Capítulo 1
La Facultad de Arquitectura seguía trabajando a pesar de que las clases de la tarde estaban por terminar. Las cuchillas corrían sobre el cartón pluma, los plotters arrastraban rollos de papel y varias latas de pegamento en aerosol siseaban dentro de los talleres. El olor químico se mezclaba con el polvo adherido a las mesas.
En el patio, aquellos sonidos llegaban amortiguados hasta el banco de piedra donde Kim Taehyung protegía un sobre de papel crema entre las palmas. Mantenía la espalda encorvada y los codos apoyados sobre los muslos, como si bastara eso para ocultar lo que llevaba escrito. El papel raspaba su piel húmeda mientras lo movía entre sus dedos.
—Vas a romperlo antes de que lo vea —dijo Jungkook al acercarse.
El tubo de planos que cargaba golpeó su pierna cuando se detuvo frente al banco. Taehyung levantó la cabeza con un respingo y pasó el sobre varias veces sobre el muslo de su pantalón, intentando alisar las esquinas.
—Está bien. El papel es grueso —respondió. Se aclaró la garganta, aunque su voz permaneció ronca—. Kook, si esto sale mal... Si cree que soy un pervertido por escribirle esta carta...
—Es Jimin. El tipo es prácticamente un ángel; trata bien hasta a la gente que me cae mal. —Jungkook tomó el sobre antes de que Taehyung pudiera arrepentirse. Lo sostuvo en alto cuando este intentó recuperarlo—. Además, fuiste claro, ¿verdad? Le dijiste que eres un chico. Si el asunto no le interesa, ignorará la carta y seguirá con su vida. No va a reunir a toda la universidad para leerla en voz alta.
Taehyung miró el papel atrapado entre los dedos de su amigo. Había pasado tres noches redactándolo. La primera versión terminó hecha una bola debajo de su escritorio; la segunda todavía descansaba partida en cuatro dentro de la papelera del taller. Esa mañana había copiado la tercera sobre el papel crema y había tenido que empezar otra vez cuando su mano manchó de tinta la esquina.
—La tercera mesa junto a los ventanales —repitió—. Suele dejar la mochila cuando baja por café. Es de lona negra.
—Acabas de describir la mochila de media universidad. —Jungkook miró hacia el edificio de Humanidades.
—La reconocerás. Siempre se sienta en ese sitio. Solo deja el sobre escondido. Quiero que lo encuentre cuando esté solo.
—Está bien —aceptó Jungkook, acomodándose el tubo de planos debajo del brazo—. Cuando se casen, quiero que recuerdes quién hizo el trabajo humillante.
—Solo ve.
Jungkook se despidió con una sonrisa y cruzó el patio. Taehyung lo siguió con la vista hasta que las puertas se cerraron tras él.
El corredor desembocaba en uno de los extremos de la biblioteca. Jungkook atravesó la puerta y aminoró el paso. Los techos altos recogían el sonido de las páginas al pasar. El aire olía a papel y al café que los estudiantes escondían dentro de termos. Avanzó entre las estanterías hasta encontrar la hilera cercana a los ventanales.
Una mesa. Dos. Tres.
Sobre la tercera había varios libros apilados, un termo plateado y una mochila de lona negra apoyada contra una silla. El compartimento frontal estaba abierto. Jungkook miró hacia el mostrador de préstamos, esperó a que la bibliotecaria atendiera a otro estudiante y metió el sobre en el interior. Sus dedos empujaron el papel hasta ocultarlo.
Una antología comentada de poesía coreana permanecía abierta junto al termo. Las anotaciones ocupaban los espacios blancos de las páginas con una letra pequeña y ordenada. Jungkook cerró el compartimento y regresó por el mismo pasillo antes de que regresara el dueño de la mochila.
Min Yoongi volvió unos minutos después con dos libros sujetos contra el pecho. Dejó uno junto al termo y ocupó su asiento. Prefería aquella parte de la biblioteca porque la luz de la tarde entraba de lado y alcanzaba las páginas sin reflejarse sobre ellas. También quedaba lejos del mostrador y de los grupos que intentaban conversar en susurros.
