Fantazio por JPCendoya en Inkitt
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Fantazio

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Sinopsis

Ser invocado a otro mundo suele significar magia, profecías y grandeza. Para Roger, significó despertar con resaca en el desierto, ser esclavizado y arrojado al Coliseo de Alejandría: la trituradora de carne del Imperio Magno. Mientras sus amigos son venerados como Héroes y Santos en las altas esferas del mundo, Roger es catalogado como escoria . Su única salida en este matadero es una regla diseñada para el fracaso: conseguir 100 victorias a muerte en la arena para comprar su libertad.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
JPCendoya
Estado:
hace 3 horas
Capítulos:
6
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

El Peso del Vacío y el Tablero de Shograth

El espacio no tenía temperatura, ni color, ni sonido. Era un vacío absoluto, un lienzo en blanco donde solo dos entidades tenían el peso existencial para sostenerse.

—Es una jugada arrogante —dijo Shograth. Su voz no produjo eco, pero hizo vibrar la nada misma.

Frente a él, la Bruja mantenía la mirada fija en un tablero que no existía materialmente.

Su respiración era lenta. Había tomado una decisión que fracturaría las leyes de la causalidad, una anomalía que el sistema no estaba diseñado para soportar.

—Es la única jugada que queda —respondió ella, con una frialdad.

Shograth soltó una carcajada que distorsionó el espacio. Le gustaba.

La entropía siempre era más entretenida que el orden divino. Levantó una mano insondable y, de entre las sombras, materializó un objeto. No tenía forma definida aún, pero irradiaba una densidad aterradora.

—Tómalo —ordenó Shograth, entregándole el regalo—. Considéralo un seguro para tu pequeño experimento. Veamos si tus piezas sobreviven a la caída.


Hibernalia. 14:12 hrs.

El impacto de una resaca masiva no tiene nada de poético.

Roger abrió los ojos. Lo primero que vio al despertar fue una mancha roja y viscosa a tres centímetros de su nariz.

Parpadeó, enfocando la vista. Era kétchup. Estaba embarrado en la funda de su almohada, justo al lado de un pan con pollo mordido por la mitad que descansaba sobre las sábanas.

Se sentó en la cama. El dolor le atravesó el cráneo como un taladro.

Se había puesto hasta las muelas la noche anterior. Había vuelto a su ciudad natal por los festivos, escapando momentáneamente de la capital y de la universidad, y su familia —como era costumbre— había convertido la casa en una zona de desastre.

Roger era adoptado, al igual que dos de sus cuatro hermanos. Los otros dos eran biológicos, fruto del matrimonio entre su padre inmigrante y su madre autóctona de Hibernalia. Una familia de siete personas bajo el mismo techo significaba que el concepto de “paz y silencio” no existía.

Se levantó, pisando ropa sucia y envases vacíos. Al abrir la puerta del baño, encontró a uno de sus hermanos mayores profundamente dormido, sentado en la taza del inodoro con los pantalones a medio bajar.

—Acuéstate en la cama, animal —murmuró Roger, dándole un golpe suave para que no se cayera antes de entrar a la ducha.

Se bañó con agua helada mientras su hermano roncaba.

Salió secándose su pelo negro, ligeramente ondulado.

La sala de estar era un cementerio de heridos en combate.

Su tío estaba desparramado en el sofá, con una mancha oscura y delatora en la entrepierna del pantalón.

Se había meado encima. En la mesa de centro, un plato con rodajas de tomate flotaba en restos de vino tinto.

Roger caminó hacia el refrigerador buscando algo que calme su sed.

Agarró una botella de bebida a medio terminar y le dio un largo trago.

El ardor en la garganta lo hizo toser. No era bebida sola; alguien la había mezclado con ron barato y la había vuelto a guardar.

—Un clásico... —escupió en el lavaplatos.

Caminó hacia la puerta principal. En el recibidor, otro de sus hermanos estaba tirado boca abajo, bloqueando la salida como un cadáver en una trinchera.

Roger lo agarró del cuello de la chaqueta y lo arrastró un metro hacia adentro para poder abrir la puerta.

Justo en ese momento, escuchó los pasos furiosos de su madre bajando la escalera y el inicio de una serie de gritos y reprimendas que harían temblar las ventanas.

