Plan B
Las expectativas podían consumirlo todo en un instante si no sabías domar la situación.
El ballet estaba lleno de esas expectativas, Junet siempre estaba fuera de casa en un internado donde la danza era lo más importante. Aprendió a ser la personificación de la perfección. Y, sin embargo, no daba importancia a lo más básico.
Estar siempre alejada de sus amigos de su ciudad natal, de sus padres y hermanos, la mantenía distante emocionalmente de ellos. Los quería, eso estaba claro, pero a veces parecía no ser suficiente, como si en Junet faltara algo, un vacío que no se llenaba si no era con su pasión a la danza.
Así que en todos sus planes de futuro, Junet no podía vislumbrar una opción en la que ella no fuera una ballerina.
Lo trágico llegó sin avisar, sin pedir permiso y sobre todo, sin que Junet estuviera preparada para ello. Una lesión, algo que tendría que haberse evitado y sin embargo, ocurrió. Las secuelas de la lesión en la pierna izquierda truncó el sueño de Junet.
No hubo lágrimas ni gritos, no se rompió a simple vista, para Junet la vida comenzó a girar en cámara lenta, casi como si no pudiera creer lo que estaba pasando, tenía dieciséis años y la vida brillaba en su sentido, hasta ahora.
El dolor de la rotura en la pierna la consumía, más por dentro que por fuera, como si su alma saliera de su cuerpo y ya no estuviera lista para regresar. Nadie necesitó decírselo, ella supo que su carrera de ballerina que no había llegado a despegar ya jamás lo haría.
Regresar a la ciudad donde vivían, y siempre habían vivido, sus padres y hermanos debía sentirse reconfortante, un nuevo comienzo, un consuelo, pero nada de eso era lo que Junet sintió.
La bilis casi le sube por la garganta. La ansiedad era implacable con ella, haciéndola sentir fuera de lugar, diminuta y sin respiración. Tuvo que obligarse a respirar profundo al saludar a sus padres en el aeropuerto, fingió una sonrisa que nadie creyó y de la que nadie comentó algo. ¿Qué se podría comentar? Junet veía su vida, el sacrificio que había hecho por un sueño ahora tirado en la basura.
No solo fue ella quién aceptó el riesgo, también sus padres, que nunca le reprocharían el dinero invertido, eso no evitaba que Junet se sintiera una carga, un fracaso que no podría nunca enmendar su error.
La lesión no fue su culpa, o tal vez sí, a veces dudaba. Si hubiera tenido más cuidado, si hubiera sabido, si hubiera... Pero el hubiera no existe.
Llegar a su hogar se sintió raro.
Nunca lo frecuentó demasiado porque sus padres se encargaban de llevarla a un internado de danza donde también se impartía la secundaria y el bachillerato. Ahora tendría que ir a un instituto normal, en parte era un gran cambio, quizá no del todo malo. Tendría a sus amigas de la infancia cerca, aunque una de ellas, de la edad de su hermano mayor, ya estaba comenzando la universidad.
Era difícil acostumbrarse a una habitación llena de recuerdos y a la vez tan vacía, como is su dueña no hubiera pasado el suficiente tiempo atesorando ese lugar. Y era así, Junet se sentía ajena a este lugar porque dejó de pertenecer a ese mundo hace mucho. Ahora no pertenecía a ningún universo porque ni los astros la querrían.
En la danza supo amarse, pero eso amor ahora, ese orgullo y talento, se esfumaron y ahora solo quedaban nubes de tormenta que descargaban en su mente.
Los días pasaban y estos se convertían en semanas, luego eran meses. Durante este tiempo Junet pasó de llevar la escayola a entrar en rehabilitación para recuperar la movilidad, no obstante, quedaron secuelas.
Un bastón y una cojera permanente se convirtieron en sus nuevos compañeros.
Otra vez no gritó, no lloró, solo se quedó en silencio viendo como la vida seguía pasando. No le importaba la preocupación de sus padres ni de su hermano, no supo cómo acercarse a sus amigas, así que estaba sola. Solo era su percepción, esa capa borrosa que le impedía ver la realidad. Estaba destruida sin saber qué rumbo seguir.
Siguió estudiando casi por inercia, sus notas eran buenas, un promedio aceptable pero ya no la excelencia que solía ser. No había nada que le llamara la atención lo suficiente, nada que calmara el huracán en su mente.
El bastón que llevaba a todas partes era el recordatorio de todo el desastre, y si eso no era suficiente, el dolor que a veces arremetía contra su pierna izquierda o la propia cojera, eran su condena. No podía pensar de otro modo.
Y seguía sin reaccionar por fuera.
Aparentemente todo estaba bien. No lo estaba. El brillo desaparecía de sus ojos.
Los meses se convirtieron en años. En dos años exactamente, Junet ya con 18 años terminó el bachillerato y ahora quedaba el nuevo salto: la universidad, un grado superior, trabajar. Había muchas opciones.
Eligió la carrera de Historia del Arte porque puestos a estudiar, ella prefería seguir el curso que ya s ele había marcado. Todos en sus familia habían ido a la universidad y ella no sería menos, aunque nunca estuvo en sus planes estudiar algo tan aburrido. En realidad no le parecía aburrido, solo no era comparable a una ópera, a un escenario, a la danza.
Era una espina en su corazón. A veces sentía que tenía todo el rosal enquistado en su pecho y que no podía respirar. La ansiedad con los años se convirtió en una constante que la acompañaba.
