Acto I — Lo que tomaforma
CAPÍTULO I — INICIOS Y FINALES
ACTO I — LO QUE TOMA FORMA
Mucho antes de que llegaran los invitados, el castillo de Leyden ya parecía haber perdido la capacidad de permanecer quieto.
Las puertas se abrían y cerraban con tal frecuencia que los goznes recién engrasados apenas alcanzaban a silenciarse. Criadas subían por las escaleras cargando fardos de lino; otras descendían con cortinas enrolladas sobre los hombros. Los corredores olían a cera, madera pulida y telas recién desempacadas. En los patios interiores, los golpes de martillo competían con las órdenes de capataces, jardineros y encargados de mantenimiento.
—Esas no.
La jefa de criadas señaló las cortinas que dos muchachas acababan de colgar en uno de los aposentos orientales.
Las dos se detuvieron.
—¿Qué tienen?
—Que son las del ala norte.
—Pero son nuevas.
—Y seguirán siendo nuevas cuando las lleven al ala norte.
La mujer levantó una mano antes de que alguna intentara discutir.
—Los aposentos de la futura reina llevan marfil. No crema. Marfil.
Una de las muchachas miró la tela.
Luego miró a su compañera.
—Yo habría jurado que esto era marfil.
—Y por eso yo soy la jefa de criadas.
Señaló la puerta.
—Fuera.
Las dos comenzaron a descolgar las cortinas.
—¿Y las habitaciones de sus damas?
—Ropa nueva.
—¿También?
—También.
—¿Las de Rouse y Daniel?
La mujer suspiró.
—Especialmente esas. Son las dos que siempre están con Lady Merit. Si una de ellas encuentra una sábana amarillenta, la futura reina se enterará antes de sentarse a desayunar.
Más allá del corredor, otras criadas cruzaban con almohadas, mantas y cajas de madera.
La boda todavía estaba lejos de comenzar y, sin embargo, Merit Halinger parecía haber ocupado ya medio castillo sin haber puesto un pie en él.
No llegaría sola.
Su padre, Ronald Halinger, encabezaría buena parte de la comitiva familiar. Su madre, Alissa Greyden, había enviado instrucciones propias respecto a los aposentos reservados para su casa. Con ellos viajaría también Ser Corvin Greyden, hermano de Alissa y uno de los caballeros más conocidos de Halinger.
Pero era otro nombre el que hacía hablar a las criadas cuando creían que nadie importante podía escucharlas.
—Dicen que Ser Crimson puede prender fuego a una espada con la mano.
—Dicen muchas cosas.
—Mi hermano vio a un hombre que lo vio.
—Entonces debe ser verdad.
Una tercera muchacha apareció detrás de ellas.
—Se llama Ser Crimson Flare.
Las otras callaron.
—Y no prende fuego a la espada con la mano. Usa magia.
Eso sólo consiguió que la primera abriera aún más los ojos.
—Es peor.
La jefa de criadas chasqueó los dedos.
—Si todavía tienen energía para inventar historias sobre el Caballero Mago, tienen energía para cambiar esas cortinas.
Las tres desaparecieron.
* * *
En las cocinas el ambiente era peor.
—¡Doscientas piezas más!
El jefe de cocina golpeó una tablilla con el dorso de una cuchara.
—¡Doscientas!
Uno de sus ayudantes dejó de cortar cebollas.
—Ayer eran ciento veinte.
—Ayer no habían decidido que media nobleza de Halinger necesitaba traer también a sus primos.
—Son trescientos invitados importantes.
—Son trescientos invitados que se cuentan.
El hombre señaló con la cuchara hacia las enormes despensas.
—Los nobles comen. Sus guardias comen. Sus sirvientes comen. Los músicos comen. Los mozos comen. Los cocineros que acompañan a nobles que creen que nuestros cocineros no saben cocinar también comen.
Miró alrededor.
—Y si alguno de ustedes piensa dejar de comer durante la boda para ayudarme, puede levantar la mano.
Nadie la levantó.
—Eso imaginé.
Los suministros llegaban desde toda la región.
Carne.
Grano.
Frutas conservadas.
Verduras.
Harina.
Vino.
Aceite.
Sal.
Especias.
Pescado fresco que subía desde Leyport, situado apenas a unos tres kilómetros del castillo, aunque para cruzar una ciudad como Leyden esa distancia podía convertirse fácilmente en una mañana entera de carros, mercados y calles congestionadas.
La ciudad llevaba años creciendo más rápido de lo que podían ampliarse sus barrios.
Cerca de millón y medio de personas vivían ya dentro de la enorme extensión protegida por sus murallas.