Roger cerró la puerta de un portazo, cortando el sonido, y salió a la calle.

Su primera misión fue entrar a un minimarket y comprar una lata de energética. Al salir, la abrió de un golpe y se dirigió hacia el puente que cruzaba el río de la ciudad.

Se detuvo a la mitad del trayecto. Apoyó los codos en la baranda de metal frío y miró el agua turbia correr.

El silencio relativo de la calle contrastaba con el ruido en su cabeza. No era solo la resaca; era un vacío crónico. Un aburrimiento denso y pesado que se le instalaba en el pecho.

Pensó en la capital. Pensó en sus estudios. Pensó en el futuro y no vio nada que le acelerara el pulso. Era una línea recta, gris y monótona, hacia una muerte de viejo en una cama de hospital.

¡ZAS!

Un impacto seco en la parte posterior de su rodilla lo sacó de sus pensamientos. Roger a duras penas se movió, pero escuchó un quejido agudo detrás de él.

—¡Mierda! —chilló una voz femenina, seguida del sonido de alguien saltando en un pie.

Roger se giró lentamente, frotándose la pierna con desgana.

Desde su imponente altura, rozando el metro noventa, bajó la vista. Frente a él había una chica de complexión atlética que apenas superaba el metro sesenta.

Su cabello naranja brillante contrastaba con el frío de la tarde y unos intensos ojos celestes lo fulminaban, llenos de dolor y reproche. Era Olivia.

—¿De qué estás hecho? ¿De hierro? Parecía que pateé un poste de luz.

—Se frotó la espinilla, intentando recuperar la compostura, y lo miró de arriba abajo—. Llegaste tarde. Y ese corte de pelo... ¿Qué, ahora eres un asesino a sueldo? Ya das bastante miedo con esos ojos morados llenos de ojeras que tienes, y le sumas ese corte. Aunque... te ves bien.

—¿Dónde están los demás? —preguntó Roger, ignorando el análisis estético.

—Sabía que te ibas a demorar, por eso me vine a juntar antes contigo —respondió ella, acomodándose la mochila—. Caminemos al café, los otros ya deben ir para allá.

Iniciaron la marcha. El viento frío de Hibernalia les golpeaba la cara.

—¿Y cómo te ha ido con la universidad? —preguntó ella, rompiendo el hielo—. Yo me quedé aquí en la ciudad porque aún no tengo idea de qué estudiar.

Roger le dio un sorbo a la energética. —No lo sé. Dudo que sea lo que realmente quiero. Es... aburrido. Todo es desesperanzadoramente monótono.

Siento que estoy siguiendo un guión mal escrito.

Olivia frunció el ceño. —¿Aburrido? ¿Pero anoche no fue divertido? La fiesta sonaba brutal.

Roger soltó una media sonrisa sin gracia. Si supieras, pensó, recordando a su tío meado y el desayuno de ron. —Sí, fue divertido. Pero...

—Nada de peros —lo interrumpió, poniéndose frente a él y caminando de espaldas—. Capaz tu destino es ser un DJ o algo así, algo con adrenalina. ¿Por qué no solo haces lo que te gusta y ya?

Roger dejó escapar un suspiro pesado, una exhalación que condensó el aire frío. —Eso no es tan fácil, Oli.

—¡Es que por qué te fijas tanto en las cosas malas! —estalló ella, gesticulando con las manos—. Antes hacías las cosas que te gustaban, ¿no? Éramos un desastre, pero hacíamos lo que queríamos. ¿Por qué ahora no?

—Antes era más fácil. Eso es cierto. —Roger desvió la mirada hacia el concreto del suelo—.

A veces me gustaría tener esa época una vez más. Solo una. Pero el presente es aburrido. Y el futuro no pinta mejor.

Olivia soltó un gruñido de frustración y se cruzó de brazos, rendida ante el desdén de su compañero por el futuro.

—Dejemos de hablar de mí —atajó Roger—. ¿Cómo te ha ido a ti?

La actitud de la chica cambió en un microsegundo. Sus ojos celestes brillaron con una intensidad fiera. —Bien. Este año voy a ser la campeona nacional de karate.

