Capítulo 1: Encuentro en la penumbra
El salón de baile estaba lleno de gente, luces doradas y música suave que arrastraba el aire. Pero Mariana no veía a nadie más. Desde que ella entró, el mundo parecía haberse quedado en silencio.
Camila.
Entró despacio, como si cada paso lo planeara antes de darlo. Vestía un vestido de seda azul noche, tan ajustado que dibujaba cada curva de su cuerpo, con un escote en espalda que dejaba al descubierto su piel blanca y suave. Su cabello oscuro estaba recogido en un peinado bajo, dejando libres el cuello y unos hombros que parecían invitación a rozarlos. Y sus ojos… oscuros, profundos, fijos en Mariana desde el otro extremo del salón.
Se acercó sin prisa. Mariana sintió que el corazón le golpeaba con fuerza en el pecho. Había algo en Camila: una calma segura, una clase de confianza que no necesitaba gritar para imponerse, y una mirada que prometía todo lo que no se atrevía a decir en voz alta.
—Pensé que no vendrías —dijo Camila al llegar a su lado, bajando la voz hasta que sus palabras fueron solo un susurro que acarició la oreja de Mariana. Su perfume, rosas y ámbar, la envolvió por completo.
—Yo… —empezó a decir Mariana, pero se le quebró la voz. Camila estaba demasiado cerca. Sus ojos la recorrían entera, despacio, como si tuviera derecho a hacerlo, como si ya la conociera de antes.
Camila sonrió, una sonrisa lenta y llena de intención. Alzó una mano y, con la yema de los dedos, le apartó un mechón de cabello tras la oreja, rozando apenas su piel. El roce fue leve, pero Mariana sintió fuego donde ella la tocaba.
—No te pongas nerviosa —susurró Camila, acercándose más hasta que sus labios casi rozaron su piel—. Nadie nos mira. Y si lo hacen… que miren.
Su mano bajó despacio, rozando su mejilla, su barbilla, hasta quedar bajo su mentón, alzándole levemente la cara. Mariana contuvo el aliento. Sus respiraciones se mezclaban. Podía sentir el calor de la piel de Camila, ver el brillo en sus ojos, notar que sus labios estaban tan cerca… tan cerca que solo tenía que moverse un poco…
—Tienes unos labios hermosos —dijo Camila, más suave aún, como si le confesara un secreto—. Me pregunto si saben tan bien como parecen.
Mariana cerró los ojos un instante. Sabía que estaba mal. Sabía que debería apartarse. Pero cuando Camila le acarició la comisura de los labios con el pulgar, despacio, casi sin tocarla del todo, supo que ya no podía huir.
—¿Y si lo descubrimos? —alcanzó a susurrar, abriendo los ojos y encontrándose con la mirada de ella.
Camila sonrió, esa sonrisa que prometía peligro y placer a partes iguales.
—Entonces no te quejes si ya no puedes olvidarlo —respondió ella.
Y sin dejar de sostenerle la mirada, Camila se inclinó despacio, hasta que sus labios rozaron los de Mariana, apenas un instante, como una promesa antes del beso. Un roce suave, lento, que dejó a Mariana temblando, deseando más, esperando que ella no se detuviera.
Camila se apartó apenas, sus frentes todavía juntas, y le susurró al oído:
—Esto apenas comienza, Mariana. Y te advierto… una vez que empiece, no voy a detenerme.





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