Y aun así Leyden no era la ciudad más grande conocida.
Era simplemente una de las más llenas.
La gente continuaba llegando.
Preferían trabajar más.
Pagar más.
Compartir paredes.
Vivir encima de talleres y debajo de otras familias.
Cualquier cosa antes que dormir demasiado lejos de una muralla.
Fuera había tierras.
Dentro había seguridad.
Al menos ésa era la promesa.
* * *
En la entrada principal de la ciudad, Simon Joyle observaba cómo seis obreros desmontaban una sección de piedra decorativa que, según le habían asegurado, había permanecido perfectamente bien durante los últimos treinta y cuatro años.
—Explíqueme otra vez por qué estamos quitando eso.
A su lado, Clarent Redford ni siquiera miró la piedra.
Tenía los ojos puestos en la puerta.
Carros entraban.
Jinetes salían.
Guardias revisaban mercancías.
Detrás de las murallas, Leyden se extendía durante kilómetros.
—Porque bloquea la visión desde la torre occidental.
Simon contempló la torre.
—Ha bloqueado la visión desde la torre occidental durante treinta y cuatro años.
—Entonces llevamos treinta y cuatro años haciéndolo mal.
Simon cerró los ojos.
—Cada vez que dice algo así, el Tesoro pierde dinero.
Clarent sonrió apenas.
—Para eso está el Tesoro.
—El Tesoro está para que siga existiendo un reino después de que usted termine de protegerlo.
Uno de los constructores retiró otra piedra.
Simon hizo una mueca.
—Cinco mil hombres dentro del castillo.
Clarent no respondió.
—Quince Guardias Reales.
Silencio.
—Todos caballeros.
Clarent continuó observando la puerta.
Simon giró hacia él.
—¿Cuántos más necesita para una boda?
—Para el castillo, ninguno.
Simon tardó un instante.
—Entonces ¿qué estamos discutiendo?
Clarent señaló la ciudad.
—Eso.
—Leyden tiene cien mil soldados.
Ahora Clarent sí lo miró.
—Leyden tiene cien mil soldados en las listas.
Simon frunció el ceño.
—Hay seis mil al oeste protegiendo aldeas. Cuatro mil doscientos rotando por los caminos del norte. Dos compañías de caballería regresarán dentro de doce días. Tres destacamentos están despejando rutas comerciales y todavía tenemos hombres repartidos en asentamientos nuevos.
—Regresan cada dos meses.
—Y salen otros.
Clarent volvió la vista hacia la puerta.
—No puedo colocar sobre estas murallas hombres que están a cuatrocientos kilómetros.
Simon acomodó las mangas de su túnica.
—La futura reina trae mil soldados propios.
—Precisamente.
—¿Ahora los Halinger son una amenaza?
—No.
—Entonces...
—Son mil hombres armados entrando en una ciudad donde habrá trescientos nobles importantes, familias enteras, embajadores, caballeros y suficiente riqueza reunida para comprar una provincia.
Simon resopló.
—Es una boda.
—Es la boda que unirá dos coronas.
Aquello consiguió unos segundos de silencio.
Hallway ya llevaba dos generaciones unido a Leyden.
Halinger sería distinto.
Visible.
Público.
Una princesa llegaría acompañada por mil soldados y saldría convertida en reina de una potencia que empezaba a ocupar demasiado espacio en los mapas.
Simon miró nuevamente la entrada.
—¿Cuántos?
—Quinientos más durante la llegada.
—No.
—Trescientos.
—No.
—Doscientos cincuenta.
Simon lo observó.
Clarent esperó.
—Doscientos —cedió el tesorero.
—Doscientos cincuenta.
—Doscientos.
—Y cierro dos calles.
Simon apretó los labios.
—Doscientos veinticinco.
Clarent extendió una mano.
Simon la miró con desprecio.
Después la estrechó.
—Lo odio.
—No soy caro.
—Usted personalmente no. Sus ideas sí.
Clarent señaló la ornamentación desmontada.
—Eso también estaba feo.
Simon se alejó antes de que pudiera responder.
* * *
Sobre la colina natural donde se levantaba el castillo, los jardines descendían en terrazas hacia el este.
Desde allí podía verse una parte considerable de Leyden.
Tejados.
Torres.
Campanarios.
Mercados ocultos bajo toldos.
Columnas de humo.
Murallas extendiéndose en amplios arcos alrededor de una ciudad de casi cinco kilómetros de radio.
Y, más allá, el mar.
Leyport parecía pequeño desde aquella altura, aunque no lo era. Sus muelles penetraban en el agua como largos dedos oscuros y decenas de velas cubrían la bahía.