Se acomodó el suéter negro y retomó la lectura. Permaneció sentado hasta que las ventanas comenzaron a reflejar el interior de la biblioteca. Las lámparas encendidas dibujaron círculos amarillos sobre las mesas, mientras los edificios se oscurecían al otro lado del vidrio. Yoongi guardó sus plumas, colocó una tira de papel entre las páginas y metió los libros en la mochila.
Su departamento recibía la luz azulada de los anuncios de la calle. El refrigerador arrancó con un zumbido cuando Yoongi sacó el papel crema de la mochila. Lo giró entre sus manos, buscando algún nombre. La superficie estaba en blanco. Abrió el sobre con la uña y desplegó la carta bajo la lámpara que colgaba sobre la encimera.
Perdona si esto te parece extraño; llevo varios días intentando encontrar una forma de acercarme a ti sin hacer el ridículo. Ya rompí dos versiones de esta carta y esta tampoco dice lo que quiero. Supongo que las palabras se vuelven inútiles cuando uno las necesita demasiado.
Llevo meses queriendo decirte que me gustas. Te he visto más de una tarde junto a los ventanales, perdido en tus pensamientos mientras todos los demás parecen tener prisa. La luz cae sobre tu rostro y hace que todo a tu alrededor desaparezca. Me pierdo en tu cabello negro, en la forma en que contrasta con tu piel de porcelana y en cómo algunas hebras te cubren los ojos cuando inclinas la cabeza.
Por encima de todo, me gusta tu sonrisa. Cuando sonríes, tus ojos desaparecen y parece que el mundo se detiene un poco. Sé que esto suena exagerado. Probablemente lo sea. Llevo demasiado tiempo observándote desde lejos y he pensado cada frase más veces de las que debería admitir.
Soy un chico. Quería decírtelo desde el principio porque prefiero que tires la carta ahora a que respondas creyendo otra cosa. Aun así, espero que no lo hagas. Me gustas demasiado y ya estaba cansado de guardar esto.
Si alguna vez sientes curiosidad por saber quién es el extraño que no sabe cómo dejar de pensar en ti, escríbeme. Puedes decir cualquier cosa. Solo dime algo.
Este es mi número: [XXX-XXX-XXX].
Yoongi leyó la carta dos veces. La segunda vez se detuvo en la descripción de la sonrisa. Pasó el pulgar sobre la tinta. Cabello negro. Piel blanca. Las tardes junto a los ventanales.
Todo parecía pertenecerle. Incluso aquella sonrisa que el desconocido aseguraba haber visto, aunque Yoongi apenas recordaba la última ocasión en que había reído dentro de la biblioteca. Solía caminar con la cabeza inclinada y elegía ropa oscura para atravesar los pasillos sin atraer la atención. Alguien había dedicado tiempo a observar justo aquello que él procuraba mantener apartado de los demás.
Dejó la carta sobre la encimera y fue hasta el espejo del recibidor. La iluminación de la calle acentuaba las ojeras bajo sus ojos y volvía más pálida su cara. Yoongi levantó ligeramente los labios. Sus ojos se estrecharon hasta adoptar la forma descrita en el papel. El gesto le pareció extraño en su rostro.
Yoongi sabía desde hacía años que le gustaban los hombres. Nunca había tenido novio ni permitido que alguno se acercara lo suficiente para averiguar qué podía ocurrir. Había conocido el deseo en poemas, novelas y canciones; en esas páginas, los hombres encontraban las palabras necesarias para confesar lo que sentían. Su vida transcurría entre miradas que él dejaba pasar y posibilidades que abandonaba antes de comprobarlas.
Ahora tenía una carta dirigida a él. Volvió a la cocina. Consultó el número en su teléfono. El perfil carecía de fotografía y nombre. Podía guardar el papel en un cajón y acostarse. O podía averiguar qué clase de hombre había roto dos versiones de una carta antes de enviársela.
