Chapter 1
Leandro Valdés estaba acostumbrado a conseguirlo todo.
No importaba lo difícil que fuera un negocio, lo complicado que pareciera un acuerdo o cuánto dinero tuviera que poner sobre la mesa. Cuando Leandro quería algo, simplemente lo conseguía.
A sus treinta y cuatro años, era dueño de una de las cadenas hoteleras más importantes del país. Su apellido abría puertas, cerraba negocios y hacía que las personas cambiaran inmediatamente su manera de hablar cuando él entraba en una habitación.
Había crecido rodeado de lujos.
Nunca había tenido que preguntarse si podría pagar algo. Nunca había tenido que esperar para conseguir lo que deseaba.
Y tampoco estaba acostumbrado a que alguien le dijera que no.
Aquella mañana, sin embargo, algo estaba a punto de cambiar.
—Señor Valdés, la reunión con los inversionistas será a las diez —informó su asistente mientras caminaban por el vestíbulo del hotel.
—Lo sé.
—También tiene una comida con el director del banco a la una.
—Cancélala.
El asistente levantó las cejas.
—¿La cancelo?
—Sí. No tengo tiempo.
—Pero usted mismo dijo que era importante.
Leandro se detuvo y lo miró con expresión seria.
—Entonces que sea él quien encuentre tiempo.
Su asistente suspiró discretamente.
Aquello era Leandro Valdés.
Frío.
Seguro.
Imponente.
Y completamente convencido de que el mundo debía acomodarse a sus decisiones.
Continuó caminando por el enorme vestíbulo del hotel, mientras empleados y huéspedes se apartaban discretamente para dejarlo pasar.
Hasta que algo llamó su atención.
Una mujer.
Estaba junto a una de las mesas del restaurante, recogiendo unas copas que habían quedado después del desayuno.
No llevaba un uniforme elegante ni joyas costosas.
Vestía el sencillo uniforme del hotel, tenía el cabello recogido y llevaba el rostro prácticamente sin maquillaje.
Pero sonreía.
Sonreía mientras hablaba con una mujer mayor que parecía ser una huésped.
Leandro redujo ligeramente el paso.
No sabía por qué.
Simplemente la observó.
—¿Necesita que le ayude con eso, señora? —preguntó la joven.
—No, querida. Solo quería agradecerte. Mi esposo dejó caer su bastón y tú fuiste la única que se acercó a ayudarlo.
La joven sonrió.
—No tiene que agradecerme. Para eso estamos.
—Eres muy amable.
—Que tenga un bonito día.
La mujer se marchó.
La joven volvió a recoger las copas.
Leandro siguió observándola.
No había hecho nada extraordinario.
No había intentado llamar la atención.
No había siquiera notado su presencia.
Y eso fue precisamente lo que despertó su curiosidad.
—¿Quién es ella? —preguntó.
Su asistente miró en la dirección que señalaba.
—¿La empleada?
Leandro frunció el ceño.
—Sí.
—No lo sé. Puedo averiguarlo.
—Hazlo.
Su asistente asintió y continuó caminando.
Leandro, en cambio, permaneció unos segundos más observándola.
La joven tomó una bandeja y se dirigió hacia la cocina.
Justo antes de desaparecer por la puerta, giró la cabeza.
Sus ojos se encontraron con los de él.
Solo durante un segundo.
Ella lo reconoció inmediatamente.
Era imposible no reconocer a Leandro Valdés.
Pero, para sorpresa de él, la joven simplemente hizo un pequeño gesto de cortesía con la cabeza y continuó caminando.
Sin detenerse.
Sin sonreírle.
Sin intentar acercarse.
Sin siquiera mirar atrás.
Leandro se quedó inmóvil.
—Curioso...
—¿Señor? —preguntó su asistente.
—Nada.
Pero no era nada.
Por primera vez en mucho tiempo, una mujer había cruzado frente a él sin mostrar el menor interés.
Y aquello le resultó extrañamente molesto.
