como si me estuviera midiendo el hueso.
—Sigue dibujando —dijo.
Me quedé con el rotulador en la mano. El trazo me salió tembloroso. Debajo de la mesa volví a cruzar las piernas y apreté. Una vez. Otra. El vestido subido. Las bragas empapadas, fruncidas contra el clítoris. No me corrí. Seguí anotando medidas que no estaba oyendo.
Andrés ya se había ido a otra mesa. Desde la mía le veía la espalda. El lino. El culo. La forma de la polla, marcada un segundo al meterse la mano en el bolsillo.
Bajé la cabeza hacia el plano. Me mojé un poco más.
Pasaron a maquetas.
Víctor dijo que las dejáramos encima de la mesa. La mía era pequeña: cartón gris, pilares finos, un volumen que se le caía de un lado. La cogió él. No me la pidió. La levantó con las dos manos.
Se me quedaron los ojos en los dedos.
Gruesos. Uñas cortas. Un corte pequeño en el nudillo, ya cerrado. Polvo blanco en la yema. Las venas un poco marcadas. Las mismas manos que yo quería bajo el vestido.
Giró la maqueta. La apoyó. La apretó entre el pulgar y el índice hasta que un pilar crujió.
—Esto no aguanta.
La voz le salía ronca, de taller. Se acercó a mi silla. El olor: madera, cola, colonia cara mezclada con sudor limpio. Las mangas subidas. El vello del antebrazo casi en mi hombro.
—Mira.
Me cogió la muñeca.
No fue un roce. Me la levantó y me puso los dedos donde él quería. Encima del suyo. Piel con piel. Caliente. Áspera. Me apretó un segundo para que no retirara la mano.
—Aquí se carga. Y aquí se parte. ¿Lo sientes?
Lo sentía. El calor de su palma. El peso. El pulgar clavándome el dorso. Lo sentía también más abajo, en las bragas, que se me habían vuelto a empapar del todo. Un hilo me resbaló hacia el culo.
Me moví en la silla. Poco. Lo bastante para que la costura se me metiera entre los labios.
Víctor no soltó.
Me guió el dedo por el canto de la maqueta, lento, como si me estuviera abriendo otra cosa. La uña le raspó la mía. Me imaginé esas mismas manos subiéndome el vestido negro hasta las tetas. El cartón contra la espalda. Dos dedos dentro, gruesos, hasta el fondo, mientras él me decía que la estructura no aguantaba. El corte del nudillo rozándome el clítoris. La otra mano en la nuca.
Apreté los muslos alrededor de nada.
Él inclinó la cabeza. Me hablaba muy cerca. La barba de un día me rozó el pelo.
—Si no lo refuerzas, se te viene abajo.
—Sí —dije.
Se me quebró la voz.
Entonces me soltó. El aire me dio en la muñeca donde habían estado sus dedos. Me quedó la marca del calor. Víctor dejó la maqueta delante de mí, un poco torcida, y se limpió la mano en el pantalón. El gesto me subió la vista a la bragueta. Se le marcaba. No del todo. Lo bastante.
Volvió al fondo del aula como si no me hubiera tocado.
Yo me quedé con la mano todavía abierta sobre el cartón. Debajo de la mesa, el vestido subido. Las bragas negras pegadas, brillantes, metidas entre el coño. Moví un poco la cadera. Una vez. Se me escapó un suspiro por la nariz.
No me corrí.
Víctor, al otro lado, cogió otra maqueta. Yo seguía sintiéndole los dedos en la piel.
La clase se quedó en un rumor.
Hugo en la pizarra. Andrés sentado en una mesa, con una pierna larga colgando. Víctor circulando entre los tableros, tocando maquetas ajenas. Los tres a la vez. Yo dejé de oír lo que decían. Solo los seguía.
Hugo escribía medidas con esa letra pequeña, seca. La tiza se le partió. Se agachó a cogerla y se le tensó el traje en el culo y en los muslos. Me lo imaginé en el despacho, de pie, la hebilla abierta. “De rodillas.” Yo con el vestido todavía puesto. La polla en la boca. Él sin perder esa voz de corrección. Agarrándome el pelo para que no se me cayera saliva al plano.
Apreté las rodillas.
Andrés se pasó el dorso de la mano por la boca. Sonrió por algo que le dijo una alumna. Esa misma sonrisa la vi encima de mí. Él corriéndose en la cara. Caliente. En los labios. En el collar. Al día siguiente, la misma sonrisa, la misma camisa de lino, preguntándome por la sección como si no me hubiera llenado la boca la noche anterior.
Se me resbaló un poco más. Las bragas ya no absorbían. Se me sentía el coño abierto, hinchado, pegado a la tela.
Víctor se detuvo dos mesas más allá. Apoyó las manos en el tablero de dibujo. Los dedos abiertos. Las venas. El corte del nudillo. Me vio un segundo. Seguí el hilo hasta el final: esas manos debajo del culo, levantándome contra el tablero. Las piernas abiertas. El vestido en la cintura. Él empujando de pie, duro, sin sacarse del todo el pantalón. El cartón crujiendo a mi espalda. Yo mojándole la camisa.
Metí la mano debajo de la mesa.
Solo un segundo. Los dedos por encima de las bragas. Empapadas. Calientes. El clítoris duro, doliendo un poco al roce. Me aparté la tela con la uña. Piel. Humedad. Un temblor.
Saqué la mano.
Seguí el trazo del plano como si estuviera midiendo un muro. El rotulador se me manchó. No era tinta.