Puso agua a calentar, apoyó ambas manos sobre la encimera y observó la carta mientras la resistencia eléctrica de la tetera comenzaba a teñirse de rojo.
A las nueve y catorce escribió.
Yoongi 21:14 Felicidades por la prosa, aunque el exceso de adjetivos delata que has leído demasiadas novelas malas. Tienes una vista privilegiada si logras ver todo lo que aseguras en tu carta. ¿Seguro que no necesitas cambiar la graduación de tus lentes?
Taehyung estaba tendido sobre la cama, rodeado de bocetos que debía terminar antes del viernes. Una lámpara iluminaba el grafito de las fachadas y proyectaba la sombra de la escuadra sobre la pared. Todavía llevaba adheridos a la manga varios restos diminutos de cartón.
Había revisado el teléfono durante toda la tarde. Los mensajes del grupo de clase y las notificaciones de Jungkook lo obligaban a levantarse cada pocos minutos.
Ya debió encontrarla, pensaba.Tal vez la tiró. Tal vez se la enseñó a sus amigos y ahora todos saben que soy un idiota que le escribe cartas en papel crema.
La pantalla volvió a encenderse. Esta vez apareció un número desconocido. Taehyung se incorporó con tanta rapidez que una de las hojas cayó al suelo. Leyó el mensaje una vez y luego otra.
La respuesta no se parecía al Jimin que conocía. El bailarín hablaba con amabilidad incluso cuando estaba cansado y sonreía antes de terminar casi todas sus frases. Aquella respuesta mostraba una faceta que Taehyung jamás había visto y que quizá Jimin ocultaba a toda la universidad.
Le gustó.
Quizá Jimin reservaba esa voz para pocas personas. Quizá la distancia le permitía desprenderse de la dulzura que ofrecía a todo el mundo. Taehyung sonrió mientras sus pulgares buscaban las letras.
Taehyung 21:16 ¡Hola! Casi me da un infarto cuando vi tu mensaje. Estaba convencido de que habías tirado la carta. Me alegra mucho que conservaras el número. Mis lentes funcionan perfectamente. Solo quería ser honesto, aunque mi nombre todavía me da un poco de miedo compartirlo. Disculpa.
Yoongi llevó la taza hasta la sala y se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra el sofá. Dejó el té a su lado y sostuvo el teléfono sobre una rodilla. La rapidez de la respuesta le dibujó una sonrisa.
Yoongi 21:17 Dices que me has visto sonreír. Es curioso. Eres un acosador con demasiado tiempo libre. ¿De verdad crees que una sombra junto a una ventana merece tanto esfuerzo?
Taehyung leyó el mensaje y llevó los pulgares al teclado. Durante meses había observado a Jimin rodeado de personas, ocupando los espacios con una facilidad que él envidiaba. La imagen de alguien que se consideraba una sombra despertó en él una necesidad inmediata de contradecirlo.
Taehyung 21:19 No quiero incomodarte. Para mí eres lo más interesante que hay en ese lugar. A veces pareces estar en un mundo propio y me gustaría conocer una parte, si me dejas.
Yoongi apoyó la cabeza contra el asiento del sofá. Aquel hombre escribía como si cada frase fuera una declaración. Resultaba excesivo, probablemente agotador y demasiado cercano al tipo de romance que Yoongi buscaba en los libros.
La carta le había ofrecido una versión distinta de sí mismo. Quería permanecer un poco más bajo aquella mirada. Quería descubrir hasta dónde llegaba. Tomó la taza, bebió un sorbo y volvió a escribir.
Yoongi 21:21 Es un mundo silencioso, pero si insistes en perder el tiempo, adelante. Habla. Te escucho.
Taehyung se recostó entre los bocetos y leyó la última línea varias veces. Después comenzó a escribir una pregunta, la borró y probó con otra.
En el departamento de Yoongi, el teléfono se iluminó antes de que terminara el siguiente sorbo. Dejó la taza a su lado y abrió el mensaje.




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