Su hermano le daba algo de seguridad, sus padres sabía que quería verla bien aunque no supieran cómo ayudar. Rowen parecía el único que tomaba las riendas de la situación sin miedo, porque su hermano siempre fue así.
...
Alguien más que pasaba tiempo con ella era Arthur, el mejor amigo de Rowen.
No era alguien que estuviera mucho tiempo con ella, apenas el necesario, le sacaba alguna sonrisa mientras Rowen lo miraba de reojo, como vigilando cualquier acercamiento inapropiado o que Junet se sintiera abrumada, porque había perdido la confianza en ella misma, en los demás, en todo. Y, para sorpresa de todos, Arthur parecía llenarla de esperanza renovada.
Pero esa esperanza era aún un brote, una flor que aún necesitaba germinar. Junet miraba a Arthur con curiosidad, amabilidad y gratitud. Porque en medio del caos, él parecía no asustarse. Junet no se sentía tan difícil cuando hablaba con él.
Que la universidad diera comienzo fue el perfecto plan B, funcionó como tal, llenando la cabeza de Junet de otras cosas que no fueran sus inseguridades adquiridas. Ahora portaba el bastón con más seguridad, aunque seguía siendo un proceso.
«Yo puedo, un paso a la vez».
Ese era su pensamiento cada vez que sentía que la ansiedad oprimía su pecho, que las miradas ajenas se notaban de más. Era sin duda difícil enfrentar un mundo que para ella se tornaba desconocido. Había estado acostumbrada a ser el centro de atención toda su vida, pero el motivo ahora ya no era su técnica al portar la puntas y bailar, ya no importaba su talento como ballerina porque todo eso había naufragado como un barco antes de zarpar. Ahora seguía siendo el centro de atención: por su cojera, por su mirada melancólica.
Lo bueno era que tenía a su hermano, Rowen era un guardián silencioso, estaba ahí midiendo el espacio, resguardando cada paso y Junet agradecía eso. No resultaba invasivo, estaba ahí, sin ser una presión. Sabía que sí necesitaba algo podría contar con él. Aunque su relación con sus padres no fuera tan cálida debido al alejamiento emocional de Rowen, siempre fue protector con Junet, un buen hermano que ella recordaba siempre con cariño. Junet también pecaba de alejamiento emocional, aunque eran por motivos diferentes, Rowen siempre fue así, Junet cambió poco a poco.
Lo mismo que amó durante tanto tiempo fue su perdición; el ballet.
Sin embargo, ya no importaba, eso se decía Junet a sí misma. Ya no podía cambiar la situación.
Con una cojera, la ilusión rota y la luz inexistente; Junet no era más que el fantasma de lo que alguna vez fue.
Ya no existía la técnica perfecta ni la superación en cada paso. Precisamente por eso, por el recuerdo de lo perdido, Junet se alejaba de sí misma, se cargaba de rabia y de sentimientos que no podía alejar, aunque quisiera.
Su relación con sus padres se volvió más tensa. Ella sabía que solo querían ayudar, que pensaran que debía superar todo ya era el problema. Había pasado un año más, ahora tenía 19 años y un vacío en su interior.
Suprimir sus emociones no era la mejor decisión, pero no sabía a quién confiarle el océano de contradicción que había en su cabeza.
Se sentí bien al avanzar en la carrera de Historia del Arte, y a la vez no era suficiente, como si faltara algo, como si ese no fuera el camino correcto.
Hizo un amigo, Cliam, quien era sarcástico, impredecible y orgulloso, y que por sobretodo, le hacía ver la realidad. Así que fue a quien le dijo todos su miedos.
Cliam le dedicó una mirada seria durante unos segundos que pesaron demasiado.
— No creo que el problema sea la carrera, sino que no es lo que esperabas o lo que habías planeado toda tu vida. Es normal que un cambio resulte tan... Extraño, incómodo incluso.
— No sé qué hacer. Echo de menos sentir esa pasión que sentía por el ballet.
— Mmm, tal vez no se trate de sentir lo mismo, sino de buscar cosas que te llenen y se adapten a tu situación actual. ¿No puedes bailar? No, pero puedes buscar otras cosas que te gusten.
Junet se quedó pensativa con las palabras de Cliam, que realmente había calado en ella. Cambiaron de tema ese día, y por semanas no volvieron a tocar el futuro.
No sabía qué hacer, lo cierto era que se sentía perdida.
Cliam era un buen apoyo, incluso Arthur lo era a su manera.
Era raro pensar en Arthur como un apoyo, en realidad no sabía lo que sentía por él más allá de conocerlo de toda la vida y saber que era el mejor amigo de su hermano.
Resultaba semejante, pero a la vez era un extraño con sonrisa. Una sonrisa muy apetecible. Daba igual, no soñaba con él, desde luego que no, ni siquiera le gustaba, por supuesto que no. Solo estaba confundida y a todos sus dramas no podía sumarle el romance. Así que desechó la idea.
Así, entre su propio conflicto interno y sus decisiones precipitadas, pasó el tiempo poco a poco. No sabía qué le depararía el futuro, solo era consciente de lo efímero que era la vida, de cómo puedes perderlo todo en un momento como le pasó con el ballet.
Aún no se veía como una estudiante ejemplar de Historia del Arte. Mientras sus dedos rozaban las teclas del piano de su abuela, algo que ella le había dejado en modo de herencia y recuerdo, pensó por un momento que no importaba si estaba haciendo lo correcto o no, simplemente debía disfrutar del proceso.
Su habitación no se sentía asfixiante por primera vez en años. Era normal tener dudas, debía evitar ahogarse en ellas.







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