En los jardines, trabajadores nivelaban caminos y levantaban pabellones para los trescientos invitados de mayor importancia.
Otros plantaban flores fuera de estación trasladadas desde invernaderos.
Un jardinero miró una hilera recién terminada.
—No van a durar.
Su compañero seguía cavando.
—Sólo tienen que durar hasta la boda.
Ninguno de los dos sabía que, al otro lado del continente, había gente preocupada por cosas bastante distintas a las flores.
* * *
El viento del extremo norte no tenía consideración por reyes ni bodas.
Arrastraba nieve fina entre los árboles y borraba huellas con una paciencia que obligaba a los hombres a leer el terreno antes de que éste decidiera olvidar.
Ser Harold Feim levantó el puño.
Los cincuenta exploradores se detuvieron.
Delante de ellos había pieles.
No animales.
Pieles trabajadas.
Una tienda había colapsado bajo el peso de la nieve. Otra seguía parcialmente levantada. Más allá, varias piedras rodeaban los restos de una hoguera.
El capitán desmontó.
—Campamento.
Harold ya estaba mirando el suelo.
—Lo veo.
—Dentro de nuestra frontera.
—También lo veo.
Los hombres comenzaron a extenderse.
No avanzaban como soldados entrando en una posición enemiga. Lo hacían como cazadores que temían encontrar algo.
Una olla seguía sobre las piedras.
Congelada.
Dentro había carne.
Un hombre encontró un cuchillo.
Otro, una manta.
Había arcos.
Dos lanzas.
Un pequeño saco de grano abierto sobre la nieve.
El capitán se agachó junto a una mancha oscura.
Tocó el borde con dos dedos enguantados.
—Sangre.
Harold se acercó.
Estaba congelada.
Había más junto a la tienda.
Y otra mancha cerca de los árboles.
—¿Cuerpos?
—Ninguno.
Una parte de los exploradores comenzó a revisar los alrededores.
El capitán permaneció junto a Harold.
—Sabían dónde estaban.
—Sí.
—Entonces cruzaron la frontera sabiendo que podíamos considerarlo una incursión.
Harold contempló la comida abandonada.
—Sí.
—Eso bastaría para que el Norte respondiera.
—También lo sabían.
El capitán levantó la vista.
Harold señaló la olla.
—No abandonas comida aquí por capricho.
Miró después las mantas.
Las armas.
La sangre.
—Y no dejas lanzas atrás si pretendes atacar a alguien.
El capitán recorrió el campamento con la mirada.
—Los llaman salvajes por algo.
Harold lo miró de lado.
—Nosotros los llamamos salvajes.
—¿Hay diferencia?
—Pregúntaselo a ellos.
El capitán dejó escapar aire por la nariz.
—Si cruzaron, tenían un motivo.
—Eso intento descubrir.
Un explorador llamó desde los árboles.
—¡Ser Harold!
Ambos caminaron hacia él.
En el tronco de un árbol había cuatro marcas.
Profundas.
Demasiado profundas.
Una atravesaba casi una cuarta parte del grosor.
El soldado pasó los dedos por el corte.
—Hacha.
Harold se inclinó.
—No.
—Parece un golpe.
—Cuatro golpes iguales.
Señaló las marcas paralelas.
—Y ninguna entrada de hoja.
El capitán observó alrededor.
—Garras.
Nadie respondió inmediatamente.
Un joven de la patrulla tragó saliva.
—He oído historias.
Harold se incorporó.
—Todos hemos oído historias.
—No como ésta.
El muchacho miró el árbol.
—Más al norte dicen que han visto osos blancos dos veces más grandes de lo normal.
Algunos hombres sonrieron.
Él siguió.
—Ojos que brillan de noche. Garras grandes como cuchillos. Dicen que uno cortó un tronco mejor que una espada.
—También dicen que las montañas comen niños —murmuró otro.
—Mi tío vio uno.
—Tu tío bebe.
—Bebe después de verlo.
Eso provocó alguna risa.
Muy poca.
El capitán volvió a mirar la sangre congelada.
—Bestias demoníacas.
Harold no contestó.
Algo había pasado allí.
Algo capaz de hacer que un grupo entero abandonara comida, armas y refugio en pleno invierno.
Algo que había derramado sangre.
Y no había dejado cadáveres.
—Dos hombres regresarán con aviso —ordenó finalmente—. Los demás seguimos.
El capitán lo miró.
—¿A los libres?
Harold observó las huellas apenas visibles que se alejaban del campamento.
—A lo que los hizo cruzar.