Además, me metí a clases de kung fu.

—¿Y el jiu-jitsu? —preguntó Roger, levantando una ceja.

—Sigo yendo. Pero en las competencias locales ya no hay rivales. Es muy fácil.

—Qué problema tan grave el tuyo —ironizó él—. Y hablando de cosas que te gustan... ¿Cómo te ha ido con Gilbert? ¿Ya le dijiste lo que sientes?

El rostro de Olivia se deformó entre la euforia y la ira pura. —¡Esa maldita de Akira lo tiene secuestrado allá en Valdelobos!

Roger asintió internamente. Valdelobos era la mejor universidad del país. Gilbert, Akira y Serena habían entrado ahí, formando un núcleo cerrado en la capital.

—Sí, como lo tienen rodeado allá, no he podido confesarme. Ese es el tema.

—Tuviste tiempo desde la primaria para hacerlo y no lo hiciste —replicó Roger de forma implacable.

—¡Dejemos ese tema! —gritó ella, roja de la vergüenza y el enojo—. Solo sé que yo voy a ser quien ríe al último.

—Y soltó una carcajada malévola que hizo que un par de transeúntes se cruzaran de calle.

A un par de cuadras del café, interceptaron a dos siluetas familiares.

Una de ellas era de estatura baja, un torbellino de tez blanca y largo cabello liso color rosa que corrió hacia ellos.

Se estrelló directamente contra el torso de Roger, envolviéndolo en un abrazo asfixiante. A los pocos segundos, Roger sintió humedad a la altura del pecho.

Era Serena, que estaba llorando de la emoción, temblando ligeramente mientras lo miraba desde abajo con sus grandes ojos celestes.

Detrás de ella avanzaba una figura más alta, superando el metro setenta. Proyectaba un aura serena y maternal.

Su piel pálida y su cabello gris ondulado hacían resaltar la profundidad de sus ojos verdes. Cassandra saludó a Olivia con un asentimiento y se detuvo frente a Roger. Sin decir una palabra, levantó las manos y le acomodó el cuello de la chaqueta, que llevaba doblado hacia adentro.

—Supongo que no has cambiado nada —dijo Cassandra con una sonrisa suave—. Sigues igual de distraído.

Se puso a su lado, y el cuarteto avanzó los últimos metros hacia la cafetería.

—Oye, Sere —susurró Olivia, dándole un codazo a la chica pelirosa que aún se secaba las lágrimas—. ¿Gilbert sigue soltero?

—Sí, sigue soltero —respondió Serena con una sonrisa tímida, aunque sus ojos traicionaron un micro-gesto de interés propio.

Entraron al local. El olor a café tostado y medialunas inundó sus sentidos. En una mesa al fondo, ya sentados, esperaban los otros tres. Era una estampa de opuestos absolutos.

De un lado, un joven alto, superando el metro ochenta, de cabello rubio impecable y ojos azules. Irradiaba la seguridad de un protagonista de una revista.

A su lado, como un muro de contención, un muchacho aún más fornido, de pelo castaño corto y mirada almendrada, se mantenía en silencio.

Y frente a ellos, una figura esbelta de piel pálida, con un larguísimo cabello negro y liso que enmarcaba unos ojos azules tan fríos como afilados, mantenía los brazos cruzados a la defensiva.

Gilbert, Blake y Akira.

—Llegas tarde, Roger —soltó Akira. Su voz era seca, desprovista de emoción superficial.

—Culpa a las barricadas humanas de mi casa —respondió él, sentándose.

—Siempre tienes una excusa —replicó Akira, aunque la dureza de su voz escondía una leve sonrisa que Gilbert no pasó por alto.

—Escuché por ahí que el club de Kendo de Valdelobos es pura fachada para niños ricos, Akira. ¿O es que te da miedo sudar y ensuciarte el uniforme de marca?

Akira ni siquiera parpadeó. Sostuvo la mirada de la peli-naranja con la quietud de un reptil.

—El Kendo no consiste en sudar y revolcarse gruñendo como un animal en una colchoneta mugrosa de Jiu-jitsu, Olivia.

Es precisión. Es disciplina mental. Algo que claramente te falta, considerando que tu mayor y único logro en la vida es patear trozos de madera con los pies descalzos frente a un público de secundaria.

