PRÓLOGO
Volvía a correr por aquel lugar sin nombre, aunque ya no me sorprendía encontrarme allí. El sueño había regresado tantas veces durante las últimas semanas que comenzaba a reconocer su curso antes de que las imágenes terminaran de formarse.
Nunca sabía de dónde venía ni hacia dónde me dirigía; solo avanzaba por una extensión gris, desprovista de caminos, árboles o edificios, siguiendo una dirección que parecía existir únicamente porque mis pies insistían en ella.
Durante un tiempo imposible de calcular mantenía el mismo ritmo, hasta que el cansancio empezaba a pesarme en las piernas y me obligaba a disminuir la marcha. Entonces continuaba caminando, respirando con mayor profundidad, sin apartar los ojos del frente. Nada cambiaba a mi alrededor hasta que aquella claridad indefinida comenzaba a retirarse y la oscuridad iba ocupándolo todo con una lentitud inquietante, borrando primero la distancia y después el propio suelo bajo mis pies.
Al final de aquel proceso aparecían las dos puertas.
La primera, ligeramente apartada hacia la izquierda, era de madera oscura y parecía haber soportado muchos más años de los que una puerta debería conservar. Varias cadenas gruesas cruzaban su superficie y se reunían alrededor de un pesado candado. Detrás de ella se escuchaban golpes que al principio llegaban separados entre sí, pero pronto aumentaban de fuerza hasta hacer temblar los eslabones. Había algo en aquel sonido que siempre me producía la misma impresión: quien estuviera al otro lado no trataba de escapar, sino de entrar.
A cierta distancia se encontraba la segunda puerta, mucho más sencilla y sin nada que impidiera abrirla.
Permanecía entreabierta y dejaba escapar una franja de luz que apenas alcanzaba a quebrar la oscuridad. No había ruido detrás de ella ni movimiento alguno que reclamara mi atención, y quizá por eso mis ojos terminaban volviendo hacia las cadenas.
Aquella puerta despertaba en mí una curiosidad difícil de ignorar. Deseaba acercarme y averiguar qué podía existir detrás de una barrera tan obstinadamente cerrada, pero apenas decidía avanzar un escalofrío recorría mi espalda y mis piernas se endurecían bajo mi propio peso. No sentía angustia y tampoco encontraba una razón para tener miedo; sin embargo, mi cuerpo se resistía con una certeza que mi pensamiento no compartía.
Los golpes continuaban mientras intentaba vencer aquella inmovilidad. Apreté las manos y conseguí adelantar un pie, aunque el esfuerzo pareció desproporcionado para un movimiento tan pequeño. Fue en ese instante cuando la puerta que permanecía entreabierta comenzó a moverse.
La luz que escapaba de ella se ensanchó lentamente hasta transformarse en una claridad intensa, casi incandescente, que se extendió sobre la oscuridad y me obligó a entrecerrar los ojos. Durante unos segundos permanecí mirando ambas puertas, todavía atraído por el estrépito de las cadenas, pero la resistencia de mi cuerpo desapareció en cuanto me volví hacia aquella luminosidad.
Avancé entonces sin la dificultad que había sentido antes. A medida que me acercaba, la luz crecía hasta impedirme distinguir qué existía después del umbral, mientras los golpes quedaban a mi espalda acompañados por el temblor metálico de las cadenas. Todavía sentí la tentación de mirar una última vez hacia ellas, pero continué caminando y terminé atravesando la puerta abierta, dejando que aquella claridad me envolviera por completo.
El ruido de las cadenas comenzó a desfigurarse hasta convertirse en un murmullo profundo y constante. Cuando abrí los ojos, reconocí poco a poco el sonido de los motores del avión y la iluminación tenue de la cabina, donde algunos pasajeros continuaban dormidos mientras otros empezaban a incorporarse en sus asientos.
Me acomodé las gafas y pasé una mano por el rostro antes de mirar hacia la ventanilla. Aquellas dos puertas habían comenzado a aparecer con una frecuencia suficiente para despertar mi curiosidad, y más de una vez había terminado describiéndolas en mi libreta para comprobar, al despertar, si algo cambiaba entre una noche y otra. Hasta entonces las variaciones habían sido escasas.
La voz del capitán interrumpió mis pensamientos y anunció, primero en francés y después en inglés, que habíamos iniciado el descenso hacia París. A mi alrededor comenzaron a levantarse persianas, a guardarse auriculares y a ajustarse cinturones mientras las auxiliares recorrían el pasillo verificando que todo estuviera preparado para el aterrizaje.
No había sido el primero en despertar, aunque tampoco parecía haber llegado tarde al pequeño ritual que precedía al descenso.
Al mirar por la ventana distinguí las primeras luces extendiéndose bajo nosotros. Desde aquella altura parecían líneas delicadas trazadas sobre una superficie oscura, pero fueron adquiriendo forma conforme perdíamos altitud y pronto pude reconocer carreteras, edificios y grupos de luces que se multiplicaban hacia el horizonte.