Hugo dijo algo de plazos. Andrés rio bajo. Víctor dejó una maqueta y se pasó los dedos por el pantalón. Yo tenía las piernas abiertas detrás de la mesa, el vestido subido, las bragas torcidas. Cada vez que uno de los tres se movía, se me contraía el coño solo.
Sonó el final.
No me levanté.
Me quedé sentada, el cuaderno tapándome el regazo, esperando a que se me bajara un poco el temblor de los muslos. Hugo cerró el portátil. Andrés se estiró. Víctor salió primero, las mangas todavía subidas.
Yo seguía mojada. La silla fría debajo del culo desnudo. El medallón pegado al pecho, subiendo y bajando.
Salí la última.
El pasillo olía a suelo recién fregado y a café de máquina. El vestido se me pegaba al culo. Al andar, las bragas mojadas se me metían entre los labios. Cada escalón me las frotaba.
Entré al aseo de la planta.
Vacío. Azulejo blanco. El fluorescente parpadeando. Cerré el pestillo. El clic se oyó demasiado alto.
Me puse delante del espejo.
Pelo despeinado. La boca un poco abierta. El collar torcido. El vestido negro subido de tanto sentarme. Me lo bajé un centímetro y lo volví a subir. Hasta la ingle. Las bragas negras, oscurecidas en el centro, pegadas, transparentándose un poco. Se me veía la forma del coño. Los labios. El bultito del clítoris.
Me miré así.
Apoyé la mano encima. Por fuera. El calor me saltó a los dedos. Apreté. Una vez. La tela húmeda se me hundió. Otra. El dedo medio se me clavó justo donde más me dolía. Las rodillas se me abrieron solas contra el lavabo.
Un gemido se me escapó por la nariz.
Me bajé un poco el elástico. Piel. Afeitada. Reluciente. Me recorrió un hilo hasta el muslo. Me toqué el clítoris con la yema, directo, sin tela. Estaba duro. Dolorido. Lo froté despacio. Dos veces. Tres. Se me contrajo el vientre. Se me empañó el espejo.
Paré.
Aparté la mano como si me hubiera quemado. El coño me quedó abierto, palpitando, pidiendo el cuarto roce. No se lo di. Me subí las bragas de un tirón. Me bajé el vestido. El medallón me golpeó el pecho.
Abrí el grifo.
Me lavé los dedos. El agua fría. El jabón. Todavía se me veía el brillo en la yema. Me mojé los labios. Me pasé las muñecas por el cuello. En el espejo seguía con las pupilas grandes y los pezones marcados.
Quité el pestillo.
Al salir, el pasillo estaba casi vacío. Al andar, las bragas otra vez dentro. El roce me devolvía el aseo entero: el espejo, los tres toques, el corte.
No me había corrido.
Seguí hacia la escalera con las piernas un poco abiertas, guardándomelo.
Llegué a casa con las bragas todavía pegadas.
Tiré el cuaderno encima de la mesa. El vestido negro me lo quité de un tirón. Me quedé en sujetador y en la tela húmeda. Encendí el portátil. La pantalla me iluminó los muslos.
Escribí el primer nombre.
Hugo Rivas. Arquitecto.
Web del estudio. Fondo blanco. Proyectos serios. Una foto suya en una conferencia: traje oscuro, camisa sin una arruga, la mano en el atril. La misma mano que me había señalado la cota en el cuello. Otra foto, más pequeña: de perfil, la mandíbula cerrada, el reloj. Me abrí un poco las piernas en la silla. Anoté el usuario.
Andrés Molina.
Instagram. Obras a contraluz. Viajes. Una terraza. Él de lino blanco, copa en la mano, sonriendo a alguien que no salía. Otra: la camisa abierta dos botones, el vello del pecho apenas. Otra: de pie junto a un plano, la polla no se le veía, pero el pantalón se le caía de una forma que me hizo apretar el elástico de las bragas. Me las bajé hasta medio muslo. El coño se me quedó al aire, todavía brillante del aseo. Anoté el usuario.
Víctor Herrera.
Cuenta más sucia. Andamios. Hormigón. Stories de hace horas: una mesa de taller, un lápiz, sus manos. El corte del nudillo. Un close-up de los dedos sujetando una maqueta. Casi las mismas que me habían agarrado la muñeca. En una foto se le veían los antebrazos. En otra, agachado, el culo y el bulto del pantalón de obra. Me pasé dos dedos por encima, sin entrar. Se me abrió un poco más.
Tres pestañas. Tres caras. Tres cuerpos.
Abrí una cuenta nueva. Sin foto de cara. Nombre falso. El recuadro vacío me quedó esperando. No escribí nada. Dejé las tres cuentas abiertas, una al lado de la otra.
Me fui a la cama con el móvil.
El vestido en el suelo. Las bragas en el tobillo. El sujetador todavía puesto. Me recosté contra la almohada y les puse las fotos a pantalla completa, una detrás de otra. Hugo. Andrés. Víctor. Hugo otra vez.
Me abrí los labios con los dedos. Estaba hinchada. Caliente. Me metí el corazón del índice hasta el nudillo. El móvil se me inclinó. La cara de Hugo encima de mi vientre. La sonrisa de Andrés. Las manos de Víctor.
Empujé despacio. El sonido se oyó. Mojado. Me frotré el clítoris con el pulgar, al ritmo de pasar las fotos. Se me levantaron las caderas. Se me empañó la pantalla. Un hilo me bajó hasta la sábana.
No me corrí.
Aparté la mano cuando se me empezó a cerrar el coño solo. Me quedé así: las piernas abiertas, los tres profesores en el cristal, los dedos brillantes, la cuenta nueva sin un solo mensaje.
El cursor parpadeaba.
Yo también.








