Capítulo 1 Inicio
Hola.
Esta es mi historia.
No voy a decirte mi nombre todavía, quizá más adelante entiendas por qué prefiero mantenerlo en silencio. Tampoco quiero comenzar diciéndote cuántos años tengo, dónde nací o cómo era mi familia. Hay historias que no necesitan empezar con una fecha ni con un lugar.
Algunas empiezan mucho antes.
La mía comenzó con algo que durante muchos años pensé que era una especie de defecto la bendita timidez.
Desde que tengo memoria me costaba acercarme a las personas.
No era que odiara estar acompañado. Al contrario. Muchas veces deseaba tener amigos, formar parte de un grupo, reírme con alguien durante el recreo o simplemente sentarme junto a otros niños sin sentir que estaba invadiendo un espacio al que no pertenecía.
El problema era que no sabía cómo hacerlo.
Mientras otros niños parecían tener un manual secreto para relacionarse, yo parecía haber nacido sin él.
En el kínder ya podía notar la diferencia.
Había niños que llegaban corriendo, gritándose unos a otros, abrazándose, peleándose por un juguete y cinco minutos después volviendo a jugar como si nada hubiera pasado.
Yo los observaba.
A veces quería acercarme.
Pero siempre había algo que me detenía.
¿Qué les digo?
¿Y si no quieren jugar conmigo?
¿Y si me dicen que no?
¿Y si se ríen?
Eran preguntas pequeñas para un niño.
Pero en mi cabeza podían convertirse en problemas enormes.
Así que muchas veces terminaba haciendo lo más sencillo:
No hacer nada.
Me quedaba cerca.
Observaba.
Esperaba.
Y mientras esperaba, veía cómo los demás hacían amigos sin siquiera pensarlo.
No recuerdo haber tomado la decisión consciente de ser un niño solitario. Simplemente ocurrió.
En la primaria las cosas no cambiaron demasiado.
Aprendí a convivir con aquella sensación de estar un poco apartado del resto. Podía hablar con alguien si era necesario. Podía responder cuando un profesor me preguntaba algo. Incluso podía reírme y pasarla bien.
Pero iniciar una amistad...
Eso era diferente.
Era como si hubiera una puerta invisible frente a mí.
Yo podía ver lo que había del otro lado.
Podía escuchar las risas.
Podía ver a los demás jugando.
Podía desear estar ahí.
Pero no encontraba la manera de abrirla.
Con el tiempo comencé a acostumbrarme.
Y quizá ese fue uno de los problemas.
Porque cuando uno se acostumbra a estar solo, empieza a convencerse de que la soledad es parte de quien es.
Yo pensaba que simplemente era así, un niño callado, un niño tímido, un niño al que le costaba trabajo socializar y pasara lo que pasara nada lo podría cambiar.
Y seguí creciendo.
Llegó la secundaria.
Y con ella llegaron nuevas cosas.
Nuevos compañeros.
Nuevas preocupaciones.
Nuevas inseguridades.
Y, por primera vez, algo que jamás había imaginado que pudiera importarme tanto:
Las chicas.
Para entonces algunos de mis compañeros ya comenzaban a tener novia.
Yo los escuchaba hablar de ellas durante los descansos, presumir salidas, contar lo que habían hecho el fin de semana o discutir sobre quién les gustaba.
Yo fingía que no me importaba.
A veces incluso hacía bromas.
Pero por dentro me preguntaba:
¿Por qué yo no?
No entendía qué estaba haciendo mal.
Había chicas que me hablaban.
Algunas parecían interesarse en conocerme.
Pero entonces aparecía aquella cruel coincidencia que parece acompañar a tantas historias adolescentes:
Las chicas que me gustaban no sentían lo mismo.
Y las que parecían interesarse en mí...
simplemente no conseguían despertar aquello que yo buscaba.
Por supuesto, yo todavía no sabía que el amor no funciona como una ecuación.
En aquella época lo veía de una manera mucho más sencilla.
Si alguien te gusta, quieres gustarle.
Y si no le gustas...
duele.
Me arriesgué un par de veces.
No fueron grandes declaraciones de amor ni escenas de película.
Fueron intentos torpes.
Mensajes escritos y borrados varias veces.
Palabras que ensayaba mentalmente antes de pronunciarlas.
Miradas que duraban apenas unos segundos antes de que yo apartara los ojos.
Y finalmente, el rechazo.
Uno.
Después otro.
No fueron tragedias.
Nadie murió.
El mundo continuó girando al día siguiente.
Pero para mí significaron mucho más de lo que probablemente aquellas chicas llegaron a imaginar.
Porque cada rechazo alimentaba una idea que ya llevaba años creciendo dentro de mí:
Tal vez había algo malo en mí.
Llegó un momento en que sentía que todos avanzaban mientras yo permanecía en el mismo lugar.
Y entonces comenzó la presión.
Se acercaba el final de la secundaria.
Mis compañeros hablaban de sus novias, de sus primeros besos, de las experiencias que comenzaban a vivir.
Yo no tenía nada que contar.
Nunca había tenido novia.
Nunca había besado a una chica.
Además que hace un hombre pensando en esto? Qué rayos? Porque tenía que importarme o interesarme en algo así? Los hombres no somos así jaja pero bueno al menos a mí sí me afectaba.
Nunca había sentido que alguien me eligiera de esa manera.
Y aunque jamás lo habría admitido frente a mis amigos, aquello comenzaba a pesarme.
No quería ser el único.
Quería saber cómo se sentía.
Quería que alguien me esperara.
Quería tener a quién escribirle.
Quería sentir algo diferente a esa triste y constante soledad...
Y entonces ocurrió algo que en ese momento parecía insignificante.
Una noche encendí la computadora.
Era una época diferente.
Internet todavía tenía ese aire de territorio desconocido. No existían las redes sociales como las conocemos ahora. No llevábamos una cámara en el bolsillo todo el tiempo. No podíamos saber qué estaba haciendo alguien a miles de kilómetros con solamente abrir una aplicación.
Existían otras formas de encontrarse.
Messenger, Foros, Hi5, Chats de dudosa procedencia.
Perfiles que parecían pequeñas ventanas hacia la vida de personas que probablemente nunca conocerías.
Y fue precisamente a través de internet donde conocí a alguien.
Una chica.
Al principio no pensé demasiado en ello.
Era solamente alguien con quien podía conversar.
Una persona al otro lado de una pantalla.
Pero había un pequeño detalle.
Un detalle que con el tiempo terminaría siendo mucho más importante de lo que imaginaba:
Estaba en otro país.
Muy lejos de mí.
Tan lejos que aquella amistad parecía, desde el principio, condenada a existir solamente dentro de una computadora.
Y, sin embargo...
por primera vez en mucho tiempo sentí algo diferente.
Alguien quería hablar conmigo y sobre todo escucharme.
No tenía que acercarme físicamente.
No tenía que enfrentar una mirada.
No tenía que preocuparme por quedarme sin palabras.
Podía escribir.
Pensar.
Borrar.
Volver a escribir.
Y quizá, sin darme cuenta, había encontrado una forma de relacionarme con el mundo que no me exigía ser alguien diferente.
Todavía no sabía qué significaría aquella persona para mí.
No sabía cuánto iba a cambiar mi manera de entender la amistad.
El cariño.
La distancia.
Y mucho menos sabía que algunas personas pueden entrar en nuestra vida sin siquiera estar físicamente cerca.
A veces basta una pantalla.
Una conversación.
Una noche cualquiera.
Y unas cuantas palabras para llenar nuestro mundo de emociones.








