Todavía te odio
Odio a John Carter. Lo he repetido tantas veces durante los últimos cinco años que, a estas alturas, debería ser una verdad tan sencilla como mi nombre o el color de mis ojos. Lo he dicho en voz alta, lo he pensado mientras veía sus partidos en televisión y, sobre todo, me lo he repetido cada vez que alguien mencionaba su nombre en la redacción. John Carter es arrogante, insoportable, egocéntrico y, hace cinco años, decidió que la mejor manera de responder a unas fotografías que había publicado de él era humillarme delante de una sala llena de periodistas y de varias cámaras encendidas. Sus palabras se hicieron virales antes de que yo siquiera llegara a casa aquella tarde. Desde entonces he tenido que acostumbrarme a ser conocida por algo que no tenía absolutamente nada que ver con mi trabajo. La periodista de las fotos. La gorda a la que John Carter había puesto en su sitio. La chica que se había atrevido a meterse con el futbolista equivocado. Durante meses tuve que leer comentarios de desconocidos sobre mi cuerpo, sobre mi ropa, sobre mi cara y sobre lo que, según ellos, debería hacer con mi vida. Después pasó el tiempo y aprendí a convivir con ello. O eso creía.
Hasta esta mañana.
En cuanto entro en la sala de prensa y lo veo sentado al otro lado de la mesa, descubro que cinco años no han conseguido borrar absolutamente nada. Ni el recuerdo de aquella tarde. Ni el sonido de su voz pronunciando aquellas palabras. Ni, para mi desgracia, la reacción completamente traicionera que tiene mi cuerpo al volver a verlo. John ha cambiado. O quizá simplemente ha conseguido convertirse en una versión todavía más peligrosa de sí mismo. Tiene treinta y un años y el físico de alguien que lleva media vida entrenando: hombros anchos, brazos fuertes, espalda marcada bajo la camiseta negra del club y unas piernas que, incluso sentado, dejan claro por qué millones de personas pagan por verlo correr detrás de un balón. Su pelo oscuro está ligeramente despeinado y tiene esa mandíbula que recuerdo demasiado bien, aunque me niego a reconocerlo incluso ante mí misma. Está hablando con uno de los miembros de su equipo cuando levanta la cabeza y me ve. El cambio en su expresión es mínimo, apenas un segundo, pero lo noto. Sus ojos se quedan clavados en los míos y, por primera vez desde que he entrado, deja de escuchar a la persona que tiene a su lado.
—Sophie.
Mi nombre sale de sus labios con una familiaridad que me irrita más de lo que debería. Dejo mi bolso sobre la silla y saco mi portátil con toda la calma que puedo reunir, fingiendo que no noto cómo me observa.
—John.
—Cuánto tiempo.
—Cinco años —respondo, sin levantar la vista de la pantalla.
Hay un silencio extraño.
—Los has contado.
Entonces sí lo miro. Tiene una sonrisa pequeña en la comisura de los labios, como si acabara de descubrir algo divertido.
—Es difícil olvidar algunas cosas.
La sonrisa desaparece. Por un instante creo que he conseguido hacerle daño, y esa pequeña victoria me satisface más de lo que debería. Me siento, cruzo las piernas y preparo mi grabadora mientras el jefe de prensa empieza a presentar la rueda de prensa. Intento concentrarme en mi trabajo, pero soy demasiado consciente de él. De su voz. De sus movimientos. De la forma en que responde a las preguntas. De cómo algunas periodistas parecen incapaces de apartar los ojos de él. Yo, en cambio, mantengo la mirada fija en mi pantalla. No pienso volver a caer en su juego. No después de todo lo que ocurrió.
Han pasado cinco años, pero recuerdo perfectamente aquella rueda de prensa. Yo había publicado unas fotografías suyas después de un partido. No eran especialmente comprometedoras; simplemente había captado un momento en el que estaba enfadado y había acompañado las imágenes de un artículo sobre su comportamiento con la prensa. Él se enfureció. Cuando le preguntaron por ellas, podría haber criticado mi trabajo, cuestionado mi profesionalidad o simplemente haber ignorado el asunto. En lugar de eso, me miró delante de todo el mundo y dijo que quizá yo debería preocuparme menos por fotografiar los defectos de los demás y más por los míos. Después añadió aquella frase que todavía puedo escuchar algunas noches cuando estoy demasiado cansada para mantener los recuerdos a raya: que quizá, si dedicara la mitad del tiempo que pasaba detrás de una cámara a cuidar mi propio cuerpo, entendería por qué algunas personas no querían verla. Nunca olvidaré el silencio que siguió. Ni las miradas. Ni el momento exacto en que alguien bajó la cabeza para esconder una sonrisa. Yo tenía veinticinco años y llevaba toda la vida intentando convencerme de que algún día dejaría de importarme lo que los demás pensaran de mi cuerpo. Él consiguió que volviera a sentirme como aquella adolescente que se miraba al espejo antes de salir de casa preguntándose qué parte de sí misma debía esconder.