Una hora después, Leandro estaba sentado en su despacho revisando documentos.
O al menos intentándolo.
—Agustina Herrera —leyó en el informe que su asistente había dejado sobre el escritorio.
Veinticuatro años.
Empleada del hotel desde hacía dos años.
Responsable del área de servicio.
Sin antecedentes laborales negativos.
Sin quejas.
Excelente desempeño.
Leandro dejó el documento sobre la mesa.
—¿Eso es todo?
—Es lo que pude conseguir.
—¿Tiene familia?
Su asistente lo miró con sorpresa.
—¿Familia?
—Sí.
—No investigué eso.
Leandro apoyó la espalda contra la silla.
—Entonces hazlo.
—Señor Valdés...
—¿Qué?
—¿Puedo preguntar por qué quiere saber tanto de ella?
Leandro sostuvo su mirada.
—No.
Su asistente entendió inmediatamente que la conversación había terminado.
—Sí, señor.
Cuando salió, Leandro volvió a mirar el informe.
Agustina Herrera.
No entendía qué tenía aquella mujer.
Había conocido mujeres mucho más hermosas.
Mujeres elegantes, sofisticadas, acostumbradas a los mejores restaurantes, a los viajes y a los vestidos de diseñador.
Mujeres que sabían perfectamente quién era él.
Mujeres que habían hecho todo lo posible por llamar su atención.
Y ninguna le había provocado aquella sensación.
Entonces, ¿por qué ella?
¿Por qué una simple empleada de hotel?
Leandro tomó el informe nuevamente.
Y justo cuando estaba a punto de guardarlo, escuchó unos golpes en la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió.
Y allí estaba ella.
Agustina.
—Disculpe, señor Valdés.
Leandro levantó la mirada.
Por un instante se quedó en silencio.
Ella llevaba unos documentos en las manos.
—Me dijeron que necesitaba estos informes.
—Déjalos ahí.
Agustina caminó hasta el escritorio y colocó los documentos frente a él.
—¿Algo más?
Leandro la observó.
—¿Siempre eres así?
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Así cómo?
—Tan... indiferente.
Agustina pareció confundida.
—No entiendo.
—Esta mañana me viste.
—Sí.
—Y seguiste caminando.
Ella lo miró unos segundos.
—Usted no me pidió que me detuviera.
Leandro se quedó callado.
Aquella respuesta no era la que esperaba.
—¿Sabes quién soy?
—Sí.
—¿Y no te impresiona?
Agustina bajó la mirada hacia los documentos.
—¿Debería?
Por primera vez en mucho tiempo, Leandro no encontró una respuesta inmediata.
Agustina levantó la vista.
—Si no necesita nada más, debo regresar a mi trabajo.
Se dio la vuelta.
—Agustina.
Ella se detuvo.
—¿Sí, señor?
Leandro no sabía qué quería decirle.
Quizás quería preguntarle por qué no intentaba agradarle.
Quizás quería pedirle que se quedara.
Pero ninguna de esas palabras salió de su boca.
—Nada.
Agustina asintió y salió del despacho.
La puerta se cerró.
Leandro permaneció mirando hacia ella.
Y entonces sonrió ligeramente.
No porque hubiera conseguido lo que quería.
Sino porque, por primera vez, alguien había conseguido despertar su curiosidad sin siquiera intentarlo.
Todavía no lo sabía.
Pero aquella mujer sencilla, aquella empleada que no se había dejado impresionar por su dinero ni por su apellido, estaba a punto de convertirse en la única persona capaz de hacerle perder el control.
Y también...
En la única persona que algún día podría enseñarle que amar no significa poseer.
Significa saber quedarse.
Y, sobre todo, saber cuidar lo que se ama.







![Omega Of The Moon [KOOKMIN]](https://cdn-gcs.inkitt.com/vertical_storycovers/ipad_5d69c853fece43fa14845a8b39b9f701.jpg)