Permanecí observándolas mientras la imagen de las puertas se desvanecía lentamente de mi pensamiento. Lo único que persistió durante unos segundos fue aquella sensación extraña en el pecho, semejante al impulso que había sentido cuando intenté acercarme a las cadenas. No llegó a preocuparme; fue apenas una impresión pasajera que desapareció antes de que pudiera encontrarle una explicación.
Las ruedas tocaron la pista poco después y el impacto recorrió el fuselaje mientras el ruido de los motores cambiaba de intensidad. Algunos pasajeros buscaron sus teléfonos casi de inmediato y otros se limitaron a mirar por las ventanas, todavía demasiado cansados para mostrar entusiasmo por la llegada.
Cuando finalmente se apagó la señal del cinturón, buena parte de la cabina se levantó al mismo tiempo. Preferí esperar hasta que el pasillo estuviera menos congestionado y aproveché aquellos minutos para observar a quienes tenía alrededor. Había rostros agotados, otros inquietos y algunos que parecían haber recuperado toda su energía con solo tocar tierra. Un hombre escribía rápidamente en su teléfono con una sonrisa que apenas conseguía ocultar, mientras una mujer unas filas más adelante sostenía la mano de una niña que todavía luchaba contra el sueño.
Siempre me había parecido interesante cuánto podía revelar un rostro cuando su dueño olvidaba que podía estar siendo observado.
Una vez que el movimiento disminuyó, guardé el libro y la libreta dentro de la mochila, recogí el equipaje de mano y me incorporé para seguir al resto de pasajeros. El aeropuerto me recibió con una mezcla de luces blancas, anuncios pronunciados en distintos idiomas y el sonido continuo de las ruedas de las maletas deslizándose sobre el suelo.
Después de recoger las mías y completar los controles correspondientes, seguí las indicaciones hasta encontrar la salida.
Las puertas automáticas se abrieron y una corriente de aire nocturno me recibió en cuanto crucé hacia el exterior.
Era fresco, aunque conservaba por momentos cierta tibieza del día, y después de tantos minutos dentro del avión resultó agradable sentirlo contra el rostro. A unos metros, taxis y automóviles avanzaban lentamente frente a la terminal, mientras grupos de personas esperaban junto a las puertas y reconocían a los recién llegados entre abrazos, saludos y maletas.
Me detuve apenas lo suficiente para acomodar el equipaje antes de buscar un taxi.
La primera noche la pasaría en un hotel y al día siguiente me trasladaría a la residencia universitaria, de modo que no tenía ninguna razón para apresurarme. Cuando finalmente me senté junto a la ventanilla del vehículo, apoyé la cabeza contra el respaldo y dejé que la ciudad comenzara a presentarse por sí sola.
París apareció sin ceremonia.
No hubo ningún instante grandioso en que todas las imágenes que conocía de la ciudad se reunieran delante de mí. En su lugar vi restaurantes todavía abiertos, ventanas iluminadas varios pisos por encima de las calles, bicicletas avanzando entre automóviles y grupos de personas que caminaban como si aquella noche no tuviera nada de particular. Algunas avenidas conservaban bastante movimiento y otras parecían haberse rendido ya al silencio.
Preferí verla de aquella manera.
No intenté reconocer cada edificio ni memorizar los nombres de las calles que atravesábamos. Habría tiempo para aprenderlas. Aquella noche me bastaba con observar una ciudad que todavía no significaba nada para mí y que, precisamente por eso, podía permitirme descubrir sin expectativas.
El cansancio terminó por hacerse evidente cuando el taxi se detuvo frente al hotel. Subí a la habitación, dejé las maletas junto a una pared y descarté cualquier intento de desempacar hasta la mañana siguiente. Después de tantas horas de viaje, una ducha caliente resultaba mucho más necesaria que el orden.
Permanecí bajo el agua hasta sentir que la rigidez de los hombros comenzaba a desaparecer. Cuando salí, me até una toalla alrededor de la cintura y regresé a la habitación con el cabello todavía húmedo. Junto a la cama descubrí unas puertas de cristal que daban acceso a un pequeño balcón, así que las abrí y me acerqué a la barandilla.
La ciudad continuaba despierta.
Desde allí podía ver las luces de las fachadas, el movimiento ocasional de los automóviles y algunas ventanas abiertas que dejaban escapar fragmentos de vidas ajenas. Las conversaciones que ascendían desde la calle llegaban demasiado distantes para distinguir las palabras y se mezclaban con el rumor uniforme de París, mientras el aire fresco de la noche conseguía despejar durante unos momentos el cansancio del viaje.
Me quedé contemplando aquel paisaje sin buscar nada extraordinario en él. Al día siguiente comenzaría la universidad, conocería la residencia y tendría que aprender a moverme por una ciudad cuya geografía todavía me resultaba desconocida; por aquella noche, sin embargo, solo quería permanecer allí unos minutos más.
Apoyé las manos sobre la barandilla, dejé escapar lentamente el aire y, mientras observaba las calles de aquella ciudad que acababa de recibirme, murmuré con una sonrisa cansada:
-Francia...







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