* * *
En Jeza, el invierno no entraba por las ventanas.
Entraba por las cartas.
El rey Adrien Jezare permanecía sentado ante una mesa sobre la que había cuatro documentos y un mapa.
Frente a él, sus cuatro consejeros guardaban diferentes formas de silencio.
Marcel Veyron sostenía una de las cartas.
Ser Roland Caster mantenía los brazos cruzados.
Lucia Marenne había colocado una tablilla con cifras junto al mapa.
Olivier Daren tenía delante tres copias de tratados anteriores.
Adrien golpeó una vez la mesa con un dedo.
—Otra vez.
Marcel leyó:
—«Su Majestad Leyton Leyden invita personalmente a la Corona de Jeza a participar de las celebraciones de unión entre las casas Leyden y Halinger...»
—No eso.
Marcel bajó la carta.
Adrien señaló los otros documentos.
—El conjunto.
Lucia fue quien respondió.
—Tránsito comercial preferente. Patrullas compartidas en dos rutas. Reducción de aranceles para mercancías de Leyden y Hallway.
—Y Halinger —añadió Olivier.
Lucia asintió.
—Después de la boda.
Roland soltó una risa seca.
—Entonces rechacemos todo.
Marcel lo miró.
—Y dentro de seis meses nuestros mercaderes pagarán el doble por cruzar tres fronteras.
—Mejor pagar que arrodillarse.
—No nos han pedido arrodillarnos —dijo Olivier.
Roland señaló el mapa.
—Todavía.
Nadie contradijo esa última palabra.
Sobre la mesa, Leyden y Hallway formaban ya una sola extensión política.
Halinger se encontraba junto a ellas.
Jeza después.
Adrien apoyó los codos.
—¿Cuántos hombres podemos trasladar a la frontera?
Roland respondió inmediatamente.
—Veinte mil con poca preparación.
Lucia levantó la mirada.
—No.
—No le preguntó a usted.
—Entonces movilice veinte mil y explique usted mismo qué caminos dejamos sin patrulla.
Roland frunció el ceño.
Lucia señaló sus cifras.
—Tres aldeas han pedido refuerzo este mes. Dos caravanas desaparecieron. Una criatura mató once cabezas de ganado al este y el destacamento local todavía la está buscando.
—No necesitamos diez mil hombres para perseguir animales.
—No. Pero necesitamos soldados en veinte lugares distintos porque todos creen que el animal que tienen delante es el único problema del reino.
Adrien miró a Marcel.
—¿Qué propone?
—Ir a la boda.
Roland bufó.
Marcel continuó.
—Sonreír. Felicitarlos. Observar. Hablar con Halinger antes y después de la ceremonia.
—Llegaremos como invitados a nuestra propia ejecución.
—Llegaremos como rey y consejo de una corona independiente.
Olivier levantó uno de los tratados.
—Y no firmaremos nada que establezca subordinación jurídica.
Lucia asintió.
—Ni acuerdos que permitan a Leyden controlar nuestros aranceles.
Roland miró al rey.
—Y mientras hablamos, ellos crecerán.
Adrien bajó los ojos hacia el mapa.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Finalmente tocó Hallway con un dedo.
—Cuando se unieron, dijeron que Hallway seguiría siendo Hallway.
Marcel asintió.
—Lo sigue siendo.
Adrien levantó la mirada.
—En los mapas.
El silencio regresó.
Esta vez nadie lo rompió.
* * *
A cientos de kilómetros de allí, en otro continente, una liebre demasiado grande para ser una liebre salió disparada entre dos arbustos.
—¡Ahora!
Rhya gritó antes de tiempo.
La criatura cambió de dirección.
Maylis casi cayó de cara intentando cerrarle el paso.
—¡Rhya!
—¡Iba hacia ti!
—¡Porque tú la mandaste hacia mí!
El animal atravesó el claro como una flecha cubierta de pelo.
Era casi del tamaño de un perro grande, con unas patas traseras capaces de lanzarlo varios metros de una sola vez.
Zhyll estaba agachada detrás de un tronco.
Observó.
Una vez.
Dos.
La liebre no corría sin dirección.
Cada vez que Meyron intentaba cerrarle el paso desde la izquierda, buscaba el mismo hueco entre dos árboles.
Zhyll salió.
—¡Por allí!
Meyron apenas tuvo tiempo de girarse.
La criatura cambió exactamente hacia donde Zhyll había señalado.
Él se lanzó.
Rodó por el suelo.
Hubo un chillido.
Un insulto.
Después silencio.
Rhya apareció corriendo.
—¿La tienes?
—No.
Maylis llegó detrás.