—¡Repite eso, pálida desnutrida! —Olivia golpeó la mesa de madera con los nudillos, haciendo saltar los cubiertos. Estaba a un segundo de saltar por encima de las tazas de café.

Fue interrumpida por la mano helada de Cassandra, que se posó pesadamente, casi como una garra, sobre el hombro de Roger, apartándolo sutilmente de la línea de fuego cruzado entre las dos mujeres.

—Cierren la maldita boca las dos —soltó Cassandra.

La máscara de elegancia maternal se desvaneció por un segundo, revelando una autoridad afilada y peligrosa.

— Estamos aquí para relajarnos y fingir que somos seres humanos civilizados, no para escuchar sus patéticos problemas de ego. Roger tiene suficiente con la resaca que carga como para aguantar sus ladridos.

El silencio cayó sobre la mesa. Un silencio tenso, pesado.

—Y entonces, como les decía, le dejé muy claro al decano que su modelo económico era matemáticamente insostenible para la próxima década —retomó la palabra Gilbert, exhibiendo una sonrisa relajada, reluciente, terminando una anécdota universitaria que a nadie le importaba realmente.

—¡Guau, Gil! Eres increíble, de verdad. No puedo creer que te atrevieras a decirle eso a la cara —suspiró Serena, apoyando ambas manos en sus mejillas enrojecidas, mirándolo con absoluta y ciega devoción.

A su lado, Blake, en absoluto silencio, tomó un sobre de azúcar y lo deslizó mecánicamente por la mesa hasta dejarlo junto a la taza de Serena. Sabía exactamente cómo tomaba el café.

Ella bajó la vista un milisegundo. Tomó el sobre con un rápido, casi imperceptible “Gracias, Blake”, y sus ojos celestes volvieron a clavarse como imanes en el perfil griego del rubio.

Blake simplemente asintió. No hubo dolor en su rostro. Solo la resignación fría de un soldado. Bajó la vista y clavó la mirada en la espuma negra de su propio café.

Gilbert se aclaró la garganta, alimentándose de la adoración de Serena e intentando recuperar el control total de la narrativa en la mesa.

—Bueno, ignorando la tensión, lo importante es que estamos todos juntos de nuevo. Deberíamos organizar un viaje de verdad antes de que terminen los festivos. Akira, tú mencionaste el otro día que querías ir a ver los lagos del sur...

—Dije que iría si el grupo iba completo, Gilbert. No cambies mis palabras —lo cortó ella de tajo. Se cruzó de piernas por debajo de la mesa y giró el cuello, volviendo a fijar su fría mirada azul en el pelinegro—. ¿Tú vas, Roger?

Roger apoyó los codos en la mesa. El ruido de sus amigos discutiendo, las miradas furtivas de Serena, la frustración contenida de Olivia y el ego magullado de Gilbert le generaron un pitido sordo en los oídos. Era un ecosistema caótico, lleno de cables cruzados y palabras no dichas. Un teatro del cual él solo quería escapar.

Roger levantó su lata de energética. Estaba a punto de dar un trago cuando el sonido de la cafetería desapareció.

No fue un desvanecimiento gradual. Fue un corte de guillotina. La voz de Olivia reclamándole algo a Akira se silenció. El humo del café de Cassandra quedó congelado en el aire. Roger intentó parpadear, pero sus párpados no respondieron.

Sintió un tirón visceral en el estómago, como si un gancho de carnicero invisible se le hubiera enganchado en el diafragma y estuviera tirando de él hacia arriba. La gravedad se invirtió. El suelo de baldosas de la cafetería se fracturó en un millón de pedazos de cristal oscuro.

En medio de esa fractura de cristales negros y gravedad invertida, una presión gélida paralizó sus pulmones. No había luz, pero una voz resonó directamente en el tejido de sus cerebros. Era una transmisión clínica, desprovista de compasión, un mensaje uniforme para los siete.

—Provienen de un mundo estéril, protegido por el cristal de la paz y la monotonía

—sentenció la voz de la Bruja, vibrando en la nada—. Han sido arrancados de ese letargo para convertirse en las anomalías que este sistema necesita.

Y luego, el vacío.

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