—John, llevas varios meses envuelto en polémicas. ¿Crees que tu comportamiento fuera del campo está perjudicando tus posibilidades de fichar por un club de primer nivel?
La pregunta me devuelve al presente. Levanto la vista justo cuando John se reclina ligeramente en la silla. Durante unos segundos no responde. Es extraño verlo así. John Carter siempre tenía una respuesta. Siempre tenía una sonrisa arrogante, una frase ingeniosa o una forma de devolver el golpe que conseguía que el periodista pareciera estúpido por haber preguntado.
Esta vez no.
—He cometido errores —dice finalmente.
Mi bolígrafo se detiene sobre el cuaderno.
John Carter admitiendo que ha cometido errores.
Eso sí que merece una portada.
—¿Te arrepientes de alguno en particular?
La pregunta provoca algunos murmullos. John baja la mirada hacia la mesa y después vuelve a levantarla.
Directamente hacia mí.
Siento un pequeño nudo en el estómago.
—De uno.
No aparta los ojos.
Yo sí.
No pienso darle la satisfacción de verme reaccionar.
La rueda de prensa continúa y vuelvo a tomar notas, aunque durante los siguientes minutos soy incapaz de concentrarme completamente en lo que está diciendo. Habla de su futuro, de los rumores de fichaje, de su intención de cambiar determinados aspectos de su vida y de la necesidad de demostrar que puede asumir responsabilidades fuera del campo. Hasta que llega mi turno. Levanto la mano y el jefe de prensa me señala. John también me señala con la mirada antes de que yo siquiera haya abierto la boca.
—Sophie Bennett, The Daily Sports.
Mi apellido en su voz produce una sensación incómoda, demasiado íntima para un lugar lleno de gente.
—John, has dicho que quieres limpiar tu imagen antes de la próxima temporada. ¿Qué estás dispuesto a hacer para demostrar que realmente has cambiado?
Esta vez tarda menos en responder.
—Lo que haga falta.
—¿Incluso cambiar tu vida personal?
Una pequeña tensión recorre su mandíbula.
—Sí.
—¿Tanto necesitas ese fichaje?
—Más de lo que imaginas.
Es una respuesta demasiado seria para el John que recuerdo. Frunzo ligeramente el ceño.
—Entonces, ¿qué estás dispuesto a hacer?
John guarda silencio durante unos segundos. Después gira la cabeza hacia mí. No parece enfadado. Tampoco divertido. Hay algo diferente en sus ojos que no consigo interpretar, y eso me pone más nerviosa que cualquiera de sus sonrisas arrogantes.
—Pedir ayuda.
Algunos periodistas comienzan a murmurar.
—¿A quién?
John no responde inmediatamente. Se limita a mirarme.
Y entonces comprendo que aquella conversación ya no tiene nada que ver con su carrera.
—A la única persona que probablemente preferiría verme muerto.
Mi corazón da un golpe seco.
La sala se llena de voces, preguntas y cámaras que empiezan a disparar fotografías, pero yo apenas escucho nada. John mantiene la mirada fija en mí mientras el jefe de prensa intenta recuperar el control de la rueda de prensa.
—¿De qué estás hablando? —pregunto.
Él se inclina hacia el micrófono.
—De nosotros.
Una risa nerviosa escapa de alguno de los periodistas. Yo, en cambio, no encuentro nada gracioso.
—No existe un nosotros.
John sostiene mi mirada durante unos segundos más. Después aparece aquella sonrisa que recuerdo demasiado bien, pero esta vez hay algo distinto en ella. Algo que no consigo descifrar y que, contra todo pronóstico, hace que mi pulso se acelere.
—Todavía no.
FIN DEL CAPÍTULO 1