—Está debajo de ti.
Meyron permaneció inmóvil.
Miró hacia abajo.
La enorme liebre pateaba furiosamente atrapada bajo una red y parte de su peso.
—Entonces sí.
Zhyll comenzó a reír.
Rhya también.
Maylis puso ambas manos en las caderas.
—Casi me rompe una pierna.
—Eso fue porque gritaste —dijo Rhya.
—Tú gritaste.
—Yo avisé.
—Avisaste antes.
Meyron consiguió finalmente asegurar la red.
—¿Quieren discutir o quieren cenar?
Las tres respondieron al mismo tiempo.
—Cenar.
Regresaron al torreón como si hubieran cazado una bestia legendaria.
Rhya llevaba una esquina de la red.
Maylis otra.
Meyron soportaba casi todo el peso.
Zhyll caminaba delante proclamando que ella había descubierto la ruta de escape.
Cuando entraron al patio, Valaena los vio.
Luego miró la presa.
Después a Zhyll.
—Tu pieza.
La sonrisa de Zhyll desapareció.
—Ah.
Valaena arqueó una ceja.
—Ah.
Rhya soltó una carcajada.
Zhyll salió corriendo hacia el taller.
* * *
La arcilla seguía sobre el torno.
Pero ya no estaba como la había dejado.
Uno de los bordes había cedido ligeramente.
Zhyll se sentó.
Intentó corregirlo.
La pieza se inclinó hacia el otro lado.
—No.
La voz de Valaena llegó desde la entrada.
Zhyll detuvo las manos.
—Puedo arreglarla.
—Lo sé.
—Entonces...
Valaena se acercó y se sentó junto a ella.
—No la obligues.
—Está torcida.
—Un poco.
Zhyll puso los dedos nuevamente sobre la arcilla.
Valaena cubrió sus manos con las suyas.
—Siente primero.
El torno giró lentamente.
—La arcilla ya tiene una forma —dijo Valaena—. Tú sólo estás ayudándola a encontrar otra.
Zhyll frunció el ceño.
—Pero quiero que sea ésta.
—Entonces convéncela.
—Es barro.
—Eso no significa que puedas ser grosera.
Zhyll la miró.
Valaena mantuvo el rostro serio durante dos segundos.
Después sonrió.
—Otra vez.
Las manos pequeñas regresaron a la pieza.
Esta vez con menos presión.
El borde comenzó lentamente a enderezarse.
Valaena murmuró unas palabras en Drakoniano.
No hubo relámpagos.
Ni fuego.
Ni luz.
Sólo una vibración casi imperceptible bajo los dedos.
La arcilla pareció relajarse.
Una pequeña burbuja ascendió desde el interior y desapareció en la superficie.
Zhyll abrió los ojos.
—Lo hiciste tú.
—Lo hicimos.
—Yo no canté.
—Escuchaste.
—Eso no cuenta.
—Cuenta antes de cantar.
Zhyll volvió a concentrarse.
Valaena corrigió ligeramente la posición de uno de sus pulgares.
Demasiado.
El borde cedió.
Zhyll quedó inmóvil.
Miró la pieza.
Después miró a su abuela.
Valaena observó el daño que acababa de provocar.
—Zhazze, nilia meu.
Zhyll estrechó los ojos.
—La arruinaste.
—Un poco.
—Mucho.
—Un poco grande.
Zhyll cruzó los brazos.
Valaena retiró las manos.
—Entonces corrígela tú.
—¿Y si la rompo?
—Aprenderás por qué.
—¿Y si no puedo arreglarla?
Valaena miró la arcilla girando.
—Entonces veremos qué quedó.
Zhyll permaneció callada.
—¿Y si no queda nada?
Valaena volvió los ojos hacia ella.
—Siempre queda algo, nilia meu. Aunque sólo sea saber por qué se rompió.
Desde el patio llegó otro grito.
Meyron reclamaba ayuda para cargar la liebre.
Rhya aseguraba que había sido idea suya atraparla.
Maylis decía que ambas mentían.
Zhyll sonrió.
Después volvió a poner las manos sobre la arcilla.
Afuera, entre las dos montañas, la tarde comenzaba a caer sobre el bosque.
En Leyden se levantaban pabellones para una boda.
En el Norte, cincuenta hombres seguían huellas que no comprendían.
En Jeza, un rey contemplaba fronteras que empezaban a cambiar de significado.
Y en un pequeño torreón que casi nadie sabía encontrar, una niña intentaba enderezar una pieza de arcilla sin romperla.
El mundo también estaba tomando forma.
Todavía nadie sabía bajo qué manos.
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